**Diario de un hombre cansado**
Después de una larga jornada en la farmacia, arrastraba los pies por el pasillo del edificio, soñando solo con una ducha caliente, el pijama cómodo y un café en silencio. Pero ni siquiera tuve tiempo de cambiarme cuando sonó el teléfono. Era mi marido, Jaime. Su voz, tranquila y sin rastro de duda, anunció:
—Prepárate, Lucía, hoy tendremos visita. Ha venido mi hermana pequeña, Rocío, y se quedará unos días.
Se me encogió el alma. No era una petición, ni una consulta, solo un aviso frío, como si mi tiempo ya no fuese mío. Me quedé callada, desconcertada. ¿Qué Rocío? ¿Por qué nadie me lo dijo antes? Ah, sí, su hermana menor, a la que nunca había visto y con la que ni siquiera hablaba por WhatsApp. Solo sabía un par de cosas de ella: una chica de un pueblo de Cuenca, todavía en el instituto, tranquila y hacendosa, como suelen ser las muchachas del campo. Pero una cosa es oír hablar de alguien y otra muy distinta que esa persona invada tu hogar sin avisar.
Al entrar, Jaime charlaba con ella en la cocina como si nada. Tomaban café y Rocío se movía con total confianza, como si estuviera en su casa. Después de cenar, se puso a curiosear sin disimulo, entrando en todas las habitaciones como si fuese un museo. Cuando llegó a nuestro dormitorio, sus ojos brillaron. En un instante, ya estaba haciendo fotos, revolviendo mis cremas y hasta probándose mis pendientes. Me quedé helado.
—Rocío, perdona, pero esto es mi espacio privado. Has entrado sin permiso y tocas mis cosas. No me gusta— dije con calma, pero firme.
Ella bajó la cabeza y se quejó:
—No sabía que te molestaría… Solo quería ver cómo vivíais.
No contesté y me fui a la ducha. Cuando iba a acostarme, descubrí que no quedaba ni una bolsita de café en casa—seguro que se lo tomaron todo. Sin café, sin paz y, sobre todo, sin respeto. Y antes de dormir, Jaime soltó:
—Habrá que pensar en qué hacemos este fin de semana con Rocío. No puede aburrirse sola.
Casi pierdo los estribos. ¿Por qué iba a cambiar mis planes por una chica que no conozco? El sábado tenía planes con mi amiga Marta, a quien no veía desde hacía un año. Iba a ser un día de compras, comida y paseo. ¿Y ahora qué? ¿Cancelarlo todo por una adolescente que ni siquiera vino acompañada?
Al día siguiente, antes de que pudiera pensar en desayunar, Rocío ya estaba maquillada, con unos vaqueros llenos de lentejuelas y plantada en la puerta, móvil en mano.
—¿Vamos? Quiero ir al centro comercial y luego, quizá, a un restaurante.
La miré y respondí con serenidad:
—Mira, Rocío, tienes un móvil con GPS. Aquí tienes una llave—sal cuando quieras. Pero no me molestes.
—¿¡Qué!?—se le abrió la boca de sorpresa—. Pero yo pensaba que vosotros me acompañaríais. No tengo dinero—mi madre no me dio nada, contaba con vosotros…
—Pasear por la ciudad es gratis. Y si te entra hambre, sabes dónde está la nevera.
Quedó callada, sentada en la cocina como si el mundo entero le debiera disculpas. Yo me marché al centro comercial, porque ya estaba harto de sentirme un extraño en mi propia casa.
Por la tarde apareció toda la familia. No entendí qué ocurría hasta que empezó el interrogatorio: ¿por qué había humillado a la pobrecita?, ¿por qué no le di dinero?, ¿por qué era tan egoísta? Nadie me dejó hablar. Todos gritaban. Rocío, en otra habitación, fingía ser la víctima.
Los escuché, y al final dije:
—No soy un criado. No debo nada a nadie. Rocío no es mi responsabilidad. Yo no la invité. Con lo que gano, apenas llego a fin de mes. Si os da pena vuestra sobrina, reunid dinero entre todos y pagadle sus caprichos.
Jaime no dijo nada. Solo al final de la noche, cuando todos se fueron, murmuró:
—Tienes razón… Solo que no quería problemas con mi familia.
Y esa es la historia. No soy egoísta. Solo soy una persona que pide respeto. Y si alguien cree que ser “familia” le da derecho a exigir y mangonear, que se mire al espejo y piense si a ellos les gustaría que invadiesen su vida así.






