¡No quiero seguir viviendo con vosotros! ¡Nunca hacéis nada bien! exclamó Carmen, mirando a su madre con rabia e indignación. Vale que de niña: no vayas aquí, no hagas esto. Pero ahora tengo veinte años, ¡mamá! Veinte. Hace dos años que soy mayor de edad.
Y si eres mayor de edad y no quieres seguir viviendo aquí, búscate trabajo, alquila y paga tu propio piso. Esa es mi respuesta, hija.
¡Vaya tela! bufó Carmen. Que si estudia, Carmen, que no te distraigas con fiestas, que sal a trabajar. ¿Y los estudios, qué? ¿Eso da igual? ¿Y ayudar a tu hija no entra en tus planes?
Eres una chica independiente, nunca pides consejo añadió el padre, apoyando a la madre. Así que, para que no nos metamos ni te digamos cómo vivir, puedes empezar la vida completamente por tu cuenta.
La situación no era ideal para Carmen. Su madre no la agobiaba con tareas domésticas, su padre pagaba los recibos, llenaba la despensa y de vez en cuando le ingresaba algún dinerillo en la tarjeta. Vivir así era fácil y cómodo. Si tan solo sus padres no se metieran tanto…
Pero su carácter orgulloso no la dejaba ceder. En la familia siempre circulaba la historia de una tatarabuela de Carmen que fue ferviente revolucionaria. Cuando los padres se quejaban de lo rebelde que era su hija, siempre lo recordaban.
Carmen encontró trabajo y alquiló un pequeño piso cerca de la universidad. Solo entonces comprendió bien lo que era no llegar a fin de mes. Antes lo había escuchado en conversaciones ajenas en el autobús, en los debates de amigos de sus padres o en algún programa de televisión donde se repetía: No da para lo más básico.
El alquiler se llevaba gran parte de su modesto sueldo, y aún necesitaba comprar comida, abono de transporte y cubrir otras cosas. Las fiestas tan soñadas quedaron desterradas a un segundo plano. Sin darse cuenta, empezó a valorar su dinero, y algunas manías de sus padres le parecían menos injustas.
Una tarde regresaba de trabajar cuando vio a dos chicos caminando delante, haciendo ruido y soltando gilipolleces y tacos a cada frase. Carmen negó con la cabeza: ¿Qué tendrán en la cabeza estos.
En las escaleras de un viejo local cerrado que nunca conseguía alquilarse, se sentaba una anciana. Carmen la veía allí con frecuencia. Murmuraba algo ininteligible, y a sus pies tenía una lata donde, de vez en cuando, algún vecino tiraba unas monedas. Ya nadie llevaba suelto en efectivo; todo era pago con tarjeta. Carmen, sin embargo, siempre intentaba guardar unas monedas para la anciana, aunque ella misma no supiera muy bien por qué. Antes, jamás se habría fijado en la vida de una mendiga.
Aunque, llamarla mendiga era injusto. La ropa gastada y la lata en los pies no encubrían la dignidad de aquella mujer. Agradecía con un gesto cada moneda que le daban y volvía a sentarse paciente en los fríos escalones de cemento.
Al pasar junto a ella, los chicos resoplaron con desprecio. Uno le dio una patada a la lata, que rodó entre estrépito, esparciendo las escasas monedas por el asfalto.
La anciana se levantó trabajosamente y se puso a recogerlas. Sus manos temblorosas apenas le respondían, pero no dejaba de intentarlo.
¿Pero qué hacéis, imbéciles? saltó Carmen, apresurándose a ayudarla.
Los chicos soltaron una carcajada y le dedicaron un insulto mientras seguían su camino.
Tome, señora le dijo Carmen, devolviéndole las monedas. Y espere, aquí tiene algo más.
Sacó un billete de cinco euros, preparado para tal ocasión, y se lo entregó. La anciana lo cogió y la miró a los ojos. Tenía una mirada tan viva y joven, pese a las arrugas que surcaban su rostro.
Gracias. Te he reconocido. Eres tú la que siempre deja una moneda aquí dijo acariciando la vieja lata abollada. Mira cómo la han dejado. Tocará buscar otra.
A Carmen le dio la impresión de que no se encontraba bien.
¿Vive lejos, señora? le preguntó.
La anciana negó con la cabeza.
