No remuevas el pasado
Con frecuencia reflexiona Teresa sobre su vida, ahora que ha cruzado el umbral de los cincuenta años. No puede decir que su matrimonio haya sido feliz, y todo se debió a su esposo, Jorge. Se casaron jóvenes y enamorados, ambos se querían. Pero cuando Jorge empezó a cambiar, Teresa no supo darse cuenta de ese momento.
Vivían en un pueblo, en la casa de la suegra de Teresa, doña Ana. Teresa procuraba que reinara la paz en casa, respetaba a Ana, y ella siempre correspondía con afecto y consideración. La madre de Teresa vivía en la aldea vecina, con el hermano menor de Teresa, y solía estar enferma.
Ana, ¿cómo te llevas con tu nuera, la Teresita? preguntaban las vecinas cotillas, en la puerta de la tienda, en la fuente, o simplemente por el camino.
¿Con Teresa? De ella no tengo queja, es respetuosa, sabe hacer de todo, maneja bien la casa y me ayuda en todo respondía la suegra con naturalidad.
Ay, sí, como si fuera cierto todo lo que cuentas. ¿Desde cuándo una suegra alaba a su nuera? No lo creemos decían las otras.
Bueno, eso es cosa vuestra replicaba Ana, y continuaba su camino.
Teresa tuvo una hija, María, todos se alegraron mucho.
Teresa, la María tiene mucho de mí, ¡mírale la cara! decía Ana, buscando sus rasgos en la nieta, mientras Teresa reía, indiferente a quién se pareciera la niña.
Cuando María cumplió tres años, Teresa dio a luz a un hijo. De nuevo, las prisas y alegrías de la nueva vida. Jorge trabajaba, Teresa estaba en casa con los niños, y Ana ayudaba todo lo que podía. Vivían tranquilos, mejor que muchos; Jorge no bebía como otros hombres del pueblo. Algunas mujeres llegaban incluso a buscar a sus maridos detrás de la peña o la plaza, pues allí se reunían, se emborrachaban tanto que ni regresaban a casa por sí solos, y había que arrastrarlos entre insultos y quejas.
A punto de nacer el tercer hijo, Teresa supo que su marido le era infiel. En los pueblos nunca se esconde nada. Pronto se supo del lío de Jorge con Carmen, la viuda. La vecina, Valentina, no tuvo reparo en ir a contárselo.
Teresa, estás esperando el tercer hijo de Jorge y él… dijo con malas palabras es un desagradecido, se va con otras.
¿De verdad, Valentina? Yo no he notado nada respondió sorprendida la mujer.
Normal, ¿cómo vas a notar? Dos críos, el tercero en marcha, la casa y la suegra. Con todos esos líos él vive a su aire. Aquí todos saben que él con Carmen tiene un enredo, y ella ni lo oculta.
Se entristeció Teresa; Ana también lo sabía pero callaba, le tenía lástima a la nuera. No pocas veces reprendió a su hijo, le regañaba, pero Jorge se excusaba rápido.
Madre, ¿tú viste algo? Las mujeres hablan por hablar, para eso están.
Un día, Valentina vino alborotada.
Teresa, acabo de ver a tu Jorge entrar al patio de Carmen, lo he visto yo misma; venía de la tienda. ¿Vas a quedarte sola con tres hijos? Ve y tira de los pelos a esa descarada, ¡estás embarazada, Jorge no se atreverá a tocarte! le animaba la vecina.
Pero Teresa sabía que no tenía coraje para enfrentarse a Carmen, además, la conocía. Era una mujer dura y conflictiva, su marido se ahogó en el río borracho, vivieron mal, siempre peleando. Por eso Carmen había aprendido a defenderse. Finalmente, Teresa decidió ir.
Iré y miraré a Jorge a la cara, le sacaré la verdad. Pero nunca reconoce nada, dice que todo son cotilleos de mujeres dijo a Ana, quien intentó disuadirla.
Teresa, ¿dónde vas embarazada? Ten piedad de ti misma…
Era finales de otoño, ya oscuro. Teresa tocó la ventana de Carmen y esperó a que saliera. Desde la puerta cerrada, Carmen respondió:
¿Qué buscas, por qué golpeas la ventana?
Abre la puerta, déjame entrar. Sé que Jorge está aquí, buenas personas me lo han dicho dijo Teresa en alto.
Sí, claro, ahora mismo te abro… Anda y vuelve a tu casa, no hagas el ridículo río Carmen desde dentro.
Teresa esperó un rato y luego se marchó, sabiendo que no le abriría. Jorge regresó pasada la medianoche, borracho. Él rara vez bebía, pero esa noche sí. Teresa lo esperaba despierta.
¿Dónde has estado? Sé que andas con Carmen, he ido a su casa y no me abrió, tú sabes bien de esto…
¿Por qué inventas cosas? se enfadó Jorge No estuve allí, bebí con Genaro, el cojo, nos entretuvimos y se nos pasó el tiempo.
Teresa no le creyó, pero no quiso armar escándalo, era tarde y ella nunca fue amiga de broncas. Además, ¿qué podía hacer? Ojo que no ve, corazón que no siente, pensó. No durmió, llena de pensamientos:
¿A dónde iría con dos niños y el tercero por nacer? Mi madre está enferma, mi hermano con familia propia y tres niños, la casa apretada. ¿Dónde cabríamos?
Sobre todo, recordaba lo que siempre le dijo su madre cuando Teresa comentaba sobre las infidelidades de Jorge.
