¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me escapé de casa, empecé a construir mi vida, ¡y …

¿No te gusta que quiera tener mi propia familia? Me fui de casa, empecé a construir mi vida y habéis venido otra vez a lo de siempre

¡Tranquila, Inés! Sé que en el pueblo te va a costar, que eres de ciudad, pero yo te ayudo intentaba convencerla Javier. Lo tengo controlado, de verdad. Solo necesito que estés a mi lado.

Y la pobre Inés estaba hecha un lío. Anda que ir a enamorarse de un chico de pueblo Y encima tan hondo. Le temblaban las piernas solo de pensarlo.

Ella ya con veintiocho años y una carrera que le iba genial en Madrid, y Javier, con treinta, con toda la familia por allí y casa propia en un pueblo cerca de Segovia.

Se conocieron en el Parque de Atracciones, de pura casualidad: Javier andaba matando el rato, esperando a su madre que estaba de compras, e Inés había ido con unas amigas.

Y mira, se cayeron bien, se pasaron los móviles y se pusieron a hablar a menudo. Javier siempre intentaba sorprenderla, se plantaba en Madrid de vez en cuando, era atento, cariñoso y claro, Inés acabó enamoradísima. Además, no se parecía en nada a los chicos que ella conocía: sincero, abierto, buena gente.

Al poco, él le pidió que se casara con él, y ella dijo que sí.

Bueno, hija, tú pruébalo le dijo su madre. Javier es simple, trabajador, buena persona. Si no sale bien, te vuelves a casa, a Madrid.

Realmente, Inés no tenía nada que perder. Podía trabajar en remoto, y además ahora en la empresa lo veían bien. Ya no tenía dieciocho años, y en el pueblo, decían, se respira otro aire. Aunque

Javier, ¿y yo a qué voy allí exactamente? le preguntó Inés.

Como mi prometida. Dentro de un año hacemos la boda, ahorramos un poco y nos vamos de viaje. Para entonces ya tendré suficiente ahorrado y no tendremos ni que pensar en el dinero contestó él, un poco nervioso. Ya sé que estabas acostumbrada a otro tipo de vida

Todo parecía perfecto salvo ese no-sé-qué que no le acababa de encajar a Inés. Pero pensó: ¡a la porra, hay que lanzarse!

Así, pidió una semana de vacaciones, llenó la maleta, cerró su pisito de dos habitaciones (por el que había currado un montón), y se fue con su coche al pueblo, donde Javier ya la esperaba.

El primer día le gustó. Era pleno verano, hacía calor de ese seco, pero se pusieron a regar el huerto y luego a preparar la cena juntos, entre risas. Muy bien, la verdad: todo mucho más sencillo entre los dos.

Cariño, que vienen mis padres le anunció Javier un viernes por la tarde, nada más llegó del trabajo.

¿Para qué? preguntó ella, un poco perdida.

Para conocerte y echarnos una mano. Y también viene mi hermano con su mujer decía Javier, paseando de un lado a otro, nervioso.

Pero ¿van a quedarse mucho tiempo? Inés estaba un poco asustada.

Espero que no Javier la miró con cariño. No te rayes, saldremos de esta juntos.

A Inés ya le entró el bajón.

Tranquila, hija, esto solo es una prueba más. Si no te gusta, te vuelves. Lo importante es que tienes casa en Madrid, ¿eh? Haz las cosas como te vayan bien a ti. Ellos se acostumbrarán. Y si no, es problema de Javier le comentó su madre, riéndose.

Pero bueno, ¿qué hago preocupándome tanto? Encima, ni siquiera estamos casados, se animó. ¡No me van a comer!

Justo se puso a terminar de poner la mesa, cuando oyó coche aparcar en la puerta.

¡Ya están aquí! dijo Javier entrando en la cocina.

Salieron a recibirles. La madre, Carmen, era una mujer grande, de pelo corto muy oscuro y pestañas de esas enormes, vestida con un vestido ancho y llamativo. Abrazó a Javier de esos de madre que te dejan sin respiración. El padre, más bien entrado en carnes, saludó con un gruñido y un codazo. El hermano, Luis, todo bromas y cachondeo, se presentó e hizo alguna tontería. Pero la cuñada, una rubia muy de pueblo, saludó a Inés con mirada torva y luego le soltó a Luis:

¿Tú qué miras tanto? ¡Ayúdame con las maletas! y se fue a por ellas con mala cara.