¿Ves esos bloques de cinco plantas al fondo? Allí vivo.
La acompaño, parece que le costará llegar.
El corazón… se me ha encogido, claro. Me he disgustado. Gracias, niña. No te quitaré mucho tiempo.
En el pequeño piso del tercer piso les recibieron varios gatos. Carmen los contó perpleja.
Doce sonrió la anciana al notar su asombro. Jamás pensé que acabaría con tantos.
¿Y para qué los quiere?
No es que los quiera yo. Son ellos los que me necesitan. Sin mí, se habrían muerto. A Capuchino y Lucia los dejaron en una bolsa junto a un contenedor en pleno invierno. Un día saqué la basura y los oí. Lucia maullaba, y Capuchino ya casi ni respiraba. A Pelusa la rescaté de unos chavales, y Román llegó solo, del supermercado. Fina parió en un sótano, y tuve que traerla con sus cachorros a casa porque decían que los iban a envenenar… ¿Tú crees, Carmen, que estoy loca?
No, señora, claro que no balbuceó la chica. Sólo que… son muchos. Y hay que alimentarles…
Por eso salgo a la calle dijo la anciana.
Desde entonces se hicieron amigas. Resultaba raro, pero Carmen no podía seguir viviendo como si nada. Iba a visitar a Doña Elena Valdivieso, que así se llamaba la anciana. Incluso compartió su historia en sus redes sociales. Para su sorpresa, entre los comentarios crueles y escépticos empezaron a aparecer mensajes buenos, deseos de ayuda y promesas. Cada vez más.
Hija le preguntó un día su padre con recelo, ¿por qué te metes en esto? Nunca te gustaron tanto los animales.
Papá, no es eso. Aquí en casa nunca hablamos de mascotas; nunca se os ocurrió adoptar un gato o un perro, y yo ni lo preguntaba porque sabía la respuesta. Y ahora, no sé, cuando la conocí me di cuenta de que… ella está ahí, más por los gatos que por sí misma. Los necesita, y ellos la necesitan a ella. Sin ella, no existirían.
¿Y ahora vas a llenar tu piso de mininos y vivir sola toda la vida? Antes eso lo llamaban quedarse para vestir santos bromeó su padre, medio en serio. Mujeres que nunca se casaban y acababan rodeadas de gatos.
No voy a llenar nada se enojó Carmen. Quise adoptar uno para ayudar, pero la casera lo prohíbe. Tenemos opiniones diferentes, pero eso no me hace ni niña ni tonta. Y tampoco hago nada malo.
No, hija, pero desperdiciar tu vida… nos duele verte así interrumpió la madre.
Papá, mamá, no sufráis por mí. Estoy bien.
Carmen siguió ayudando a Elena Valdivieso. Gracias a su labor en las redes, consiguió encontrar hogar para cuatro de los gatos más jóvenes, los gatitos de Fina que iban a ser envenenados en el sótano. Ocho quedaron con Elena, la mayoría ya mayorcitos y sin apenas posibilidades de adopción. Además, Elena se había encariñado tanto con ellos que no podía separarse.
Carmen, si algún día me pasa algo, no los abandones. Sé que te pido mucho, pero no tengo a nadie más que a ti.
Carmen no se había atrevido nunca a preguntarle por su familia, hasta que Elena, una tarde, lo confesó entre lágrimas:
Pude tener una nieta como tú, pero todo salió mal. Mi hijo se divorció al saber que no podía tener hijos, y luego murió trabajando. Me he quedado sola. Sólo puedo ocuparme de los que no tienen a nadie.
Un día, Carmen fue a ver a Elena, pero nadie respondió a la puerta. Preocupada, llamó a la vecina:
¿Ha visto usted a Doña Elena? ¿Se habrá ido de paseo?
No, Carmen, estaba indispuesta esta mañana. Ay, espero que no haya pasado nada. Espera, tengo una llave.
Entraron y encontraron a Elena en la cama. Parecía dormir, el rostro sereno, y las arrugas se habían suavizado. Los gatos maullaban a su lado, inquietos.
Dios la tenga en su gloria, se ha ido nuestra Elena murmuró la vecina, persignándose. Carmen rompió a llorar; nunca antes había estado tan cerca de la muerte.
¿Y ahora…? ¿Qué hago? repetía casi sin aliento.
