¡No voy a quedarme a malvivir con una vieja ruina! ladró el marido
¡Ya basta! Alfredo cerró de golpe la puerta del armario, y los frascos de colonia temblaron sobre la cómoda. Me tienes harto con lo de las pastillas y las dolencias. Yo quiero vivir, no pasar los días en un hospital.
Marina se apoyaba en el quicio de la habitación, contemplando cómo Alfredo metía sus pocas cosas en una mochila. Treinta y dos años de vida juntos cabían en una bolsa y una caja con zapatillas deportivas. Ese pensamiento le dolió más que todas las palabras ásperas.
Alfredo murmuró ella, con voz apenas audible , mamá no puede quedarse sola después del ictus. ¿Lo entiendes?
¡Tu madre es tu responsabilidad! ¡Yo no voy a hacer de enfermero con una anciana inválida! gruñó el esposo, sin apartar la vista de la cremallera. Tengo cincuenta y ocho años, no ochenta. ¡No quiero transformar la casa en una UCI!
Marina se estremeció. En los últimos meses, juventud y vejez se convirtieron en una alambrada entre ambos. Alfredo empezó a teñirse las canas, compró una bicicleta y una chaqueta de cuero. Luego apareció Estrella, la vecina divorciada del quinto piso, con sus treinta y cinco años.
¿Te vas con ella? Marina conocía la respuesta, era un gesto inútil, pero necesitaba escucharlo.
Alfredo se volvió brusco. En sus ojos cruzó fugazmente algo parecido a la vergüenza, que pronto se tiñó de obstinación.
Sí, con ella. ¿Sabes por qué? Porque a su lado olvido los años. No me cuenta las canas ni me recuerda el corazón enfermo. Es libre. ¿Lo comprendes?
Libre. La palabra le atravesó el pecho como un puñal. Marina se miró en el espejo: el rostro cansado, las arrugas nuevas en el contorno de la boca. Alfredo solía llamarla su guapa. Ahora…
Pronto cumplirás sesenta, Alfredo murmuró ella, casi sin voz . ¿De verdad piensas…
¿Qué? interrumpió, airado , ¿que no merezco ser feliz? ¿Una vida nueva? Por cierto, hay muchos en mi edad…
¿Que se van detrás de jovencitas? Marina sonrió amarga . Sí, una triste estadística.
Alfredo se encogió de hombros, irritado:
¡Otra vez lo mismo! ¡Siempre embarrándolo todo! Yo quiero respirar hondo, ¿entiendes?
Cerró la cremallera de la mochila. El chasquido sonó como una sentencia.
Dile a tu madre que le deseo salud masculló, dirigiéndose a la puerta . Espero que estéis cómodas. Las dos… se trabó, pero remató . Las dos viejas compañeras.
La puerta se cerró con estrépito.
Marina permaneció un rato en la cama, mirando la nada. Las dos viejas compañeras, resonaba en su cabeza. ¿Vieja? Si sólo tenía cincuenta y tres…
De la otra estancia le llegó la voz débil de su madre:
¿Mari, te pasa algo?
Nada, mamá contestó Marina, incorporándose con esfuerzo . Alfredo se ha ido. Tiene cosas que hacer.
Mentir le repugnaba, pero aún no era capaz de confesar la verdad. No soportaría que su madre, ya ochenta años, se culpase por la ruptura.
Los días pasaron como agua gris. Marina cumplía sus rutinas: cocinar, limpiar, cuidar a su madre. Pero dentro, una pregunta latía sin descanso: ¿Cuándo? ¿Cuándo empezó a levantarse ese muro invisible entre ellos?
Recordaba el primer encuentro con Estrella. La vecina, recién divorciada, la saludaba con desparpajo por los buzones. Siempre con vestidos alegres, siempre riendo. Marina hasta le había cogido simpatía. Era duro criar sola a un hijo.
