No recordaba haber sentido tanta fatiga en mi vida como aquella tarde saliendo de la botica. Cada escalón de la escalera pesaba como una losa, y lo único que anhelaba era un baño caliente, mi bata de estar por casa y un té en silencio. Pero antes siquiera de quitarme el abrigo, sonó el teléfono. Era Arturo, mi marido, con esa voz despreocupada que tanto me crispaba:
«Prepárate, Lucía, que hoy tendremos visita. Ha llegado mi hermana pequeña, Rosario —se quedará unos días con nosotros».
Se me heló la sangre. Ni pregunta, ni consulta… Solo ese tono de quien da por sentado que mi tiempo le pertenece. «¿Qué Rosario?», pensé. Ah, sí —la hermana que jamás había visto, de la que solo conocía un par de anécdotas: una chica de algún pueblo perdido de Extremadura, callada y hacendosa, como suelen ser las criadas desde niñas en esos lugares. Pero oír hablar de alguien es muy distinto a tenerlo invadiendo tu hogar sin aviso.
Al entrar, los encontré en la cocina, charlando como si nada. Rosario, sentada a la mesa con su té, parecía tan cómoda como en su propia casa. Tras cenar, empezó a curiosear por todas las habitaciones como si estuviera en un mercadillo, deteniéndose especialmente en nuestro dormitorio —su favorito. Para mi asombro, se puso a probarse mis joyas y a revolver mis cosméticos como si fueran suyos. No pude contenerme.
«Rosario, esta es mi intimidad. No has pedido permiso para tocar mis cosas, y no me agrada», le dije con firmeza.
Ella bajó la mirada, fingiendo inocencia: «No pensé que os molestaríais… Solo quería ver cómo vivíais».
No contesté y me encerré en el baño. Al salir, descubrí que no quedaba ni una bolsita de té —se lo habían bebido todo. Me quedé sin mi consuelo de la noche, sin paz y, sobre todo, sin respeto. Y cuando ya me disponía a dormir, Arturo soltó: «Piensa qué haremos este fin de semana para entretener a Rosario. ¡Se aburrirá sin compañía!».
¿Desde cuándo debía cancelar mis planes por una desconocida? El sábado tenía un café con mi amiga Carmela, a quien no veía desde hacía un año. ¿Ahora debía anularlo todo por una adolescente que ni siquiera viajó acompañada?
A la mañana siguiente, Rosario ya estaba acicalada, con unos vaqueros llenos de lentejuelas, esperándome en la entrada. «¿Vamos? Quiero ir de compras y luego comer fuera», anunció.
La miré fijamente. «Toma la llave de repuesto. El teléfono tiene mapa. Pasea todo lo que quieras, pero no me molestes».
«¡¿Cómo?!», exclamó, indignada. «¡No tengo dinero! Mi madre no me dio nada, pensaba que vosotros me ayudaríais…».
«Pasear es gratis. Y si tienes hambre, en la nevera hay comida».
Se quedó callada, haciendo pucheros en la cocina como si el mundo entero la hubiera ofendido. Yo me marché al centro comercial. Por primera vez en días, respiré tranquila.
Por la tarde llegó la familia al completo. Empezaron los reproches: que si había humillado a la pobre inocente, que si era una egoísta por no soltar unos cuantos euros… Nadie me dejó explicarme. Rosario, en otra habitación, interpretaba el papel de mártir mientras todos gritaban.
Cuando por fin callaron, dije: «No soy criada de nadie. Rosario no es mi obligación. Si tanto os preocupa, reunid dinero entre todos y pagadle sus caprichos».
Arturo no dijo nada. Solo al anochecer, cuando se marcharon, susurró: «Tenías razón… Pero no quería problemas con la familia».
Y así acabó todo. No soy egoísta. Solo una mujer que exige respeto. Si alguien cree que el parentesco es excusa para mangonear en casa ajena, que se mire al espejo y recapacite antes de cruzar puertas sin llamar.







