No revuelvas el pasado
A veces, Isabel reflexiona sobre su vida, ahora que ha sobrepasado la barrera de los cincuenta años. Nunca ha podido llamar a su matrimonio feliz, y todo por culpa de su marido, Javier. Al principio, de jóvenes, se casaron enamorados, se adoraban mutuamente. Cuando aquel cambio en Javier sucedió, Isabel no se dio cuenta de cuándo ocurrió.
Vivían en un pueblo de la provincia de Salamanca, en la casa de la suegra, Carmen. Isabel ponía todo de su parte para que hubiera calma en el hogar, respetaba a Carmen, que siempre le mostraba cariño. Su propia madre vivía en el pueblo de al lado, junto a su hijo pequeño, y padecía problemas de salud con frecuencia.
Carmen, ¿qué tal con tu nuera, Isa? preguntaban las vecinas cuando se encontraban en la fuente o en la tienda del pueblo, o a veces por la calle.
Qué voy a decir de Isa, es respetuosa, sabe llevar la casa, se maneja bien con el campo, me ayuda en todo respondía siempre la suegra, con orgullo.
Ay, sí, como si fuera posible que todo fuera miel sobre hojuelas, nunca hemos visto a una suegra alabar a su nuera, no nos lo creemos replicaban las mujeres del pueblo.
Allá vosotras respondía Carmen, y seguía su camino.
Isabel tuvo una hija, Beatriz, lo que fue motivo de alegría para todos.
Isa, pues la Bea tiene mi aire le decía Carmen, buscando sus rasgos en la niña, pero la nuera se reía, pues le daba igual a quién se pareciese la niña.
Cuando Beatriz cumplió tres años, Isabel dio a luz a un niño. Volvieron las alegrías y revuelos típicos. Javier trabajaba duramente, Isabel se ocupaba de los hijos, y la suegra colaboraba mucho en todo. Vivían bien, quizá mejor que otros, tranquilos y callados. Javier no bebía, como sí lo hacían otros del pueblo. Algunas mujeres salían a buscar a sus maridos detrás del centro social, donde solían beber y olvidar el camino de vuelta a casa. Entonces sus esposas los arrastraban como podían, maldiciendo todo lo habido y por haber.
Estando Isabel embarazada del tercer hijo, le llegó la noticia de que Javier le era infiel. En los pueblos no existe secreto que los chismosos no acaben por contar, y pronto se supo lo de Javier y Teresa, la viuda. No tardó en venir la vecina María a contarle todo.
Isa, llevas dentro el tercer hijo de Javier, y él… soltó una grosería es un desagradecido, anda detrás de otras.
María, ¿de verdad? Yo no he notado nada raro replicó Isabel, sorprendida.
¿Y cuándo vas a notarlo? Con dos críos, otro en camino, la casa, la suegra, el campo… Si no tienes tiempo. El pueblo entero sabe lo suyo con la viuda. Y, total, Teresa ni lo esconde.
Isabel se entristeció al oírlo; Carmen también lo sabía, pero callaba, temía que su nuera lo descubriera y le daba pena. Varias veces riñó a su hijo Javier, pero él siempre zanjaba las reprimendas rápido.
Madre, no hagas caso de habladurías, seguro que las mujeres inventan, es lo que tienen.
Un día, María llegó corriendo.
Isa, tu Javier acaba de entrar en casa de la viuda, lo he visto con mis propios ojos, iba camino de la tienda. ¿De verdad quieres quedarte sola con tres hijos? Ve y arráncale las greñas a esa descarada. Estás embarazada, Javier no se atrevería a tocarte le aconsejaba la vecina.
Isabel sabía que no tenía valor para enfrentarse a Teresa, mujer avispada y pendenciera. Su marido murió ahogado en el Tormes, por culpa del vino, vivían a gritos y golpes constantes, lo que la había endurecido mucho. Tras pensarlo, fue a buscar a su marido.
Voy a mirarle a la cara, a ver qué dice. Siempre niega todo, culpando a las mujeres de chismosas le confesó a Carmen, pero su suegra intentó disuadirla.
Isa, con el embarazo, por Dios… cuídate.
Era pleno otoño, y ya había anochecido. Isabel llamó a la ventana de Teresa y esperó a que saliera. Pero la viuda, desde dentro, le contestó por la puerta cerrada.
¿Qué quieres, por qué das golpes a la ventana?
Abre la puerta, déjame pasar. Sé que mi Javier está aquí, me lo han dicho proclamó la esposa, alto y claro.
Sí, sí, ahora mismo te abro Anda, vete a tu casa y deja de hacer el ridículo, Isa la oyó reír al final.
Al cabo de un rato, se fue resignada de vuelta. Sabía que Teresa jamás le abriría. Javier volvió de madrugada, borracho. No bebía mucho, pero a veces caía.
¿Dónde estabas? Sé que andas con Teresa, bebiendo juntos. Fui a su casa y ni se dignó a abrirme Tú lo sabes mejor que nadie.
Qué cosas se te ocurren protestó él , no he estado allí. Estaba con Manuel, el cojo, nos pusimos a charlar y se nos pasó el tiempo.
Isabel no creyó nada, pero guardó silencio, no era de armar escándalo. ¿Qué más podía hacer? Como se dice aquí, “si no te pillan, no eres ladrón”. No durmió aquella noche, pensaba:
¿A dónde iría con dos hijos, otro casi nacido? Mi madre enferma, y mi hermano con su familia y tres niños, apenas caben en su casa. ¿Cómo íbamos a apañarnos?
