No sólo vecinos
En un pequeño pueblo de Castilla, donde las calles en verano se ceñían de verde y en otoño se vestían de oro por las hojas caídas, vivían dos familias puerta con puerta. Siempre hubo entre ellas buena vecindad, se ayudaban en todo y celebraban las fiestas juntos. Los hijos hacía años que se habían marchado a Madrid.
Un día, la desgracia se abatió sobre Tomás: su esposa, Inés, falleció. Era todavía de madrugada, el alba apenas asomaba, cuando Tomás llegó corriendo a casa de sus vecinos, Rodrigo y Rosalía, y aporreó la ventana con ansiedad.
¿Qué pasa? preguntó Rodrigo asomando nervioso al porche, con Rosalía detrás, arropada sólo con la mantilla.
Mi Inés mi Inés sollozó Tomás derrumbándose en los escalones, mientras el aire húmedo y frío del otoño le calaba los huesos.
Pero Tomás, ¿qué pasa con Inés? ¿Hay que llamar al médico? le urgía Rodrigo.
No hace falta mi Inés se ha marchado dijo Tomás, y sus palabras fueron un lamento hondo.
Los vecinos no le dejaron solo ni un momento, hasta que su hijo y nuera llegaron del centro. Rosalía le preparaba tila y le daba pastillas para calmarle. Tras el entierro de Inés, continuaron invitándolo a comer, a cenar, y Rodrigo, por las tardes, jugaba largas partidas de ajedrez con él para distraer su mente.
Pasaron seis meses. Tomás, a fuerza de costumbre y resignación, fue aprendiendo a vivir sin la compañía de su esposa. Empezó a valerse por sí mismo: cocinaba, lavaba, mantenía la casa limpia. El hijo lo visitaba cuando podía.
Una tarde de agosto, como tantas otras, Tomás estaba en el patio de Rodrigo. Entre sorbos de café y jugadas lentas de ajedrez, la tarde se deslizaba perdiéndose entre los árboles. De pronto, Rodrigo se desplomó de lado; Tomás, alarmado, casi no tuvo tiempo de sujetarlo.
Rodrigo, ¿qué te pasa? le agitaba, pero Rodrigo no respondía. ¡Rosalía! gritó, justo cuando ella doblaba la esquina de la casa con una gran bandeja de pepinos frescos.
Se le escurrió la vajilla al suelo al ver la escena y corrió hacia su marido. Rodrigo ya no respiraba. El médico, cuando llegó, sólo pudo certificar un infarto.
Pero si nunca se quejó del corazón lloraba Rosalía, sin consuelo.
Ahora sería Tomás quien ayudara a Rosalía. Vinieron su hija y su hijo desde lejos, hicieron el sepelio, pero al irse comprendió Rosalía la profundidad del silencio y la soledad. Durante el día, Tomás la visitaba y la ayudaba con recados. Por las noches, el insomnio y los pensamientos la mantenían despierta.
El tiempo sanó algo las heridas. Los nietos y los hijos la visitaban de vez en cuando. Tanto Rosalía como Tomás, ya jubilados, se apoyaban mutuamente. Tomás había dedicado su vida a enseñar historia en el instituto local; Rosalía, a la biblioteca del pueblo.
Llegó el otoño. Cada mañana Tomás salía al patio con la escoba, barriendo las hojas de los plátanos y arces envejecidos. Luego cruzaba la cancela y barría la acera junto a la casa de Rosalía; el viento, incansable, seguía tiñendo de amarillo el empedrado. Entraba en su patio y lo dejaba impoluto, aunque allí las hojas eran menos.
Rosalía lo miraba divertida desde la ventana.
¡Tomás, vas a acabar con el otoño tú solo! le gritó abriendo la ventana. Ya todos saben que eres el único que lucha contra las hojas caídas.
Tomás alzó la vista y sonrió.
Si todos nos quedamos esperando a que desaparezcan solas, esto se volverá un caos. Hay que recogerlas, no queda otra.
Pero admitelo, son bonitas, ¿verdad? Mira cómo brillan insistía Rosalía.
Bonitas sí pero peligrosas, resbalan que da gusto refunfuñó él, y volvió a su tarea.
Al acabar, barría también el caminillo de entrada a la casa de ella. Justo entonces, vio cómo Rosalía salía al porche con dos tazas humeantes.
Anda, deja eso y ven, que se enfría el té con miel le instó poniendo las tazas sobre la mesa del cenador. Siéntate conmigo.
¿Hoy con miel? Si siempre lo tomamos con limón preguntó Tomás, sorprendido, dando un sorbo.
Hoy hace frío, hay que calentarse por dentro respondió ella, sonriendo.
Demasiado dulce a nuestra edad hay que cuidarse del azúcar.
Anda, bébelo, que una vez a la semana no hace daño le replicó Rosalía en tono mandón.
