No te vayas, mamá. Una historia de familia Dicen los refranes en España que las personas no son como nueces, no se pueden descifrar de inmediato. Pero Tamara Vázquez estaba convencida de que eso eran tonterías; ella sí que sabía bien cómo son las personas. Su hija Mila se casó hace un año. Tamara soñaba con que encontrase a un buen chico, que llegaran los nietos, y así ella, la abuela, volvería a ser el pilar de toda la familia, tal y como siempre había sido. Ruslán, el yerno, no era tonto ni pobre, y parecía estar muy orgulloso de ello. Pero decidieron vivir por su cuenta: tenía su propio piso y, según veía Tamara, ¡no necesitaban sus consejos para nada! Le parecía que Ruslán no era buena influencia para Mila. Aquello no entraba en los planes de Tamara. Ruslán terminó por irritarla profundamente. —Mamá, no lo entiendes, Ruslán creció en un centro de acogida. Todo lo que tiene, lo ha conseguido por sí mismo; es fuerte, bueno y muy generoso —trataba de convencerla Mila. Pero Tamara solo torcía la boca, siempre buscando defectos en su yerno. Ahora, aquel hombre ya no le parecía el mismo del que se enamoró su hija. Como madre, sentía el deber de abrirle los ojos a Mila antes de que fuese tarde. ¿Sin estudios, tozudo, sin intereses? ¡Los fines de semana pegado a la tele diciendo que estaba cansado! ¿Y con un hombre así quería su hija pasar la vida? Eso no iba a suceder, ya le daría las gracias algún día. ¿Y cuando llegaran los nietos, qué aprenderían de un padre así? Total, Tamara estaba decepcionada. Y claro, Ruslán, notando el rechazo de su suegra, intentaba evitarla siempre que podía. Cada vez se veían menos y Tamara terminó por negarse a pasar por su casa. El padre de Mila, bonachón, decidió adoptar una actitud neutral. Hasta que una noche Mila llamó muy alterada: —Mamá, no te lo había contado, pero estoy de viaje por trabajo un par de días. Ruslán se resfrió en la obra, volvió antes a casa y estaba mal. Llamo pero no contesta. —¿Y por eso me llamas a estas horas?, —saltó Tamara— Vivís a vuestra bola, parece que ya no pensáis en nosotros. ¿Y si yo estoy mal, a quién le importa? ¿Me llamas para decirme que Ruslán está enfermo? ¿Te parece normal? —Mamá… —la voz de Mila temblaba— Perdona, solo me da pena que no quieras entender que nos queremos y que piensas que Ruslán no vale nada, pero no es cierto. ¿De verdad crees que podría enamorarme de alguien malo? ¿No confías en mí? Tamara guardó silencio. —Mamá, te lo pido, tienes la llave de casa. Por favor, pasa a mirar cómo está Ruslán, tengo un mal presentimiento. —Está bien, solo por ti —y fue a despertar a su marido. Llamaron al timbre pero nadie abrió, así que Tamara entró con su llave. Era todo oscuridad. —¿A lo mejor ni está en casa? —sugirió su marido, pero Tamara, preocupada, le echó una mirada severa. Entraron y encontraron a Ruslán tumbado en el sofá, en una postura extraña y ardiendo en fiebre. El médico de urgencias logró reanimarlo: —No se preocupe, es una complicación del resfriado. Se nota que ha trabajado mucho —le dijo a Tamara. —Sí, trabaja bastante —asintió ella. —Todo irá bien, vigilen la fiebre y llamen si empeora. Ruslán dormía y Tamara, sentada junto a él, se sentía extraña al velar al yerno que tanto la había irritado. Tumbado allí, pálido, con el pelo pegado por el sudor, le daba hasta pena. En sueños parecía más joven, el rostro más tierno. —Mamá, —susurró Ruslán medio dormido, agarrándole la mano— no te vayas, mamá. Tamara se quedó helada, sin atreverse a soltarse, y permaneció sentada hasta el amanecer. Al poco, Mila llamó: —Mamá, perdona, ya pronto estaré de vuelta. No hace falta que vengas, creo que todo irá bien. —Claro, hija, que irá bien. Ya ha pasado todo —respondió sonriente Tamara—. Te esperamos, estamos todos muy bien. ***** Cuando nació su primer nieto, Tamara enseguida ofreció su ayuda. Ruslán le besó la mano agradecido: —Ya ves, Mila, y tú decías que tu madre no querría ayudarnos. Tamara, paseando orgullosa por la casa con Timoteo en brazos, murmuraba para su nieto: —Mira, Tim, qué suerte tienes. ¡Tus padres y tus abuelos son los mejores! ¡Qué felicidad te espera, chaval! Al final, el refrán tenía razón: las personas no son nueces, nunca se conoce del todo a alguien a la primera. Y solo el amor consigue que todo encaje.

