No queda nada bien que tus hijos tengan piso y mi hijo no. ¡Vamos a conseguirle un piso con una hipoteca!
La otra noche, mientras las farolas de la Gran Vía parpadeaban y el reloj de la Puerta del Sol sonaba a destiempo, mi marido Lorenzo de repente me soltó que mis hijos tenían casas, y el suyo no, y que tendríamos que pensar cómo conseguirle un piso también a su hijo. Mis hijos son míos y de Lorenzo, pero su hijo es de su primer matrimonio, una sombra lejana que a veces parece más sueño que realidad.
¿Y por qué tendría yo que hacerme cargo de buscarle piso a su hijo? Sabía que Lorenzo había estado casado antes y tenía descendencia, por eso nunca tuve prisa por hacer papeles con él. Tres años convivimos por los callejones de Chamberí, observando cómo se movía respecto a su antigua mujer y a su hijo. Después, nació mi primer hijo, Ernesto, y al poco tiempo, el segundo, Mateo.
Estoy satisfecha con cómo es Lorenzo: cumple como marido y como padre, reparte su tiempo entre nosotros, no escatima en gastos, y aunque discutimos a veces, eso le pasa a todo el mundo, ¿no? Habitábamos el piso que heredé de mi padre, allá junto al Retiro, desde que mi madre se separó de él cuando yo ni levantaba medio metro del suelo. Ella se rehizo con otro matrimonio, pero nunca tuvo más hijos.
Lorenzo y su primera mujer siempre vivieron de alquiler en Vallecas, ahorrando para una hipoteca que nunca llegó. Tras el divorcio, su ex volvió con sus padres, y él siguió de alquiler, de pensión en pensión, flotando por la ciudad como las hojas de otoño en el Manzanares.
Cuando finalmente nos casamos y se mudó conmigo, no nos preocupamos por papeles ni por quién figuraba en la escritura: simplemente habitamos mi piso, haciendo obras, cambiando muebles, como si no hubiera principio ni final para esa casa. Pero hace cosa de un año y medio, las abuelas la de mi madre y la de mi padre dejaron este mundo casi a la vez. Me dejaron en herencia sus dos pisos: uno en Argüelles, el otro en Malasaña, como si quisieran abrigarnos desde el más allá.
Mientras los niños son pequeños, he decidido alquilar esos pisos, uno para cada hijo cuando sean mayores. Ahora el dinero de uno va para mi madre, como pequeño suplemento para su pensión, y lo del otro me ayuda a sobrellevar la vida, porque en Madrid nunca sobra el euro.
Hasta ahora Lorenzo nunca se había metido en mis temas de pisos: él siempre ha sabido que no le pertenecen. Yo siempre le dije que cuando nuestros hijos fueran mayores, les daría uno a cada uno, y estuvo de acuerdo. Y el asunto quedó flotando, como los sueños raros de las noches madrileñas.
Pero de repente, una noche extraña en la que todo parecía apagado y los carteles luminosos hacían figuras abstractas en la ventana, Lorenzo me dijo:
Mi hijo mayor acabará el instituto pronto. Ya es casi un hombre, tiene que pensar en su futuro.
No entendí a qué venía, pero le dejé hablar.
¡Tus hijos ya tienen pisos! ¡El mío no! ¡Compremos uno para mi hijo con una hipoteca! exclamó de pronto, con voz de quien sueña en voz alta.
Me dejó perpleja, como si la calle de Alcalá se hubiera doblado ante mis ojos. Le pregunté por qué, de repente, nuestros hijos eran solo míos en este asunto. Lorenzo me pidió que no le buscara las cosquillas.
Pero mi hijo no heredará nada nunca. Quiero que tenga su propio hogar.
Me parece estupendo que lo quieras así, pero ¿acaso su madre no debería preocuparse, igual que tú y yo lo hacemos por los nuestros? le respondí.
Lorenzo me explicó, enturbiando aún más el ambiente, que la madre de su hijo tenía un trabajo precario y sus padres le ayudaban con lo justo para sobrevivir. Él tampoco puede permitirse una hipoteca solo. Pero si yo le echo una mano, todo sería posible. O sea, que debería aceptar que Lorenzo compre un piso para su hijo a crédito a nombre de su hijo, pero pagado, letra a letra, por nosotros.
Con nuestras dos nóminas y lo del alquiler, nos llega de sobra me insistía.
Nos llegaría, sí, pero a base de ahorrar en todo: nada de vacaciones, ni escapadas a la costa de Cádiz, nada de verano en la playa para Ernesto y Mateo. Todo el dinero iría al banco, para que Lorenzo quede como un buen padre ante su hijo mayor. Cuando ese chico vaya a la universidad, otra vez habría que rascar el bolsillo, porque su madre anda siempre justa.
Comprendo que Lorenzo quiera a todos sus hijos por igual. Pero los pisos, yo los heredé por mi familia, no gracias a él. ¿Por qué debería meterme a pagar una hipoteca para el hijo de otro matrimonio?
Le dije enseguida que, si tanto le preocupaba, que su exmujer pida la hipoteca y pague con la pensión de alimentos.
¡Yo en esto no me voy a involucrar!
Desde entonces, Lorenzo anda por casa como un fantasma, murmurando apenas, deslizándose entre las cortinas como si no quisiera rozar el suelo. Una pena, pero sigue sin entenderme en este Madrid de sueños y contradicciones.





