¡No quiero vivir con la familia de mi hija! Os voy a explicar por qué.
Mi hija y su familia se han quedado sin hogar de repente. Tras una tormenta terrible, su piso en Madrid ha quedado inhabitable y necesita una reforma urgente. No hace falta decir que mi querida hija y su familia se han instalado en mi casa.
Está claro que no tenían otra alternativa, así que los recibí en mi hogar de buena gana. Sin embargo, después de hablar con mi hija Inés y mi yerno Álvaro, acordamos que era una situación excepcional y que, en cuanto pudiera ser, regresarían a su piso.
Tengo una hija maravillosa y mi yerno no es ningún tonto, así que los dos entendieron perfectamente mi postura: cada familia es una entidad independiente y, fuera de ella, todos los demás somos ajenos. Esto lo tengo muy claro, y a continuación explico por qué pienso así.
Llevo mi propio ritmo de vida, muy distinto al de mi hija y mi yerno. Por ejemplo, aunque puedo convivir con Inés bajo el mismo techo sin problema, con Álvaro siento que es un auténtico extraño, y también él merece su privacidad. No tiene sentido discutir porque yo prefiera dormirme con la televisión encendida o porque ellos quieran invitar amigos a casa. Cada uno tenemos nuestros hábitos de orden y limpieza en un piso, así que tampoco merece la pena pelearse porque alguien se deje los platos sin lavar. Al final, estas tonterías acaban deteriorando incluso la mejor de las relaciones familiares.
Además, nuestros gustos culinarios no tienen nada que ver. Y ya ni hablemos de aquellas ocasiones en las que aparece gente de repente en casa. Todos sabemos que en esas situaciones puede haber tentaciones con los jamones o las tapas ajenas, y no es plan de poner una cadena al frigorífico.
Otra complicación son los horarios tan distintos: uno tiene que andar todo el día de puntillas para que el resto pueda descansar. No solemos ser conscientes del sueño de los demás y, si no dormimos bien, nos volvemos irascibles y la cabeza no nos da tregua. A veces, basta un pequeño chispazo para desatar una discusión tremenda.
Tampoco quiero verme juzgando el día a día de mi hija y de su marido. Le enseñé lo que supe, pero ahora sólo quiero enterarme de lo que ellos quieran compartir conmigo y nada más. Eso es imposible si vivimos todos juntos en el mismo piso.
Y, lo más importante, quiero ser yo quien decida en qué puedo o quiero ayudar, y hacerlo porque realmente me apetece. También necesito reservar tiempo para mí misma.







