30 de octubre de 2024
Hoy he vuelto a pasear con mi hijo, Álvaro, que ya tiene dos años y medio. Salimos cada mañana a la calle principal de nuestro pueblo, La Aldea del Río, y cruzamos la avenida que lleva al parque infantil. A la derecha de nuestro camino hay varias tiendas de alimentación: el súper del señor García, la carnicería del abuelo Luis y la panadería donde siempre compro una rosquilla con semillas de amapola para el pequeño. Nos sentamos en la banca del parque; Álvaro, con esa hambre y alegría que solo tienen los niños, devora la rosquilla mientras yo disfruto de unos minutos de descanso.
Me gusta observar a los transeúntes que pasan por el bulevar. Trato de adivinar su oficio por la forma de caminar, la ropa y los gestos, y me pregunto qué piensan, de qué viven, qué sueñan y a dónde se dirigen. Es mi pequeño pasatiempo.
Hace un rato apareció una pareja conocida: un hombre de barba canosa, de unos setenta y cinco años, y su acompañante, una mujer cuya edad me resulta imposible precisar; tal vez tenga entre sesenta y setenta años. No la he visto sin maquillaje ni una gota de polvo en la cara, y siempre lleva su neceser repleto de base, colorete, rímel, delineador y sombras neutras. Su cabello lo tiñe de rubio ceniciento y lo peina en la clásica concha que nunca pasa de moda. Sus uñas siempre están impecables, alternando entre el francés y el rojo pasional; yo la llamo la libélula.
Se sientan a menudo en la misma banca donde nosotros nos acomodamos. La mujer se llama Leocadia y su marido Antonio.
¡Cuántas veces tengo que decirte, Leocadia! No puedes lanzar castañas a la gente con los pies; podrías herir a alguien sin querer. ¿Qué dirías tú si te golpeara una castaña en la pierna? le recrimina Antonio.
¡Cielo! ¿Cómo puedes decir eso? Solo en otoño me río a carcajadas. ¡No te enojes, mi amor! contesta ella entre risas.
Vale, te compraré una pelota de goma. Mejor varias, así juegas en casa sin molestar a nadie y yo me escapo al baño para no verte. replica Antonio.
¡Ay, Antonio! Jugar con una pelota en casa no es lo mismo, no tiene el mismo encanto. No te enfades, por favor. Cruzaré a la otra acera si no te gusta lo que hago. le responde Leocadia, apretando los labios con molestia.
No, siempre habrá que vigilarte. No quiero terminar en la comisaría cuando seas mayor o verte con una pierna rota, y después tener que traerte el almuerzo. Tú sabes que preparo sopas muy espesas; si no comes lo que preparo, te quedarás con hambre. No permitiré que los niños te visiten, ¡eres una revoltosa! prosigue él, mientras ella se aleja, cruzando la calle con la cabeza alta.
Me resulta curioso cómo mantienen una relación tan viva después de tantos años. Leocadia suele contarle alguna historia a Antonio con gestos exagerados, a veces golpea el aire con el pie, y él asiente, apoyándola con el codo. Su ternura es palpable: la forma en que él le toma la mano, la manera en que ella le mira a los ojos, los pequeños gestos de enfado que terminan en una sonrisa. Todo parece reflejar un amor sin límites.
Mira por dónde pisas, Leocadia, no eres una chiquilla. Si tropiezas, podrías romperte una pierna o un brazo. ¿Qué haría yo entonces? le advierte Antonio.
Se besan en la banca, como si fueran adolescentes, y el sonido de sus corazones parece sincronizarse con el latido del boulevard. Esa escena, tan natural, disipa cualquier duda: el amor que comparten sigue tan intenso como el primer día.
Hoy los he vuelto a ver sentados. Leocadia le pregunta a Antonio:
¿Me acompañas al comercio a por un labial pastel? ¿Habrá oferta? dice, mirando su bolso.
Ve tú sola, yo te espero aquí. Pero no te lleves todas las lápidas, deja algo para las demás. contesta él, sonriendo.
Álvaro ya había terminado la rosquilla y se acercó al hombre que estaba a su lado. Antonio sacó una pequeña barra de chocolate y se la ofreció:
Toma, chiquitín, disfruta. ¿Cómo te llamas?
Gracias respondí yo, presentándome como padre de Álvaro. Él se llama Álvaro y apenas empieza a hablar.
Con curiosidad, le pregunté a Antonio cómo lograban mantener esa chispa.
Nos conocimos en otoño, hace unos cincuenta años empezó diciendo. Leocadia recogía hojas de colores en el parque, se agachaba para tocarlas y sonreía. Llevaba un abrigo con remiendos, un gorro blanco y botas gastadas, pero estaba feliz. Tenía una mano llena de hojas amarillas, naranjas y rojas, y en el bolsillo llevaba unas monedas. En casa solo había pan con mostaza, pero ella siempre sonreía. Leocadia hablaba con las flores, acariciaba crisantemos y pensamientos; su alegría era contagiosa. Me enseñó a disfrutar la vida, a valorar cada día, cualquiera que sea el clima. A pesar de su aparente fragilidad, era apasionada y decidida. Muchos la cortejaron, pero solo a mí le concedió su corazón.
¿Nunca discuten? le pregunté, intrigado.
Claro que sí, a veces surgen malentendidos. Lo importante es afrontarlos con rapidez y perdonar, porque las rencillas no valen la pena. La vida es corta y no tiene sentido gastarla en cosas sin importancia. Cuando me enfadaba, a veces me quedaba en silencio durante semanas, y ella sufría. Me di cuenta de que esos días de distanciamiento son como hojas arrancadas del calendario que el viento se lleva. Mejor perdonar, olvidar lo malo y seguir adelante.
¿Y tú nunca te enojas con ella? insistí.
Álvaro, que ya había terminado el chocolate, escuchaba atentamente.
A veces me irrita, pero no puedo vivir sin ella. Cuando me enfermo, ella corre a por medicinas, me hace tés, me cubre con mantas y me calienta la frente con una toalla húmeda. No quiero quedarme solo cuando ella ya no esté. Su bienestar es mi mundo.
En ese momento se acercó Leocadia, sonrojada por la tienda.
Antonio, no tienen el tono de labial que busco. Rosa, rojo, violeta ninguno me convence dijo, sin edad aparente.
¿Qué llevas en la mano? ¿Compraste detergente? Pásame la bolsa, que tus dedos están helados. Déjame calentarlos le respondió Antonio, apresurándose a ayudarla a volver a casa.
Al despedirnos, despedí a Álvaro y a Leocadia con un abrazo. Mientras los veíamos alejarse, pensé en lo que había observado todo el día.
Hoy he comprendido que amar con ternura, paciencia y complicidad es un arte que se cultiva día a día. No basta con los gestos grandes; son los pequeños momentos, los silencios compartidos y los perdones rápidos los que hacen que una relación perdure. Esa es la lección que me llevo: el amor se nutre de la constancia y del deseo de estar presente, incluso cuando la vida se vuelve dura.
Aprender a valorar cada instante y a perdonar pronto, es el verdadero secreto para vivir feliz.







