No te vayas, mamá. Una historia familiar
Dicen en la sabiduría popular: “El hombre no es una almendra, no se le puede descubrir de un vistazo”.
Pero Carmen González siempre pensó que eso eran tonterías, porque ella, conocedora de las personas como pocas, creía verlo todo claro al instante.
Su hija Alba, hacía apenas un año, se había casado.
Carmen soñaba con que su niña encontrara a un buen muchacho y que pronto llegarían los nietos. Y ella, como abuela, sería el pilar de esa gran familia, igual que lo fue su madre.
Elena dio con Sergio, un chico listo y nada pobre. Y, por lo visto, le enorgullecía mucho. Pero desde el principio, decidieron vivir aparte; él tenía su piso en el barrio de Chamberí, en Madrid, y parecía que sus consejos les importaban bien poco.
Carmen sospechaba que Sergio no le sentaba nada bien a su hija.
Y eso no encajaba con lo que ella tenía planeado. Sergio empezó a ponerle de los nervios.
Mamá, no lo entiendes. Sergio creció en un orfanato. Lo ha conseguido todo él solo, es fuerte, muy buena persona, generoso suspiraba Alba.
Pero Carmen apretaba los labios y seguía rebuscando defectos en el marido de su hija.
Ahora Sergio le parecía bien distinto al muchacho atento que se presentaba ante Alba. Sentía que su deber de madre era abrirle los ojos antes de que fuera demasiado tarde.
¡Sin estudios serios, cerrado, sin inquietudes!
Los fines de semana la sola veía tirado en el sofá viendo partidos de LaLiga, alegando que estaba cansado.
¿Y así, con semejante hombre, pensaba Alba gastar la vida? Se lo impediría, Alba terminaría dándole las gracias, ya lo vería.
¿Y cuando viniesen los hijos, los nietos de Carmen? ¿Qué iba a enseñarles un padre como ese?
Total, que Carmen acabó profundamente decepcionada. Por su parte, Sergio empezó a evitarla cada vez más, notando el ambiente entre ambos.
Las visitas se hicieron casi inexistentes, y ella ya ni pisaba la casa de Alba y Sergio.
El padre de Alba, José Luis, hombre amistoso y paciente, optó por mantenerse al margen, consciente del carácter de Carmen.
Pero una noche tarde, Alba llamó a su madre con una voz cargada de ansiedad:
Mamá, no te conté, pero he tenido que irme dos días de viaje por trabajo. Sergio se resfrió en la obra y hoy se marchó antes a casa porque se encontraba mal. He tratado de llamarle y no contesta al móvil.
¿Y qué quieres que haga yo, Alba? saltó Carmen, molesta. Vosotros vivís vuestra vida y a tu padre y a mí apenas nos tenéis en cuenta. Igual podría yo sentirme mal y ni os enteráis. ¿Para esto me llamas a estas horas, para decirme que Sergio está enfermo? ¿Pero qué esperas?
Mamá… la voz de Alba tembló, de verdad parecía angustiada perdóname, sólo me duele que no quieras entender que nos queremos. Piensas que Sergio no vale nada, pero te equivocas. ¿De verdad crees que yo podría enamorarme de un mal tipo? ¿No confías en mí?
Carmen guardó silencio.
Por favor, mamá, tienes las llaves de casa. ¿Puedes acercarte a ver qué le pasa a Sergio? Por favor, mamá.
De acuerdo, pero sólo porque me lo pides tú y Carmen fue a despertar a José Luis.
Nadie abrió cuando llamaron a la puerta. Carmen sacó su llavero y entró con su marido al piso.
Oscuridad, silencio… ¿y si no estaba?
Igual ha salido aventuró José Luis, pero Carmen le lanzó una mirada severa; la inquietud de su hija ya se le había pegado.
Cruzó el pasillo y, al entrar en el salón, se quedó petrificada. Sergio yacía en el sofá, con una postura antinatural. Tenía la frente ardiendo.
El médico de urgencias llegó y examinó a Sergio:
Tranquila, señora. Parece que su yerno ha tenido complicaciones tras un resfriado. ¿Trabaja mucho?
Sí, demasiado asintió Carmen, bajando la voz.
Vigilen la fiebre y, si hay algún cambio, llámenme dijo el médico.
Sergio dormía y Carmen se sentó a su lado, en una mezcla extraña de incomodidad y compasión al final, ella, junto al hombre que tanto criticaba.
Le miró: pálido, el pelo pegado a la frente por la fiebre… Y sintió lástima. En sueños, Sergio parecía mucho más joven, más dulce, menos áspero que de costumbre.
Mamá… murmuró él, medio dormido, tomándole la mano con fuerza no te vayas, mamá…
Carmen no supo qué decir, y tampoco se atrevió a soltarle la mano.
Así veló su sueño hasta la madrugada.
A primera luz, Alba llamó de nuevo:
Mamá, perdona, enseguida voy para casa, no te preocupes más, seguro que todo está bien.
Claro que sí, hija le respondió Carmen con una sonrisa. Ya está todo bien. Te esperamos en casa.
*****
Cuando nació su primer nieto, Carmen enseguida ofreció su ayuda.
Sergio le besó la mano, agradecido:
¿Ves, Alba? Y tú decías que tu madre no querría echarnos una mano…
Y Carmen, orgullosa con Martín en brazos, paseaba por el piso hablando con el pequeño:
Mírate, Martincito, qué suerte tienes… ¡Tienes los mejores padres y los abuelos más amorosos! Eres un muchacho afortunado, ya lo verás.
Así que resulta que el refrán llevaba razón: nadie se descubre de un solo golpe. Sólo el amor puede enseñarnos a entenderlo todo.







