No me enseñéis a vivir
Carmen, déjame pasar. Ya no aguanto más con ellos. Esa casa no es un hogar, es una cárcel sollozaba mi hermana pequeña, parada en la puerta.
Elena parecía una novia que ha escapado justo antes de su boda. La máscara de pestañas corría por sus mejillas, los labios le temblaban… En sus manos, el asa de una maleta enorme con ruedas.
Espera, espera… bostece y me moví a un lado, un poco desganada. ¿Qué ha pasado?
¡Es que no me dejan vivir, Carmen! No sabes lo que está pasando en casa. Ayer llegué a las diez, no a las nueve y papá montó un interrogatorio de película, ¡hasta me olía como un sabueso! Mamá sigue sin aprender a llamar antes de entrar. Irrumpe cuando me cambio, cuando estoy con amigas, cuando hago audios por WhatsApp… ¡No tengo espacio personal!
Elena hablaba tan rápido que parecía que no podía respirar de la rabia. Y, sinceramente, sus quejas tenían peso; a los veinte, el control total de los padres te parece un infierno. ¿A quién le gusta que los revisen, irrumpan en tu habitación y tengan que explicar cada paso?
No vayas ahí, no comas eso, no te juntes con esa gente. ¡Ya no tengo diez años! Soy adulta, tengo derecho a vivir como quiera, no como a ellos les convenga. Hoy les dije que me quedaría en casa de una amiga a preparar el examen y papá me soltó: Nada de dormir fuera, estudia en casa. ¿Eso es normal? ¿Soy de primaria?
Le escuchaba con paciencia, y por un momento hasta me dio pena. Nuestros padres siempre han sido algo anticuados y sobreprotectores.
Yo también pasé por eso. A mis veinte me rebelé igual. Tampoco me gustaba que papá esperara en la ventana hasta las once, o que mamá controlara si llevaba bufanda. Pero fui resolutiva.
Me paso a la modalidad online les dije hace siete años y me voy a vivir fuera.
¿Dónde? ¿Con qué vas a mantenerte? preguntó mamá, sorprendida.
Una amiga trabaja en una peluquería, necesitan una encargada. Nos vamos tres chicas a alquilar una habitación. Nos las arreglamos. Y si no, vuelvo a casa.
Y me las arreglé. Con dificultad, pero lo logré. Los primeros meses comía arroz blanco y dormía en un sofá viejo, pero nadie me decía cuándo acostarme. Mis padres querían ayudarme con dinero o comida, pero yo me mantenía firme.
Todo bien. Yo sola repetía.
Fue entonces cuando me regalaron las llaves del piso de la abuela. Más que un regalo, era el reconocimiento de mi independencia y responsabilidad.
Con Elena fue diferente.
Hace dos años falleció la otra abuela y Elena heredó su piso. Mi hermana pequeña acababa de cumplir dieciocho.
¡Ahora sí! dijo Elena cuando recibió la herencia. Soy la novia más codiciada, con dote y todo. ¡Puedo vivir sola!
Mis padres se miraron, incrédulos.
Bueno, vale dijo papá. El piso es tuyo. Pero la comunidad en invierno no baja de seiscientos euros, si ahorras. La comida… depende, pero unos mil al mes. Transporte, ropa, cosmética, internet… En total, para vivir sola y seguir estudiando en la privada necesitarás mínimo cuatro mil euros al mes. ¿De dónde los vas a sacar?
Elena parpadeó, sin respuesta. Pensaba que ya hacía un favor al mundo estudiando gracias a mis padres.
Ahí quedó el asunto. Elena tampoco protestó mucho, no tenía prisa por mudarse. Pero lo que sí le dolía era otra cosa. Mis padres empezaron a alquilar su piso y se quedaban el dinero para ella: pagar la universidad, la comunidad, comida y ropa. A veces le llegaban euros para gastar, pero seguía insatisfecha. Quería vivir sola y no hacer nada.
Recordando esos dramas, me fijé en Elena. Chaqueta nueva, botines de cuero, bolso de marca… No parecía una víctima de celadores. Más bien, una princesa molesta por un guisante bajo el colchón.
Me han quitado las llaves del coche añadió Elena, secándose las lágrimas. Hasta que no apruebe los exámenes, tengo que ir en autobús. ¡En autobús! ¡Media hora esperando!
Qué horror respondí fríamente, viendo cómo arrastraba la maleta. ¿Y ahora qué planes tienes?
Mi compasión se desvanecía rápido.
Me quedo contigo. Solo hasta que se calmen y me pidan perdón. Tienes el piso grande, no te molesto, lo prometo. Me encierro y estudio
Fruncí los labios. No quería ponerme en su contra, pero algo no cuadraba.
Elena suspiré vamos a hablar en serio. ¿Quieres vivir como yo? Sin control, ni preguntas, ni horarios de llegada?
¡Por supuesto! sus ojos brillaron Yo quiero decidir cuándo volver y qué ponerme.
Genial. Entonces ¿por qué vienes conmigo y no alquilas piso o habitación de estudiantes?
Elena me miró sorprendida, como si la pregunta fuera absurda.
¿Qué dices? No tengo dinero. Soy estudiante.