Mira, hija, en la mesa tienes una carta para ti.
Entre lágrimas, Carmen leyó la letra temblorosa de Elena. Le dejaba en herencia su piso y le pedía que cuidara de los gatos.
Confío sólo en ti, mi niña… leyó una y otra vez, el llanto no se le terminaba.
Jamás imaginó todo lo que aprendería de herencias y trámites. Sin su amigo Pablo, todo habría sido aún peor.
A Pablo lo conoció tras su primer post sobre los gatos de Elena. Fue de los pocos que la animó y, tras mucho hablar por redes, pronto empezaron a quedar. La familia de Pablo siempre había tenido animales, él ayudaba en protectoras y era muy activo en redes. Gracias a él, lograron dar en adopción a los mininos de Fina.
Pablo estudiaba Derecho y su ayuda fue indispensable en los trámites de la herencia.
¡Carmen, alucino! se alegró su amiga Lourdes. ¡Piso propio! Dile a Pablo que lleve los gatos a una protectora y asunto resuelto.
¡No puedo! se alarmó Carmen. Le prometí a Elena que no los abandonaría.
Pero, Carmelilla, ya está muerta. Nada podrá saber. Ahora lo importante es el piso. ¿Piensas volverte la loca de los gatos? ¿Y si viven muchísimos años?
Si viven, viven. No puedo hacer otra cosa. Me fio de Elena. Y me dan mucha ternura.
Hablas como una vieja se burló Lourdes. Hasta tu padre lo dice, que vas a envejecer sola entre gatos. Piensa que, mientras tengas ese zoológico, nadie querrá visitarte. Los chicos ni se acercarán.
No digas tonterías, tú sabes que no hay nadie.
¡Y así seguirás! zanjó Lourdes.
Tampoco sus padres lo entendieron.
Un piso está bien murmuró la madre, caminando nerviosa, pero todo esto parece un drama de película. ¿Una vieja desconocida te deja su casa?
¿Y qué te extraña? saltó el padre. La señora no estaba muy bien de la cabeza. Le hizo prometer y le ha amargado la vida.
¡No la ha amargado! gritó Carmen. Lo hizo por ellos, no para fastidiarme.
Por sus gatos, sí dijo la madre, no por ti. Con la conciencia tranquila, ya podía morirse. Cuando los recogía, no pensaba en las consecuencias.
De sus padres salió muy triste. Todos iban en su contra, la llamaban ingenua o loca, y le decían que dejara a los gatos en la calle.
¡Carmen, espera! Pablo la alcanzó cerca de la casa de Elena. ¡Iba a buscarte! ¿Por qué esa carita?
¿Tú también crees que estoy loca? preguntó de golpe.
¿Por qué iba a pensar eso?
Por los gatos. Todos piensan que estoy arruinando mi vida porque no los echo a la calle. Quizá aún pueda rechazar la herencia…
¿Rechazarla? Pablo la miró sin burlarse. Elena te la dejó porque vio bondad en ti. Si no, los mininos estarían ya fuera o peor. ¿Vas a decepcionarla?
¿Tú no me culpas de nada?
No. Es raro encontrar a alguien así de honesta. Me alegro mucho de haberte conocido. Además, mira: publiqué de nuevo la historia de Elena y ha contestado una mujer, está dispuesta a llevarse dos gatos más. Quería ir contigo a conocerla.
¿De verdad? Pero, Pablo, ¿y si los cuida mal?
Iremos, hablaremos, no sufras…
Cuando se casaron, se quedaron con cuatro de los doce gatos. Román se lo quedó la vecina.
Me cae simpático, y con vosotras al lado, no me sentiré sola dijo ella.
Otro se fue con la familia de Pablo.
Mi familia ya está acostumbrada a que les lleve bichos a casa reía él. Desde pequeño lo hago.
Cuando Carmen volvió del hospital con el pequeño Mateo en brazos, en el pasillo la recibieron Capuchino, Lucía, Pelusa y Fina, en fila.
¡Guarderías organizadas! rió Pablo. O más bien… ¡las abuelas gata!
Hola, mis queridos les saludó Carmen con ternura. ¿Me habéis echado de menos? Ahora pondré a Mateo a dormir y luego os achucharé, ¡mi querida herencia peludita!