Hasta que vio los ojos de Alfredo. Cómo se quedaba junto a la ventana cuando ella paseaba al perro; cómo casualmente coincidía en la portería cuando Estrella volvía de trabajar; cómo se encerraba hasta tarde en el trastero.
Hija, la voz de su madre la devolvió al presente llevas media hora lavando esa taza. Siéntate conmigo.
Marina se sobresaltó. Era cierto: estaba absorta, con la taza entre las manos, rumiando pensamientos frente a la ventana.
Ya acabo, mamá.
Mari su madre se sentó despacio, agarrándose a la silla , no hace falta que me engañes. Ya lo sé.
Mamá…
Él te ha dejado, ¿verdad? Se ha ido con la del quinto.
Marina asintió, con las lágrimas luchando por asomarse.
Es un necio sentenció la madre, casi con sorna . ¿Sabes lo que les da por hacer a los hombres cerca de los sesenta? Como si los poseyese el diablo, buscando una juventud que nunca tuvieron.
Mamá, basta…
¿Por qué basta? la madre soltó una carcajada cristalina . Tu padre, con cincuenta y dos, también perdió la chaveta. Se creyó que la vida se le escapaba.
Marina miró boquiabierta:
¿Papá? Eso nunca…
¿Y para qué contarlo? la madre encogió los hombros . A los dos meses volvió arrepentido. Pero yo ya había pasado página.
¿De verdad?
Ya lo ves guiñó la madre con picardía . En dos meses entendí que mi vida no había terminado. Fui a clases de bordado. Y lo mejor: sentí que, sin él, se respiraba mejor. Más aire.
Contempló sus manos arrugadas, manchadas por la edad, pero aún hábiles.
¿Lo ves, Mari? Los años no son lo importante. Lo importante es el corazón. Mira, ochenta y cinco tengo, pero por dentro sigo siendo una joven.
Marina sonrió, conmovida. Era cierto: su madre, pese a las achaques, irradiaba una vitalidad especial. Quizá por eso todo el mundo la buscaba.
Y tu Alfredo continuó la madre , no huye de ti. Huye de sí mismo, de su miedo a envejecer. Cree que la juventud se contagia por estar cerca de una joven.
¿Le estás disculpando? la rabia revivió dentro de Marina.
¡Qué va! negó la madre . Me da pena. Porque sé que allí no encontrará lo que busca. Al tiempo no se le escapa. Nos alcanza siempre.
Fuera, en el patio, se oyó una risa aguda. Marina miró instintivamente: Alfredo y Estrella paseaban, él sujetaba sus bolsas. Ella gesticulaba, alegre; Alfredo la miraba como si acabara de descubrir el sol. El corazón de Marina se apretó con amargura.
No te tortures la madre la apartó del cristal . Mejor vamos a tomar té. He hecho unas rosquillas de miel.
Ahora no, mamá… la voz de Marina se quebró.
Es un tonto, cielo insistió la madre . Pero es su camino. El tuyo tienes que hallarlo tú. Y mañana nos vamos al Retiro. Lo han dejado precioso después de la reforma.
Marina iba a protestar, pero algo en el tono de su madre le cerró la boca. ¿Y si tenía razón? ¿Y si era hora de empezar a vivir?
El parque la sorprendió. Tras la rehabilitación, parecía otro: senderos nuevos, fuentes y bancos cómodos. En el centro, un pequeño centro cultural ofrecía música y talleres.
Mira, dijo la madre parándose ante el tablón , Club de Literatura. Y clases de baile. Hasta yoga para adultos.
Mamá protestó Marina , no me digas que…
¿Y qué pasa? la madre alzó una ceja, divertida . Mira que aún tengo cuerda.
A modo de prueba, agitó el brazo con gracia. El bastón se le cayó retumbando.
Perdón… sonrojada.
¿Permítame ayudar? ofreció una voz masculina cálida y educada.
Un hombre elegante, de mediana edad, recogió el bastón y le hizo una leve reverencia.
