No solo una niñera
Alicia está sentada en una mesa de la biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, rodeada de una montaña de libros y apuntes. Sus dedos hacen pasar las páginas del cuaderno con agilidad mientras sus ojos recorren atentos las líneas: intenta memorizar toda la materia posible antes del examen que se acerca. El profesor tiene fama de ser firme e inflexible: quien suspende el control, seguro tiene que presentarse a la recuperación, y Alicia sabe que no puede permitirse ese lujo: el semestre ya está bastante cargado.
En ese momento se le acerca Marisa, una de sus compañeras de clase. Se sienta en el filo de la mesa, inclinándose suavemente hacia Alicia, y le dice en voz baja:
¿Todavía buscas un trabajo de media jornada?
Alicia se separa ni que sea un segundo del cuaderno, asiente sin mediar palabra y vuelve a fijar la mirada en las páginas. El tiempo apremia y aún le queda mucho por repasar.
Mmm, consigue decir al fin, sin dejar de pensar en los apuntes. El problema es el horario. Ya sabes que tenemos clase hasta las dos cada día, y faltar no es una opción.
Marisa sonríe con comprensión. Conoce muy bien el nivel de compromiso de Alicia con los estudios. Tras unos segundos en silencio, continúa, ahora más animada:
Tengo la solución perfecta para ti. Resulta que mi vecino, Rodrigo, está solo con sus hijos porque, bueno, su mujer falleció hace tiempo frunce el ceño, como si las historias tristes le molestaran. El caso es que está desbordado con el trabajo y le urge encontrar a una niñera para las tardes, más o menos de cuatro a ocho.
Alicia ahora sí aparta la vista del cuaderno y la clava en su amiga. Marisa sigue hablando, percibiendo que ha conseguido captar su atención:
Te encantan los niños, estás estudiando Magisterio y tienes mucha experiencia: ¡cuatro hermanos pequeños nada menos!
Alicia medita. Siempre le ha dado calor de hogar pensar en los niños. Ha ayudado a su madre toda la vida a cuidar de los suyos, nadie se lo imponía, pero era duro y a la vez le hacía sentirse útil y feliz.
¿Y qué edad tienen? pregunta, con tono de auténtica preocupación.
Alicia gira el lápiz en las manos, dándole vueltas a las palabras de Marisa. Ser niñera le atrae pero, ¿estará preparada? Al fin y al cabo no es lo mismo tratar con tus propios hermanos que con niños ajenos, y más si han vivido algo tan duro.
Gemelas, tienen seis años responde rápido Marisa. Rodrigo tiene otro hijo, pero ya es mayor y no necesita que le cuiden: Esteban tiene trece, hace mucho deporte y entre entreno y entreno no está en casa.
¿Seguro que me van a coger? duda Alicia, golpeando el lápiz contra la mesa, nerviosa. No tengo todavía el título, voy por cuarto
Sí, cuidó de sus hermanos, sí, hizo prácticas en una escuela infantil, sí, le encantan los niños. Pero no es lo mismo. Esta vez responderá ante su padre.
Marisa descarta todas sus dudas con un gesto despreocupado:
Claro que sí. Rodrigo me preguntó justo anoche si le podía recomendar a alguien. ¿Le paso tu móvil?
Su voz es tan convincente que Alicia se detiene un instante. Mira los apuntes, el reloj queda media hora para la siguiente clase y de repente lo ve claro: la casa está cerca de la uni, el horario es compatible, seguro que las niñas son encantadoras.
Siente una mezcla de nervios e ilusión. Toma aire, lo suelta y se oye decir con decisión:
¡Vale!
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Alicia está de los nervios. Hoy empieza su primer día, de verdad, trabajando. No cuenta cuidar de sus hermanos: aquí es diferente, es un trabajo, tiene la responsabilidad ante otra persona, y las niñas son unas desconocidas. Repasa en la bolsa: móvil, llaves, libreta, un tupper con merienda para las niñas Todo está.
