No naces hermosa, naces útil.

10 de mayo
Querido diario:
Esta tarde en el bar de siempre presencié algo que me dejó pensando. Marina, que no tiene pelos en la lengua, tiró la taza contra el posavasos. “¡Elena, estás majareta! ¿No ves que ese tipo te usa como un trapo? Aparece y desaparece cuando le conviene”.

Elena, removiendo su café con leche, dijo cansada: “No entiendes, Alejandro tiene una empresa, reuniones constantes. Quedamos cuando puede”.

“¡Qué le den a su empresa!”, se indignó Marina, enrojeciendo. “¿Hasta cuándo vas a ser su aeropuerto alternativo? ¡Treinta y seis ya tienes!”.

Elena torció el gesto, como siempre que le dicen las verdades sin azúcar. “¿Qué quieres que haga? Mujeres guapas hay a montones. Yo soy… práctica. No doy problemas, no exijo, no creo dificultades”.

“¡Por Dios, óyete! ¿‘Práctica’? ¿Acaso eres un felpudo?”, casi gritó Marina, apretándole el brazo. “Tienes carrera, trabajo estable, piso propio. Eres inteligente, amable, leal…”.

“Pero no guapa”, interrumpió Elena con una mueca amarga. “Y los hombres primero miran, tú bien lo sabes”.

Marina se hundió en la silla, desconcertada. Dos décadas de amistad y aún le cuesta ver su propio valor. Desde la universidad, sacrificándose por otros.

“¿Recuerdas a Óscar, de la Complutense?”, preguntó Elena de repente.

“Claro, ¿y?”, respondió Marina con recelo.

“Me gustaba un montón. Tres años ayudándole, apuntes, trabajos… Ni se fijaba. Hasta que apareció Lucía Alarcón, la guapísima de Sociología”.

“¡Pero si eso fue hace siglos!”

“Para mí fue ayer”, sonrió ella con tristeza. “Ahentendí la regla: las guapas lo tienen todo, las demás… debemos ser útiles. Prácticas”.

“Elena, mira a ese Óscar: ¿parado, borrachín! Y Lucía, tres divorcios. ¿Quién vive mejor ahora?”.

“Ellas viven… yo me adapto”, susurró Elena.

Entonces sonó su móvil. Al ver la pantalla, se iluminó. “¿Hola, Alejandro? Sí, libre. Por supuesto que voy. ¿En una hora? Vale, te espero”.

Marina vio con horror cómo su amiga, dócil, se transformaba ante esa llamada. “No vayas”, musitó.

“Es que tiene dos horas entre reuniones. ¡Hacía siglos que no nos veíamos!”.

“¡Cinco días!”.

“Un siglo”, insistió Elena, y se fue.

Marina se quedó sola. ¿Cuándo aquella mujer brillante se convirtió en apéndice de alguien? En la universidad, aunque no destacara por su físico, era el alma de la fiesta. Le decían “Elenamigo”. Después vino el buen trabajo en esa multinacional, el piso, el coche… Pero el amor, jamás. Con Andrés, colega, parecía funcionar. Dos años juntos. Hasta que llegó una becaria fresca: “Contigo hay tranquilidad, Elena… Pero con ella… hay pasión”. Más rupturas similares. Hombres que después de sus crisis, sanados, salían corriendo hacia otra más llamativa. “Contigo bien, pero sin chispa”, le dijeron. Lo entendía demasiado bien.

Luego apareció Alejandro. Empresario con una hija adolescente. Se conocieron por trabajo. “Gracias, eres una profesional estupenda. Y buena gente”, le dijo. ‘Buena gente’, pensó. Otra vez igual. No mujer, no guapa: gente. Útil. Cuando él propuso quedar “sin compromiso laboral”, su corazón saltó. Quizá él sí la miraría como mujer.

