Olvidar del todo, imposible
Cada día, Procopio volvía del trabajo a casa atravesando el laberinto del metro de Madrid y luego el bus. Más de una hora de trayecto, ida y vuelta, todo para llegar a un piso algo más pequeño de lo que soñó. El coche lo tenía de adorno en el garaje: en Madrid las mañanas y las tardes son una oda al atasco, así que el transporte público era su tabla de salvación, aunque eso le obligaba a compartir aromas y sudores con media capital.
Hace dos años, su vida familiar tuvo un giro digno de telenovela: se separó tranquilamente de su mujer, Clara, que se llevó a su hija, Martina, de diecisiete años. Ningún drama, porque Procopio era más de tortilla de patatas que de peleas monumentales. Había notado el cambio en Clara: nervios por todo, misteriosas salidas con la excusa de la amiga, y regresos tardíos que ni la Puerta del Sol a medianoche.
Clara, ¡ya está bien de misterios! ¿Dónde andas tan tarde? Las mujeres sensatas ya están en casa
No te rayes. Esas mujeres sensatas son aburridas. Yo soy distinta, lista, sociable. La casa me queda pequeña. Por cierto, no, no soy una paleta de pueblo como tú. Naciste con boina y así te quedaste.
Entonces, ¿para qué te casaste con un paleto?
Escogí lo menos malo, ¿qué quieres? replicó ella, fin del debate.
Luego Clara puso tierra de por medio: divorcio, expulsión del piso y Procopio a buscar apartamento de alquiler. Y ahí sigue, acostumbrado y sin pensar en casarse de nuevo, aunque acepte el mercado de segunda mano.
Montado en el metro, móvil en mano como todo hijo de vecino, Procopio se perdía entre memes, noticias y vídeos tontos. Un día, mientras hacía scroll en el móvil, vio una cara que le dio un chispazo de nostalgia. Volvió atrás: una señora anunciaba “Remedios naturales con hierbas, Ángeles, curandera popular”.
Era ella. Su primer amor platónico y absolutamente imposible. Ángeles, la chica rara de su clase, esa que nunca se olvida. Se la recordaba bien: siempre diferente, pero fascinante.
Casi se salta su parada. Se bajó corriendo, no esperó al autobús y caminó hasta casa. Entró como un zombi, tiró la chaqueta al suelo y se sentó en un taburete en el pasillo, con las luces apagadas, los ojos pegados a la pantalla. Apuntó el teléfono de Ángeles y justo en ese momento el móvil murió, señal inequívoca: toca cargar.
Mientras el móvil recuperaba fuerzas, Procopio intentó cenar, pero se quedó mirando una triste tortilla que ni tocó. Tirado en el sofá, los recuerdos vinieron a hacerle compañía.
Ángeles, desde primero de EGB, siempre destacaba. Callada, sencillísima, con trenza larga y uniforme colegial por debajo de la rodilla. El pueblo era tan pequeño que todos sabían de todos, menos de ella. Vivía con sus abuelos, en una casa al borde del monte, como sacada de un cuento, con ventanas talladas y cortinas bordadas.
Nada más verla, Procopio quedó flechado, como cuando eres niño y crees que amar es fácil. Ella tenía esa cosa especial: llevaba un pañuelo en la cabeza, siempre con una mochilita diferente y bonita, que luego supo que la había bordado ella misma.
En vez de hola, soltaba un que tenga buena salud. Era como una aparición de otro siglo, nunca correteaba ni gritaba en los recreos y su tono era más dulce que la miel de la sierra.
Un día, Ángeles faltó al colegio; los chavales fueron a verla después de clase, a ver si se había puesto mala. Procopio fue con ellos. Caminaron fuera del pueblo, la carretera giró y de repente apareció la casa de cuento.
Mira, hay un mogollón de gente ahí, susurró la avispada Marieta.
Se acercaron y se toparon con un funeral. La abuela de Ángeles se había ido. Ella, con el pañuelo, se limpiaba las lágrimas, y el abuelo, serio como un monolito, miraba al infinito. Después, todos marcharon al cementerio y tras eso, los invitaron al luto en casa.
A Procopio se le quedó grabado: primera vez en un entierro. Ángeles volvió a clase al día siguiente. Pasó el tiempo, las chicas se pusieron guapas, maquillaje y competiciones de modelitos. Ángeles con la espalda siempre recta, como una vara de almendro, sin maquillaje alguno, sólo el rubor natural en las mejillas.
Los chicos se lanzaron a conquistar, y Procopio decidió intentar suerte con Ángeles. Ella parecía ni enterarse. Ya en noveno, él se atrevió:
¿Te acompaño a casa después de clase?
Ángeles lo miró muy seria y susurró, para que nadie oyera:
Estoy prometida, Procopio. Es la costumbre en casa.
Él se quedó con cara de acelga, sin entender del todo quiénes eran ellos ni por qué la costumbre. Después se enteró: los abuelos eran castellanos viejos, los padres se habían ido hace mucho y la abuela y el abuelo criaron a Ángeles.
Ángeles era una cerebrito, no llevaba pendientes ni collares como las demás. De vez en cuando las otras chicas murmuraban sobre ella, pero Ángeles ni caso, siempre digna.