Sabes ese refrán de nadie es un libro abierto, hay que leerlo poco a poco? Pues Carmen Rodríguez siempre decía que eso eran tonterías, que ella de personas sabía mucho, ¡y a ella no la engañaba nadie!

Su hija, Alba, se casó hace un año. Carmen estaba ilusionadísima pensando que encontraría un buen chico, que pronto llegarían los nietos y que ella, como buena abuela y matriarca, organizaría toda la familia, como ya hacía antes.

El muchacho, Jaime, la verdad es que era espabilado y le iba bastante bien económicamente. Tenía su propio piso en Chamberí y parecía muy satisfecho con ello. Pero desde que se instalaron allí, se notaba que no pedían casi consejo, como si lo tuvieran todo bajo control y a Carmen cada vez la tenían menos en cuenta. ¡Eso a ella le hervía la sangre! Según ella, Jaime no era buena influencia para Alba.

Y claro, esa relación no encajaba en absoluto con los planes de Carmen. Jaime la empezó a poner realmente nerviosa.

Mamá, no lo entiendes decía Alba medio llorando a veces. Jaime creció en un hogar de acogida, y todo lo que tiene, se lo ha currado él solo. Es fuerte, es buenísimo, de verdad, es alguien noble.

Pero Carmen fruncía el ceño, rebuscándole defectos con lupa. Según ella, Jaime no era quien aparentaba, y como madre, tenía que abrirle los ojos a Alba antes de que fuera demasiado tarde.

Para Carmen, él no tenía suficiente formación, era cerrado, y nada le interesaba. Encima, los fines de semana se echaba en el sofá a ver el fútbol como si estuviera agotado de la semana. ¿Y con alguien así mi hija va a pasar la vida? ¡De eso nada! pensaba Carmen, convencidísima de que algún día Alba acabaría dándole las gracias por intervenir.

Y luego estaba el tema de los nietos: ¿Qué les va a enseñar un padre como ese?.

Total, que Carmen estaba decepcionada y eso Jaime lo notaba, así que empezó a evitar casi cualquier trato con ella. Los encuentros entre las dos familias se hicieron cada vez más raros y Carmen incluso dejó de visitarles. El padre de Alba, Luis, que era un bonachón y ya conocía a su mujer, prefirió mantenerse al margen.

Una noche, bastante tarde, Alba llamó a su madre con la voz alterada:
Mamá, no te lo conté, pero estoy en Barcelona dos días por trabajo. Jaime cogió frío en la obra y volvió antes del curro, me dijo que no se encontraba bien. Le llamo y no coge el teléfono.

Alba, ¿y a mí qué me importa eso ahora? ¡Vosotros vais a vuestra bola y parece que ya ni os importamos tu padre y yo! Si me encuentro mal, ni os preocupáis… ¿Y ahora me llamas para contarme que Jaime está pachucho? ¿De verdad me llamas para esto a estas horas?

