Tía Carmen, ¿me ayudas con matemáticas, por favor? pregunta bajito Mateo, mirando con esperanza a la novia de su padre. Mañana tengo un examen y papá no vuelve del trabajo hasta tarde.
Cariño, no tengo tiempo ahora responde Carmen sin levantar la vista del portátil. Me caso en dos semanas y aún quedan mil cosas por organizar. ¿Tú quieres que la boda con tu padre sea perfecta, verdad?
Claro contesta el niño, desorientado, y se va cabizbajo a su habitación. Carmen nunca le ha gustado, pero su padre parece feliz, así que aguanta por él.
La madre de Mateo está gravemente enferma y no puede hacerse cargo de su hijo.
«¡Un niño de ocho años no debe presenciar el sufrimiento de su propia madre!»
Con estas palabras, Enrique, el padre de Mateo, se llevó al pequeño a vivir con él. Su prometida no estaba nada entusiasmada, pero prefirió callar. Discutir con un hombre a punto de casarse no le parecía buena idea.
Carmen fingía ser comprensiva y cariñosa delante de Enrique, mostrando lástima por el niño. Pero cuando él salía a trabajar, la indiferencia hacia Mateo era absoluta. No quería saber nada de un hijo que no era suyo.
Un par de días antes de la boda, el ordenador de Enrique deja de funcionar. Decide usar el portátil de Carmen para enviar un correo urgente. Solo necesitaba el navegador, pero por impulso echa un vistazo al historial.
Su rostro va endureciéndose por segundos. Cierra el portátil con fuerza y se dirige al salón, donde Carmen deambula cambiando de canal.
¿Qué es esa tontería de meter a mi hijo en un internado? pregunta Enrique, conteniendo el enfado.
¿De qué hablas? frunce el ceño Carmen. Dijiste que solo mandarías un correo. ¿Te has puesto a cotillear? ¿No te da vergüenza?
Espero una respuesta. ¿Quién te ha dado derecho a decidir sobre mi hijo?
Precisamente, porque es solo tuyo Carmen lanza el mando al sofá. Nosotros tendremos nuestros propios hijos, en común. Y Mateo no hará más que estorbar. Ni siquiera saca buenas notas. De un cinco pasa a un cuatro todo el rato. ¿Qué ejemplo va a dar?
¡Está pasando un trauma! ¡Su madre está al borde de la muerte! ¡Además le arrancaron de su entorno! Lo está pasando fatal y tú, en vez de ayudarle, planeas cómo quitarte el problema de encima Enrique grita, incapaz de controlar sus emociones. Menos mal que Mateo está en clase.
¡No me grites! protesta Carmen. Yo no tengo por qué criar a tu hijo. Que se lo quede la abuela, si no te parece mi solución.
¿Y cuándo ibas a contarme tu brillante idea? ¿Después de la boda? ¿El mes que viene?
Dentro de un par de días dice sin remordimientos. ¿Para qué alargarlo? Además, ya he consultado con una amiga de servicios sociales, nos ayuda con toda la gestión. Estará mejor allí, te lo aseguro.
Que te quede claro dice Enrique de repente con más calma que jamás traicionaré a mi hijo. Le quiero más que a nada en el mundo.
¿Y yo? salta Carmen, indignada. ¿No me quieres a mí? ¿No te importo? Pues te lo digo claro grita ya fuera de sí : no quiero que tu hijo viva con nosotros después de la boda. Elige: él o yo.
Él dice Enrique sin dudar. Encontrar pareja no es difícil, pero hijo solo tengo uno.
¿Pareja? ¿Tú? ¿Quién va a mirar a un tipo como tú, si no es por mí? Carmen respira con dificultad, temblando de rabia. ¿O crees que otra mujer podría querer a tu hijo? ¡No me hagas reír! ¡Nadie quiere a hijos ajenos!
Tienes una hora para recoger tus cosas y salir de este piso. Puedes llevarte los regalos, me da igual Enrique coge la chaqueta y, antes de salir, dice en voz baja desde la puerta : No quiero volver a verte. Si pensabas que estaba loco por ti, te equivocaste. Solo buscaba una nueva madre para Mateo, nada más.
Espera, Enrique, ¿y la boda? Carmen se queda helada, convencida de que él iba a disculparse y aceptar su decisión. ¿Pero la echa así, sin más?