Vale, vale, tú ganas.
Ayer me llamó mi nieto Jaime. Me dice: Abuela, ¿por qué no vienes a vivir con nosotros aquí en Madrid? Y yo le contesté: Hijo, sola no estoy, aquí tengo un amigo, dijo con una sonrisa mirando a Tomás.
Él, para disimular, se escondió tras la taza.
Está bien dicho, aunque llamarme sólo amigo suena un poco mundano
¿Y cómo quieres que te llame?
Pues compañero en la guerra contra las hojas del otoño Tomás soltó una carcajada y Rosalía la secundó.
Otro día, Tomás acabó de barrer pero no vio a Rosalía en la ventana. Preocupado, subió los escalones y llamó a la puerta. Al cabo de un rato, abrió ella, pálida, arropada en una manta de cuadros.
¿Pero qué es esto? Ven aquí, te ayudo la tomó del brazo y la sentó en el sillón bajo otra manta.
Ella lo miró con los ojos cansados y la nariz roja.
Creo que he cogido frío
Ay, ¿quién me va a preparar el té ahora? suspiró él, colgando su chaqueta.
En la mesilla tengo medicinas
Revisó las pastillas y negó con la cabeza.
¿Sólo esto? Voy ahora mismo a la farmacia.
No hace falta con eso me apaño dijo ella en voz baja.
Sí que hace falta respondió firme Tomás, y salió decidido.
Volvió pronto, con una bolsa de medicinas y una gallina del supermercado. Mientras ella dormitaba, se escurrió a la cocina.
No tardó en llegarle el aroma del caldo.
Mira que sabes cocinar, Tomás bromeó Rosalía con una débil sonrisa.
Aquí hay que apañarse con todo le contestó sirviéndole una humeante sopa. Venga, a reponerse, que me aburro barriendo solo.
Está bien, compañero, lo haré por ti dijo Rosalía con una seriedad fingida.
A la semana estaba como nueva. Salieron juntos por primera vez tras mucho tiempo al parque del río del pueblo. Fue idea de Tomás.
Las hojas crujían bajo sus pies y el sol otoñal aún templaba el aire.
¿Sabes, Tomás? El otoño tiene su encanto decía Rosalía, entrelazando su brazo con el de él.
Más aún cuando se comparte con buena compañía respondió.
Dejaban tras de sí dos caminos marcados en el lecho de hojas, y reían.
Días después, Tomás llegó con una ocurrencia.
Tengo un problema: he buscado en toda mi casa y no encuentro ningún libro sobre cómo cuidar cactus.
¿Cactus? Pero si tú no tienes plantas en casa ni las quieres.
Tomás miraba pícaro.
De momento. Hoy he comprado este para ti sacando a relucir una maceta pequeña.
¿¡Y qué quieres que haga con él!? Nunca he tenido cactus reía Rosalía.
Pero tú eres bibliotecaria, seguro que sabrás qué libro buscar
Está bien, sólo si florece me invitas a un helado.
Hecho.
Y llegó el invierno, cayó la primera nevada. Tomás volvió a la casa de Rosalía, esta vez las manos ocultas.
¿Y ahora qué traes? preguntó ella divertida al ver su expresión.
Rosalía, llevo mucho tiempo viniendo cada día he pensado que, quizás, podría quedarme siempre que podríamos casarnos le dijo por fin, ofreciéndole un ramo de rosas rojas. Ella sonrió, y el rubor tiñó su rostro.
¡Ay, Tomás! ¿Cuánto tiempo te ha costado decidirlo?
Mucho no sabía si tú querrías confesó él. Y bien, ¿qué me dices?
Claro que sí, ya no sé estar sin ti. Cuando te vas, te echo de menos. Además, ¿cómo decir que no a un ramo así?
Pasaron juntos el crudo invierno. Llegó la primavera. Una mañana, Rosalía gritó desde la sala:
¡Tomás, ven! ¡Tu cactus ha florecido! Así que me debes un helado.
Mira que lo dudaba Hoy mismo vamos a la heladería, lo prometido es deuda.
Paseaban debatiendo si pedir un corte de nata o ese mantecado de siempre. Tomás miró al cielo, el sol primaveral le iluminó el rostro y sonrió.
¿Qué te hace sonreír así? preguntó Rosalía.
No sé creo que hemos formado un buen equipo.
Sí, un gran equipo asintió ella, bajito.
Caminaban juntos, ya no sólo vecinos ni meros compañeros de lucha contra las hojas, sino dos almas que se habían encontrado entre los destellos dorados del otoño, la nieve del invierno y el sol de la primavera. A dos ya nunca les faltaría compañía; la soledad, para ellos, no volvería.
Gracias por estar ahí. ¡Que la vida os sonría y no os falte nunca el calor de los vuestros!