Mamá, perdona la voz de Alba tembló, se notaba que estaba preocupadísima. Me duele que no entiendas que nos queremos. Crees que Jaime no es suficiente, pero yo lo amo, ¡mamá! ¿Cómo puedes pensar que yo me enamoraría de alguien malo? ¿No confías en tu hija?

Carmen se quedó en silencio.

Mamá, por favor Tienes llave de casa. ¿Puedes pasarte? Me da miedo que a Jaime le haya pasado algo. Por favor, mamá.

Vale, pero solo por ti le dijo Carmen, y despertó a Luis.

Cuando llegaron a casa de Alba y Jaime, nadie respondía al timbre. Carmen usó la llave. Todo estaba oscuro; parecía que no había nadie.

Igual se ha ido o no está dijo Luis, pero Carmen lo miró muy seria porque el desasosiego de su hija se le había pegado.

Entró al salón y se le fue el alma a los pies. Jaime estaba tumbado en el sofá en una posición extraña, sudando a mares y empapado en fiebre.

Llamaron al 112 y el médico les tranquilizó:
No se preocupen, tiene una complicación leve de la gripe. ¿Trabaja mucho, no? conversó el médico amablemente mientras tomaba la temperatura a Jaime.

Sí, demasiado asintió Carmen.

Nada, que repose y continúen tomando la temperatura, y si va a peor, avísennos dijo el doctor antes de marcharse.

Jaime, vencido por el calor, dormía. Carmen se sentó a su lado, algo incrédula de estar ahí cuidando, precisamente, de su yerno.

Tumbado e indefenso, Jaime parecía un chaval, la cara relajada, nada que ver con la imagen distante de siempre. Y de repente, medio dormido, buscó su mano y murmuró:

Mamá no te vayas, mamá

Carmen casi ni respiró, pero tampoco apartó su mano. Y así aguantó sentada, velando su fiebre, hasta que amaneció.

A primera hora, Alba volvió a llamar:
Mamá, perdona, ya vuelvo enseguida, no hace falta que os quedéis, seguro que no es nada.

No te preocupes, cariño le respondió Carmen con una sonrisa. Ya va todo mejor, estamos aquí cuidando de Jaime. Quédate tranquila.

*****

Cuando nació su primer nieto, Carmen no dudó en ofrecer toda la ayuda que pudieran necesitar.

Jaime, emocionado, le dio un beso en la mano:
¿Ves, Alba? Y decías que tu madre no querría echarnos una mano le dijo con gratitud.

Mientras paseaba por la casa con el pequeño Mateo en brazos, Carmen no cabía en sí de felicidad:
Mira, Mateíto, la suerte que tienes: ¡te ha tocado la mejor familia y los abuelos más molones de Madrid! Qué suerte tienes, chavalín

Por eso, al final el refrán tenía razón: nadie es un libro abierto, hay que leer poco a poco. Y solo el cariño te enseña de verdad cómo es alguien por dentro.

