¡No quiero vivir con la familia de mi hija! Os contaré por qué.
Mi hija y su familia se quedaron sin casa de la noche a la mañana. Tras unas inundaciones, su piso en Sevilla quedó inhabitable y necesitaba una reforma urgente. Así que, como era de esperar, mi hija y su familia vinieron a vivir conmigo a Madrid.
Era evidente que no tenían otro sitio donde ir, así que los recibí en mi hogar. Sin embargo, después de hablarlo detenidamente con mi hija, Lucía, y mi yerno, Alejandro, acordamos que esta convivencia sería solo una solución temporal. Tan pronto como fuera posible, volverían a su piso.
Tengo una hija maravillosa y mi yerno no es ningún despistado. Los dos entendieron perfectamente mi postura: la familia nuclear es un conjunto independiente y el resto de personas, por mucho cariño que les tengamos, son elementos ajenos al día a día de ese círculo. Lo tengo muy claro y ahora os explico de dónde viene esa convicción.
Yo tengo mi propio ritmo de vida, muy distinto al de Lucía y Alejandro. Por ejemplo, aunque puedo convivir con la presencia de mi hija, mi yerno sigue siendo una persona ajena a mis costumbres, por mucho que lo aprecie, y también tiene derecho a tener su intimidad. No tiene sentido discutir sobre mi costumbre de dormirme con la radio puesta o sobre que mi hija y Alejandro hayan decidido invitar a amigos a casa. Cada uno tiene su manera de mantener el orden en el hogar y no vale la pena enfadarnos porque alguien no ha fregado los platos. Esas menudencias pueden romper la mejor de las relaciones.
Además, cada uno tiene unas prioridades muy distintas con la comida. Y ni hablar de lo incómodo que resulta cuando aparecen invitados inesperados. Porque no nos engañemos, en esos momentos a cualquiera le puede tentar probar la comida ajena. Y, sinceramente, no me parece solución ponerle un candado a la nevera.
Las diferentes rutinas de descanso también acaban siendo un problema constante, porque tienes que ir de puntillas por tu propia casa y eso termina pasándole factura al humor y a la salud. Al final, la falta de sueño hace que todo salte por los aires ante la más pequeña chispa.
Por otro lado, no quiero juzgar la vida de mi hija y su marido. He procurado transmitirle todo lo que sé, pero a estas alturas quiero ver solo lo que están dispuestos a compartir conmigo y prefiero no saber más de la cuenta. Y eso, sinceramente, es casi imposible cuando convives en el mismo piso.
Sobre todo, quiero ser yo quien decida cuándo y cómo puedo ayudar, y hacerlo siempre por iniciativa propia. También necesito mi tiempo y mi espacio para mí.
Creo que la convivencia de varias generaciones bajo el mismo techo debe ser siempre una excepción breve y nunca una costumbre. Cada familia necesita su propio espacio para crecer y respetarse. A veces, mantener cierta distancia es el secreto para que prevalezca el cariño y el respeto mutuo. La verdadera generosidad no es dárselo todo a los hijos, sino saber cuándo ceder espacio para que cada uno viva su propia vida.







