—¡No voy a ser la niñera de tu niña!— gritó Lucía aquel día, y sus palabras se clavaron en el corazón de Carmen como un puñal. No solo resonaron en el pecho de su madre, sino también en los ojos de Sofía, de ocho años, que escuchaba todo desde la puerta.
Tras la muerte de su marido, Carmen se quedó sola con sus dos hijas. Lucía, la mayor, tenía catorce años, y Sofía apenas ocho. Casi nadie las ayudaba: la abuela paterna prefería no meterse, y la madre de Carmen vivía a cientos de kilómetros, visitándolas poco. Todo el peso cayó sobre los hombros de una mujer consumida por el dolor. El dinero apenas alcanzaba, y las moralejas aún menos.
Sofía, la pequeña, tenía un don para el dibujo desde temprana edad. Ganó un concurso local, lo que le permitió estudiar gratis en una prestigiosa escuela de arte. Pero las clases requerían viajes constantes, cuatro veces por semana. Dos días, Carmen lograba ajustarse, pero los otros dos eran imposibles. Su trabajo peligraba, y su jefe ya la miraba mal. Por eso, decidió pedirle ayuda a Lucía.
—Tú sales del instituto, podrías llevarla y esperarla un par de horas— rogó Carmen, mirando a su hija a los ojos.
Pero la respuesta fue fría como el hielo: —¿Qué soy, una niñera? ¡Yo también soy una niña! Quiero descansar, no pasearme con Sofía por toda Sevilla.
Y luego, como un cuchillo en el corazón: —No debiste tener dos hijas, así solo te ocuparías de una.
Carmen no pudo más. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, y al girarse para ir a su habitación, vio a Sofía en el umbral. Lo había escuchado todo. También lloraba. Sin decir palabra, se acercó y la abrazó.
La salvación llegó de donde menos esperaban: la abuela de otra niña de la escuela de arte vivía cerca y se ofreció a llevar a Sofía. Poco a poco, la vida recuperó su ritmo. Al año, Sofía ya iba sola a clase, pero el dolor del rechazo de su hermana quedó enterrado muy dentro.
Pasaron los años. Sofía entró en la universidad, empezó a trabajar y alquiló un piso. Carmen se mudó con su madre. Lucía se casó y se fue a otra ciudad. Yorén en un hijo. Todo parecía perfecto, hasta que un día, Sofía recibió una llamada.
Lucía sollozaba al teléfono: —¡Nos echó! Dijo que no aguantaba más mis rabietas y nos mandó a la calle. ¡No piensa pagar la manutención! No tenemos donde ir…
Sofía no dudó: les ofreció quedarse con ella. Pero cuando Lucía le pidió que cuidara al niño para poder trabajar, la respuesta fue helada: —Lo siento, Lucía, pero no seré la niñera de tu hijo. Es tuyo, no mío. Y no te debo nada.
Lucía estalló: —¡Pero soy tu hermana!
—¿Recuerdas lo que le dijiste a mamá cuando me tocaba ir a la escuela de arte? ¿Recuerdas cómo gritaste que no eras mi niñera? Mamá lloró como una niña, y yo lo escuché todo. ¿Sabes qué? Nunca más sentí que eras mi hermana mayor. Tú elegiste. Ahora yo elijo.
Lucía no dijo nada. Solo colgó.
Ahora Sofía sigue con sus estudios y su trabajo. Su hermana vive con ella, pero cada día es más claro que aquella herida nunca sanó. Sofía ayuda, pero sin cariño. Sin calor. Solo porque es lo correcto. Porque no perdonarse sería peor.
Pero aquella Sofía que vio cómo su hermana la abandonaba ya no es la niña de antes. Es una mujer adulta. Y sabe el peso de las palabras.
¿Tú qué crees? ¿Debió Sofía perdonar y hacerse cargo? ¿O hay veces que, para no romperse, hay que dejar atrás a quienes alguna vez negaron su ayuda?