El día anterior, la toma de contacto con Rodrigo y los niños fue sorprendentemente sencilla. Él es un hombre afable, de hablar pausado y mirada cálida. Le explicó con calma todo el horario, las rutinas. Las niñas Lucía y Carmen al principio estaban cortadas, pegadas al padre, pero en diez minutos ya enseñaban dibujos y le contaban mil historias. Parecían haberle cogido cariño. A Alicia se le caía la baba: su desparpajo y alegría eran irresistibles.
Pero lo que más le impresionó fue Rodrigo. Marisa no le había avisado de lo atractivo que era. Alto, mirada limpia y sonrisa honesta, irradiaba cercanía y serenidad. Alicia se sorprendía de sí misma: tenía que hacer un esfuerzo para no sonrojarse cada vez que él le miraba.
No pierdas la cabeza se repite mentalmente. Esto es solo trabajo.
Ahí está la escuela infantil: pequeña, luminosa, con un patio lleno de color. Rodrigo avisó a las monitoras de que la niñera recogería hoy a las niñas. Alicia respira hondo, se recoge el pelo y entra en el recinto.
El patio rebosa de risas y carreras: niños montando castillos de arena. Ella localiza fácilmente a Lucía y Carmen cerca del columpio. Al verla, se quedan quietas y le sonríen tímidamente.
Alicia se acerca, se agacha para quedarse a su altura, y les sonríe:
Chicas, ¿nos vamos a casa? Os preparo algo rico para merendar.
Lucía mira a Carmen, da un pasito y pregunta entornando los ojos:
¿Qué vas a hacer?
Hum Alicia finge que piensa. ¿Tortitas con mermelada? ¿O galletas de chocolate?
Carmen se anima en cuanto oye lo de chocolate:
¡Galletas! A mí me gustan con trocitos.
Decidido entonces asiente Alicia, tendiéndoles la mano. ¿Vamos?
Las niñas, tras un instante de duda, ponen sus manitas en las de Alicia. Siente cómo el nerviosismo la abandona, reemplazado por una calidez agradable. ¿Y si realmente puede hacerlo bien?
Lucía y Carmen se miran, en silencio y con una madurez que sobrecoge. Después asienten sincronizadas. Y es que hacen todo igual: la manera de coger las manos, inclinar la cabeza, hasta los pasitos parecen acompasados. Una seriedad impropia para su edad.
Alicia se embelesa mirándolas, pero recuerda lo que le contó su hermano mayor, Esteban. Ayer, en voz baja, serio como un adulto, le avisó de lo que Rodrigo quizá nunca diría abiertamente:
Antes eran de lo más abiertas, cariñosas, no paraban de abrazar y hablar. Pero después cuando mamá murió Esteban hace pausa, se recompone. Ellas no entienden del todo lo que pasó. Se preguntan si han hecho algo mal.
Un silencio tenso. Prosigue con firmeza:
Llora que te llora: “¿Hemos sido tan malas que mamá se marchó?” Papá y yo les decimos que no, que mamá las quería. Pero se han encerrado en sí mismas. Casi no ríen. Y a los desconocidos no los quieren cerca. La abuela antes echaba una mano, pero está muy enferma. Por eso papá tuvo que buscar a alguien.
La voz de Esteban transmite agotamiento adulto, pero también responsabilidad de hermano mayor, empeñado en proteger a las gemelas y a su padre.
Alicia asiente, sintiendo un nudo en la garganta. Desde entonces, ver a Lucía y Carmen le pesa más todavía: le han confiado algo frágil.
Pero a mí las peques enseguida se me acercaron se consuela Alicia. Jugamos un rato, al principio tímidas, pero luego se rieron un montón con un par de trucos de magia que les hice con un pañuelo.
Esteban la mira con atención, como calibrando si es de fiar. Al fin, muy serio, afirma:
Por eso mi padre te eligió. Se ha dado cuenta de que conectas con ellas. Pero no nos falles.
