Aquel día de marzo, Elena temblaba desde que se había levantado. No de frío, sino de rabia. Mientras vestía a su hijo frente al espejo, intentaba contener la irritación. Era el 8 de marzo, el Día de la Mujer, que podría haber sido tranquilo si no fuera porque, una vez más, tenía que visitar a su suegra. Lo que significaba sonrisas falsas, comentarios pasivo-agresivos y esa culpa que la señora sabía inculparse como nadie.
—Elena, otra vez con esa cara de vinagre —refunfuñó Nicolás abrochándose la chaqueta—. No me digas que no quieres ir.
—¿En serio no lo entiendes? —masculló ella—. Siempre me critica: cómo crío a Adrián, qué hago mal… Nunca pregunta cómo estoy. Como si trabajar en casa fuera estar de vacaciones.
—Bueno, no sales de casa —se burló él.
—¿Crees que el teletrabajo es tumbarse en el sofá? ¿O que la luz y la comida caen del cielo?
Nicolás se ofendió. No le gustaba que Elena le recordara el dinero, aunque era verdad: su sucia como diseñadora freelance triplicaba su sueldo de vigilante en un almacén.
—¿Podrías ir tú solo? —intentó ella.
—Elena, es el Día de la Mujer. No puedes ignorar a mi madre.
Dos horas después, estaban en el minúsculo piso de Esperanza, la suegra, en Getafe. En un rincón, Julia, la sobrina huérfana de 20 años que la suegra había acogido, hojeaba una revista sin dirigirles la atención. Nunca habían congeniado, y Elena notaba cómo Esperanza prefería claramente a Julia antes que a su propio nieto.
—Las tías y yo lo hemos hablado —anunció la suegra durante la cena—. Voy a dejarle el piso a Julia. Vosotros ya tenéis casa, pero ella necesita empezar.
A la semana, los papeles estaban firmados. Con la condición de que Julia se mudaría solo cuando ella muriera. Pero el destino es caprichoso: tres semanas después, Esperanza sufrió un infarto grave. Sobrevivió, pero ya no podía valerse por sí misma.
—Tenemos que mudarnos con mi madre —sentenció Nicolás—. No puede quedarse sola.
Elena tragó saliva, pero se mudaron. Solo que, como siempre, el peso de todo (comida, limpieza, higiene) cayó sobre ella. Nicolás trabajaba, Julia estudiaba y veía a su novio… y Elena, además de su trabajo, se convirtió en cuidadora gratis.
—Nico, ¿y si Julia ayuda? Al fin y al cabo, el piso es suyo —sugirió una noche.
—Es estudiante, tiene su vida. ¿O quieres que traiga aquí al novio? Además, tú estás en casa.
—En casa. Trabajando. Haciéndolo todo.
—¿Estás harta? —sonrió él con ironía—. Es mi madre. No la abandonarás, ¿verdad?
—Es tu madre. Mi suegra. No es mi obligación. Tú no cuidarías de la mía. Contrata a una cuidadora.
—¿Y quién paga?
—Con su pensión. O con tu sueldo.
—Entonces, ¿para qué te necesito? —espetó frío—. Ve a ver cómo está.
Esa noche, Elena miró al techo, las palabras resonando en su cabeza. Él la usaba: como esposa, como empleada, como enfermera. Julia, la heredera, ni aparecía. Y ella se rompía la espalda cada día.
A la mañana siguiente, mientras Nicolás trabajaba, Elena empacó sus cosas. Tomó de la mano a Adrián y volvió a su piso. Apagó el móvil y solo envió un mensaje: *”Cansada de serlo todo. Suerte.”*
Por la noche, Nicolás apareció furioso.
—¡O vuelves o pedimos el divorcio! —rugió.
—Como quieras —respondió ella tranquila—. Pero ahora lo pido yo. No sacrificaré mi vida por un piso que no es mío y por alguien que nunca dio las gracias.
—¡Te arrepentirás!
—Ya me arrepiento… de haber aguantado tanto. Ahora soy libre. Solo te agradezco a Adrián.
Un mes después, el divorcio fue rápido. Nicolás no pidió perdón. Elena no llamó.
Seis meses más tarde, supo que Esperanza había muerto. Y Julia, la nieta favorita por quien todo se había hecho, echó a su tío a la calle como un mueble viejo.
La vida puso todo en su lugar. Y Elena no se arrepintió ni un segundo de haber salido a tiempo.





