No solo una niñera Alicia estaba sentada en una mesa de la biblioteca de la universidad, rodeada de montones de apuntes y libros. Sus dedos pasaban veloces las páginas del temario, los ojos deslizándose atentos sobre cada línea: intentaba aprender toda la información posible antes de la inminente prueba. El profesor era famoso por su mano dura: si suspendías el examen, era casi inevitable tener que recuperarlo. Alicia no podía permitirse tal cosa: el semestre ya era lo suficientemente difícil. En ese momento, Marina, su compañera de clase, se le acercó. Se sentó en el borde de la mesa, inclinándose un poco hacia Alicia, y le propuso en voz baja y suave: —Tú buscas un trabajo, ¿verdad? Alicia se apartó apenas del temario, asintiendo sin separar los labios, y rápidamente volvió a sumergirse en las páginas. El tiempo apremiaba y aún quedaba mucho por estudiar. —Mjm —logró responder por fin, esforzándose por no perder el hilo—. Pero todo depende del horario. Ya sabes, nuestras clases terminan sobre las dos todos los días y faltar no es una opción. Marina le sonrió con complicidad. Sabía lo en serio que Alicia se tomaba los estudios. Tras un breve silencio, continuó, ahora visiblemente entusiasmada: —Tengo la oportunidad perfecta para ti. Mi vecino, resulta que es padre soltero. Creo que su esposa falleció, pero no estoy del todo segura —arrugó la nariz, quitándole importancia a los detalles morbosos, que nunca le interesaron. —Total, que está hasta arriba de trabajo y necesita, con mucha urgencia, una niñera para las tardes. Más o menos de cuatro a ocho. Alicia finalmente levantó la cabeza, interesada. —Te gustan los niños, estudias Magisterio y tienes experiencia de sobra con tus cuatro hermanos —remató Marina, sabiendo que había captado su atención. Alicia se sumió en sus pensamientos. Los niños siempre le causaban ternura y calor en el corazón. De pequeña, ayudaba con gusto a su madre a cuidar de sus hermanos; era una labor dura, pero también le daba felicidad. —¿Y cuántos niños son? —preguntó, dejando ver su preocupación sincera. Alicia tumbó el lápiz entre los dedos mientras meditaba. La idea de ser niñera le parecía a la vez atractiva y un poco intimidante. Encontrar la manera de llegar a un niño, sobre todo a uno que ha pasado por una tragedia, no era fácil. —Gemelas, de unos seis años —respondió pronto Marina—. Y Bogdan tiene otro hijo, pero ya es mayor, ni falta le hace una niñera —recordaba el rostro cansado del adolescente que intentaba vigilar a sus inquietas hermanas—. Esteban tiene trece y está todo el día en entrenamientos, no puede ayudar a su padre. —¿Seguro que me aceptará? —dudó Alicia, tamborileando nerviosamente con el lápiz—. Ni siquiera tengo aún el título, estoy en cuarto… Había cuidado de cuatro hermanos, tenía prácticas en infantil, adoraba a los críos… Pero una cosa eran hermanos, y otra, niños ajenos bajo la responsabilidad frente a su padre. Marina hizo un gesto con la mano, restando importancia. —Claro que te aceptará. Bogdan me preguntó ayer si conocía alguna candidata. ¿Le paso tu número? La seguridad en su voz convenció a Alicia. Miró los apuntes, miró el reloj: solo media hora para la siguiente clase… Y de pronto pensó que quizás esa era justo la oportunidad que le venía haciendo falta: cerca de la uni, horario flexible, niños —con suerte— adorables. El corazón le palpitó con una mezcla de nerviosismo y anticipación. Inspiró hondo, exhaló, y contestó firme: —¡Adelante! ******************** Alicia estaba nerviosísima. Hoy sería su primer día real de trabajo. Aunque había hecho de niñera muchas veces con sus hermanos, esto era distinto: era un empleo de verdad, con responsabilidad sobre niños ajenos y desconocidos. Revisó su bolso varias veces: móvil, llaves, cuaderno de notas, un tentempié para las gemelas. Todo listo. El día anterior, la presentación con Bogdan y sus hijos había sido sorprendentemente fácil. Él era un hombre tranquilo, amable, que enseguida le explicó todo el funcionamiento de la casa. Las niñas —Ana y Olalla— al principio tímidas, escondidas tras las piernas del padre, enseguida se soltaron y comenzaron a enseñarle con orgullo sus dibujos. Parecían confiar en Alicia, y ella misma no pudo evitar enamorarse de esa naturalidad y sus pequeñas manías. Pero lo que más le sorprendió fue Bogdan. Cuando Marina le hablaba del vecino padre soltero, se había callado lo apuesto que era. Alto, con mirada cálida y sonrisa sincera, se comportaba con naturalidad. Alicia le reprochó mentalmente ese “pequeño” detalle sin mencionar: ahora debía hacer verdaderos esfuerzos por no ruborizarse cada vez que él la miraba. “No pierdas la cabeza”, se recordaba. “Solo es un trabajo”. Frente a la guardería —pequeña, acogedora, con colores vivos en la entrada—, Bogdan ya había avisado a las cuidadoras de que ese día la niñera recogería a las niñas y le entregó una autorización firmada. Alicia tomó aire, se acomodó el pelo y entró. La zona de recreo era pura vida: niños corriendo, risas, castillos de arena. Ana y Olalla estaban cerca del columpio, conversando en voz baja. Al verla, se quedaron quietas, para luego dedicarle una tímida sonrisa. Alicia se agachó para estar a su altura y sonrió cariñosamente: —Bueno, chicas, ¿vamos a casa? Os preparo algo bien rico esta tarde. Ana miró a Olalla y luego avanzó un paso con cautela: —¿Qué vas a preparar? —preguntó, curiosa. —Mmm —Alicia fingió pensar—. ¿Tortitas con mermelada? ¿O galletas con pepitas de chocolate? Olalla se animó enseguida: —¡De chocolate! ¡Eso me gusta! —Pues decidido —asintió Alicia, tendiéndoles la mano—. ¿Vamos? Las gemelas, tras una duda fugaz, le dieron sus pequeñas manos. En ese instante, el nerviosismo de Alicia se esfumó y sintió una reconfortante calidez. ¿Y si todo iba bien? Las niñas se miraron de reojo —apenas un instante, pero lleno de significado— y asintieron al unísono. Todo en ellas reflejaba una conexión especial: mismos gestos, mismas posturas, igual cadencia en el paso. Pero sus miradas estaban cargadas de una gravedad inusual para unas niñas tan pequeñas. Alicia no pudo evitar admirarlas, pero recordó enseguida las palabras de Esteban, el hermano mayor. El día anterior, con aire serio, la llevó aparte para contarle casi en susurros lo que Bogdan quizás nunca se atrevería a decir: —Antes ellas eran muy distintas —comentó Esteban, frunciendo el ceño mientras jugueteaba con la camiseta—. Abiertas, cariñosas… Después de lo de mamá… —se detuvo, tragó saliva, pero siguió—, ellas no entienden lo que pasó. Creen que a lo mejor han hecho algo mal. Permaneció en silencio unos segundos y continuó con voz más firme: —Lloraban todo el tiempo y preguntaban si eran tan malas que mamá se fue. Papá y yo hemos intentado explicarles que no fue culpa suya, que mamá las quería muchísimo… Pero se han cerrado. Han dejado de sonreír y no dejan que ningún extraño se les acerque. Antes ayudaba la abuela, pero ahora está enferma, así que papá tuvo que buscar una niñera. En su voz había cansancio adulto y, al mismo tiempo, una determinación férrea por cuidar de sus hermanas y de su padre. Alicia escuchó, asintiendo en silencio, el corazón encogido. Ahora, al mirar a Ana y Olalla, sentía el peso de la enorme confianza que le habían puesto. —Aunque conmigo enseguida se animaron —recordó Alicia, sonriendo—. Jugamos mucho, estaban tímidas al principio, pero con un par de trucos de magia con un pañuelo se partían de risa. Esteban la miró fijamente, evaluando hasta qué punto podía confiar en ella. Finalmente, con una seriedad propia de alguien mayor, sentenció: —Por eso papá te eligió. Vio que te ganaste a las niñas desde el