Encantado dijo . Soy Miguel Arellano, coordino encuentros literarios aquí. ¿Os interesa alguna actividad?
Claro la madre se apresuró, cortando a Marina . Mi hija escribe unos poemas preciosos. ¡Los publicaron en la universidad!
Mamá… Marina enrojeció . Eso fue una eternidad atrás.
La poesía no tiene edad sonrió Miguel . Si quieren, pueden entrar ahora; estamos revisando textos nuevos.
Así fue como Marina aterrizó en el club literario. Fue sólo para acompañar a su madre, pero pronto quedó prendida del ambiente: los libros, las voces serenas, las miradas curiosas. Nadie juzgaba el aspecto ni la edad. Allí valoraban las ideas.
Llegó el recital de poesía. Íntimo, para los del círculo. Marina sentía vértigo, como en los exámenes.
Leyó sus versos: sobre el amor, la pérdida, y sobre cómo la vida no acaba con el dolor. Cada palabra parecía liberar su alma.
Al volver a casa, tropezó con Alfredo. Venía de casa de Estrella. Se detuvo, nervioso, como un chiquillo que teme un regaño.
Marina, estás… guapísima.
Ella lo miró seria. Esta vez, contemplando esos ojos castaños tan familiares, no sentía pena. Sólo una calma serena.
Gracias respondió con gentileza . ¿Nada más?
No… Espera, por favor se acercó . Quiero explicarte… Me he dado cuenta…
¿De qué? ¿De que te sentiste defraudado? ¿O Estrella no era perfecta?
Alfredo torció el gesto:
No es eso. Es… es joven, sí, y atractiva, pero… dudó . No hay conversación.
¿De verdad pensabas que a los treinta cinco les interesa la cultura que tú llevabas dentro? Marina soltó una risa suave . Alfredo, eres ingenuo.
No me entiendas mal replicó . Me he equivocado. Quizá podríamos…
No, Alfredo ella negó, firme . Ya no hay quizá. Te doy las gracias.
¿Por qué? preguntó, desconcertado.
Por irte. Por obligarme a comprender que la vida es más que cocinar y limpiar.
Marina, quiero volver a casa, arreglarlo todo.
Ella retiró suavemente la mano.
No, Alfredo. No quieres volver; porque el hogar que tenías ya no existe. Aquella Marina que callaba y planchaba tus camisas se ha ido. Y la nueva no la conoces, y me temo que te asustaría.
¿Por qué?
Porque ahora vive para sí misma.
En ese momento apareció la madre, sin bastón; la llevaba del brazo Miguel Arellano.
Vaya, Alfredo lo miró la madre, fría . ¿Sigues rondando?
Buenas tardes, Teresa murmuró él . Me voy ya.
Mejor así aprobó la madre . Y mira, la próxima vez que sientas miedo de envejecer, pregúntate si el problema está en los demás.
Alfredo tembló, como si le hubieran golpeado. Se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.
¡Mamá! protestó Marina . Eso…
¿Eso qué? la madre se encogió de hombros . Decir la verdad no hace daño. Por cierto, Miguel me ha propuesto coordinar el club de Cuentos de nuestra infancia. ¡Qué ilusión!
Teresa es una narradora extraordinaria sonrió Miguel . Los niños estarán encantados.
Marina observó a su madre, rejuvenecida y radiante, y pensó: ¿será esta la sabiduría, aceptar el tiempo como regalo, no como castigo? ¿Descubrirse nueva, en cada etapa?
Dos meses después, Alfredo rompió con Estrella; dicen que ella conoció a alguien todavía más joven. Al mes siguiente mandó a Marina un mensaje corto, balbuceante, lleno de disculpas y peticiones de perdón. No respondió.
¿Para qué? Ahora tenía su vida. Cada semana asistía a los encuentros de literatura. ¿Saben qué? A los cincuenta y tres, por fin, se sentía joven. Porque juventud no es piel tersa: es el valor de ser uno mismo. A cualquier edad.







