— ¡No soy vuestro comedor gratuito! — exclamó la madre al recibir a sus hijos en la puerta

¡Que yo no soy una casa de comidas gratis! soltó la madre al recibir a los hijos en la puerta.

María Dolores Fernández estaba preparando una excursión para aquel sábado. La primera en dos años, no te lo pierdas.

Su amiga Concha Rodríguez había encontrado un viaje en autobús a Segovia, y los billetes los habían comprado con antelación. María Dolores, ni corta ni perezosa, hasta se compró un gorro nuevo azul con borla, que según el espejo del recibidor le quedaba estupendamente.

A las ocho de la mañana estaba tomándose un té cuando sonó el timbre.

Se quedó quieta, taza en mano.

«No, esto no, por favor», pensó para sí. Volvieron a llamar.

Otra vez. Y después, una voz conocida:

¡Mamá, abre, que llevamos las manos ocupadas!

Frente a la puerta estaban Javier, su mujer Rebeca, los dos niños de siete y nueve años… y cuatro bolsas. Vamos, que parecía que venían a pasar el invierno, no un par de días.

Mamá, que nos han cortado el agua dijo Javier con ese tono de urgencia nacional. ¿Nos dejas quedarnos un par de días?

María Dolores miró las bolsas, luego a los niños.

Pasad, venga.

¿Qué iba a decirles?

Mientras los críos se desvestían en el recibidor y ponían la tele a todo volumen, María Dolores entró en la cocina. Las manos, solas, abrieron la nevera, sacaron huevos, nata, cebolla. Su cabeza, eso sí, pensaba en el autobús que salía a las diez y en el gorro azul con borla, ahí colgado, que hoy ya no iba a ninguna parte.

A las diez y cuarto llamó Concha Rodríguez:

Lola, ¿dónde andas? ¡Que el autobús sale en cinco minutos!

Conchi, imposible, me han venido los niños.

Silencio.

¿Otra vez?

Otra vez.

Concha suspiró tan fuerte que se oyó hasta en Segovia.

A las diez y media vuelven a llamar al timbre. Esta vez era la hija, Lucía, treinta y siete años, divorciada, con una bolsa de viaje al hombro y cara de necesitar bocata de madre y consejo maternal sin que se note.

Pasa, hija le dijo María Dolores.

Y se puso a freír filetes.

No era la primera vez. Ni la segunda, ni la quinta. Los hijos de María Dolores venían a menudo. Javier solía aparecer por dos razones: o le cortaban algo en casa, o discutía con Rebeca y necesitaba unos días. Lucía venía sin excusa, se subía al metro y aparecía directamente.

María Dolores lo sabía. Pero igual, iba a la cocina.

Hay gente que va a la cocina sin pensar. Ella era de esas. Cuarenta años en la cocina del comedor del colegio le dieron más reflejos que a un gato en agosto. Mucha gente, hay que darles de comer. Poca gente, ya vendrán en breve. Las manos ya están pelando patatas aunque la cabeza aún no lo haya decidido.

Para cuando llegó la hora de comer, en la placa había tres cazuelas y una sartén.

Patatas. Filetes empanados. Y una sopa improvisada con lo que tenía.

Los nietos se pasaron del sofá a la alfombra y ya habían esparcido piezas de Lego por todo el suelo. Javier iba y venía con el móvil, hablando serio, como si fuera un ministro en pleno receso. Rebeca en la habitación, tumbada con un libro. Lucía en la cocina, poniendo al día a su madre sobre el exmarido el mismo por el que se divorció hace dos años y del que habla cada vez que puede.

Y tú imagínate, mamá, que anoche me volvió a escribir. Otra vez. ¿Pero qué querrá ahora? Que me echa de menos, dice. ¿Tú me estás escuchando, mamá?

Sí, sí, te escucho dijo María Dolores mientras removía la sopa.

Escuchar, lo que se dice escuchar…

Mamá, ¿tú qué harías, le contesto o paso de él?

No sé, hija, haz lo que veas.

¡Mamá! Siempre igual, nunca te mojas.

María Dolores calló mientras desespumaba el caldo, concentrada.

A eso de las tres, Javier interrumpió con la cabeza por la puerta de la cocina:

¿Queda mucho para las albóndigas?

Están en la sartén.

Que no hemos comido nada desde el desayuno, solo un café por el camino.

María Dolores asintió.

La comida fue un caos como siempre. Los nietos no querían sopa, solo albóndigas. Y sin cebolla. Lucía las pidió sin pan, que estaba a dieta otra vez. Javier repitió plato. Rebeca bajó a la mesa, dijo que no tenía hambre pero por probar una albóndiga, bueno.

Javier se echó siesta. Lucía fue al baño a lavarse el pelo. Los nietos, otra vez el Lego tirado, ahora en otra habitación.

María Dolores lavaba platos y miraba por la ventana. En el banco del parque, su vecina Pilar Gómez, la de las caminatas de los miércoles. Pilar estaba al sol, tranquila, sin sartenes, sin montañas de platos por fregar.

María Dolores suspiró y fue a por la siguiente cazuela.

Ya casi de noche, cuando ya habían barrido la sopa, fregado la loza y limpiado el suelo tras los nietos, se sentó en el taburete un minuto. Y Javier volvió a aparecer en la puerta.

Ahí estaba, todo pancho y contento, la camiseta arrugada sobre la barriga:

Mamá, ¿quedan más albóndigas? Me comería otras.

María Dolores lo miró.

Había tres, en el plato bajo la tapa. Ella se las había guardado; aún no había picado nada en todo el día.

