No quería, pero lo hice
Mira, te cuento algo que ni yo mismo creía que acabaría viviendo. Lucía nunca había fumado bien, pero estaba convencida de que eso le ayudaba a calmar los nervios. La veía muchas tardes en el patio de su casa, observando la calle tranquila del pueblo, con la cabeza llena de pensamientos oscuros y preocupaciones serias. Últimamente, la vida se le había vuelto un pequeño polvorín de problemas.
Lucía vivía sola en la antigua casa de su abuela, que ya había fallecido. Sus padres seguían en el pueblo de al lado, a siete kilómetros, pero a Lucía le hacía ilusión independizarse, tener su espacio, que ya para algo tenía veintitrés años. Trabajaba en Correos, atendiendo a todos los vecinos.
Intentó fumar un cigarro, pero no pudo terminarlo, lo apagó enseguida con gesto de disgusto:
No me gusta fumar, la verdad, y a saber cómo Verónica puede estar todo el día con una colilla en la boca. Fue ella quien me animó, dice que relaja, pero vamos, que ni de lejos rumiaba Lucía para sí misma.
En ese momento, pasó por la puerta de su casa el nuevo guardia civil del pueblo, Antonio, que venía de una localidad cercana. Lucía ya había oído de él por las compañeras de la oficina de correos. Lo vio pasar en su coche y se metió para adentro; ya empezaba a anochecer, y aquella noche tenía en mente una movida bastante seria.
El día anterior en la oficina de Correos había poca gente, pero alguno que otro venía a preguntar o a charlar:
Mañana esto va a estar como el metro de Madrid en hora punta dijo Ana María, que lleva en Correos desde que iba con trenzas; hoy es solo la calma antes de la tormenta de la pensión.
Treinta años que llevo trabajando aquí, y parece que fue ayer presumía Ana María; todo el mundo me conoce, y yo ni me imagino dónde más podría encajar.
Madre mía, tía Ana sonreía la joven Verónica, mi madre siempre dice que sin ti la oficina se vendría abajo. Eres la que mantiene todo en pie.
Bah, mujer, tampoco tanto responde Ana María; que a mí me pueden reemplazar en cualquier momento. Ya verás cuando me jubile
Justo entonces entró Marina, una mujer grande, de unos cuarenta y dos años, que venía sofocada por el calor:
Buenas, ¡qué día más pegajoso! Vengo porque mi vecina, la abuela Eulalia, me ha pedido que le renueve la suscripción a la revista. Es su entretenimiento. Nosotros mañana nos vamos temprano de vacaciones, ni más ni menos que a Turquía Ella me lo pidió porque se le acaba la suscripción y tiene miedo de quedarse sin sus revistas. La pobre ya apenas sale de casa, y por lo menos lee mucho, así se le pasa más rápido el tiempo.
Vaya, Marina, ¿no te da respeto irte tan lejos y encima en avión? preguntó Ana María, como quien habla desde la experiencia; Turquía tiene buen tiempo, seguro que os ponéis morenísimos
Na, el miedo se pasa pronto. El primer día ya te mando fotos, me he comprado un bañador nuevo, prepárate dijo Marina saliendo por la puerta.
¿Cuánto costará llevarse a toda la familia a Turquía? ponía cara de asombro Verónica.
Bueno, ellos manejan dinero, que Miguel es agricultor con tierras propias apuntó Ana María, como quien sabe bien de los asuntos del pueblo.
Lucía, en cambio, permanecía callada, sentada junto al ordenador, escuchando y observando a todos. Sus pensamientos iban por otros caminos
Al rato entró Antonio, el guardia civil, y saludó animadamente:
Buenas tardes, creo que tengo un aviso pendiente. ¿Me puedes mirar, Verónica? preguntó, pero al instante se quedó mirando a Lucía.
No sabía que trabajaban chicas tan guapas aquí aunque te veo muy triste
Ana María siguió la mirada de Antonio:
Ah, Lucía Hace poco enterró a su novio susurró con tono compasivo.
Vaya, lo siento dijo el guardia, mientras Verónica le confirmaba que no había ningún aviso para él aún.
El novio de Lucía, Daniel, había muerto hacía tres semanas en circunstancias sospechosas; lo encontraron asesinado en un descampado del pueblo grande. Decían que jugaba en garitos ilegales y que tenía malas compañías, pero Lucía de esto no sabía nada. La policía no encontró culpables, pero una noche aparecieron dos jóvenes en su casa, venidos de la ciudad. Lucía los había visto alguna vez con Daniel.
Tu novio nos debe una buena cantidad le soltaron sin tapujos.
Pero ha muerto balbuceó Lucía, temblando.
Los muertos no cancelan deudas, bonita. O pagas tú, o buscamos otra manera. Uno, llamado Sergio, le exigió una suma de tres mil euros.
Pero ¿de dónde saco tanto dinero?
Eso es cosa tuya. En vuestro pueblo hay gente con dinero. Piensa en algo.