principio. Solo… no nos falles, ¿vale? En su mirada, Alicia vio esperanza y miedo a partes iguales. Sintió un nudo en la garganta. Contestó con firmeza: —No os fallaré. Haré todo lo que esté en mi mano para que ellas vuelvan a sonreír. Esteban se relajó, sonrió levemente y, por un instante, volvió a ser un niño: —Yo también estaré ahí a veces. Si los entrenamientos me dejan. Se me da bien contar cuentos. —Por supuesto —sonrió Alicia—. Seguro que les hará muchísima ilusión. **************** Han pasado dos meses desde que Alicia empezó a trabajar en casa de los Morozov. En ese tiempo, Ana y Olalla han dejado poco a poco la desconfianza atrás; ahora reciben a Alicia corriendo, deseando contarle sus cosas y no quieren dejarla ir al final del día. Aquella tarde, como siempre, Alicia recogía los juguetes con una melodía en los labios, la que habían aprendido juntas. Ana y Olalla la miraban desde el sofá, tristes. —¡Quédate a dormir! —saltó Ana, corriendo a abrazarla por la cintura—. ¿Para qué vas a tu casa? Alicia se quedó inmóvil, luego se rio suave, agachándose para devolverle el abrazo. —Tengo que preparar las clases —explicó—. Mañana tengo universidad, hay que repasar teoría y tareas. Mañana vuelvo, no os dará tiempo ni a añorarme —añadió en tono animoso. Pero Olalla, ya pegada a ellas, insistió abrazándolas fuerte: —¡Ya te echamos de menos! ¡Quédate! Alicia contempló sus caritas serias, los ojos grandes y suplicantes, y se enterneció aún más. Se agachó para estar a su altura. —¿Y dónde dormiría? Vuestra habitación está llena. Ana meditó unos segundos y respondió: —¡En la cama de papá! Es muy grande, ahí estarías cómoda. Olalla secundó entusiasmada: —¡Claro! Papá a veces llega tarde, no le importará. Alicia tuvo que contener una carcajada. Sabía bien que solo era el modo ingenuo en que los niños expresaban su cariño y que ni la más mínima malicia había en aquello. Sin embargo, su imaginación voló y de pronto se vio a sí misma en una escena de lo más cálida: una velada tranquila, luz de lámpara y charla con Bogdan. Con mucho gusto se habría quedado… no en la cama del padre, claro, sino con él, compartiendo un rato de confidencias y una taza de té. Pero se rehízo enseguida. “Es solo trabajo”, se repitió. “Eres la niñera, no una invitada”. Apresuró recoger las cosas, prometió de nuevo volver pronto y casi salió corriendo del piso, con las mejillas encendidas. En la calle inspiró profundamente el aire fresco y trató de calmar los nervios. Le titilaban los ojos de emoción y, sin darse cuenta, jugueteó con la correa del bolso. Todo eso lo observaba, divertido, Esteban desde el recibidor. Él ya se había dado cuenta de que algo estaba cambiando desde que Alicia empezó en casa: cómo Bogdan posaba la mirada un segundo más en ella, cómo le suavizaba el tono al tratarla, y cómo Alicia, pese a su esfuerzo por ser profesional, no podía evitar ruborizarse. —Creo que por fin mi padre va a tener suerte —pensó Esteban satisfecho. Ojalá vuelva a haber una mujer en casa, no solo una niñera sino alguien que le haga feliz. Y Alicia es perfecta: cariñosa, paciente, alegre, y se nota que quiere de verdad a las niñas. —Solo les falta dar el primer paso —se preguntó divertido—. ¿Les dará vergüenza? Los adultos son tan raros… Aquella noche, al volver a casa, Bogdan se encontró a su hijo esperándole en el salón. —Papá, ¿a qué esperas? —inquirió Esteban con los brazos cruzados. Bogdan levantó la vista de sus papeles, desconcertado: —¿Eh? ¿A qué te refieres? —¡A lo de Alicia! Te gusta, y le gustas. Invítala a salir, ya. Al padre el rubor le subió a las orejas, se frotó el entrecejo y musitó: —Verás, hijo… Alicia es nuestra niñera, encaja bien con las niñas y eso es lo que cuenta… —¡Va, papá! —zanjó Esteban, impaciente—. Lo ve hasta un ciego. Ella también te mira diferente. Es solo cuestión de dar el primer paso: invítala a un café, a algo sencillo. Bogdan suspiró y apoyó la espalda en la silla, acariciándose la frente. Algo tan espontáneo en Esteban parecía complicadísimo para él. —No sé, hijo… A veces pienso que si me equivoco y Alicia decide irse por mi culpa… rompería el equilibrio de la casa. Esteban no se rendía: —¡Pero si está loca por ti! Solo tiene miedo porque es tu empleada. Vamos, papá, inténtalo. Empieza con algo familiar, todos juntos, para que nadie se sienta incómodo. A regañadientes, Bogdan asintió y juntos planearon una salida familiar, al parque o a un café. Por primera vez en mucho tiempo, Bogdan albergó esperanza: tal vez era su oportunidad. *********************** Bogdan no podía quitarse de la cabeza la conversación con Esteban: “Alicia está loca por ti…”. Recordaba los momentos en que ella desviaba la mirada avergonzada, cómo sonreía cuando él la elogiaba… Entró distraído en casa y escuchó el eco de las risas infantiles. En la sala, Ana y Olalla preguntaban a Alicia con insistencia: —Alicia, di que nuestro papá es el mejor. —Claro que lo es —aseguró, peinando el pelo rubio de Ana. —¿Y guapo también? —insistió Olalla con picardía. —Muy guapo —confirmó, sin darse cuenta, ruborizándose hasta la raíz al advertir lo que acababa de soltar. Intentó huir torpemente: —Vuestro papá es el mejor del mundo y os adora. —¿Y tú? —replicó Olalla, intrigada. —¿Yo…? Uy, ¡mira qué tarde! ¡Voy a preparar la cena! —salió disparada hacia la cocina, disimulando. Bogdan no pudo evitar sonreír, y se acercó a ella en voz baja: —¿Qué tal si hoy salimos todos a cenar? Creo que nos vendrá bien cambiar de ambiente. Los niños saltaron de alegría: —¡¿Al restaurante?! ¡Sí! —¿Habrá helado? ¿Habrá atracciones? Alicia lo miró, feliz pese a su reciente embarazoso momento. —Por supuesto —sonrió, comprendiendo que ese, quizás, sería su pequeño gran comienzo. ************************ Pasaron varios meses. La familia Morozov cambió despacio pero a fondo. Las salidas juntos —al parque, a cafeterías, a fiestas infantiles— se hicieron costumbre. Bogdan y Alicia se encontraban a menudo en la cocina, compartiendo confidencias mientras los niños dormían. Ya no podían fingir que lo suyo era solo una relación profesional. Esteban, orgulloso, veía que su plan funcionaba: su padre sonreía más, Alicia ya no se sonrojaba por cada mirada, y la casa rebosaba alegría. Hasta que una noche, en el salón iluminado suavemente por la luz de una guirnalda, Bogdan se animó por fin: —Alicia, hace tiempo quiero decirte algo… Ella se volvió, los ojos llenos de duda y esperanza. —Ya no imagino mi vida sin ti: sin tus sonrisas, sin tu risa, sin tu magia con los niños. Te quiero. Y quiero que no seas “solo la niñera”: quiero que seas mi mujer. Alicia cerró los ojos de pura emoción y respondió con la voz firme: —Yo también te quiero. Quiero estar contigo. ************************* La boda fue íntima, alegre y sencilla. El día brilló soleado en el campo, rodeados de su pequeña gran familia: Ana, Olalla y Esteban. Las niñas, vestidas como dos princesitas rosas, llevaban las alianzas. Esteban, orgulloso, estuvo al lado de su padre. Cuando el oficiante anunció que eran marido y mujer, Bogdan abrazó a sus hijos y, mirando a Alicia, supo que ya no faltaba nadie. —Ahora somos una familia de verdad —le susurró ella. Después hubo fiesta, tarta, bailes y risas. Por la noche, en la terraza bajo las estrellas, Alicia, con lágrimas de alegría, dijo bajito: —Creo que es el día más feliz de mi vida. —Y del mío —le contestó Bogdan, abrazándola—. Y lo mejor es que aún nos quedan por vivir muchísimos días así. Alicia supo entonces que todo lo demás, las dudas y fantasmas del pasado, quedaban atrás. Ahora tenía una familia, al hombre que amaba y un futuro luminoso por delante. No solo una niñera.