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MagistrUm
No te vayas, mamá. Una historia de familia Dicen los refranes en España que las personas no son como nueces, no se pueden descifrar de inmediato. Pero Tamara Vázquez estaba convencida de que eso eran tonterías; ella sí que sabía bien cómo son las personas. Su hija Mila se casó hace un año. Tamara soñaba con que encontrase a un buen chico, que llegaran los nietos, y así ella, la abuela, volvería a ser el pilar de toda la familia, tal y como siempre había sido. Ruslán, el yerno, no era tonto ni pobre, y parecía estar muy orgulloso de ello. Pero decidieron vivir por su cuenta: tenía su propio piso y, según veía Tamara, ¡no necesitaban sus consejos para nada! Le parecía que Ruslán no era buena influencia para Mila. Aquello no entraba en los planes de Tamara. Ruslán terminó por irritarla profundamente. —Mamá, no lo entiendes, Ruslán creció en un centro de acogida. Todo lo que tiene, lo ha conseguido por sí mismo; es fuerte, bueno y muy generoso —trataba de convencerla Mila. Pero Tamara solo torcía la boca, siempre buscando defectos en su yerno. Ahora, aquel hombre ya no le parecía el mismo del que se enamoró su hija. Como madre, sentía el deber de abrirle los ojos a Mila antes de que fuese tarde. ¿Sin estudios, tozudo, sin intereses? ¡Los fines de semana pegado a la tele diciendo que estaba cansado! ¿Y con un hombre así quería su hija pasar la vida? Eso no iba a suceder, ya le daría las gracias algún día. ¿Y cuando llegaran los nietos, qué aprenderían de un padre así? Total, Tamara estaba decepcionada. Y claro, Ruslán, notando el rechazo de su suegra, intentaba evitarla siempre que podía. Cada vez se veían menos y Tamara terminó por negarse a pasar por su casa. El padre de Mila, bonachón, decidió adoptar una actitud neutral. Hasta que una noche Mila llamó muy alterada: —Mamá, no te lo había contado, pero estoy de viaje por trabajo un par de días. Ruslán se resfrió en la obra, volvió antes a casa y estaba mal. Llamo pero no contesta. —¿Y por eso me llamas a estas horas?, —saltó Tamara— Vivís a vuestra bola, parece que ya no pensáis en nosotros. ¿Y si yo estoy mal, a quién le importa? ¿Me llamas para decirme que Ruslán está enfermo? ¿Te parece normal? —Mamá… —la voz de Mila temblaba— Perdona, solo me da pena que no quieras entender que nos queremos y que piensas que Ruslán no vale nada, pero no es cierto. ¿De verdad crees que podría enamorarme de alguien malo? ¿No confías en mí? Tamara guardó silencio. —Mamá, te lo pido, tienes la llave de casa. Por favor, pasa a mirar cómo está Ruslán, tengo un mal presentimiento. —Está bien, solo por ti —y fue a despertar a su marido. Llamaron al timbre pero nadie abrió, así que Tamara entró con su llave. Era todo oscuridad. —¿A lo mejor ni está en casa? —sugirió su marido, pero Tamara, preocupada, le echó una mirada severa. Entraron y encontraron a Ruslán tumbado en el sofá, en una postura extraña y ardiendo en fiebre. El médico de urgencias logró reanimarlo: —No se preocupe, es una complicación del resfriado. Se nota que ha trabajado mucho —le dijo a Tamara. —Sí, trabaja bastante —asintió ella. —Todo irá bien, vigilen la fiebre y llamen si empeora. Ruslán dormía y Tamara, sentada junto a él, se sentía extraña al velar al yerno que tanto la había irritado. Tumbado allí, pálido, con el pelo pegado por el sudor, le daba hasta pena. En sueños parecía más joven, el rostro más tierno. —Mamá, —susurró Ruslán medio dormido, agarrándole la mano— no te vayas, mamá. Tamara se quedó helada, sin atreverse a soltarse, y permaneció sentada hasta el amanecer. Al poco, Mila llamó: —Mamá, perdona, ya pronto estaré de vuelta. No hace falta que vengas, creo que todo irá bien. —Claro, hija, que irá bien. Ya ha pasado todo —respondió sonriente Tamara—. Te esperamos, estamos todos muy bien. ***** Cuando nació su primer nieto, Tamara enseguida ofreció su ayuda. Ruslán le besó la mano agradecido: —Ya ves, Mila, y tú decías que tu madre no querría ayudarnos. Tamara, paseando orgullosa por la casa con Timoteo en brazos, murmuraba para su nieto: —Mira, Tim, qué suerte tienes. ¡Tus padres y tus abuelos son los mejores! ¡Qué felicidad te espera, chaval! Al final, el refrán tenía razón: las personas no son nueces, nunca se conoce del todo a alguien a la primera. Y solo el amor consigue que todo encaje.