No sé quién es rico aquí
No mientas, que trabajando en Correos lo sabrás todo de todos le dijo Sergio, muy seguro ; y ojo, que en dos semanas volvemos. Si se te ocurre avisar a la policía, no vivirás para contar lo que pase. Toma esto, con estas ganzúas podrás abrir cualquier puerta le dijo, empujándole las herramientas.
En cuanto salieron de la casa, Lucía cerró rápido y se quedó paralizada de miedo. Todo en silencio, la noche profunda fuera. Tras pensarlo durante horas, Lucía decidió colarse en la casa de Marina, que ya estaba de vacaciones. Sabía que no tenían perro en la finca; solo un portón cerrado, pero eso tampoco fue problema, trepó la valla.
No tenía claro cómo entrar, pero con las ganzúas que le dio Sergio, pudo abrir la puerta. Estaba agitada, sintiendo que cruzaba una línea, igual que los que la habían empujado a ello. Buscó dinero con los nervios a flor de piel, bajo la luz del farol de la calle colándose por la ventana.
Madre mía, ¿en qué lío me estoy metiendo? pensaba. Por salvar mi pellejo, ¿tengo que llegar a esto, Daniel? Tú ahí enterrado, y yo pagando tus errores con este disparate.
Sabía que lo correcto era denunciar, pero el miedo a Sergio la paralizaba, sentía que podía estar vigilándola Solo encontró mil quinientos euros y, en el cajón, una sortija y una pulsera de oro de Marina. Vio también el portátil en la mesa y se lo llevó.
Salió del pueblo sin ser vista, con la bolsa al hombro y mirando a cada lado, solo algún perro ladraba a lo lejos. Nadie la vio, pero iba temblando, aterrada.
En casa, escondió la bolsa en el baúl de la abuela, bajo ropa vieja. No pegó ojo en toda la noche. Fue a trabajar con la cabeza a punto de reventar. Cerca del mediodía salió hacia la cafetería del pueblo.
Buenas y justo en la puerta apareció Antonio. Lucía dio un salto, y él se rió:
No te asustes, solo vamos a la cafetería, que tengo hambre.
Buenas le respondió ella bajito, temiendo que ya sabía todo. ¿Vendría a arrestarla?
Sí, estaba esperándote le dijo el guardia, con una sonrisa.
Al ver sus ojos brillantes, Lucía se tranquilizó, le estaba vacilando. Desde aquel día, empezaron a compartir comidas y algunas tardes él la esperaba después del trabajo. Se fue quedando en su casa y todo el pueblo empezó a hablar.
¡Menuda suerte tuvo Lucía al quedarse con el guardia! susurraba Tamara, celosa; Mira que mi hija Teresa le tenía echado el ojo, y va esta y se lo lleva.
Bah, está clarísimo que a Antonio le gusta Lucía y punto, está coladísimo.
Realmente eran el uno para el otro, y aunque algunos vecinos criticaban a Lucía
Si no hace ni dos días que enterró al novio y ya está con otro.
Hombre, ¿y qué debe hacer, quedarse llorando toda la vida? decían otros, más comprensivos.
Lucía no encontraba paz, acercándose el día en que los hombres volverían a reclamar el dinero, temía que se toparan con Antonio en casa. Quería contarle lo que había hecho, pero le costaba. Dos días antes del plazo, se atrevió:
Antonio, necesito confesarte algo y él se le rió.
Si, ya sé lo que vas a decirme: que yo también te quiero mucho
No, no va por ahí
Antonio la escuchó serio; no podía creer que ella, tan dulce y buena, hubiera llegado a eso. Pero entendió que la habían presionado.
Madre mía, Lucía Vas a tener que cumplir con esto, pero dime, ¿dónde guardaste todo?
Ella sacó la bolsa y se la entregó. Él la animó, le dijo que no estaba sola. Dos noches después, llamaron a su puerta. Lucía abrió, temblando. Allí estaban Sergio y otro más, exigiendo la deuda.
No he podido encontrar el dinero, pero dadme más tiempo, por favor.
Sergio la agarró fuerte del brazo:
¿Qué, aún necesitas tiempo? O nos das la pasta o le rompió la camiseta de un tirón. Justo entonces el otro cayó al suelo de golpe, y detrás Sergio. Los dos esposados, y Antonio ya poniéndose serio, el otro guardia levantando al compinche.
Se acabó, Lucía. Estos pagarán lo que han hecho. Mañana ven al cuartel, que hay que aclararlo todo.
Lucía fue interrogada, lo contó todo al policía judicial. Marina y familia volvieron de las vacaciones, les devolvieron lo robado. Antonio rogó que no se hiciera público lo de Lucía. Al final, todo se calmó. Nadie en el pueblo imaginaba que Lucía, tan tímida y sensata, pudiera verse envuelta en algo así. Todos pensaron que los ladrones eran Sergio y el otro, que por cierto también resultaron ser los asesinos de Daniel. Los metieron entre rejas para muchos años.
Antonio le pidió matrimonio a Lucía, celebraron una boda sencilla. El cariño de Antonio limpió las penas y curó las heridas de Lucía. Ahora los ves juntos, criando a su hija pequeña, Olalla.







