Martín estaba a punto de licenciarse en la Universidad de Salamanca cuando, de repente, se le ocurrió la idea de casarse con su primer amor del instituto, Rosalía. Rosalía, además de ser una chica atractiva, era conocida por su bondad e inteligencia. Ella, por aquellos días, también ultimaba su tesis. Ambos jóvenes se prometieron casarse tan pronto como terminasen su carrera.
Martín decidió anunciarle la noticia a su madre, pero el encuentro fue tenso. Su madre le recibió con gesto severo y, sin rodeos, le dijo que sólo aceptaría que su hijo se casara con Ángela, la vecina de la puerta de al lado, o con nadie más. Le lanzó la pregunta más dolorosa: ¿Qué es más importante para ti: tu futuro profesional o el amor? Su madre soñaba con verlo convertido en un hombre ilustre y respetado.
Ángela venía de una familia acomodada de Valladolid, y llevaba años suspirando por Martín. Pero él no podía dejar de pensar en Rosalía, quien, según su madre, no tenía apellido ni familia, y cuya madre arrastraba una vieja mala fama por el barrio. ¿Qué diría la gente? se lamentaba la madre.
No necesito otra nuera y tú haz lo que te parezca sentenció, sin dar más lugar al debate.
Durante semanas, Martín intentó convencerla, pero la madre siguió inflexible, y llegó a jurar que si se casaba con Rosalía, les echaría una maldición. Martín se acobardó. Su relación con Rosalía, tras seis meses de dudas y presiones, fue apagándose como las cenizas de un cigarro olvidado.
Martín terminó casándose con Ángela. Ella le adoraba de verdad, pero decidieron no celebrar boda alguna; Martín no quería que Rosalía pudiera ver fotos de su enlace en ningún sitio. Así fue como pasaron a vivir juntos. ¿Y qué decir? Ángela era de familia rica, y Martín se mudó a su lujosa casa del centro de Valladolid. Sus padres, orgullosos, le ayudaron a ascender en el trabajo. Pero la felicidad nunca llegó.
Nunca quiso hijos. Cuando Ángela comprendió que ninguna conversación podía convencerle, pidió el divorcio. Él rozaba los cuarenta y cinco y Ángela tenía treinta y ocho. Años después, Ángela encontró el amor, tuvo una niña y por fin fue feliz de verdad.
Martín soñaba con casarse con Rosalía, buscó su pista por todo Salamanca, pero ella parecía haber desaparecido. Fue un viejo amigo quien le contó que, tras la ruptura, Rosalía se había casado con el primero que le pidió matrimonio, pero él resultó ser un sinvergüenza.
Martín acabó solo, en el viejo piso de sus padres, ahogando sus penas en vasos de vino y brandy. Siempre miraba la foto de Rosalía, incapaz de perdonar a su madre, ni de perdonarse a sí mismo.