No solo una niñera

Alicia está sentada en una mesa de la biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, rodeada de una montaña de libros y apuntes. Sus dedos hacen pasar las páginas del cuaderno con agilidad mientras sus ojos recorren atentos las líneas: intenta memorizar toda la materia posible antes del examen que se acerca. El profesor tiene fama de ser firme e inflexible: quien suspende el control, seguro tiene que presentarse a la recuperación, y Alicia sabe que no puede permitirse ese lujo: el semestre ya está bastante cargado.

En ese momento se le acerca Marisa, una de sus compañeras de clase. Se sienta en el filo de la mesa, inclinándose suavemente hacia Alicia, y le dice en voz baja:

¿Todavía buscas un trabajo de media jornada?

Alicia se separa ni que sea un segundo del cuaderno, asiente sin mediar palabra y vuelve a fijar la mirada en las páginas. El tiempo apremia y aún le queda mucho por repasar.

Mmm, consigue decir al fin, sin dejar de pensar en los apuntes. El problema es el horario. Ya sabes que tenemos clase hasta las dos cada día, y faltar no es una opción.

Marisa sonríe con comprensión. Conoce muy bien el nivel de compromiso de Alicia con los estudios. Tras unos segundos en silencio, continúa, ahora más animada:

Tengo la solución perfecta para ti. Resulta que mi vecino, Rodrigo, está solo con sus hijos porque, bueno, su mujer falleció hace tiempo frunce el ceño, como si las historias tristes le molestaran. El caso es que está desbordado con el trabajo y le urge encontrar a una niñera para las tardes, más o menos de cuatro a ocho.

Alicia ahora sí aparta la vista del cuaderno y la clava en su amiga. Marisa sigue hablando, percibiendo que ha conseguido captar su atención:

Te encantan los niños, estás estudiando Magisterio y tienes mucha experiencia: ¡cuatro hermanos pequeños nada menos!

Alicia medita. Siempre le ha dado calor de hogar pensar en los niños. Ha ayudado a su madre toda la vida a cuidar de los suyos, nadie se lo imponía, pero era duro y a la vez le hacía sentirse útil y feliz.

¿Y qué edad tienen? pregunta, con tono de auténtica preocupación.

Alicia gira el lápiz en las manos, dándole vueltas a las palabras de Marisa. Ser niñera le atrae pero, ¿estará preparada? Al fin y al cabo no es lo mismo tratar con tus propios hermanos que con niños ajenos, y más si han vivido algo tan duro.

Gemelas, tienen seis años responde rápido Marisa. Rodrigo tiene otro hijo, pero ya es mayor y no necesita que le cuiden: Esteban tiene trece, hace mucho deporte y entre entreno y entreno no está en casa.

¿Seguro que me van a coger? duda Alicia, golpeando el lápiz contra la mesa, nerviosa. No tengo todavía el título, voy por cuarto

Sí, cuidó de sus hermanos, sí, hizo prácticas en una escuela infantil, sí, le encantan los niños. Pero no es lo mismo. Esta vez responderá ante su padre.

Marisa descarta todas sus dudas con un gesto despreocupado:

Claro que sí. Rodrigo me preguntó justo anoche si le podía recomendar a alguien. ¿Le paso tu móvil?