Con cada curso era más guapa. En décimo, ya era una belleza discreta, esbelta y equilibrada. Los chicos la admiraban en silencio, nadie se metía con ella ni por broma.
Repartidos los compañeros por media España, Procopio aterrizó en Madrid y empezó la carrera. De Ángeles sólo supo que se había casado. Rara vez volvía al pueblo de vacaciones, prefería las campañas de verano.
Ángeles se marchó con el chico al que fue prometida y se perdió en una aldea de La Mancha, ordeñando vacas, acarreando heno y cuidando de la casa. Tuvo un hijo, y del grupo nadie volvió a verla.
Así que ahora Ángeles se dedica a las hierbas, pensó Procopio en el sofá. Aún se ha puesto más guapa.
Durmió mal esa noche, el pasado no dejaba que el cerebro descansara. Por la mañana, desayuno deprisa y corriendo y de cabeza al trabajo, con la cabeza llena de Ángeles.
Qué tremendo, lo de la primera ilusión nunca se va. Eso sí, sigue removiéndose dentro como la paella el domingo.
El par de días siguientes pasó como en una nube, hasta que no pudo más y le escribió.
Hola, Ángeles.
Que tenga buena salud, respondió ella, fiel a su estilo. ¿Le puedo ayudar en algo, o le duele algo?
Ángeles, soy Procopio, tu compañero de colegio, ¿te acuerdas que compartimos pupitre? Te he visto en internet y me ha dado por escribirte.
Claro que me acuerdo, Procopio, eras el más empollón de los chicos.
He visto tu teléfono aquí, ¿puedo llamarte?
Por supuesto, responde.
Por la tarde, tras salir del curro, la llamó. Charlaron un rato, contándose dónde vivían ahora.
Vivo y trabajo en Madrid, dijo Procopio, sin florituras. Mejor cuéntame de ti, Ángeles, ¿cómo está tu familia? ¿Tu marido bien? ¿Dónde vives?
Vivo en la casa de siempre, la de la infancia, ya sabes cuál. Volví después de que mi marido muriera. Un accidente con un jabalí en el monte… Mi abuelo también falleció hace tiempo.
Vaya, Ángeles, no lo sabía
No pasa nada, fue hace mucho. Ya lo tengo asumido. Y tú tampoco tenías culpa, son cosas de la vida, cada uno con lo suyo. ¿Me llamas por hierbas o simplemente por nostalgia? A veces doy consejos
Sólo simpatía. Nada de remedios, sólo vi tu cara y me invadieron los recuerdos. Echo de menos el pueblo, hace años que no voy, mi madre también falleció.
Charlaron sin prisa, recordando compañeros, hasta que se despidieron. De vuelta a lo mismo. Casa, trabajo, aburrimiento. Una semana después, la morriña apretó y llamó otra vez.
Hola, Ángeles.
Muy buenas, Procopio, ¿echas de menos algo o estás pachucho?
Echo de menos, Ángeles, y no te enfades, ¿puedo ir a verte de visita? preguntó bajito y con esperanza, el corazón golpeando fuerte.
Ven cuando quieras, contestó ella, más fácil imposible. Ven cuando prefieras.
En una semana tengo vacaciones, saltó contento.
Estupendo, pues vente, ya sabes la dirección, notó que ella sonreía.
Se pasó la semana eligiendo regalos, nervioso, no sabía si Ángeles habría cambiado. Y a la semana, ya estaba de camino desde Madrid a su tierra chica. Seis horas de carretera, pero le gusta conducir por las rutas solitarias.
El pueblo apareció por sorpresa, tras desviarse de la autovía. Nueva urbanización, casas modernas y hasta un supermercado con su cafetería. Al salir del coche, buscó recuerdos.
Vaya, pensaba que esto estaría medio vacío. Pero está floreciendo, murmuró en voz alta.
Ya somos ciudad, hijo, presumió un señor mayor que pasó al lado, se paró y le sonrió. Hace años que nos dieron el título, se nota que hace mucho que tú no pasabas.
Pues sí, mi buen hombre, mucho tiempo.
Tenemos un alcalde de los de verdad, que le pone ganas y por eso esto ha tirado palante.
Ángeles lo esperaba en el patio, él la avisó por teléfono al llegar. Vio el coche entrar por la esquina y el corazón le dio un vuelco. Nadie supo nunca que Ángeles siempre guardó un cariño secreto por Procopio desde la escuela. Si él no hubiera aparecido, el secreto se hubiera ido con ella.
La reunión fue una fiesta silenciosa. Pasaron horas en el porche de la casa de cuento. El “palacete” envejecido, seguía acogedor y cálido.
Ángeles, vengo por algo importante, ella se puso seria y algo nerviosa.
A ver, cuenta.
Te he querido toda la vida, ¿de verdad vas a seguir ignorando mi cariño?
Ángeles se levantó y corrió a abrazarlo fuerte.
Proco, Procopio, ¡si yo también estoy enamorada de ti desde niña!
Las vacaciones las pasó con Ángeles y, al despedirse, prometió:
Arreglo mis cosas en el trabajo, me pongo a teletrabajar y vuelvo. No me muevo más de aquí. Aquí nací y aquí me quedo, decía con una carcajada.




