No solo vecinos
En un pequeño pueblo castellano, donde las calles se perdían entre el verdor del verano y el oro de las hojas en otoño, vivían puerta con puerta dos familias. Siempre se habían llevado bien, ayudándose en las faenas y en los días difíciles. Sus hijos, al crecer, marcharon a la ciudad en busca de nuevas vidas.
Pero ocurrió que a Tomás le falleció su esposa. Aquel amanecer, cuando apenas clareaba la luz del alba, fue corriendo a la casa de sus vecinos, Lorenzo y Marisa, y dio unos golpecitos urgentes en la ventana.
¿Qué pasa? salió Lorenzo al porche, apenas puesto el batín, y detrás Marisa, cubriéndose los hombros con un chal de lana.
Rosario, mi Rosario… dijo él, rompiendo en llanto mientras se sentaba en los escalones. Era otoño, de esos fríos y húmedos.
¿Qué ocurre con Rosario? insistía Lorenzo, zarandeándolo alarmado. ¿Te busco un médico?
No… No hace falta. Mi Rosario ha muerto pronunció Tomás con un suspiro apesadumbrado.
Los vecinos se volcaron con él, hasta que llegó el hijo de Tomás desde Valladolid junto a su esposa. No le dejaron ni un solo día solo. Marisa le preparaba infusiones calmantes. Pasados los funerales de Rosario, seguían buscándole compañía, invitándole a comer, a cenar. Lorenzo, por las noches, le hacía compañía jugando al ajedrez entre comentario y comentario.
Pasó medio año. Tomás fue saliendo adelante, acostumbrándose a hacer él todo en la casa: cocinar, lavar, limpiar. Su hijo y su nuera venían de vez en cuando a verle.
Una tarde de agosto, ya bien avanzado el verano, Tomás se encontraba en el patio de Lorenzo. Entre silencios, iban moviendo piezas de ajedrez, degustando esos momentos lentos de pueblo. De repente, Lorenzo se desplomó hacia un lado. Tomás apenas tuvo tiempo de sujetarlo.
¿Lorenzo, qué te pasa? lo agitó, pero el otro no reaccionaba. ¡Marisa! gritó a su vecina, quien justo salía con un cuenco rebosante de pepinos recién cogidos de la huerta.
Al ver la escena, el cuenco rodó por el suelo. Marisa corrió al lado de su marido. Lorenzo había fallecido al instante. Más tarde, fue el médico quien confirmó el infarto.
No puede ser… lloraba Marisa, si nunca se quejó del corazón.
Y así, fue Tomás el que ayudó a Marisa. Acudieron su hijo y su hija de lejos, para darle sepultura a Lorenzo. Cuando los hijos partieron, Marisa conoció el verdadero silencio de la soledad en casa. De día tenía a Tomás rondando, dispuesto a echar una mano, pero en la noche, los pensamientos iban y venían y el sueño no llegaba.
El tiempo pasó. Marisa fue recuperando el ánimo. Sus hijos y nietos venían a visitarla de cuando en cuando. Tanto Tomás como Marisa estaban ya jubilados: él había sido profesor de Historia en el instituto comarcal, ella llevaba años encargándose de la pequeña biblioteca municipal.
La vida seguía. Llegó el otoño. Cada mañana Tomás salía a barrer con una escoba las hojas amarillas y pardas de los arces frente a su casa. Luego cruzaba el portón y barría la acera de Marisa, aunque el viento no tardaba en cubrir de nuevo las baldosas. Entonces entraba en el patio de su vecina, donde no caían tantas hojas.
Marisa lo observaba con una sonrisa desde la ventana.
Tomás, ¿no crees que ya basta? le gritó un día abriendo la contraventana. Todo el pueblo sabe que eres el único que lucha contra el otoño.
Él levantó la mirada y se encogió de hombros sonriente.
Si todos esperan a que desaparezcan solas las hojas, el mundo se volverá un caos. Hay que quitarlas, es la única manera.
Pero las hojas de otoño son hermosas; mira cómo brillan replicó Marisa.
Bonitas sí, pero resbalan mucho. Te caes en un despiste murmuró él, continuando con su labor de barrendero voluntario.
Al llegar a su portón, Marisa le invitó a pasar.
Anda, ven, déjate de hojas. Vamos a tomar un té con miel dijo dejando las tazas en la mesa de la galería.
¿Con miel hoy? Suele ser con limón… preguntó Tomás intrigado tras el primer sorbo.
Hoy refresca y hay que cuidarse respondió ella sonriendo.
Demasiado dulce. A nuestra edad hay que ser cautos refunfuñó él.
