No pude resistir… Traicioné a mi esposa

No pude contenerme… Traicioné a mi esposa.

Ocurrió durante la etapa más crítica de nuestro matrimonio. Ya casi no conversábamos de nada profundo, y la casa parecía más una pensión donde coincidíamos por casualidad. Ainara pasaba los días entre los niños, preparando cocidos, lavando ropa, planchando camisas y arrullando a los pequeños, mientras yo volvía exhausto y malhumorado del trabajo. Una pared invisible de rutina, silencios y resentimientos se alzaba entre nosotros. Empecé a quedarme hasta tarde en la oficina, y entonces llegó Claudia al equipo: radiante, despreocupada, sin ataduras ni responsabilidades.

Sentí que revivía aquellos años de juventud, cuando todo era ligero. Ella reía sin filtros, hablaba de viajes y conciertos, y en sus ojos no había rastro del peso que ahogaba mi hogar. Comencé a invitarla a cafés, a regalarle claveles, a pasear al atardecer por el Retiro. A Ainara le inventaba excusas: «se estropeó el ordenador de un compañero», «reunión de última hora», «quedé con Álvaro». Sin darme cuenta, cruzamos el límite. Una noche, Claudia me pidió que subiera a su piso cerca de Lavapiés. Entre sábanas y promesas efímeras, creí encontrar lo que añoraba: complicidad, adrenalina, una ilusión que paliara el vacío.

Al regresar a casa, la culpa me quemaba la piel. Todo estaba en silencio; los niños dormían. Ainara me esperaba en la entrada, con las ojeras marcadas y la mirada apagada. No pronunció palabra, solo me observó con una tristeza que atravesó el alma. Se giró y se refugió en la cocina. Tras ducharme, intenté seguirla. La encontré frente a los fogones, dándome la espalda. Cuando le propuse cenar juntos, murmuró: «Estoy agotada… Voy a descansar».

Más tarde, entré en el dormitorio. Dormía vestida, abrazada a la almohada como una niña. Sobre el baúl, nuestro álbum de bodas. Lo abrí sin pensar, y el pasado me golpeó: fotos de ella, mi Ainara. La chica de pelo ondulado que conquisté en Salamanca, con su sonrisa amplia y sus vestidos de flores. Yo aparecía a su lado, con la mirada brillante de quien cree tenerlo todo. Recordé cómo escribía poemas para impresionarla, las noches bailando sevillanas, el día que aceptó ser mi novia tras meses de insistir.

No pegué ojo en toda la noche. Las imágenes se mezclaban: su risa al enseñarme a los recién nacidos, los ojos verdes de Claudia, las manos de Ainara acariciando la nuca de nuestro hijo. Al amanecer, una certeza me despertó: no solo la había traicionado a ella. Había traicionado al hombre que juró amarla «hasta que la muerte nos separe». Perdí de vista al amor que me sostuvo en los peores momentos, por un espejismo. Pero aún había esperanza. Solo debía luchar por recuperarla.

Antes de que Ainara despertara, llamé a mi madre para que se llevara a los niños ese fin de semana. Después, preparé tostadas con tomate y le llevé la bandeja a la cama. Ella abrió los ojos, desconfiada al principio, hasta que una sonrisa tímida asomó. En ese instante, supe que podía repararlo.

Corté todo contacto con Claudia. Ignoré sus mensajes, borré su número. Sí, actué como un cobarde. Pero prefiero enfrentar la verdad que vivir entre mentiras. Ahora, cada euro que gasto es para ellos: el día que la llevé a arreglarse al salón de Lola, nuestra cena en el Mesón del Champiñón —donde celebramos nuestro primer aniversario—, las entradas al Teatro Real. Esa noche, mientras sostuve su mano durante la función, entendí que el hogar no son cuatro paredes. Es la persona que, a pesar de todo, sigue eligiéndote cada mañana.

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No pude resistir… Traicioné a mi esposa