No se oye nada
El avión asomó su hocico por entre las nubes con cierta timidez, miró a su alrededor, hizo una vuelta larga y aterrizó suavecito; parecía que, en vez de piloto, era un novio besando la mejilla de su amada en el altar.
El público estalló en aplausos, pero los pilotos ni se enteraron.
Y tampoco los escuchó Nicolás Campillo, a quien se le habían taponado los oídos durante el vuelo.
Campillo no paraba de apretar la nariz y soplar.
El aire salía por todos lados menos por donde debía, y en su cabeza seguía resonando un ruido blanco digno de la Gran Vía en hora punta.
Nicolás regresó de casa de su madre a primera hora, justo a tiempo para prepararse y salir para el trabajo.
Su mujer, inquieta, ya estaba en pie, correteando por la casa como si fuese la jefa de pista de un circo, moviendo cosas de un lado a otro como si no hubiese mañana.
Campillo fue directo a la cocina y empezó a hacerse la comida para llevar.
El oído seguía en huelga.
¡Me voy!
¡Estoy harta!
¡Harta de todo!
¡Harta de esta vida, de tu salario de tres euros, del piso en la esquina más perdida de Madrid!
Y yo que creía que sufría amor crónico, y resulta que solo he pillado una gripe emocional su esposa le soltaba semejantes confesiones mientras él, tan campante, pasaba la patata de la olla al termo.
Me voy con Luis; no le conoces, ni él a ti.
Pero es maravilloso.
Siento por él lo que hay que sentir.
Y que no te preocupes, que con él aún no ha pasado nada, así que me voy como una señora.
¡Y ni se te ocurra ir contándoselo a tu madre!
Campillo terminó la faena, guardó todo en la bolsa y empezó a prepararse un café.
¿No vas a decir nada?
¡Te acabo de poner mi alma patas arriba!
¡Cariño!
gritó Nicolás sin mirar atrás.
¿Te importaría plancharme los vaqueros?
¿Qué?
¿Vaqueros?
¿Pero tú?
Yo hablándote de sentimientos y tú de planchas.
¡Que te den!
Pensaba que igual me detenías
Y, tras semejante discurso, su mujer cogió la bolsa equivocada, la de la comida de Nicolás, y salió disparada de casa mezclando furia y despiste.
Solo cuando la puerta vibró al cerrarse de golpe, Campillo procesó que se había quedado solo.
“¿Dónde irá a estas horas?
¿Y los vaqueros?
¡Maldición!
¿Dónde está mi comida?” Así digería Nicolás el divorcio exprés de la mañana.
Indignadísimo por no encontrar sus dos termos, Campillo se marchó al trabajo luciendo unos pantalones que más que de algodón, parecían de papel arrugado.
Entrando en el ascensor, saludó con un leve cabeceo a la presidenta de la comunidad, una señora que, por la forma en que cobraba las cuotas, parecía enviar el dinero directamente a los Reyes Católicos.
Decían que con sus perfumes se resucitaban caballos o que los moros huían al olerla.
Campillo contuvo el aire, entró y se puso cara a la salida.
Las puertas se cerraron y la cámara de gas descendió.
No has pagado la limpieza de plagas.
Hoy van a fumigar todo el edificio, anunció la presidenta.
Nicolás veía cómo el olor que emanaba derretía el borde de la puerta.
Debes hacer el ingreso antes de la noche, ¿me puedes mandar un Bizum?
Campillo no soltó palabra.
Entonces ella, echándole el aliento a la oreja, le gritó:
Espero el Bizum antes de que acabe el día.
¿La trasladan a algún sitio o qué?
revivió Campillo.
¿De vuelta a Burgos?
Él de verdad creía el rumor de que esa mujer era descendiente de algún rey bárbaro.
La presidenta le largó una retahíla de palabras, aunque a él solo le llegaban fragmentos: «-uta», «-dor», «-tísimo», «-ar», lo que en su cabeza parecían cánticos en genovés antiguo.
Nicolás no entendía nada y simplemente asentía como si estuviese en un museo de arte moderno.
Las puertas se abrieron y Campillo escapó al aire puro mientras la presidenta se iba a buscar tributo piso por piso.