Aguanta, hija, ya estás casada y tienes hijos, aguanta. ¿Crees que fue fácil vivir con tu padre? Recuerda cómo nos escondíamos en casa de los vecinos. Dios se lo llevó pero yo aguanté, y tu Jorge, al menos no bebe mucho y no te pega como hacía el tuyo. Las mujeres llevan resignación en la vida.
Aunque no compartía Teresa la resignación de su madre, comprendía que no podía dejar a Jorge. Y Ana también la intentaba convencer y tranquilizar.
Hija, ¿dónde quieres ir con tres hijos? Pronto nacerá el tercero, entre las dos podemos con Jorge.
La tercera niña, Alba, nació débil y enfermiza. Seguramente todas las angustias de Teresa durante el embarazo influyeron en su salud. Con el tiempo, Alba se tranquilizó, recibió mucho cariño de Ana, su abuela.
Teresa, ¿te has enterado de la última? vino Valentina como siempre, trayendo chismes de todo el pueblo Carmen ha metido en casa a Miguel, que su mujer le echó de casa.
Bueno, pues que se quede ahí Miguel, Dios la bendiga contestó Teresa, aliviada de pensar que su marido dejaría de ir a esa casa.
Pero al mes volvió Valentina.
Miguel volvió con su mujer, Carmen se ha quedado sola otra vez, a ver a quién busca ahora… Y tú, Teresa, vigila a Jorge, que en cualquier momento puede volver a caer le advertía.
Teresa y Jorge volvieron a la calma y Ana también respiraba tranquila. Pero si un hombre tiene inquietud en el cuerpo, no se está quieto mucho tiempo.
Un día, Ana al volver de la tienda, se encontró con su vieja amiga Asunción.
Ana, ¿quién entiende a tu Jorge? Teresa es buena y guapa, madre ejemplar, y tú misma la elogias… ¿Qué más quiere tu hijo?
¿De verdad, Asunción, que Jorge vuelve a esas andanzas?
Sí, y bien a gusto. Tiene todo: casa, comida, ropa limpia, cuidado… pero anda con Verónica, la divorciada que trabaja en el bar.
Ana no decía nada a Teresa, regañaba al hijo a escondidas, le rogaba que entrara en razón. Pero es imposible esconder los líos en un pueblo. Valentina, como siempre, fue quien informó a Teresa sobre las nuevas aventuras de Jorge. Las súplicas y lágrimas de Teresa no hacían cambiar a Jorge, quien seguía con sus escapadas, aunque nunca tuvo la intención de abandonar la familia. Para él, era cómodo; mujer, hijos, madre en casa, todo organizado, y fuera, diversión.
Ana ya le regañaba en público; quería que Jorge recapacitara, pero ¿qué adulto escucha a su madre mayor? Él le gritaba que dejara de meterse en su vida.
Madre, yo trabajo para la familia, traigo dinero y aún así me acusan entre las dos. Todo por cotilleos de mujeres se defendía Jorge.
Pasaron los años. Los hijos crecieron. La mayor, María, se casó en la ciudad donde estudió y se quedó allí con su esposo. El hijo acabó la universidad en Madrid y también se casó con una joven local.
La menor, Alba, estaba por terminar el instituto y planeaba estudiar también en la ciudad. Jorge finalmente se calmó, ya no salía, solo trabajo y casa. Pasaba más tiempo en el sofá, con la salud resentida, no bebía nada, antes apenas, pero ahora abandonó el vino del todo.
Teresa, siento pinchazos en el pecho, como si doliera la espalda… y luego Teresa, me duelen las rodillas, ¿qué será, los huesos? Tal vez deba ir al médico de la ciudad.
Teresa no sentía compasión. Su alma se había endurecido, tras tantas lágrimas y decepciones por culpa de Jorge.
Ahora que la salud le falla, se queda en casa a lamentarse pensaba para sí que vaya a quejarse a sus antiguas amigas… Que le cuiden ellas ahora.
Ana ya había fallecido, fue enterrada junto a su marido. En la casa de Jorge y Teresa reinaba la calma. De vez en cuando venían los hijos y nietos. Ambos se alegraban. Jorge lamentaba su salud ante los hijos, y hasta acusaba a Teresa de no cuidarle. La mayor, María, traía medicinas, se preocupaba por él, le atendía y hasta decía a su madre:
Mamá, no regañes a papá, está enfermo y a Teresa le dolía que la hija se pusiera del lado del padre.
Hija, él se lo buscó, tuvo una juventud muy agitada y ahora pide compasión. Yo tampoco soy de hierro, y mi salud se quebró cuando sufría por él intentaba justificarse Teresa.
El hijo también animaba al padre cuando venía a visitarle. Charlaba más con él, como suele pasar entre hombres.
Los hijos parecían no entender a su madre, cuando ella les contaba que su padre le fue infiel, que aguantó por ellos, que no quiso dejarlos sin padre, lo mal que lo pasó. Pero lo que oía era:
Mamá, no remuevas el pasado, deja a papá tranquilo decía la mayor, y el hermano igual.
Mamá, lo que pasó, pasó le decía el hijo, acariciándole el hombro.
Aunque a Teresa le dolía que sus hijos defendieran a su padre, comprendía sus motivos y no guardaba rencor. Así es la vida.
Si algo aprendió Teresa de los años y las penas, es que, por mucho que nos hiera el pasado, lo fundamental es seguir adelante. Remover lo que fue no nos devuelve la paz, pero el amor y la dignidad propios sí pueden sanarnos. A veces, hay que dejar ir y mirar al futuro, porque la vida sigue, y quienes la comparten contigo merecen tu mejor versión.







