No Puedo Sin Ti.

—¡NO PUEDO VIVIR SIN TI!

—¡Me odio! —solo un pensamiento invadía la mente de Ani: ¡Me odio! ¡Me odio a mí misma!

Ana corría por la acera sin percibir nada a su alrededor.
Lluvia. No solo derramaba torrentes sobre calles y tejados. La lluvia se había instalado en su alma, dictando leyes desde allí. Según su designio, debía romper sus ilusiones rápido y seguir adelante: tropezar, caer, levantarse. Toda mujer, claro, sufre sus fracasos con intensidad. Aunque… ¿quién sabe? Tras la tormenta más feroz, el sol siempre asoma. Lo malo termina. ¿Verdad?

La lluvia intentaba hablarle, pero Ana rechazaba sus consejos. Así que, como caballero, decidió por ella. Luego lo entendería.
—¡Otra vez los pies empapados! ¡Me lo merezco! —mascullaba irritada—. Al llegar, tomaré té caliente. No tengo prisa… ni motivo —sus reflexiones las interrumpió un maullido lastimero.

—¡Ay! ¿Quién eres? —saltó hacia un lado.

Bajo un arbusto cerca de su portal, un gatito gris lloriqueaba. Antes lo habría ignorado —¿para qué quería gatos callejeros?—. Pero hoy no.

—Ven, pequeño. Tan desdichado como yo. Juntos será menos triste —lo acunó contra su pecho, tembloroso.

—Les presento a nuestro nuevo contable —dijo el jefe de la empresa donde trabajaba Ana, introduciendo al recién llegado.

Sus miradas chocaron al instante. Los ojos revelan lo que las palabras ocultan. Los suyos eran grises, lo notaría después. Ahora solo veía espejos: su propio reflejo en ellos. No recordaría su rostro, solo esa inmersión. Como navegar río arriba, sin remos, entre escalofríos y labios secos.

—Buenas. Soy Ana Martínez. Compartiremos despacho —susurró.

—Javier López. Exalumno de la Academia Militar —se presentó él.

La voz. ¡Dios, la voz! Le hizo temblar pestañas… y rodillas. Le cosquilleaba mejillas, fosas nasales… ¡el corazón! Sus pensamientos hablaban con su tono. Cuando Javier hablaba, Ana sonreía sin control, luego se reprochaba:

—¡Actúo como una niña de doce años! —y sus mejillas ardían.

Hoy, Ana entregó su dimisión, desconcertando al jefe. Recogió sus cosas y salió sin mirar atrás. Para siempre.

—Dios, qué ojos —pensó Javier al entrar al despacho.
Solo veía eso. Ni jefe ni colegas existían. Estaban solos.
—No debo hundirme en esa mirada. Pero… ¡son extraordinarios! Grandes, cálidos, sinceros. ¡Basta! —se ordenó.

Así comenzaron sus días.
Rozarse al pasar documentos les electrizaba las palmas. Ana retiraba la mano rápidamente; su tacto la abrasaba. Javier lo notó y evitaba molestarla… aunque anhelaba tocarla.

Una vez, al coger el ratón, rozó su meñique y exclamó:

—¡Ups! —retiró la mano, esperando que no lo notara. Cada contacto lo encendía, silenciándolo.

Eran reflejos: pensamientos, gestos, anhelos. Ana anticipaba sus frases, sentía su mirada sin verla. Lo leía en cada célula. Sabía cuándo él llamaba. ¿Cómo? Escuchaba con el alma, no solo oídos.

Javier supo al instante: Ana era su complemento. Sus ojos descifraban sus deseos. Sus palabras continuaban sus ideas. Anticipaba sus pasos. La entendía con media mirada.

Cuando Ana bajaba la vista, él captaba su vergüenza… y se ruborizaba. Con ella, se sentía adolescente, juguetón.

Sus manos ásperas anhelaban sus dedos delicados. Quería sostenerla… pero temía.

Se tocaban no con piel, sino con almas. Eran espejos. Almas gemelas.

Tres años. Javier no dio el paso. Ana esperó.
Él temía el cambio. ¿Y si todo se rompía? ¿Si el acercamiento destruía sus esperanzas? Ambos llevaban equipajes del pasado.

Tras alimentar al gatito, Ana miraba la lluvia persistente. Charcos burbujeaban. No quería pensar.

—Mañana será otro día —decidió.

Esa noche, envuelta en su batín rosa, acariciando al gato satisfecho, se adormiló.

Un timbre la despertó. Abrazando al felino, caminó al recibidor. Sabía quién era.

—Ana Martínez, sé que estás. Ábreme, por favor —la voz temblaba.

Al abrir, vio a Javier.

—Ah, ¿no estás sola? ¿Me aceptas en tu compañía? —preguntó nervioso. Ana callaba.

—¡No puedo sin ti! ¿Entiendes? ¿Por qué te fuiste? Soy infeliz, y tú también. Ya no tenemos veinte años. Quiero abrazar tus pensamientos, no solo tu cintura. Quiero estar contigo. Perdón por el retraso —sus manos se entrelazaron.

Ella era su mujer. Él, su hombre.

¿Qué pasará?

Todo irá bien. Tras la noche oscura, llega el alba. ¿No?

Quizá debamos agradecer a la lluvia… ¿Unió dos corazones, no?

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