Inés intentó crear buen rollo y los sentó a todos para cenar. Ella no cocinaba mal, así que en ello había puesto bastante ilusión.

¡Ay, qué maravilla, cómo te lo has currado! dijo Carmen, sonriendo.

Pedro, el padre, asintió con satisfacción.

¿Y esto qué es? ¿Pollo? ¿Quién lo ha cocinado así? gruñó la cuñada, Esperanza, removiendo el plato. De verdad, qué inventos luego una se ahoga comiendo esto.

Pues está buenísimo protestó Luis, defendiéndola.

A ti todo te parece bien, con tal de ponerte hasta arriba bufó Esperanza, soltando los cubiertos con gesto teatral.

Javier le echó una mirada de disculpa a Inés.

¡Venga, Esperanza, un poco de educación! Y déjate de envidias, que Inés lo ha hecho muy rico defendió Javier a su chica.

¿Y quién te ha puesto ese nombre? ¡Si lo lleva también nuestra vaca! ironizó la cuñada rubia, Esperanza.

Inés se rió por lo bajo.

¿Qué pasa? le susurró Javier.

Nada, que una amiga tiene una cobaya que se llama Esperanza le contestó, pero hablando bajito. Al final, lo oyeron todos.

La suegra la miró mal, los hombres intentaron contener la risa y Esperanza se encendió de rabia.

¡A ver quién te crees que eres! le gritó, fulminándola con la mirada.

Yo qué sé, has empezado tú, he pensado que ese humor te iba le contestó Inés, encogiéndose de hombros.

Luis miró a su futura cuñada con admiración.

¡Soy la esposa de Luis, con papeles! ¡Y tú qué eres? ¡Una simple novia! gritó Esperanza. Carmen sonrió aprobándole la pulla.

Por lo menos sé comportarme cuando voy de invitada replicó Inés, firme.

Pues yo no he venido a verte se impuso la rubia con sonrisa triunfal.

Pues ni yo te he invitado Javier ya no se callaba más. Miró a todos. ¿Y pensáis quedaros mucho?

Silencio repentino. Todos miraron a Javier sorprendidos.

Hasta que le enseñemos a tu chica cómo se vive en el campo, y después nos vamos respondió la madre.

Mamá, no hace falta. Nos las apañamos bien solos y así seguiremos.

Claro, claro, ahí tienes a la perezosa, veremos lo que te dura soltó Esperanza.

Perezosa hay una en esta familia, y está claro que no es Inés le contestó Javier. Bueno, invitados inesperados, gracias por la cena, podéis iros a descansar.

Javier tomó a Inés de la mano y, con todos mirándolos con cara larga, recogieron la mesa juntos.

Inés pensó: Tener a alguien en quien apoyarte, con el que sabes que puedes contar, es lo mejor. Nadie va a pisotearme aquí. Pero si las cosas se tuercen, siempre tengo mi piso en Madrid.

El sábado por la mañana empezó fuerte.

¡A ver, aquí no se duerme hasta las tantas! ¡En el campo se madruga! Y ya va tocando hacer el desayuno espetó la suegra abriendo la puerta.

Inés miró el móvil: ¡las ocho de la mañana!

Carmen, en la nevera tienes todo para el desayuno le comentó Inés, tapándose hasta la barbilla con la sábana. ¿Puedo vestirme?

¡Hombre, qué señorita! Pero que hay que preparar lo que hay en la nevera, no esperar a que te lo den hecho. ¡Venga arriba! dijo la mujer, saliendo del cuarto de un portazo.

Inés se vistió y bajó a la cocina.

¡Cariño! ¿Ya estás despierta? Javier estaba a los fogones.

Sí, aunque no te creas Me ha despertado tu madre chasqueó Inés, molesta.

Es que nuestra chica es un poco floja se burló Esperanza.

A ti no te han preguntado le saltó Inés.

Esto es vida rural, guapa. Hay que levantarse pronto. Cuando tengas vaca, a las seis ya a ordeñar dijo la rubia, con sarcasmo.

Pues va a ser que no tenemos pensado tener vaca contestó Javier.