Su voz es tan convincente que Alicia se detiene un instante. Mira los apuntes, el reloj queda media hora para la siguiente clase y de repente lo ve claro: la casa está cerca de la uni, el horario es compatible, seguro que las niñas son encantadoras.

Siente una mezcla de nervios e ilusión. Toma aire, lo suelta y se oye decir con decisión:

¡Vale!

********************

Alicia está de los nervios. Hoy empieza su primer día, de verdad, trabajando. No cuenta cuidar de sus hermanos: aquí es diferente, es un trabajo, tiene la responsabilidad ante otra persona, y las niñas son unas desconocidas. Repasa en la bolsa: móvil, llaves, libreta, un tupper con merienda para las niñas Todo está.

El día anterior, la toma de contacto con Rodrigo y los niños fue sorprendentemente sencilla. Él es un hombre afable, de hablar pausado y mirada cálida. Le explicó con calma todo el horario, las rutinas. Las niñas Lucía y Carmen al principio estaban cortadas, pegadas al padre, pero en diez minutos ya enseñaban dibujos y le contaban mil historias. Parecían haberle cogido cariño. A Alicia se le caía la baba: su desparpajo y alegría eran irresistibles.

Pero lo que más le impresionó fue Rodrigo. Marisa no le había avisado de lo atractivo que era. Alto, mirada limpia y sonrisa honesta, irradiaba cercanía y serenidad. Alicia se sorprendía de sí misma: tenía que hacer un esfuerzo para no sonrojarse cada vez que él le miraba.

No pierdas la cabeza se repite mentalmente. Esto es solo trabajo.

Ahí está la escuela infantil: pequeña, luminosa, con un patio lleno de color. Rodrigo avisó a las monitoras de que la niñera recogería hoy a las niñas. Alicia respira hondo, se recoge el pelo y entra en el recinto.

El patio rebosa de risas y carreras: niños montando castillos de arena. Ella localiza fácilmente a Lucía y Carmen cerca del columpio. Al verla, se quedan quietas y le sonríen tímidamente.

Alicia se acerca, se agacha para quedarse a su altura, y les sonríe:

Chicas, ¿nos vamos a casa? Os preparo algo rico para merendar.

Lucía mira a Carmen, da un pasito y pregunta entornando los ojos:

¿Qué vas a hacer?

Hum Alicia finge que piensa. ¿Tortitas con mermelada? ¿O galletas de chocolate?

Carmen se anima en cuanto oye lo de chocolate:

¡Galletas! A mí me gustan con trocitos.

Decidido entonces asiente Alicia, tendiéndoles la mano. ¿Vamos?

Las niñas, tras un instante de duda, ponen sus manitas en las de Alicia. Siente cómo el nerviosismo la abandona, reemplazado por una calidez agradable. ¿Y si realmente puede hacerlo bien?

Lucía y Carmen se miran, en silencio y con una madurez que sobrecoge. Después asienten sincronizadas. Y es que hacen todo igual: la manera de coger las manos, inclinar la cabeza, hasta los pasitos parecen acompasados. Una seriedad impropia para su edad.

Alicia se embelesa mirándolas, pero recuerda lo que le contó su hermano mayor, Esteban. Ayer, en voz baja, serio como un adulto, le avisó de lo que Rodrigo quizá nunca diría abiertamente:

Antes eran de lo más abiertas, cariñosas, no paraban de abrazar y hablar. Pero después cuando mamá murió Esteban hace pausa, se recompone. Ellas no entienden del todo lo que pasó. Se preguntan si han hecho algo mal.

Un silencio tenso. Prosigue con firmeza:

Llora que te llora: “¿Hemos sido tan malas que mamá se marchó?” Papá y yo les decimos que no, que mamá las quería. Pero se han encerrado en sí mismas. Casi no ríen. Y a los desconocidos no los quieren cerca. La abuela antes echaba una mano, pero está muy enferma. Por eso papá tuvo que buscar a alguien.

La voz de Esteban transmite agotamiento adulto, pero también responsabilidad de hermano mayor, empeñado en proteger a las gemelas y a su padre.

Alicia asiente, sintiendo un nudo en la garganta. Desde entonces, ver a Lucía y Carmen le pesa más todavía: le han confiado algo frágil.

Pero a mí las peques enseguida se me acercaron se consuela Alicia. Jugamos un rato, al principio tímidas, pero luego se rieron un montón con un par de trucos de magia que les hice con un pañuelo.

Esteban la mira con atención, como calibrando si es de fiar. Al fin, muy serio, afirma:

Por eso mi padre te eligió. Se ha dado cuenta de que conectas con ellas. Pero no nos falles.

Tanta esperanza y miedo hay en su mirada que a Alicia se le encoge el alma. Le contesta, segura:

No voy a fallaros. Quiero verlas sonreír de verdad otra vez.

Esteban se relaja, sonríe y hasta se permite cambiar de tema:

Yo también jugaré con ellas cuando pueda, entre entrenamiento y entrenamiento. Hasta sé contar cuentos.

Perfecto dice Alicia con cariño. Seguro que lo pasan genial contigo.

****************

Han pasado ya dos meses desde que Alicia trabaja en casa de los Santos. En este tiempo, la desconfianza inicial de Lucía y Carmen ha ido dejando paso a una dulzura evidente. Las niñas la reciben siempre con entusiasmo, le cuentan cosas, y les cuesta dejarla marchar.

Esa tarde, como siempre, Alicia recoge los juguetes del salón mientras tararea una cancioncilla que han aprendido juntas ese día. Lucía y Carmen la observan sentadas en el sofá y, de repente, Lucía suelta:

¡Quédate a dormir aquí! corre a aferrarse a la cintura de Alicia con todas sus fuerzas. ¿Para qué vas a tu casa?

Alicia se detiene un segundo y luego se ríe, agachándose a abrazarla.

Tengo que prepararme para clase explica con cariño. Mañana tengo universidad, tengo que repasar y hacer deberes. Pero os prometo que mañana vuelvo, ¡no os dará tiempo a echarme en falta!

Carmen tampoco se conforma. Se acerca y se suma al abrazo:

¡Ya te echamos de menos! ¡Quédate!

Alicia ve sus caritas suplicantes y le enternece profundamente. Se arrodilla a su lado, a su altura.

¿Y dónde dormiría yo? ¡No quepo en vuestra habitación!

Lucía, pensativa, frunce el ceño y responde emocionada:

¡En la habitación grande, la de papá! Esa cama es gigante.

Carmen apoya enseguida:

¡Sí! Papá siempre se va tarde a trabajar, no le importará.