Vamos, no protestes tanto. No tomamos miel todos los días. Una vez a la semana, no hace daño le cortó Marisa con gesto de madre.
Tomás accedió con una mueca resignada.
Ayer me llamó mi nieto, Lucas, preguntándome:
Abuela, ¿estás sola? Vente a la ciudad con nosotros.
Y le contesté: “No, solo no estoy. Aquí tengo a un buen amigo” y, al decirlo, miró con complicidad a Tomás.
Él escondió una sonrisa tras la taza.
Bien dicho. Aunque amigo… suena a poco.
¿Y cómo te gusta más?
Quizá camarada en la batalla contra las hojas de otoño bromeó él, y ambos se rieron a carcajadas.
Un día, Tomás terminó de barrer y no vio a Marisa asomada como siempre. Preocupado, subió los escalones y llamó. Al cabo, apareció Marisa sujetándose a la pared, envuelta en una manta de cuadros.
Vaya, parece que tienes un buen resfriado…
Eso parece musitó con voz débil.
¿Y ahora quién me va a preparar el té? bromeó Tomás.
Colgó la chaqueta y le preguntó por los medicamentos. Al ver que apenas tenía, dijo:
Voy a la farmacia, vuelvo enseguida.
No hace falta, me apaño… contestó ella, débil.
Insisto respondió él resuelto.
Volvió raudo con una bolsa de medicinas y una gallina del mercado. Marisa, medio adormilada en el sillón, se sorprendió al oírlo revolver en la cocina. Pronto le llegó el aroma reconfortante de un caldo casero.
No sabía que cocinases tan bien, Tomás le dijo, aunque ya lo sospechaba.
Uno debe saber de todo para imprevistos respondió él, sirviéndole un cuenco humeante. Hay que recuperarte, que después de tanto barrer solo, aburre.
Marisa sonrió.
Trataré de ponerme bien, camarada.
En una semana, estaba recuperada. Por primera vez en mucho tiempo, salieron juntos a pasear por la alameda junto al río. Las hojas crujían bajo sus pasos y el sol otoñal aún calentaba un poco.
¿No te parece bonita, la estación? comentó Marisa.
Mucho, sobre todo en buena compañía.
Cogidos del brazo, pasearon dejando un rastro de huellas en las hojas secas, hablando y riendo.
Días después, Tomás apareció con una petición:
He estado revisando mi biblioteca y no encuentro ningún libro sobre cómo cuidar cactus.
Cactus… pero si no tienes ninguno, ni siquiera flores.
Él sonrió pícaro, extrayendo un tiesto pequeño de detrás de la espalda.
Ahora sí. Es para ti…
¡Pues menudo encargo! Nunca he tenido cactus dijo Marisa riéndose.
Pero eres bibliotecaria, seguro que puedes investigarlo.
Bueno, pero solo si florece me invitas a un helado aceptó ella.
Trato hecho.
Poco después llegó el invierno y con él el primer manto de nieve. Tomás acudió, como ya era costumbre, con una mano tras la espalda.
A ver qué traes otra vez… le interpeló Marisa, mientras él, nervioso, se movía inseguro.
He estado pensando… en vez de venir cada día… ¿qué te parecería si me quedara para siempre contigo? ¿Nos casamos? le dijo, tendiéndole un ramo de rosas rojas.
Marisa se sonrojó.
Madre mía, Tomás, ¿y cuánto lo has pensado?
Mucho, no sabía si querrías… ¿Y bien? ¿Aceptas?
Claro. Qué voy a hacer si me he acostumbrado a ti. Cuando te vas, hasta el aire me falta replicó ella, colocando las flores en un jarrón. Además, ¿cómo negarse ante ese ramo maravilloso?
Superaron juntos el invierno. Llegó la primavera. Una mañana, Marisa exclamó:
¡Corre, Tomás, tu cactus ha florecido! Ahora me merezco ese helado.
Ni yo me lo creía. Vamos a la plaza a por helado, lo prometido es deuda.
Andaban por las calles discutiendo si preferían helado de chocolate o nata en cucurucho. Tomás miró el cielo luminoso y sonrió.
¿Por qué esa cara de alegría? le preguntó Marisa, devolviéndole la sonrisa.
Porque creo que hacemos un buen equipo.
Sí, un gran equipo repitió ella, bajito.
Y siguieron caminando, ya no eran solo vecinos ni camaradas, sino dos almas que se habían encontrado entre hojas otoñales, la nieve del invierno y la luz de la primavera. Estar juntos les salvó del silencio. Nunca temieron más a la soledad.