Tanta esperanza y miedo hay en su mirada que a Alicia se le encoge el alma. Le contesta, segura:
No voy a fallaros. Quiero verlas sonreír de verdad otra vez.
Esteban se relaja, sonríe y hasta se permite cambiar de tema:
Yo también jugaré con ellas cuando pueda, entre entrenamiento y entrenamiento. Hasta sé contar cuentos.
Perfecto dice Alicia con cariño. Seguro que lo pasan genial contigo.
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Han pasado ya dos meses desde que Alicia trabaja en casa de los Santos. En este tiempo, la desconfianza inicial de Lucía y Carmen ha ido dejando paso a una dulzura evidente. Las niñas la reciben siempre con entusiasmo, le cuentan cosas, y les cuesta dejarla marchar.
Esa tarde, como siempre, Alicia recoge los juguetes del salón mientras tararea una cancioncilla que han aprendido juntas ese día. Lucía y Carmen la observan sentadas en el sofá y, de repente, Lucía suelta:
¡Quédate a dormir aquí! corre a aferrarse a la cintura de Alicia con todas sus fuerzas. ¿Para qué vas a tu casa?
Alicia se detiene un segundo y luego se ríe, agachándose a abrazarla.
Tengo que prepararme para clase explica con cariño. Mañana tengo universidad, tengo que repasar y hacer deberes. Pero os prometo que mañana vuelvo, ¡no os dará tiempo a echarme en falta!
Carmen tampoco se conforma. Se acerca y se suma al abrazo:
¡Ya te echamos de menos! ¡Quédate!
Alicia ve sus caritas suplicantes y le enternece profundamente. Se arrodilla a su lado, a su altura.
¿Y dónde dormiría yo? ¡No quepo en vuestra habitación!
Lucía, pensativa, frunce el ceño y responde emocionada:
¡En la habitación grande, la de papá! Esa cama es gigante.
Carmen apoya enseguida:
¡Sí! Papá siempre se va tarde a trabajar, no le importará.
Alicia sonríe, divertida por la ocurrencia. Sabe que solo buscan no separarse de ella y ese amor inocente la emociona. Acaricia las mejillas de ambas y responde, suave:
Muchas gracias por ofrecerme vuestro palacio. Pero tengo que ir a casa de verdad. Aunque mañana vendré aún antes: jugamos, leemos cuentos y, si queréis, preparamos más galletas.
Las niñas hacen un puchero, pero ceden al fin. Y Alicia abraza a las dos, prometiendo en voz baja:
Por supuesto que vendré. Nunca fallo a mis niñas favoritas.
Aún pasan un rato recogiendo juguetes y lavándose antes de que llegue Rodrigo. Alicia observa a las gemelas mientras ordenan: no puede evitar sentir una ternura especial por estas dos criaturas tan pequeñas y a la vez tan fuertes.
La ocurrencia de quedarse en la cama de Rodrigo la desconcierta. Sabe que ellas no ven nada raro, es puro cariño infantil. Pero la mente de Alicia, traviesa, se le escapa a imaginar tardes juntos, café, conversación sosegada con Rodrigo en el salón Vale, basta se regaña. Eres la niñera, no una invitada especial. Antes de irse, recoge todo deprisa, promete volver, y sale casi corriendo del piso.
Fuera respira hondo el aire fresco del atardecer, intentando que los nervios se le pasen. Mientras, dentro, Esteban la observa divertido desde el pasillo. Ha notado hacía tiempo el cambio de ambiente cuando Alicia está por casa, cómo Rodrigo la mira, cómo se le suaviza la voz. Y cómo Alicia, por mucho que se esfuerce en ser profesional, enrojece a menudo bajo esa mirada.
Creo que mi padre tiene una oportunidad piensa Esteban satisfecho. Hace falta ya una mujer en esta casa, alguien que nos dé esa felicidad otra vez. Alicia encaja perfecto: es alegre, buena y quiere a mis hermanas de verdad.
¿Y a qué esperan para dar el paso? se pregunta Esteban. ¡Con lo fácil que sería!