La primera cena en un restaurante de Malasaña fue bonita. Él habló de su negocio, de su hija Vicky. “Su madre la tiene ganada. Cree que la culpa del divorcio es mía. Y yo… me cansé de los dramas. Ex-modelo, guapísima, pero insufrible”. Elena imaginó: “Ah, ve que la belleza no lo es todo”. Al principio, flores, llamadas diarias, salidas al teatro. Pero sus halagos… raros: “Me gusta tu calma”, “Gracias por no exigir imposibles”, “Qué alivio encontrar mujeres sin rabietas”.

El tiempo pasó. Alejandro llamaba entre reuniones. Llegaba cuando Vicky estaba con su madre. Cenaban en su casa viendo películas, hablando de trabajo. “¿Y tus amigos? ¿Me presentas?”, preguntó ella. “¿Para qué complicar? Ya vamos bien”. “Complicar”: así llamaba él a incluirla en su vida. Lo entendió después, al verlo con una morena en El Corte Inglés. Él, galante, radiante… como nunca con ella. Esa noche al teléfono: “Elenita, ¿puedo ir? Estoy agotado, necesito calma”. Calma. Después de la pasión. Después de la fiesta, lo práctico: Elena.

“Claro, ven”, respondió. Cenó con él, escuchó sus quejas… sabiendo que era solo un respiro entre aventuras. Hoy en el bar, Marina soltó la verdad. Y Elena fue a la cita.

Alejandro la esperaba a la entrada de un restaurante cerca de Sol. Beso al aire. “Qué bien que vinieras. Solo tengo dos horas, luego reunión vital”. Dos horas. Ni siquiera toda una tarde. Como ir al fisio. En la mesa, él distraído, mirando el reloj. Habló de negocios. Ella, como siempre, atendió. “Eres fantástica, Elenita”, dijo él de pronto. “Me comprendes, nunca creas problemas porque te dedico poco tiempo. Otras… ya habrían armado follón”.

“¿Otras?”, preguntó ella.

