No te lo has ganado

No te lo has ganado

Yo pensaba que después del divorcio no sería capaz de confiar en nadie más Javier daba vueltas a la taza vacía de café solo entre los dedos, y su voz sonó quebrada, tan convincente que Lucía, sin querer, se inclinó hacia él. Es que cuando te traicionan, es como si te arrancaran una parte de ti. Me destruyó por dentro, de verdad. Creí que no lo superaría, que no saldría adelante

Javier suspiraba como si llevara sobre los hombros toda la fatiga de la Gran Vía en Navidad. Estuvo un buen rato contando lo desgraciado que le había hecho su exmujer: cómo no supo valorarle, el dolor que no se le quitaba ni con el mejor vino de la Ribera, el miedo a empezar de cero. Palabras que a Lucía le caían en el corazón como piedrecitas calentitas, y ya se veía ella a sí misma devolviéndole la fe en el amor. Juntos curarían sus heridas. Porque, claro, la felicidad verdadera era ella, ¿quién si no?

A su hijo Álvaro lo mencionó Javier en la segunda cita, entre la tarta de Santiago y el carajillo:

Por cierto, tengo un hijo, Álvaro, siete años. Vive con su madre, pero los findes está conmigo. El juez lo dejó así.

¡Eso es maravilloso! Lucía sonrió como si le hubiesen dicho que había tocado el Gordo de la Lotería. Los niños son una bendición.

Se imaginó desayunos los sábados en familia, excursiones al Retiro, tardes de sofá viendo pelis. A Álvaro le hacía falta una figura femenina, cariño de madre. Ella sería esa segunda madre no un remplazo, por Dios, pero sí alguien importante, de los suyos

¿Seguro que no te importa? Javier la miró con una mueca rara, que ella confundió con desconfianza. Muchas salen corriendo en cuanto oyen lo del hijo.

Yo no soy muchas contestó Lucía, bien digna.

El primer fin de semana con Álvaro fue como un festival de pueblo en agosto. Lucía hizo tortitas de arándanos las preferidas del crío, detallazo de Javier. Se sentó horas explicando los deberes de mates con toda la paciencia de una profesora de Primaria. Lavó la camiseta de dinosaurios de Álvaro, le planchó el uniforme, y lo metió en la cama a las nueve como un reloj.

Tienes que descansar le dijo a Javier al ver cómo se tiraba en el sofá con el mando en la mano. Yo me apaño sola.

Él asintió. Lucía juraría que era en señal de gratitud, pero luego entendió: era el gesto del que, en su propio reino, considera todo lo dado por hecho.

Los meses pasaban y los años iban detrás. Lucía era jefa de logística en una empresa del polígono de Coslada: salía a las ocho, volvía a las siete. El sueldo no estaba mal para Madrid. Daba para dos. Pero en casa eran tres.

En la obra otra vez hay retrasos decía Javier con cara de tragedia nacional. El cliente me la ha jugado. Pero te juro que pronto sale un contrato grande.

Ese contrato prometido llevaba año y medio bailando por el horizonte: a veces parecía que llegaba, otras se esfumaba, pero nunca caía. Las facturas, en cambio, eran perfectamente puntuales. Alquiler. Luz. Fibra. Supermercado. La pensión a Marta. Zapatillas nuevas para Álvaro. Excursiones del colegio.

Lucía pagaba callando. Se llevaba pasta con tomate en un táper a la oficina y aprendió a esquivar taxis incluso bajo la peor lluvia de otoño castizo. De manicura, mejor ni hablar ya hacía un año que se limaba ella misma las uñas. Qué tiempos aquellos del salón de belleza

En tres años Javier le regaló exactamente tres ramos de flores. Lucía recordaba cada uno: rosas baratas del kiosco de la esquina, ya medio mustias, seguramente a precio de oferta. El primero apareció como disculpa después de que Javier la llamara histérica delante de Álvaro. El segundo fue tras la bronca porque una amiga se presentó en casa sin avisar. El tercero llegó cuando se olvidó completamente de su cumpleaños por estar de cañas con sus colegas.

Javier, que no necesito regalos caros lucía buscaba las palabras como quien pisa una cuerda floja. Pero de vez en cuando, solo saber que te acuerdas de mí Una tarjeta, aunque sea.

La expresión de él cambió al instante:

Claro. Solo te importan los euros, ¿no? ¿Los regalos? ¿Y el amor dónde queda? ¿Te olvidas de todo lo que he pasado?

No, no hablo de eso

¡No te lo has ganado! Javier le lanzó esa frase como quien tira una servilleta sucia en la mesa. Encima de todo lo que hago por ti, ¿tú te pones exigente?

