No resultó ser el príncipe que parecía…
Lucía conoció a Diego cuando él acababa de regresar del servicio militar. El chico parecía sacado de la portada de una revista: alto, atlético, con una mirada hipnótica de ojos verdes y el pelo rizado y negro. Al lado de él, Lucía, aunque bonita, parecía sencilla: rubia, de figura esbelta y con una sonrisa dulce. No podía creer su suerte—entre todos sus amigos, él la había elegido a ella.
—¿Qué ve en ti?— susurraban las amigas—. Los guapos así no se quedan mucho tiempo. Te usará y adiós.
Pero Lucía solo sonreía, creyendo en su amor. Salían al cine, bailaban, compartían con amigos. Diego no la llenaba de halagos, pero su presencia la hacía sentirse viva, y su tacto le robaba el aliento. La primera vez que lo llevó a casa, su madre, Carmen Martínez, frunció el ceño. Más tarde, a solas, le dijo en voz baja:
—Un hombre guapo es un hombre peligroso, hija. Los así rara vez son fieles. Espera antes de casarte, ponlo a prueba. Es demasiado… de escaparate.
Lucía se sintió herida. Confiaba en los sentimientos de Diego y no quería escuchar dudas. Pero la semilla de la inquietud ya estaba plantada.
Poco a poco, Diego cambió. Primero el gimnasio, luego la piscina, después nuevas amistades. Lucía se apuntó a todo para estar cerca, pero se sentía fuera de lugar entre chicas tonificadas y llamativas. Diego las miraba con interés, mientras ella se iba antes, conteniendo las lágrimas.
—Estás hecha un fideo— se rio él una vez cuando se resfrió tras la piscina—. Quédate en casa con tus libros mejor.
Las palabras le dolieron y recordó las de su madre. Notaba que Diego se alejaba. Salía solo, sin avisar, sin explicaciones. Hasta que un día… desapareció. Dejó de contestar llamadas.
—¿No te llama?— preguntó su madre.
—No…— susurró Lucía, volviéndose hacia la pared.
—¡Venga, arriba! ¡Al peluquero!— ordenó Carmen—. Un nuevo look es el primer paso para una nueva vida. Luego te cosemos un vestido, que sabes hacerlo.
Compraron tela, Lucía dibujó diseños, intentando distraerse. Los rumores sobre las nuevas conquistas de Diego llegaban, pero ella seguía adelante. Y cuando reapareció en las fiestas del pueblo—renovada, radiante— todos volvieron la cabeza. La notaron.
Un chico, Javier, discreto y sin pretensiones, empezó a cortejarla. No era guapo, pero sus ojos solo miraban a Lucía—con ternura y sinceridad. Al mes, le propuso matrimonio.
—¡Eso sí es un hombre!— dijo Carmen—. Si se enamora, se casa. ¿Y tú?
—Acepto— respondió Lucía en voz baja.
—¿Lo quieres?
—¿Cómo no? Es bueno, trabajador, fiel. Me quiere a mí, solo a mí.
La boda fue íntima, llena de cariño. Empezaron desde cero: su primera silla, su primer plato. Al año nació su hija, y tres después, un niño. Familia, trabajo, felicidad.
Lucía ya no pensaba en Diego. Solo escuchaba de pasada que había dejado a su esposa por otra, que volvía a sus andadas. Ella sonreía:
—¿Mío? Bah, un capricho de juventud. Que sea feliz, si puede.
En casa la esperaban sus hijos, su marido y su madre—la sabia, la buena, la que siempre estuvo ahí. La que una vez la salvó de un verdadero desastre. Gracias a ella, Lucía encontró esa felicidad tranquila, la de verdad.
Mamá… quédate más tiempo. Sin ti, la luz no es igual.





