No te puedes ni imaginar lo que pasó después Mira, te cuento como si estuviera aquí contigo, porque esto es de esas historias que parecen cuento y son vida.
En un pueblecito de Castilla y León vivía don Eusebio, un hombre mayor, sencillo y buenazo, que los sábados se permitía una copa de vino blanco en el bar del pueblo. Tenía la ilusión de comprarse un perro, pero no uno cualquiera: soñaba con un mastín español puro, y por poco se va hasta Extremadura para conseguir uno auténtico, aunque eso le costara unos cuantos euros. El caso es que todos lo llamaban Eusebio, aunque algunos decían don Eusebio o solo “Sebi”, nadie sabía muy bien si era nombre o apellido, y él nunca corregía a nadie.
Ahí estaba Eusebio, sentado en el banco de madera frente a su casa, recordando los tiempos de antes, con los chavales cerca escuchando sus historias sobre cómo era el pueblo en su juventud. Su mujer, Mercedes, ya había fallecido hacía años. El corazón la tenía débil, los médicos le prohibieron tener hijos, pero ella quería uno con locura. Al final, contra todo pronóstico, fue madre de un niño y eso acabó de empeorarle la salud. Don Eusebio la adoraba, y hacía todo en casa: ni siquiera la dejaba traer la leche del mercado. “¡No puede ser!”, decía él, “¡Los médicos te lo tienen prohibido!”.
Él cocinaba, atendía al niño pero Mercedes sufría:
¡Ay, Eusebio, vas a hacer que me avergüence! Las mujeres del pueblo se van a reír, ¡yo no hago nada en casa! ¡Todo lo haces tú!
Pero, fíjate, las demás no se reían, lo que tenían era envidia:
¡Ay, Merche! Si nos alquilaras a Eusebio, aunque fuera un día, ¡qué vida ibas a darnos!
Ella sonreía con esos ojos dulces Así, con una sonrisa se fue de este mundo. Don Eusebio la encontró fría esa mañana. Lloró como un crío, tres días enteros, y después se dedicó a cuidar de su hijo.
Su hijo, David, justo entraba en la edad complicada, 14 años. Luego de hacer la mili, se casó joven y se quedó a vivir en la ciudad donde servía. Así, Eusebio se quedó solo, pero no se deprimió; le gustaba charlar con los jóvenes en la plaza.
A David le nació una niña; Eusebio siempre esperaba que vinieran con la niña de visita, pero nunca tenían tiempo: el trabajo, las prisas, excusas varias Y al final, solo conocía a su nieta por unas fotos.
Un día los vecinos del pueblo notaron que Eusebio estaba más triste que una nube de tormenta, sin un atisbo de alegría en el rostro. No bromeaba, no se sentaba como de costumbre en su banco. Pronto se supo el motivo: una carta que mandó su nuera, la mujer de su hijo, que decía que habían tenido un accidente de coche. La nieta estaba en coma en el hospital y su hijo David había fallecido.
¡Madre mía, qué desgracia, qué pena más grande! decían todos del pueblo, pero ¿qué palabras sirven en esos casos?… Eusebio aceptaba el pésame, pero no se le calmaba el corazón. Echaba de menos a su hijo, claro, pero aún más le dolía la situación de su nieta, postrada en el hospital con apenas quince años Le ardía el alma de dolor.
Y para colmo, la nuera desapareció del mapa. No escribía, no contestaba los telegramas, no tomaba el teléfono. ¿Cómo saber cómo estaba la niña?… Eusebio, aunque nunca la había visto en persona, la quería igual que si la tuviese siempre consigo. Decía la gente que la niña, según las fotos, era igualita a Mercedes en sus años mozos.
Eusebio se preparó para ir a la ciudad donde vivía su hijo, pero justo la noche antes, para su sorpresa, apareció un coche ante su puerta. Bajaron una camilla. Entran casi sin tocar la puerta una señora que resultó ser la nuera. Detrás, trajeron la camilla con la nieta, la dejaron allí en el sofá y se fueron.
Está paralizada de pies a cabeza dijo la nuera, con frialdad. Yo no quiero una hija así, aún puedo rehacer mi vida y tener otro hijo sano.
Pero yo no soy médico acertó a decir Eusebio, algo desbordado.
Médico no hace falta. Ninguno puede hacer nada ya. Si no quieres cuidarla, entiérrala tú misma, pero yo no pienso arruinarme la vida. Yo no soy cuidadora soltó la nuera y, de un portazo, se fue.
¡Ni madre eres, mujer! le gritó Eusebio al cerrar la puerta.