Lucía se callaba. Casi siempre. Era más fácil así: más sencillo vivir, respirar, fingir que todo seguía bien.

Eso sí, para quedar con amigos, el dinero a Javier nunca le faltaba. Bares, fútbol, cañas los jueves. Volvía a casa con olor a tabaco y tras sudar la camiseta de tanto gritar un gol del Atleti, y ni se fijaba que Lucía aún estaba despierta.

Ella se convencía: esto debe ser así. Amar es sacrificio. Amar es paciencia. Él cambiará. Por supuesto que cambiará. Solo necesita un poco más de tiempo, un poco más de atención, un poco más de amor. Si ya ha sufrido bastante

Hablar de boda era pisar minas:

Si ya somos felices así, ¿para qué el papeleo? Javier se quitaba el tema de encima como una mosca en verano. Después de lo que pasé con Marta, dame tiempo.

Tres años, Javier. Tres años son mucho.

Siempre presionando. ¡No paras! levantaba la voz y se iba a otra habitación. Y asunto zanjado.

Lucía quería hijos. Propios, biológicos. Tenía veintiocho, y el tic-tac en su cabeza sonaba como el carrillón de la Puerta del Sol. Pero Javier no quería volver a ser padre. Ya tenía a Álvaro y para él, con eso bastaba.

Aquel sábado solo pidió una cosa. Un día para ella.

Las chicas me han invitado a casa. Hace siglos que no nos vemos. Vuelvo por la noche.

Javier la miró como si le hubiera dicho que pensaba mudarse a Australia.

¿Y Álvaro?

Es tu hijo. Pasa el día con él.

¿O sea, que nos dejas tirados? ¿Un sábado? ¿Cuando yo quería descansar?

Lucía parpadeó. Dos veces. En tres años jamás los había dejado solos. Jamás había pedido ni un solo día libre. Cocinaba, limpiaba, hacía los deberes, planchaba, todo mientras cumplía jornada completa.

Solo quiero ver a mis amigas. Unas horas Es tu hijo, Javier. ¿No puedes pasar UN día con él?

¡Estás obligada a querer a mi hijo igual que a mí! gritó Javier de repente. ¡Vives en mi piso, comes mi comida, y ahora encima te pones digna!

Su piso. Su comida. Lucía pagaba el alquiler. Lucía llenaba la nevera. Llevaba tres años manteniendo a un tipo que le gritaba por querer pasar unas horas con sus amigas.

Por fin, miró de verdad a Javier: la cara torcida, la vena hinchada en la sien, los puños cerrados. Vio a alguien distinto no una víctima del destino, no un pobre hombre por rescatar, sino un experto en sacar partido de la bondad ajena. Para él, Lucía no era una pareja, ni futura esposa, ni nada de eso: solo el cajero automático, la que limpia y plancha. Y punto.

En cuanto Javier salió para llevar a Álvaro con su madre, Lucía sacó la maleta. Movía las manos sin temblor, con una paz desconocida. Los papeles. El móvil. El cargador. Tres camisetas, unos vaqueros. Lo demás se compra o ni hace falta.

Ni una nota dejó. ¿Para qué darle explicaciones al que no te considera ni persona?

La puerta cerró de manera tan silenciosa como un ascensor antiguo.

Las llamadas arrancaron tras una hora. Primero una, después otra, luego en bucle, el móvil retumbando cual alarma de incendio.

¡Lucía, ¿dónde estás?! ¿Qué narices pasa? ¡Llegué a casa y tú no estás! ¿Te crees que puedes hacer lo que te da la gana? ¿Y la cena? ¿Tengo que morirme de hambre? ¡Vaya tela!

Ella escuchó su voz, enfadada, exigente, convencido de ser el mártir de la historia. Ni un lo siento. Ni un ¿estás bien?. Solo era ¿cómo te atreves?. Lucía bloqueó su número. Luego WhatsApp. Instagram. Todos los sitios posibles: bloqueados.

Tres años. Tres años viviendo con alguien que nunca la quiso. Alguien que utilizaba su generosidad como si fuera papel de cocina. Que la convenció de que entregarse hasta desparecer era amar.

Pero el amor no es eso. El amor no humilla. El amor no te convierte en el personal de servicio.

Lucía caminó aquella tarde por Madrid y, por primera vez en mucho tiempo, respiró hondo. Se juró no confundir nunca más el amor con la anulación. No volver a salvar a quien solo usa la lástima.

Siempre elegirse a sí misma. Solo a sí misma.

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