¿No lo entiendes? dice él con extrañeza. No habrá boda. Ya he elegido y no ha sido a tu favor. Haz la maleta. Si vuelvo y sigues aquí, no me cortaré.
La puerta se cierra de golpe, dejando a Carmen sola. Se desploma en el sofá, incapaz de asimilar lo que ha pasado. Ya veía este piso como suyo y no quiere abandonarlo.
Suenan al timbre. Carmen corre a abrir, sonriente, convencida de que Enrique bromeaba y va a rogarle
Paquete para usted dice animado un mensajero, firme aquí.
Carmen, furiosa, casi rompe el bolígrafo mientras firma. El chico la mira raro y se va en cuanto recoge el albarán.
En la caja, reluciendo de forma cruel, está el vestido de novia. Carísimo. En el arrebato, Carmen lanza la prenda al suelo y la pisotea, convirtiéndola en un trapo inútil.
Coge el móvil, nerviosa, y marca el número de su amiga mientras arrastra la maleta desde el trastero.
¿Qué pasa? la voz al otro lado suena molesta. Ni tú duermes ni dejas dormir. ¿Nervios de boda? suelta con sarcasmo.
¡No habrá boda! siséa Carmen, poniendo el altavoz. Estoy haciendo la maleta. ¿Vienes a recogerme?
¿Qué ha pasado? la voz se pone seria de golpe . ¿Te ha hecho daño?
¡Ya lo creo! exclama Carmen y le cuenta toda la escena. La amiga guarda silencio. ¿Es que te has dormido?
¿De verdad planeabas deshacerte del niño?
Por supuesto resopla Carmen. Yo querría uno mío.
Pues mira dice la amiga tras una pausa , no te entiendo, ni pienso intentarlo. Jamás imaginé que fueras capaz de algo así.
Bah, me da igual lo que opines Carmen forcejea con la cremallera de la maleta. ¿Vienes o no?
No responde seca . Llama a otra persona.
Pues nada, pediré un taxi
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Enrique recoge a Mateo del colegio y juntos se van al parque a dar de comer a las palomas. El niño, encantado de tener a su padre solo para él, pregunta de pronto:
¿No tienes que ayudar a tía Carmen con la boda? y se queda callado, expectante. Seguro que papá le dirá que sí y que tienen que volver a casa
No responde Enrique, sorprendiendo mucho a su hijo. No habrá boda. ¿Te sentaría muy mal que Carmen no viviese con nosotros? pregunta con temor. Al echar a su novia, no pensó en cómo le afectaría a su hijo.
No me importa contesta Mateo con los ojos iluminados . Ni pizca. La verdad, no me caía bien. No le importaba nada.
No pasa nada Enrique abraza fuerte a su hijo . Viviremos juntos los dos por ahora. Y no dudo que algún día encontraremos a una mujer que te quiera como a su propio hijoMateo sonríe, por primera vez en mucho tiempo, con esa tranquilidad de quien sabe que no tiene que fingir más. Se sientan en un banco, el sol de la tarde acaricia sus rostros y las palomas picotean a sus pies.
Papá dice el niño, agarrándole la mano , ¿puedes enseñarme las matemáticas ahora?
Enrique ríe. Saca de la mochila el cuaderno de Mateo, se pone las gafas como si fuera el profesor más serio del mundo y hace una reverencia absurda. Mateo ríe también, relajado, y la amenaza de la soledad parece desvanecerse bajo el cielo naranja.
El viento juega con las hojas caídas, y Enrique piensa en lo sencillo que es a veces elegir bien. No siempre hay que tenerlo todo planeado. Basta con apostar por el amor correcto, aunque cueste renunciar a los sueños equivocados.
Mientras resuelven juntos una resta y una gaviota pasa chillando en busca de pan, Enrique mira a su hijo y lo abraza de nuevo, silenciosamente agradecido. Sabe que la vida no será fácil, ni tampoco perfecta, pero tiene a Mateo. Y ese pequeño universo de dos es suficiente.
Al marcharse del parque, la mano de Mateo no suelta la suya ni un segundo. Y por primera vez en mucho tiempo, ambos caminan hacia casa con el corazón en paz, sabiendo que, juntos, pueden con todo.