Ahí entendió por qué el hijo nunca venía al pueblo con la familia: con una mujer así solo se va al mercado a discutir, no de visita. Nadie pudo preguntarle ya cómo se metió David en tal lío Si hubiera sabido que la esposa iba a abandonar a su hija, se habría revolcado en la tumba. Así quedaron solos Eusebio y la nieta.
La niña, de verdad, estaba totalmente paralizada, pero Eusebio, que ya estaba acostumbrado a cuidar de los suyos, asumió la faena. Por fin tenía una razón para levantarse cada día: curar a su nieta.
Los médicos del hospital no tenían esperanza y la mandaron a casa. Ni siquiera entendían cómo sobrevivió al accidente: las heridas eran casi incompatibles con la vida. No quedaba más que probar con remedios caseros y curanderas. La más cercana vivía a kilómetros, imposible llevar a la niña, y la mujer, mayor ya, tampoco visitaba casas. Eusebio cada semana hacía el trayecto, ella le daba infusiones y ungüentos, y así la trataba, aunque más de un año pasó y la nieta seguía sin mover ni manos ni pies, como tablón bajo la manta, apenas podía balbucear nada.
A veces, el hombre veía lágrimas resbalando por las mejillas de la niña, y se le partía el alma. Creía que sufría por sus padres. Le leía cuentos, hablaba con ella, pero no recibía respuesta, pesaba para los dos.
Y ahí viene el giro: una tarde, mientras Eusebio estaba junto a la cama, entró en la casa una pandilla ebria de chavales del pueblo. Resulta que el abuelo, sin querer, se había dejado la puerta abierta. Venían de la discoteca, vieron luz e y sabían que en la casa vivía la chica paralizada. A uno se le ocurrió la idea de entrar para divertirse, pensando que la pobre no se podría defender Empujaron la puerta, que estaba abierta.
¡A ver, abuelo! Destápala y abre las piernas un poco, que vamos a echar suertes para ver quién empieza ordenó el más borracho del grupo.
¡Por favor! ¡Solo tiene quince años! suplicó Eusebio, temblando.
Anda, déjame que me lave los dientes dijo Eusebio, saliendo corriendo hacia la cocina. Abrió la trampilla del sótano y gritó: ¡A por ellos!
De allá salió, veloz como el viento, su mastín español. Empezó a morderles los pantalones y a perseguirlos por el pasillo. Al jefe del grupo casi le arranca los atributos, y a los demás les dejó los calzoncillos en el aire. Corrieron por todo el pueblo enseñando el culo, los vecinos muertos de risa y el mastín saltó por la ventana persiguiéndolos hasta las afueras.
Vuelve Eusebio al cuarto y, ¡no te lo pierdas!, la nieta está sentada en la cama gritando por la ventana:
¡Rayo! ¡Rayo! ¡Vamos abuelo, agárralo, que no se escape!
Ahí sí que se le saltaron las lágrimas al abuelo Y, mira, desde ese día la niña empezó a mejorar. A los pocos meses ya andaba un poco. Sería por los remedios de la curandera, quizá por el susto de la noche, pero empezó a hablar por los codos, ¡como compensando todo el tiempo en silencio!
¿Y cómo apareció el perro, te preguntas? Pues fácil: el mastín, Rayo, vivía con David, el hijo de Eusebio, pero tras el accidente y la muerte del dueño, la nuera se deshizo de todo de la hija y hasta del perro. Lo trajo con la niña, sin decirle nada al abuelo. Cuando la nuera cerró la puerta de su casa, Eusebio fue a cerrar el portón y vio junto a la verja al perro, delgadísimo, con cara triste y hasta lágrimas, te lo juro, como vaca enferma. No sabía ni que su hijo tenía perro, pero Eusebio no podía dejarlo en la calle.
El animal se convirtió en su sombra y, cuando esa noche entraron los delincuentes, estaba en el sótano por el calor del verano. Eusebio lo metía ahí para que no sufriera, y por la tarde cuando bajaba el sol lo soltaba. Aquella noche no tuvo tiempo. Si Rayo hubiera estado suelto, la panda ni entra en la casa.
Luego, la propia nieta le dijo al abuelo que lloraba porque echaba de menos al perro. El abuelo siempre lo tenía en el patio, y ella no podía pedir tenerlo dentro. Nada.
Cuando Rayo regresó tras echar a los borrachos, saltó a la cama y le dio lametones por toda la cara a su pequeña dueña. También él la había echado de menos. Así, empezaron a vivir los tres: Eusebio, la nieta y Rayo. Y de la madre de la niña, no volvieron a saber nada. Ni falta que hacía.
Mira, lo suyo, cada vez que lo recuerdo, me da esperanza en la gente. Y que nunca hay desgracia tan grande que no dé lugar para que nazca una familia nueva.