Esa noche, cuando Rodrigo llega a casa, Esteban decide intervenir. Espera a que su padre deje la chaqueta y le encara de pronto:
Papá, ¿a qué esperas?
Rodrigo, extrañado, levanta la vista de los papeles:
¿Qué?
Que si te gusta Alicia, ¿por qué no le dices nada? ¡Invítala a salir! Lo ve cualquiera.
Rodrigo se ruboriza, incómodo, y se pasa la mano por la cara:
Esteban, hijo, es nuestra niñera. Se lleva bien con tus hermanas, eso es suficiente…
¡No te engañes! replica Esteban con impaciencia. Míralo bien. Se os nota. Dale una oportunidad: Alicia, ¿quedamos a tomar algo?. Ya está.
Rodrigo se deja caer en el sillón y guarda silencio, pensativo. Sabe que Esteban tiene razón, pero también le asusta romper el equilibrio en casa. Si intentara algo y Alicia se marchara no soportaría perder a alguien que ha devuelto la luz a las niñas.
Esteban, sin embargo, insiste, casi adulto:
¡Alicia está colada por ti! Solo que le da miedo, porque es tu empleada. Dale tú el primer paso, papá.
Rodrigo inicia una tímida sonrisa. Esteban habla como si tuviera siglos de experiencia.
Lo pintas fácil admite el padre. Pero si las cosas salen mal, ¿y si ella piensa que abuso de su posición? No somos protagonistas de una película, hijo.
No hace falta ir tan deprisa continúa Esteban. Empieza con algo sencillo, que sea en familia: un paseo al Retiro, merendar juntos, todos. Nadie estará incómodo y así podrás acercarte poco a poco.
Rodrigo medita la propuesta. En realidad, es prudente. Así podrán compartir tiempo sin presión, integrarse todos y ver qué pasa. Le parece razonable.
¿Seguro que funcionará?
Seguro afirma Esteban. Ya luego puedes llevarla tú solo a tomar algo, pero paso a paso.
Rodrigo asiente, mirando por la ventana. Ya imagina a las niñas encantadas en el parque, tomándose un helado en la terraza, todo sencillo Sonríe finalmente.
Vamos allá. Ponemos en marcha el plan. Como salga mal…
Prometo silencio bromea Esteban.
Se miran y sueltan una carcajada. Justo entonces se oye la risa de Lucía y Carmen jugando al escondite con Alicia. Rodrigo escucha y siente que le inunda una calidez inmensa. ¿Y si realmente ha llegado el momento de arriesgarse?
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Los días siguientes, las palabras de Esteban no dejan de resonar en la mente de Rodrigo: Alicia está colada por ti. Vuelve una y otra vez a las escenas diarias, a la forma en que Alicia le sonríe, cómo baja la mirada si la elogia por cuidar a las niñas.
¿No me había dado cuenta, o solo era miedo?, se pregunta mientras abre la puerta de casa.
Se oyen las risas de Lucía y Carmen, tan contagiosas, tan necesarias en ese hogar. Deja la mochila y escucha atento.
¡Alicia, di que nuestro papá es el mejor! le exige Lucía, animada por Carmen y Esteban.
El mejor, sin duda confirma Alicia con ternura, trenzando el pelo rubio de Lucía.
Y guapo, ¿verdad? insiste Carmen, pícara.
Muy guapo responde Alicia distraída, justo antes de darse cuenta de lo que ha dicho. Se pone roja, roja.
Intenta recomponerse:
Vuestro padre es el mejor padre del mundo, y os quiere muchísimo.
¡Y nosotras a él! ¿Y tú? vuelve a preguntar Carmen, sin cortarse.
¿Cómo dices? balbucea Alicia, jugueteando nerviosa con un mechón de pelo.
¿Tú quieres a papá? insiste la niña sin rodeos.
Se hace un silencio. Hasta Esteban contiene el aliento. Alicia parece buscar un agujero donde meterse.
Yo yo Uy, ¡qué tarde es! exclama escapando hacia la cocina. Hay que preparar la cena ¿Quién me ayuda?