Alicia sonríe, divertida por la ocurrencia. Sabe que solo buscan no separarse de ella y ese amor inocente la emociona. Acaricia las mejillas de ambas y responde, suave:

Muchas gracias por ofrecerme vuestro palacio. Pero tengo que ir a casa de verdad. Aunque mañana vendré aún antes: jugamos, leemos cuentos y, si queréis, preparamos más galletas.

Las niñas hacen un puchero, pero ceden al fin. Y Alicia abraza a las dos, prometiendo en voz baja:

Por supuesto que vendré. Nunca fallo a mis niñas favoritas.

Aún pasan un rato recogiendo juguetes y lavándose antes de que llegue Rodrigo. Alicia observa a las gemelas mientras ordenan: no puede evitar sentir una ternura especial por estas dos criaturas tan pequeñas y a la vez tan fuertes.

La ocurrencia de quedarse en la cama de Rodrigo la desconcierta. Sabe que ellas no ven nada raro, es puro cariño infantil. Pero la mente de Alicia, traviesa, se le escapa a imaginar tardes juntos, café, conversación sosegada con Rodrigo en el salón Vale, basta se regaña. Eres la niñera, no una invitada especial. Antes de irse, recoge todo deprisa, promete volver, y sale casi corriendo del piso.

Fuera respira hondo el aire fresco del atardecer, intentando que los nervios se le pasen. Mientras, dentro, Esteban la observa divertido desde el pasillo. Ha notado hacía tiempo el cambio de ambiente cuando Alicia está por casa, cómo Rodrigo la mira, cómo se le suaviza la voz. Y cómo Alicia, por mucho que se esfuerce en ser profesional, enrojece a menudo bajo esa mirada.

Creo que mi padre tiene una oportunidad piensa Esteban satisfecho. Hace falta ya una mujer en esta casa, alguien que nos dé esa felicidad otra vez. Alicia encaja perfecto: es alegre, buena y quiere a mis hermanas de verdad.

¿Y a qué esperan para dar el paso? se pregunta Esteban. ¡Con lo fácil que sería!

Esa noche, cuando Rodrigo llega a casa, Esteban decide intervenir. Espera a que su padre deje la chaqueta y le encara de pronto:

Papá, ¿a qué esperas?

Rodrigo, extrañado, levanta la vista de los papeles:

¿Qué?

Que si te gusta Alicia, ¿por qué no le dices nada? ¡Invítala a salir! Lo ve cualquiera.

Rodrigo se ruboriza, incómodo, y se pasa la mano por la cara:

Esteban, hijo, es nuestra niñera. Se lleva bien con tus hermanas, eso es suficiente…

¡No te engañes! replica Esteban con impaciencia. Míralo bien. Se os nota. Dale una oportunidad: Alicia, ¿quedamos a tomar algo?. Ya está.

Rodrigo se deja caer en el sillón y guarda silencio, pensativo. Sabe que Esteban tiene razón, pero también le asusta romper el equilibrio en casa. Si intentara algo y Alicia se marchara no soportaría perder a alguien que ha devuelto la luz a las niñas.

Esteban, sin embargo, insiste, casi adulto:

¡Alicia está colada por ti! Solo que le da miedo, porque es tu empleada. Dale tú el primer paso, papá.

Rodrigo inicia una tímida sonrisa. Esteban habla como si tuviera siglos de experiencia.

Lo pintas fácil admite el padre. Pero si las cosas salen mal, ¿y si ella piensa que abuso de su posición? No somos protagonistas de una película, hijo.

No hace falta ir tan deprisa continúa Esteban. Empieza con algo sencillo, que sea en familia: un paseo al Retiro, merendar juntos, todos. Nadie estará incómodo y así podrás acercarte poco a poco.

Rodrigo medita la propuesta. En realidad, es prudente. Así podrán compartir tiempo sin presión, integrarse todos y ver qué pasa. Le parece razonable.

¿Seguro que funcionará?

Seguro afirma Esteban. Ya luego puedes llevarla tú solo a tomar algo, pero paso a paso.

Rodrigo asiente, mirando por la ventana. Ya imagina a las niñas encantadas en el parque, tomándose un helado en la terraza, todo sencillo Sonríe finalmente.

Vamos allá. Ponemos en marcha el plan. Como salga mal…

Prometo silencio bromea Esteban.

Se miran y sueltan una carcajada. Justo entonces se oye la risa de Lucía y Carmen jugando al escondite con Alicia. Rodrigo escucha y siente que le inunda una calidez inmensa. ¿Y si realmente ha llegado el momento de arriesgarse?

***********************

Los días siguientes, las palabras de Esteban no dejan de resonar en la mente de Rodrigo: Alicia está colada por ti. Vuelve una y otra vez a las escenas diarias, a la forma en que Alicia le sonríe, cómo baja la mirada si la elogia por cuidar a las niñas.

¿No me había dado cuenta, o solo era miedo?, se pregunta mientras abre la puerta de casa.

Se oyen las risas de Lucía y Carmen, tan contagiosas, tan necesarias en ese hogar. Deja la mochila y escucha atento.

¡Alicia, di que nuestro papá es el mejor! le exige Lucía, animada por Carmen y Esteban.

El mejor, sin duda confirma Alicia con ternura, trenzando el pelo rubio de Lucía.

Y guapo, ¿verdad? insiste Carmen, pícara.

Muy guapo responde Alicia distraída, justo antes de darse cuenta de lo que ha dicho. Se pone roja, roja.

Intenta recomponerse:

Vuestro padre es el mejor padre del mundo, y os quiere muchísimo.

¡Y nosotras a él! ¿Y tú? vuelve a preguntar Carmen, sin cortarse.

¿Cómo dices? balbucea Alicia, jugueteando nerviosa con un mechón de pelo.

¿Tú quieres a papá? insiste la niña sin rodeos.

Se hace un silencio. Hasta Esteban contiene el aliento. Alicia parece buscar un agujero donde meterse.

Yo yo Uy, ¡qué tarde es! exclama escapando hacia la cocina. Hay que preparar la cena ¿Quién me ayuda?

Las gemelas se miran, resignadas, pero la siguen enseguida. Rodrigo, desde fuera, ha visto cómo se ilumina la mirada de Alicia cuando él entra.

¿Y si esta noche cenamos todos fuera? propone con una sonrisa cálida. Los niños gritan:

¿Al restaurante? ¡Sí!

¿Podemos tomar helado?

¿Podemos ir luego a los columpios?

Alicia, algo sonrojada aún, asiente sin protestar.

Me parece muy buena idea.

Rodrigo siente que tal vez, gracias a Esteban, ha encontrado el modo de acercarse.