¿No? Anda ya. Seguro que es porque Inés no sabe ordeñar, y encima ni madruga y se puso a reír Esperanza.

Tú tampoco sabrías, y ahí estás respondió Javier, partiéndose de risa.

Desde que está Inés, estás más seco y antipático dijo la madre, echando la bronca.

Mira Javier, me vuelvo a Madrid. Cuando toda esta función se vaya, me llamas si te apetece dijo Inés, harta.

¡¿Cómo?! ¡Desde que está ella, mi hijo se ha olvidado de su familia! ¡Ya no viene ni ayuda en nada! Y pretendes que la aceptemos, ¡si está destrozando nuestra familia! saltó la madre.

¡Ya basta! soltó Javier, y todo el mundo se calló de golpe.

¿No os gusta que quiera tener mi propia familia? Me escapé de casa, empecé de cero, y volvéis otra vez a lo mismo

¡Javier, has perdido el norte! ¡Todo tu tiempo, todo lo que ganas, se lo das a ella! ¡Solo te quiere por el dinero! insistió la madre. Se te ha subido a la chepa y no haces más que tirar de ella Nosotros solo queremos lo mejor para ti.

Vamos a ver, mamá. Inés se mantiene sola y lo que gasto yo es para ahorrar para la boda Javier frenó a Inés, que ya iba por la puerta. ¿Queréis verme feliz? Pues marchaos a casa. Y aquí no se entra sin invitación. Especialmente tú, Esperanza.

La familia aún no se creía el broncazo mientras recogían sus cosas nerviosos.

¡Javier, elige! O yo, o esa insistió la madre.

¡Si a Esperanza la recibisteis con los brazos abiertos! protestó Javier, decepcionado.

¡No compares! bufó la rubia.

Pedro y Luis miraban la escena, intrigados.

¿Y entonces? insistió la madre.

Elijo ser feliz dijo Javier, firme.

Pues para mí, ya no eres mi hijo dramatizó la madre, y se fue, dejando las maletas a Pedro. Esperanza le siguió los pasos.

Que sepas que nosotros sí te apoyamos dijo Pedro, con una sonrisa. A tu madre ya la arreglo yo.

Luis abrazó a su hermano.

Cuida tu felicidad. Creo que nosotros tenemos que cambiar algunas cosas en casa.

Así, la familia se alejó. A Inés le daba algo de apuro, pero se dio cuenta de que Javier realmente la quería y tenía claras las cosas.

Siguieron con sus rutinas, apoyándose entre ellos pese a todo el lío. Pero en casa de Javier ahora la vida iba cambiando.

¡Mamá, Esperanza! ¡Que os hemos comprado una vaca! avisó Luis un día, muerto de risa.

¡¿Qué dices?! Carmen lo miraba como si estuviera loco.

Sí, y Esperanza la ordeña todas las mañanas y la lleva al prado Luis estaba serio de verdad.

¡Luis, ni de broma! protestaba Esperanza, nerviosa.

Como tanto enseñabais a Inés, creíamos que eso era lo que os hacía falta dijo Pedro, encogiéndose de hombros. Y por cierto, mamá, a las siete desayuno hecho y caliente. Aquí los del pueblo madrugan, ¿no?

Y así empezó el entrenamiento de las mujeres de la familia. ¡Ni te imaginas las risas!

Todo lo que criticaron a Inés acabaron por exigírselo a ellas. Carmen supo que se había pasado con la chica, porque ahora se esperaba de ellas lo mismo que hacía Inés: trabajar, cocinar Ni educación ni experiencia tenían para ello. Y claro, sin tiempo para nada.

Pero terminaron por hacer las paces. Carmen y Esperanza volvieron a Segovia, aunque con visitas contadas, no fuera que Inés fuese también mejor en algo más.

Finalmente, Javier se atrevió y le propuso matrimonio. La boda fue una fiesta para todos.

A ver, no es que Carmen y Esperanza se volvieran fans de Inés, pero por lo menos dejaron las malas caras. Sabían que meter ruido era peligroso.

E Inés, por primera vez, era feliz de verdad. Hacían todo juntos, se ayudaban y ya nunca temían a las visitas sorpresa.

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¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me escapé de casa, empecé a construir mi vida, ¡y …