Su madre siempre le decía, cuando se quejaba de los deslices de Javier:
Hay que aguantar, hija. Ya estás casada y tienes hijos, resiste. ¿Crees que conmigo fue fácil? Tu padre bebía y nos echaba, ¿recuerdas cuando nos escondíamos en casas ajenas? Dios dispuso lo suyo y se lo llevó. Yo soporté mucho. Pero al menos tu Javier ni bebe tanto ni te pega. Las mujeres, hija, hemos nacido para aguantar.
Aunque Isabel no estaba del todo de acuerdo, entendía que no podía marcharse de casa. Carmen también intentaba animarla.
Hija mía, ¿adónde vas a ir con los niños? Pronto tendrás otro. Entre las dos, saldremos adelante con Javier.
A la tercera niña, la llamaron Luz. Nació débil y enfermiza, según parece, por las penas que Isabel había sufrido durante el embarazo. Con los años, la niña se volvió más tranquila, y Carmen le prestó mucha atención.
Isa, ¿sabes lo último? volvió corriendo María, que siempre llevaba y traía chismes por todo el pueblo Teresa ha recogido a Miguel, al que la mujer echó de casa.
Pues que lo haya hecho, que Dios la guarde contestó Isabel, aunque por dentro se alegró: su marido dejaría de ir allí.
Pero al mes, vino otra vez María.
Miguel se ha ido de casa de Teresa, volvió con su esposa soltó la noticia como quien da el parte , así que Teresa volverá a buscar hombre. Vigila a tu Javier, que igual le da por volver a sus locuras advertía, entre susurros.
Volvió la calma para Isabel y Javier, y Carmen se alegró también. Pero hay hombres que llevan el diablo dentro y no pueden estar tranquilos.
Un día Carmen se cruzó en el mercado con su vieja amiga, Felisa.
Carmen, ¿y a quién habrá salido tu Javier? Isa es buena, guapa, madre estupenda, tú misma lo dices. ¿Qué más busca?
¿Qué me dices, Felisa, no estará Javier otra vez tonteando por ahí?
Tontea, claro que sí… Lo tiene todo, viven bajo tu ala, bien comidos y cuidados. Ahora va con Verónica, la divorciada que trabaja en la cantina.
Carmen no le decía nada a Isa, que ya intuía los sucesos por los avisos de María. Ni lágrimas ni ruegos surtían efecto, Javier seguía con sus aventuras. Eso sí, nunca pensó en abandonar a su familia; sabía que no podría dejarles. Pero tampoco fue nunca fiel. Le resultaba cómodo: casa y vida ordenada, mujer, hijos, madre, y una amiga fuera para entretenerse.
Carmen ya le regañaba sin tapujos, pero ¿qué hombre adulto hace caso de su madre? Javier le gritaba que no se metiera más en su vida.
Madre, trabajo por la familia, traigo euros a casa, y vosotras dos me acusáis. ¡Os creéis los cotilleos del pueblo! se defendía él.
Años pasaron. Los hijos crecieron. La mayor, Beatriz, se casó en la ciudad, donde estudiaba en la universidad, y allí se quedó con su marido. El hijo terminó la carrera en Salamanca y también se casó con una joven de allí.
La pequeña, Luz, está por acabar el colegio y quiere marcharse también a la capital. Javier, por fin, ha asentado la cabeza. Ahora no sale de casa, apenas va a la plaza, y la salud empieza a flaquearle. Ya ni prueba el vino, y antes apenas lo hacía; pero ahora ni por costumbre.
Isa, el corazón me da vuelcos, me llega hasta la espalda después de un tiempo, Isa, me duelen las rodillas, ¿serán los huesos? Igual tengo que ir al médico del centro.
A Isabel no le da pena su marido. Su alma quedó endurecida por tantas lágrimas y decepciones antes de que Javier cambiara.
Ahora que la salud tirita, se queda quieto en casa y se queja pensaba ella , que vaya y se queje a sus antiguas… Que ahora se ocupen de él.
Carmen falleció hace tiempo, la enterraron junto a su marido. La casa de Isabel y Javier se llenó de silencio. De vez en cuando los hijos y nietos vienen de visita. Los dos se alegran. Javier se queja ante los hijos de sus males, y hasta acusa a Isabel de no cuidarlo. Beatriz trae medicinas, se preocupa por su padre y dice, incluso a su madre:
Mamá, no te enfades con papá, está malito a Isabel le duele, su hija toma partido por Javier.
Hija, él es responsable de sus propios achaques. Tuvo su juventud demasiado revuelta, y ahora quiere que le compadezcan. Yo tampoco soy de hierro, y casi perdí la salud por los disgustos que él me dio intentaba justificar la madre.
El hijo también procura animar al padre cuando viene, y habla más con Javier, cosas de hombres
Los hijos como si no comprendieran a su madre, cuando ella les quiso contar todo lo que sufrió por culpa de la infidelidad de su padre, cómo aguantó por ellos, cómo le dolía. Pero sólo respondían:
Mamá, no revuelvas el pasado, no amargues a papá decía Beatriz, y su hermano lo apoyaba.
Mamá, lo que fue, fue decía el hijo, dándole una palmadita en el hombro para calmarla.
Y, aunque a Isabel le duele un poco que sus hijos estén más cerca del padre, los comprende y no se lo toma a mal. Así es la vida.
Gracias por leer, por seguirme y por vuestro apoyo. ¡Mucha suerte en la vida!