************************

Pasan los meses, y la vida en casa de los Santos va transformándose. Los planes familiares al parque, reuniones en cafeterías de la zona, salidas a cumpleaños poco a poco se convierten en costumbre. Rodrigo y Alicia cada vez pasan más ratos solos cuando las niñas duermen, con una infusión y charla serena, riéndose de las anécdotas del día.

Intentan fingir que todo sigue profesional, pero pronto resulta imposible: el vínculo y la confianza han creado algo nuevo.

Esteban lo observa satisfecho. Todo va viento en popa: su padre sonríe más, y Alicia ya no se sonroja por todo; ahora su gesto es de pura felicidad.

Una noche, cuando los niños duermen, Rodrigo y Alicia están sentados en el sofá con sus tazas ya casi frías. Solo la luz cálida decora la estancia.

Sabes empieza Rodrigo mirando las lucecitas que Carmen y Lucía colgaron la víspera en la ventana. Hace tiempo que quiero decírtelo

Alicia se pone tensa. Lo mira con esperanza.

Ya no imagino mi vida sin ti continúa Rodrigo, tomando su mano. Sin tu sonrisa, sin tu alegría, sin tu forma de cuidar de todos nosotros. Te quiero. Y quiero que formes parte de esta familia no solo como niñera, sino como mi esposa.

Alicia cierra los ojos un instante, tragando las emociones. Al fin, le responde con suavidad y seguridad:

Yo también te quiero. Quiero estar contigo y con ellos. De verdad.

*************************

Preparar la boda no lleva demasiado tiempo: quieren algo íntimo y sin grandes gastos. Lo importante no es el banquete ni los invitados, sino caminar juntos y a corazón abierto.

El día llega y el sol brilla sobre Madrid. Celebran el enlace en un pequeño restaurante de El Escorial rodeados de flores y amigos íntimos. Pero los principales protagonistas, por supuesto, son Lucía, Carmen y Esteban.

Las gemelas, con vestiditos rosa y unos lazos enormes, se pasean orgullosas repartiendo pétalos y portando los anillos.

¡Papá, qué guapo estás! susurra Lucía, abrazándole en el altar.

Alicia parece un hada añade Carmen con ojos chispeantes ante el elegante vestido blanco de la novia.

Esteban, firme al lado de su padre, brilla de alegría.

Te lo dije, papá, que todo saldría bien le murmura en cuanto la funcionaria del registro civil les declara marido y mujer.

Rodrigo le aprieta el hombro y luego busca a Alicia con la mirada. Ella le sonríe, llena de emoción.

Ahora somos una familia dice Alicia enlazando sus dedos con los de él.

La celebración se llena de risas, abrazos, brindis y bailes. Los niños no dejan de reclamar atención a los recién casados y, cuando llega la tarta, Lucía y Carmen insisten en ser las primeras en probarla.

Por la noche, cuando los invitados se despiden, Rodrigo y Alicia permanecen de pie en la terraza, bajo el cielo estrellado y el aroma de las flores.

Creo que ha sido el mejor día de mi vida suspira Alicia, acurrucándose junto a su marido.

Y de la mía sonríe Rodrigo abrazándola. Lo mejor es que esto acaba de empezar.

Ella le mira y sabe, por fin, que todas las dudas y los miedos han quedado atrás. Ahora tiene un hogar, un amor y un futuro para construir juntos.