Exacto. Estudiante en presencial, mantenida por los padres. Comes su comida, vistes su ropa, conduces su coche enumeré. La libertad cuesta, Elena. Yo a tu edad trabajaba y estudiaba. Tú quieres todo, sin renunciar a nada.
¿No me dejas quedarme?
No quería meterme en el lío, pero la situación obligaba.
Primero llamo a mamá. Quiero escuchar la versión completa.
Elena dudó, pero no podía detenerme.
Era tarde, pero mamá seguía despierta. La charla fue dura y tensa; incluso puse el móvil en altavoz. Resulta que quitaron las llaves del coche por más de un par de exámenes suspendidos. Corría riesgo de repetir curso.
Es que los profesores me tienen manía. No soportan chicas argumentaba Elena, sonrojada.
Sí, claro. Pero todos han aprobado menos tú replicó papá. ¿Vas a ir a casa de tu hermana a seguir vagueando?
Papá tiene razón le dije. Aquí no escondo a morosas ni hago de niñera.
Elena me miró con furia.
¡Ah, sí?! Todos contra mí, ¿verdad? Pues viviré en mi piso. Echad a los inquilinos. Viviré sola, y nadie me dirá nada.
El silencio fue absoluto. Elena alzó la cabeza, pensando que tenía a todos acorralados.
Vale contestó mamá, tranquilamente sin problema.
Elena saltó.
¿De verdad? ¿Los echáis? ¿Mañana mismo?
No mañana, según contrato explicó papá. Tienen dos semanas para marcharse. Tú te quedas en casa, te centras en los exámenes. Pero, Elena… ¿entiendes lo que implica vivir sola?
Sí dijo, con cautela.
Ya no habrá renta del piso, así que… papá hizo una pausa para que le quedase claro pagas tú la universidad, la comunidad, la comida, la ropa, todo. No te damos un céntimo. Si eres adulta, vive como adulta.
El rostro de Elena se desencajó. Seguramente pensaba que sus padres no aguantarían y al final le ayudarían.
Pero… pero yo estudio. No puedo trabajar. Tengo presencial.
Carmen también estudió recordó mamá. Se pasó a online y trabajó. Tú decides, hija. Quieres vivir sola, pues lo pagas. O vives en casa, bajo nuestras normas. No hay otra.
Elena buscó apoyo en mi mirada, pero solo encontró mi ironía.
Bueno, hermanita me reí bienvenida a la vida adulta. Resulta que el guisante tenía espinas, ¿eh?
…Seis meses después. Nuestro contacto era limitado, solo un par de mensajes preguntando qué tal, nada más. Yo solo sabía que ya no vivía con los padres, y no quise indagar más. Me temía que intentara otra vez aprovecharse.
Un día, me refugié de la lluvia en una cafetería cerca del Retiro. Detrás de la barra, estaba Elena.
¿Le dije, verdad? Un cappuccino mediano sin azúcar preguntó, cansada pero educada.
Parecía otra. Ya no había pestañas postizas ni uñas de brillo. Las tenía cortas, cosas de higiene. En vez de sudadera de marca, llevaba el delantal verde y la chapa de la cafetería. Ojeras visibles, incluso bajo el corrector.
Hola sonreí, sintiendo lástima y respeto a la vez. Sí. Y un croissant, si queda fresco.
Elena asintió, sin corresponder la sonrisa, y se puso a ello.
Sí, llegaron esta mañana.
Trabajaba deprisa, sin la antigua actitud de diva. Ahora debía adaptarse a los demás.
¿Y los exámenes? pregunté mientras batía la leche.
Ya los pasé murmuró. Me cambié a online. Es más fácil. Por cierto, mamá llamó hace poco, que si necesitaba comida. Le dije que no, que me arreglo sola.
Levanté la ceja, sorprendida.
¿Desde cuándo eres tan orgullosa?
No es orgullo, es cabeza. Si acepto comida, vuelven a controlar, a criticarme por no limpiar o hacer polvo en la estantería. Prefiero una avena sosa, pero sin que nadie me dé la lata.
Solté una risita. Elena puso la taza sobre la barra.
Son tres euros cincuenta.
Pagué con la tarjeta. El TPV pitó.
¿Te resulta duro? pregunté en voz baja.
Elena se detuvo. En sus ojos apareció por un instante la niña de siempre, pero luego se recompuso.
Bien. Al menos ya no me dicen cómo vivir. He vendido el coche, voy en metro, más rápido y barato.
Me alegro de verdad, Elena.
Respondió con una mueca.
Sí, sí. Solo que a veces me duermo aquí mismo. Mejor ve, que me pueden multar por hablar con clientes.
Me senté cerca de la ventana, viendo cómo Elena frotaba la barra con empeño.
Pues eso, mi hermana obtuvo lo que quería: una vida adulta sin control parental. Y, la verdad, no está tan mal. Solo que el guisante resultó ser una espina, y ahora toca masticar cada bocado con cuidado, para no atragantarse.
Terminé el café, saqué un billete de veinte euros y lo dejé bajo la servilleta. Luego llevé la taza a la barra, me giré y me fui.
No era una limosna para la parienta. Era una propina para una buena barista, que al fin ha aprendido a equilibrar expectativas y realidad.