Campillo trabajaba de electricista.
Desde la semana pasada estaba pringado en una obra cuyo cliente creía tener un don artístico aunque su imaginación y su cartera eran más bien pochas.
Los materiales y planos eran un poema…
y olían a rancio.
No sufría solo.
Junto con él estaban el fontanero y los albañiles, igualmente víctimas del calvario creativo.
Mientras Campillo iba rozando las paredes para pasar los cables y sus colegas sudaban en otras habitaciones, el cliente irrumpió tras una noche de fiesta, directo a supervisar las obras antes de dormir la mona.
¡Todo está mal!
bramaba el cliente, golpeando el suelo.
¡Los enchufes tienen que ir en diagonal, la lámpara descentrada tres grados respecto al eje terrestre!
¡O hacéis lo que digo o no os pago un euro!
Con tales ocurrencias y amenazas recorrió toda la casa y luego se encerró en la habitación infantil, donde se quedó dormido sobre unos sacos de yeso.
Siete horas después, resucitó, abrió la puerta y vio el resultado de sus delirios nocturnos.
En ese tiempo, los obreros habían abierto un pasillo nuevo entre salón y cocina, y en el baño apareció un retrete de cortesía.
Su ropa estaba tan blanca como el yeso y su cara igual, pero de espanto.
No recordaba nada y quería acusarles de inventarse las instrucciones, pero le pusieron el vídeo como prueba.
Solo Campillo no hizo cambios, ya que las órdenes le pasaron por encima del oído.
Por compasión o desesperación, el cliente le regaló una pequeña bonificación “por resistencia al arte borracho”, y echó al resto; pero bajo presión acabó pagando todo el trabajo.
Por la tarde, hambriento y cansado, Campillo no pudo más y fue al médico para recuperar el oído.
De camino, una perra rabiosa le siguió, ladrando y amenazando, pero su mundo era cine mudo: gente y animales actuaban, pero sin subtítulos.
Era imposible saber qué quería aquel animal tan emocional, así que Nicolás siguió caminando con la seguridad de un torero en Las Ventas.
Al rato, la perra se aburrió y lo dejó en paz.
¡Que los sonidos te acompañen!
dijo el doctora mientras le desatascaba el oído.
De vuelta a la realidad, Campillo fue directo a casa.
Por el camino sacó la bonificación imprevista, se compró un bocata de chorizo y un ramo humilde para su esposa.
Ya en el portal, le recibió un vecino tristón.
¿Has oído la última?
preguntó.
Hoy no he oído ni los pájaros, dijo Nicolás, hurgándose la oreja.
Miguela, la de la comunidad, la Reina Católica esa, recogió la pasta de todos y se largó con el dinero al atardecer.
Se ha mudado a otra ciudad y ha cortado todo.
Lo tenía planeado, la pájara.
Pasó por todos los bloques.
¿Tú pagaste?
No, ni de broma, negó Nicolás.
Me dijo algo de Bizum esta mañana pero ni idea.
Pues yo, pringado, sí.
Pero oye, igual los bichos murieron del hedor de sus perfumes, así que ni tan mal, rió el vecino.
Así que tampoco está tan mal quedarse sin limpieza.
La casa le recibió con aromas deliciosos y una esposa inesperadamente tierna.
Perdóname, que he sido una chiflada.
Me dio el ramalazo, ni sé por qué.
Deben de ser llamaradas solares.
Quiero pedirte que olvides todo lo que dije y que creas que no he hecho nada malo.
Tampoco existe ningún Luis.
Me fui a casa de mi hermana, desahogué y el cerebro volvió a su sitio.
Tu reacción de esta mañana me hizo recapacitar, muy de hombre.
¡¿Me perdonas, tontita?!
Cubriendo la cara de Campillo con besos ardientes, le invitó a la mesa.
Yo ni me enteré de nada, confesó Nicolás, sintiendo que recogía un premio que no merecía.
¡Gracias!
le abrazó fuerte su mujer.
“Vaya día,” pensó Campillo, que aquel día no había hecho nada extraordinario.
“Tendría que quedarme sordo más a menudo; igual la vida sería más llevadera.”