Rate article
MagistrUm
No solo una niñera Alicia estaba sentada en una mesa de la biblioteca de la universidad, rodeada de montones de apuntes y libros. Sus dedos pasaban veloces las páginas del temario, los ojos deslizándose atentos sobre cada línea: intentaba aprender toda la información posible antes de la inminente prueba. El profesor era famoso por su mano dura: si suspendías el examen, era casi inevitable tener que recuperarlo. Alicia no podía permitirse tal cosa: el semestre ya era lo suficientemente difícil. En ese momento, Marina, su compañera de clase, se le acercó. Se sentó en el borde de la mesa, inclinándose un poco hacia Alicia, y le propuso en voz baja y suave: —Tú buscas un trabajo, ¿verdad? Alicia se apartó apenas del temario, asintiendo sin separar los labios, y rápidamente volvió a sumergirse en las páginas. El tiempo apremiaba y aún quedaba mucho por estudiar. —Mjm —logró responder por fin, esforzándose por no perder el hilo—. Pero todo depende del horario. Ya sabes, nuestras clases terminan sobre las dos todos los días y faltar no es una opción. Marina le sonrió con complicidad. Sabía lo en serio que Alicia se tomaba los estudios. Tras un breve silencio, continuó, ahora visiblemente entusiasmada: —Tengo la oportunidad perfecta para ti. Mi vecino, resulta que es padre soltero. Creo que su esposa falleció, pero no estoy del todo segura —arrugó la nariz, quitándole importancia a los detalles morbosos, que nunca le interesaron. —Total, que está hasta arriba de trabajo y necesita, con mucha urgencia, una niñera para las tardes. Más o menos de cuatro a ocho. Alicia finalmente levantó la cabeza, interesada. —Te gustan los niños, estudias Magisterio y tienes experiencia de sobra con tus cuatro hermanos —remató Marina, sabiendo que había captado su atención. Alicia se sumió en sus pensamientos. Los niños siempre le causaban ternura y calor en el corazón. De pequeña, ayudaba con gusto a su madre a cuidar de sus hermanos; era una labor dura, pero también le daba felicidad. —¿Y cuántos niños son? —preguntó, dejando ver su preocupación sincera. Alicia tumbó el lápiz entre los dedos mientras meditaba. La idea de ser niñera le parecía a la vez atractiva y un poco intimidante. Encontrar la manera de llegar a un niño, sobre todo a uno que ha pasado por una tragedia, no era fácil. —Gemelas, de unos seis años —respondió pronto Marina—. Y Bogdan tiene otro hijo, pero ya es mayor, ni falta le hace una niñera —recordaba el rostro cansado del adolescente que intentaba vigilar a sus inquietas hermanas—. Esteban tiene trece y está todo el día en entrenamientos, no puede ayudar a su padre. —¿Seguro que me aceptará? —dudó Alicia, tamborileando nerviosamente con el lápiz—. Ni siquiera tengo aún el título, estoy en cuarto… Había cuidado de cuatro hermanos, tenía prácticas en infantil, adoraba a los críos… Pero una cosa eran hermanos, y otra, niños ajenos bajo la responsabilidad frente a su padre. Marina hizo un gesto con la mano, restando importancia. —Claro que te aceptará. Bogdan me preguntó ayer si conocía alguna candidata. ¿Le paso tu número? La seguridad en su voz convenció a Alicia. Miró los apuntes, miró el reloj: solo media hora para la siguiente clase… Y de pronto pensó que quizás esa era justo la oportunidad que le venía haciendo falta: cerca de la uni, horario flexible, niños —con suerte— adorables. El corazón le palpitó con una mezcla de nerviosismo y anticipación. Inspiró hondo, exhaló, y contestó firme: —¡Adelante! ******************** Alicia estaba nerviosísima. Hoy sería su primer día real de trabajo. Aunque había hecho de niñera muchas veces con sus hermanos, esto era distinto: era un empleo de verdad, con responsabilidad sobre niños ajenos y desconocidos. Revisó su bolso varias veces: móvil, llaves, cuaderno de notas, un tentempié para las gemelas. Todo listo. El día anterior, la presentación con Bogdan y sus hijos había sido sorprendentemente fácil. Él era un hombre tranquilo, amable, que enseguida le explicó todo el funcionamiento de la casa. Las niñas —Ana y Olalla— al principio tímidas, escondidas tras las piernas del padre, enseguida se soltaron y comenzaron a enseñarle con orgullo sus dibujos. Parecían confiar en Alicia, y ella misma no pudo evitar enamorarse de esa naturalidad y sus pequeñas manías. Pero lo que más le sorprendió fue Bogdan. Cuando Marina le hablaba del vecino padre soltero, se había callado lo apuesto que era. Alto, con mirada cálida y sonrisa sincera, se comportaba con naturalidad. Alicia le reprochó mentalmente ese “pequeño” detalle sin mencionar: ahora debía hacer verdaderos esfuerzos por no ruborizarse cada vez que él la miraba. “No pierdas la cabeza”, se recordaba. “Solo es un trabajo”. Frente a la guardería —pequeña, acogedora, con colores vivos en la entrada—, Bogdan ya había avisado a las cuidadoras de que ese día la niñera recogería a las niñas y le entregó una autorización firmada. Alicia tomó aire, se acomodó el pelo y entró. La zona de recreo era pura vida: niños corriendo, risas, castillos de arena. Ana y Olalla estaban cerca del columpio, conversando en voz baja. Al verla, se quedaron quietas, para luego dedicarle una tímida sonrisa. Alicia se agachó para estar a su altura y sonrió cariñosamente: —Bueno, chicas, ¿vamos a casa? Os preparo algo bien rico esta tarde. Ana miró a Olalla y luego avanzó un paso con cautela: —¿Qué vas a preparar? —preguntó, curiosa. —Mmm —Alicia fingió pensar—. ¿Tortitas con mermelada? ¿O galletas con pepitas de chocolate? Olalla se animó enseguida: —¡De chocolate! ¡Eso me gusta! —Pues decidido —asintió Alicia, tendiéndoles la mano—. ¿Vamos? Las gemelas, tras una duda fugaz, le dieron sus pequeñas manos. En ese instante, el nerviosismo de Alicia se esfumó y sintió una reconfortante calidez. ¿Y si todo iba bien? Las niñas se miraron de reojo —apenas un instante, pero lleno de significado— y asintieron al unísono. Todo en ellas reflejaba una conexión especial: mismos gestos, mismas posturas, igual cadencia en el paso. Pero sus miradas estaban cargadas de una gravedad inusual para unas niñas tan pequeñas. Alicia no pudo evitar admirarlas, pero recordó enseguida las palabras de Esteban, el hermano mayor. El día anterior, con aire serio, la llevó aparte para contarle casi en susurros lo que Bogdan quizás nunca se atrevería a decir: —Antes ellas eran muy distintas —comentó Esteban, frunciendo el ceño mientras jugueteaba con la camiseta—. Abiertas, cariñosas… Después de lo de mamá… —se detuvo, tragó saliva, pero siguió—, ellas no entienden lo que pasó. Creen que a lo mejor han hecho algo mal. Permaneció en silencio unos segundos y continuó con voz más firme: —Lloraban todo el tiempo y preguntaban si eran tan malas que mamá se fue. Papá y yo hemos intentado explicarles que no fue culpa suya, que mamá las quería muchísimo… Pero se han cerrado. Han dejado de sonreír y no dejan que ningún extraño se les acerque. Antes ayudaba la abuela, pero ahora está enferma, así que papá tuvo que buscar una niñera. En su voz había cansancio adulto y, al mismo tiempo, una determinación férrea por cuidar de sus hermanas y de su padre. Alicia escuchó, asintiendo en silencio, el corazón encogido. Ahora, al mirar a Ana y Olalla, sentía el peso de la enorme confianza que le habían puesto. —Aunque conmigo enseguida se animaron —recordó Alicia, sonriendo—. Jugamos mucho, estaban tímidas al principio, pero con un par de trucos de magia con un pañuelo se partían de risa. Esteban la miró fijamente, evaluando hasta qué punto podía confiar en ella. Finalmente, con una seriedad propia de alguien mayor, sentenció: —Por eso papá te eligió. Vio que te ganaste a las niñas