Las gemelas se miran, resignadas, pero la siguen enseguida. Rodrigo, desde fuera, ha visto cómo se ilumina la mirada de Alicia cuando él entra.
¿Y si esta noche cenamos todos fuera? propone con una sonrisa cálida. Los niños gritan:
¿Al restaurante? ¡Sí!
¿Podemos tomar helado?
¿Podemos ir luego a los columpios?
Alicia, algo sonrojada aún, asiente sin protestar.
Me parece muy buena idea.
Rodrigo siente que tal vez, gracias a Esteban, ha encontrado el modo de acercarse.
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Pasan los meses, y la vida en casa de los Santos va transformándose. Los planes familiares al parque, reuniones en cafeterías de la zona, salidas a cumpleaños poco a poco se convierten en costumbre. Rodrigo y Alicia cada vez pasan más ratos solos cuando las niñas duermen, con una infusión y charla serena, riéndose de las anécdotas del día.
Intentan fingir que todo sigue profesional, pero pronto resulta imposible: el vínculo y la confianza han creado algo nuevo.
Esteban lo observa satisfecho. Todo va viento en popa: su padre sonríe más, y Alicia ya no se sonroja por todo; ahora su gesto es de pura felicidad.
Una noche, cuando los niños duermen, Rodrigo y Alicia están sentados en el sofá con sus tazas ya casi frías. Solo la luz cálida decora la estancia.
Sabes empieza Rodrigo mirando las lucecitas que Carmen y Lucía colgaron la víspera en la ventana. Hace tiempo que quiero decírtelo
Alicia se pone tensa. Lo mira con esperanza.
Ya no imagino mi vida sin ti continúa Rodrigo, tomando su mano. Sin tu sonrisa, sin tu alegría, sin tu forma de cuidar de todos nosotros. Te quiero. Y quiero que formes parte de esta familia no solo como niñera, sino como mi esposa.
Alicia cierra los ojos un instante, tragando las emociones. Al fin, le responde con suavidad y seguridad:
Yo también te quiero. Quiero estar contigo y con ellos. De verdad.
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Preparar la boda no lleva demasiado tiempo: quieren algo íntimo y sin grandes gastos. Lo importante no es el banquete ni los invitados, sino caminar juntos y a corazón abierto.
El día llega y el sol brilla sobre Madrid. Celebran el enlace en un pequeño restaurante de El Escorial rodeados de flores y amigos íntimos. Pero los principales protagonistas, por supuesto, son Lucía, Carmen y Esteban.
Las gemelas, con vestiditos rosa y unos lazos enormes, se pasean orgullosas repartiendo pétalos y portando los anillos.
¡Papá, qué guapo estás! susurra Lucía, abrazándole en el altar.
Alicia parece un hada añade Carmen con ojos chispeantes ante el elegante vestido blanco de la novia.
Esteban, firme al lado de su padre, brilla de alegría.
Te lo dije, papá, que todo saldría bien le murmura en cuanto la funcionaria del registro civil les declara marido y mujer.
Rodrigo le aprieta el hombro y luego busca a Alicia con la mirada. Ella le sonríe, llena de emoción.
Ahora somos una familia dice Alicia enlazando sus dedos con los de él.
La celebración se llena de risas, abrazos, brindis y bailes. Los niños no dejan de reclamar atención a los recién casados y, cuando llega la tarta, Lucía y Carmen insisten en ser las primeras en probarla.
Por la noche, cuando los invitados se despiden, Rodrigo y Alicia permanecen de pie en la terraza, bajo el cielo estrellado y el aroma de las flores.
Creo que ha sido el mejor día de mi vida suspira Alicia, acurrucándose junto a su marido.
Y de la mía sonríe Rodrigo abrazándola. Lo mejor es que esto acaba de empezar.
Ella le mira y sabe, por fin, que todas las dudas y los miedos han quedado atrás. Ahora tiene un hogar, un amor y un futuro para construir juntos.