Y entonces, de repente, algo hizo clic.

María Dolores miró a su hijo, pensó en el gorro azul con borla colgado, en Segovia, en el bus que salió sin ella, en Concha recorriendo los monumentos y zampándose algo rico en cualquier terracita…

Pensó en todo eso, y en las albóndigas.

¿Mamá? repitió Javier. ¿Me escuchas?

María Dolores apoyó la taza en la mesa.

Se quitó el delantal, lo dobló con cuidado y lo dejó en la silla.

En la mesa, Lucía enfrascada con el móvil. De la sala llegaba la tele a tope los nietos poniéndoles dibujos, el malo del cuento riéndose a carcajadas como si invadiese toda la casa. Rebeca pasó por la cocina rumbo al baño, tiró la toalla y ni se molestó en recogerla.

La toalla siguió en el suelo.

Mamá… Javier se inquietó, ¿qué pasa?

Y entonces María Dolores lo soltó. Con una calma de la persona que sabía que tenía que decirlo y por fin lo decía.

Que yo no soy vuestra casa de comidas gratis. Tampoco un hotel.

El silencio en la cocina fue total. Hasta el malo del dibujo animado bajó la voz.

Lucía levantó la cabeza del móvil.

Javier se quedó con la boca abierta.

Esta mañana dijo María Dolores pensaba irme de excursión. A Segovia con Concha y Carmen, ya habíamos comprado los billetes en febrero. Me compré mi gorro, el azul, lo ves en la percha si no me crees. El bus salía a las diez. A las ocho y media, estábais ya llamando tú y la familia. Y a las once, llegó Lucía.

Nadie dijo nada.

Al final no fui a ningún sitio continuó. Directa a la cocina. Como siempre. Porque los nietos quieren albóndigas, porque a Rebeca le gusta lo ligero, porque todos tenéis hambre.

Pausa.

Pero yo también tengo vida añadió. A lo mejor no lo pensáis. No os culpo, estáis acostumbrados. Yo os acostumbré. Pero hoy no.

¿Hoy no qué? preguntó Lucía bajito.

Serviros. Ni cocinar, ni limpiar.

Javier la miraba como si de pronto el mundo se hubiera puesto patas arriba, y ni lo entendía.

Mamá, que no lo hacíamos con mala intención…

Ya lo sé, Javier. Eso es lo peor. No es por mala idea, lo hacéis por rutina. Como quien va al frigo, abre y sabe que habrá comida. Cerráis y seguís.

En el salón, los nietos seguían con sus dibujos. El malo volvió a reír, aunque ya más flojo.

María Dolores tomó su bolso, el del viaje frustrado. El abrigo del perchero. El gorro azul con borla.

¿Dónde vas? no se movió Javier, solo la miró con cara de niño chico.

A casa de Concha. Me llamó, han vuelto y están merendando, viendo fotos. Me esperan.

¿Y la cena? dijo Javier, pillándose tarde.

María Dolores lo miró largo. Con esa mirada de madre que hace que hasta los hombres hechos y derechos se sientan como en quinto de primaria.

En la nevera hay huevos, macarrones y queso. El pan en la panera. Tenéis manos, y la cocina no es una nave espacial, os apañáis.

Se abrochó el abrigo, el gorro bien puesto y la borla luciendo, y salió.

En el piso quedaron cuatro adultos, dos niños, la sartén sin tocar y las tres albóndigas que se había guardado a mediodía. La toalla, un rato más, siguió en el suelo.

Javier la miró. Y por fin, se agachó y la recogió.

María Dolores volvió poco antes de las once.

En casa de Concha se estaba de maravilla: té con menta, rosquillas de Segovia en una bolsa de papel, fotos en el móvil mira la catedral, el Alcázar, Carmen con una copa de ponche haciéndose la remolona. María Dolores pensó que ella también irá, tarde o temprano. Concha ya investigaba el próximo viaje.

El gorro azul estuvo sobre el sofá, bien a la vista. No fue a Segovia, pero fue a algún sitio.

La llave giró suave en la cerradura.

En el recibidor, todo recogido. Las botas de los nietos, bien colocadas junto a la pared. Toalla desaparecida.

María Dolores colgó el abrigo, recorrió el pasillo.

En la cocina, luz.

Se asomó.

Javier, fregando una olla con toda la concentración del mundo, como si fuera la primera vez pero decidido a hacerlo bien. En la encimera quedó otra cacerola más tarde descubriría que habían cocido macarrones, algo pasados, pero ahí estaban. La vajilla limpia, bien apilada.

Lucía sentada allí mismo.

Los nietos, por el silencio, ya dormidos.

Javier la vio y no dijo nada en un segundo.

Mamá, no sabíamos que era tan duro para ti le dijo.

María Dolores miraba las cacerolas, los platos, a Lucía.

Nada del otro mundo.

Pero de repente, después de cuarenta años cocinando y sin esperar ni un gracias, sintió humedecerse los ojos. Por una cacerola, imagínate.

Siéntate, mamá dijo Lucía. Te hemos dejado.

En la esquina de la mesa, un plato tapado. Para ella.

María Dolores se sentó.

Levantó la tapa. Macarrones con queso. Algo pegados, algo templados. El queso rallado gordote, a toda prisa.

Cogió el tenedor.

Y, sinceramente, le supieron a gloria. Los mejores macarrones de los últimos años, y eso que… ¿quién lo diría?

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— ¡No soy vuestro comedor gratuito! — exclamó la madre al recibir a sus hijos en la puerta