Él, turbado: “B
El refrán popular dice: “No es más feliz la que es bella, sino la que es útil”. Pero, ¿a qué precio esa utilidad?
– Elena, ¿te has vuelto loca? – Carmen golpeó la mesa con tanta fuerza que las tazas repiquetearon. – ¿No ves que ese hombre te usa como a un trapo? Hoy viene, mañana no, pasado te necesita otra vez.
– Carmen, no entiendes – respondió Elena cansada, removiendo el azúcar en su café. – Alejandro es un hombre ocupado, tiene negocios, reuniones constantes. Nos vemos cuando él tiene tiempo.
– ¡Al cuerno con sus negocios! – su amiga enrojeció de indignación. – ¡Cumples treinta y seis, Elenita! ¿Hasta cuándo vas a ser su aeródromo de reserva?
Elena frunció el ceño. Siempre Carmen, directa como un puñal. Y la razón le asistía, pero esa verdad pinchaba demasiado.
– ¿Qué otra cosa me queda? – preguntó en voz baja, mirando por la ventana del café. – Bellezas hay a montones, yo… soy corriente. Pero soy útil. No reclamo, no exijo, no armó escándalos.
– ¡Por Dios, escúchate! – Carmen le agarró la mano. – ¿”Útil”? ¿Acaso eres una fregona? Tienes carrera universitaria, un buen trabajo, piso propio. Eres inteligente, amable, leal…
– Pero no bella – la interrumpió Elena con una sonrisa amarga. – Y los hombres eligen primero con los ojos, ya lo sabes.
Carmen se recostó en la silla, meneando la cabeza, incrédula. Veinte años de amistad y aún su amiga dudaba de su valor. Siempre en la sombra de chicas más llamativas, siempre dispuesta a adaptarse, complacer, no estorbar.
– ¿Recuerdas a Óscar, de la universidad? – preguntó Elena de repente.
– Claro – contestó Carmen, alerta. – ¿Por qué?
– Me gustaba muchísimo. Tres años tras él como una sombra, dándole apuntes, ayudándole en trabajos. Ni se fijaba. Pero apenas apareció esa… ¿cómo se llamaba?… Lucía Ávila, ¡allí fue directo!
– ¡Pero eso fue hace un siglo! – exclamó Carmen, alzando las manos.
– Para mí fue ayer – sonrió Elena, triste. – Entonces comprendí la regla: las bellas lo tienen todo; las demás, debemos ser útiles. Cómodas.
– Elena, pero ese Óscar… ¿en qué acabó? ¡Un perdedor, un borracho! Y tu Lucía guapa se ha casado y divorciado tres veces. ¿Dónde están ellos y dónde estás tú?
– Ellos viven – susurró Elena. – Yo me adapto.
Su teléfono sonó. Al ver la pantalla, su expresión se iluminó.
– ¿Hola, Ale? Sí, estoy libre. Claro, voy. ¿En una hora? Vale, te espero.
Carmen observó, horrorizada, cómo el rostro de su amiga se transformaba: una alegría casi infantil, dispuesta a acudir al primer llamado.
– Elena, no vayas – susurró. – Di que estás ocupada.
– No puedo – Elena ya recogía su bolso. – Tiene dos horas libres entre reuniones. Hace tanto que no nos vemos.
– ¡Hace cinco días!
– Es mucho – repitió terco, levantándose.
Carmen se quedó sola, viendo por la ventana cómo se alejaba. ¿Qué le ocurría a esa mujer inteligente y capaz para convertirse en apéndice de otra vida?
Antes era distinto. En la uni, aunque sin destacar por su belleza, era el alma de la fiesta. Bromeaba, organizaba excursiones, ayudaba a todos. Los chicos la querían… no como mujer, sino como compinche. “Elena Hermana” la llamaban. Y ella se enorgullecía.
Tras graduarse, entró como economista en una gran empresa, ascendió rápido. Compró piso y coche. Sus padres estaban orgullosos. Pero su vida sentimental nunca cuajó.
Su primer amor serio fue a los veintiocho. Un compañero, Adrián. Callado, tranquilo, fiable. Elena fue feliz: un hombre que la valoraba por su carácter, no por su belleza.
Dos años juntos. Elena empezó a hablar de bodas, a mirar vestidos blancos. Entonces Adrián conoció a una nueva becaria: joven, guapa, recién graduada.
– Comprendes, Elena – intentó explicar él, atormentado –, eres maravillosa, pero con Carla siento algo distinto. Pasión, emoción…
– Conmigo tienes paz, ¿verdad? – preguntó ella entonces. – ¿Comodidad?
– Bueno… sí – admitió sinceramente. – Demasiada paz, quizá.
Ahí lo comprendió definitivamente: la belleza trae pasión; la utilidad, solo costumbre. Y la costumbre termina cansando.
Tras Adrián vinieron más historias. Siempre el mismo patrón: el hombre aparecía en su vida derrotado – tras divorcio, despido, enfermedad. Elena lo curaba, apoyaba, sostenía. Y cuando él se recuperaba, surgía una guapísima que se lo llevaba.
– Elenita, tú lo entiendes – le dijo el último aprovechado –, contigo estoy bien, pero falta… el chispa.
Lo entendía. Demasiado bien.
Luego apareció Alejandro. Empresario exitoso, divorciado, con una hija adolescente. Se conocieron por casualidad: Elena le ayudó con la declaración de Hacienda.
– Gracias por salvarme – dijo él –. Eres una gran profesional. Y una buena persona.
“Buena persona”. Lo mismo de siempre. Ni mujer, ni belleza: persona. Buena, útil, cómoda.
Pero cuando Alejandro propuso otra cita, ya sin trabajo, el corazón de Elena dio un vuelco.
Al día siguiente, tras un sueño reparador como hacía años no experimentaba, Elena abrió las ventanas de par en par al sol mañanero y sintió que cada rayo iluminaba un nuevo camino hacia su propia estima por recorrer.

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No naces hermosa, naces útil.