desde el principio. Solo… no nos falles, ¿vale? En su mirada, Alicia vio esperanza y miedo a partes iguales. Sintió un nudo en la garganta. Contestó con firmeza: —No os fallaré. Haré todo lo que esté en mi mano para que ellas vuelvan a sonreír. Esteban se relajó, sonrió levemente y, por un instante, volvió a ser un niño: —Yo también estaré ahí a veces. Si los entrenamientos me dejan. Se me da bien contar cuentos. —Por supuesto —sonrió Alicia—. Seguro que les hará muchísima ilusión. **************** Han pasado dos meses desde que Alicia empezó a trabajar en casa de los Morozov. En ese tiempo, Ana y Olalla han dejado poco a poco la desconfianza atrás; ahora reciben a Alicia corriendo, deseando contarle sus cosas y no quieren dejarla ir al final del día. Aquella tarde, como siempre, Alicia recogía los juguetes con una melodía en los labios, la que habían aprendido juntas. Ana y Olalla la miraban desde el sofá, tristes. —¡Quédate a dormir! —saltó Ana, corriendo a abrazarla por la cintura—. ¿Para qué vas a tu casa? Alicia se quedó inmóvil, luego se rio suave, agachándose para devolverle el abrazo. —Tengo que preparar las clases —explicó—. Mañana tengo universidad, hay que repasar teoría y tareas. Mañana vuelvo, no os dará tiempo ni a añorarme —añadió en tono animoso. Pero Olalla, ya pegada a ellas, insistió abrazándolas fuerte: —¡Ya te echamos de menos! ¡Quédate! Alicia contempló sus caritas serias, los ojos grandes y suplicantes, y se enterneció aún más. Se agachó para estar a su altura. —¿Y dónde dormiría? Vuestra habitación está llena. Ana meditó unos segundos y respondió: —¡En la cama de papá! Es muy grande, ahí estarías cómoda. Olalla secundó entusiasmada: —¡Claro! Papá a veces llega tarde, no le importará. Alicia tuvo que contener una carcajada. Sabía bien que solo era el modo ingenuo en que los niños expresaban su cariño y que ni la más mínima malicia había en aquello. Sin embargo, su imaginación voló y de pronto se vio a sí misma en una escena de lo más cálida: una velada tranquila, luz de lámpara y charla con Bogdan. Con mucho gusto se habría quedado… no en la cama del padre, claro, sino con él, compartiendo un rato de confidencias y una taza de té. Pero se rehízo enseguida. “Es solo trabajo”, se repitió. “Eres la niñera, no una invitada”. Apresuró recoger las cosas, prometió de nuevo volver pronto y casi salió corriendo del piso, con las mejillas encendidas. En la calle inspiró profundamente el aire fresco y trató de calmar los nervios. Le titilaban los ojos de emoción y, sin darse cuenta, jugueteó con la correa del bolso. Todo eso lo observaba, divertido, Esteban desde el recibidor. Él ya se había dado cuenta de que algo estaba cambiando desde que Alicia empezó en casa: cómo Bogdan posaba la mirada un segundo más en ella, cómo le suavizaba el tono al tratarla, y cómo Alicia, pese a su esfuerzo por ser profesional, no podía evitar ruborizarse. —Creo que por fin mi padre va a tener suerte —pensó Esteban satisfecho. Ojalá vuelva a haber una mujer en casa, no solo una niñera sino alguien que le haga feliz. Y Alicia es perfecta: cariñosa, paciente, alegre, y se nota que quiere de verdad a las niñas. —Solo les falta dar el primer paso —se preguntó divertido—. ¿Les dará vergüenza? Los adultos son tan raros… Aquella noche, al volver a casa, Bogdan se encontró a su hijo esperándole en el salón. —Papá, ¿a qué esperas? —inquirió Esteban con los brazos cruzados. Bogdan levantó la vista de sus papeles, desconcertado: —¿Eh? ¿A qué te refieres? —¡A lo de Alicia! Te gusta, y le gustas. Invítala a salir, ya. Al padre el rubor le subió a las orejas, se frotó el entrecejo y musitó: —Verás, hijo… Alicia es nuestra niñera, encaja bien con las niñas y eso es lo que cuenta… —¡Va, papá! —zanjó Esteban, impaciente—. Lo ve hasta un ciego. Ella también te mira diferente. Es solo cuestión de dar el primer paso: invítala a un café, a algo sencillo. Bogdan suspiró y apoyó la espalda en la silla, acariciándose la frente. Algo tan espontáneo en Esteban parecía complicadísimo para él. —No sé, hijo… A veces pienso que si me equivoco y Alicia decide irse por mi culpa… rompería el equilibrio de la casa. Esteban no se rendía: —¡Pero si está loca por ti! Solo tiene miedo porque es tu empleada. Vamos, papá, inténtalo. Empieza con algo familiar, todos juntos, para que nadie se sienta incómodo. A regañadientes, Bogdan asintió y juntos planearon una salida familiar, al parque o a un café. Por primera vez en mucho tiempo, Bogdan albergó esperanza: tal vez era su oportunidad. *********************** Bogdan no podía quitarse de la cabeza la conversación con Esteban: “Alicia está loca por ti…”. Recordaba los momentos en que ella desviaba la mirada avergonzada, cómo sonreía cuando él la elogiaba… Entró distraído en casa y escuchó el eco de las risas infantiles. En la sala, Ana y Olalla preguntaban a Alicia con insistencia: —Alicia, di que nuestro papá es el mejor. —Claro que lo es —aseguró, peinando el pelo rubio de Ana. —¿Y guapo también? —insistió Olalla con picardía. —Muy guapo —confirmó, sin darse cuenta, ruborizándose hasta la raíz al advertir lo que acababa de soltar. Intentó huir torpemente: —Vuestro papá es el mejor del mundo y os adora. —¿Y tú? —replicó Olalla, intrigada. —¿Yo…? Uy, ¡mira qué tarde! ¡Voy a preparar la cena! —salió disparada hacia la cocina, disimulando. Bogdan no pudo evitar sonreír, y se acercó a ella en voz baja: —¿Qué tal si hoy salimos todos a cenar? Creo que nos vendrá bien cambiar de ambiente. Los niños saltaron de alegría: —¡¿Al restaurante?! ¡Sí! —¿Habrá helado? ¿Habrá atracciones? Alicia lo miró, feliz pese a su reciente embarazoso momento. —Por supuesto —sonrió, comprendiendo que ese, quizás, sería su pequeño gran comienzo. ************************ Pasaron varios meses. La familia Morozov cambió despacio pero a fondo. Las salidas juntos —al parque, a cafeterías, a fiestas infantiles— se hicieron costumbre. Bogdan y Alicia se encontraban a menudo en la cocina, compartiendo confidencias mientras los niños dormían. Ya no podían fingir que lo suyo era solo una relación profesional. Esteban, orgulloso, veía que su plan funcionaba: su padre sonreía más, Alicia ya no se sonrojaba por cada mirada, y la casa rebosaba alegría. Hasta que una noche, en el salón iluminado suavemente por la luz de una guirnalda, Bogdan se animó por fin: —Alicia, hace tiempo quiero decirte algo… Ella se volvió, los ojos llenos de duda y esperanza. —Ya no imagino mi vida sin ti: sin tus sonrisas, sin tu risa, sin tu magia con los niños. Te quiero. Y quiero que no seas “solo la niñera”: quiero que seas mi mujer. Alicia cerró los ojos de pura emoción y respondió con la voz firme: —Yo también te quiero. Quiero estar contigo. ************************* La boda fue íntima, alegre y sencilla. El día brilló soleado en el campo, rodeados de su pequeña gran familia: Ana, Olalla y Esteban. Las niñas, vestidas como dos princesitas rosas, llevaban las alianzas. Esteban, orgulloso, estuvo al lado de su padre. Cuando el oficiante anunció que eran marido y mujer, Bogdan abrazó a sus hijos y, mirando a Alicia, supo que ya no faltaba nadie. —Ahora somos una familia de verdad —le susurró ella. Después hubo fiesta, tarta, bailes y risas. Por la noche, en la terraza bajo las estrellas, Alicia, con lágrimas de alegría, dijo bajito: —Creo que es el día más feliz de mi vida. —Y del mío —le contestó Bogdan, abrazándola—. Y lo mejor es que aún nos quedan por vivir muchísimos días así. Alicia supo entonces que todo lo demás, las dudas y fantasmas del pasado, quedaban atrás. Ahora tenía una familia, al hombre que amaba y un futuro luminoso por delante. No solo una niñera.