No lo esperábamos
Nuestro padre, el de Lucía y mío, se marchó a buscar trabajo a algún sitio y desapareció cuando yo estaba en quinto de primaria y mi hermana en primero. Para ser exactos, fue entonces cuando se esfumó del todo. Antes de eso solo se ausentaba durante meses, pero al final se perdió para siempre. Mis padres nunca se casaron, el nuestro era un espíritu libre, como un pájaro. Viajaba por toda España, de Madrid a Barcelona, a Valencia, a donde le diera el viento. Volvía cuando le apetecía, siempre con euros en el bolsillo y regalos bajo el brazo. Mi madre aguantaba porque lo quería con locura.
Andrés, vuelve pronto, corre le rogaba ella.
Venga, no te pongas así, espera los regalos respondía él, le daba un beso descuidado y desaparecía.
Cuando no estaba, su hermano, mi tío Julián, nos cuidaba. Yo creo que a Julián le gustaba mi madre jamás lo decía, ni le dedicaba gestos especiales. Simplemente, podíamos contar con él siempre.
¿Qué tal, Pilar? preguntaba al entrar ¿Y los pequeños?
¡Bien! ¡Tío Julián ha venido! gritaba yo y corría a abrazarle.
Qué pasa, Sergio me daba un abrazo rápido y seco.
Para mí, ojalá él hubiera sido mi padre. Los fines de semana nos llevaba a Lucía y a mí de paseo para que mamá descansara. A veces ella venía, otras prefería quedarse en casa a pensar en su duro papel de mujer.
Al crecer, tío Julián trajo una espaldera de gimnasia y la montó en el pasillo. Mi padre llevaba ya medio año sin aparecer. Yo ayudaba con las herramientas, mientras Lucía observaba cómo con maña instalaba la barra, la cuerda y los anillos.
Tío Julián, ¿por qué no te casas? Si eres un manitas, cualquiera que te vea te roba con esas manos de oro dijo Lucía, con esa sabiduría femenina que tienen algunas niñas.
Sabiduría acuñada oyendo de reojo las charlas de mamá con sus amigas.
No me gusta nadie, Lucía. Si aparece alguien que me guste, me casaré.
¿Y no quieres tener hijos propios?
Lucía abrió las manos con gesto cómico.
Tío Julián dejó el destornillador y respondió serio:
Por ahora me basta con vosotros. ¿Es que quieres que me vaya? dijo entornando los ojos.
Lucía no era tonta.
¿Yo? Nunca, tío. Siempre eres bienvenido.
Por la noche pregunté a Lucía:
¿Por qué le insistes? A ver si se molesta y deja de venir.
Papá trae regalos suspiró mi hermana Pronto vendrá, seguro.
Menuda, te han comprado con regalos. ¿Sabes lo que cuesta todo lo que ha traído Julián?
¿Y a mí qué? Yo quiero vestidos y muñecas, no tu espaldera de mono.
Pero ese año mi hermana esperaba al padre en vano. No volvió. Un día, Julián vino y se encerró en la cocina con mamá. Algo le explicaba y ella lloraba amargamente.
Pilar, no llores. Yo no os voy a dejar. Ya lo conocemos siempre buscando lo fácil, el postre, pero no lo duro.
Mamá rompió a llorar a gritos, de esos que ponen los pelos de punta, un Ay-ay-ay que no se olvida. Después siguió llorando bajito mucho tiempo.
Julián seguía viniendo, como siempre, a ayudar, a arreglar cosas, a sacarnos a pasear. Un día se decidió. Habló con mamá de sus sentimientos. Yo, con la conciencia tranquila, lo escuché de espaldas a la puerta.
Julián, no me necesitas. Eres un hombre tan bueno… Mereces ser feliz, de verdad.
Déjame decidir a mí quién quiero que esté a mi lado respondió terco Julián.
¿Y si él vuelve?
Julián no respondió nada.
Yo igual lo esperaré. Lo amo, Julián. No lo puedo evitar. Si aún así me quieres, aquí estoy, entera pero sin corazón.
Me fui de puntillas. Quise matarla, mira que era tonta mi madre ¡Menudos amores y esperas!
La vida siguió. Lucía era igual que papá, se arrimaba a quien le daba cariño y comida. ¿Podía culparla? Creo que ya entendía que esperar regalos era inútil. Julián puso lo mejor de sí. Trabajó para nuestra gran familia. Mamá tuvo un hijo suyo, Vicente. Julián fue el hombre más feliz de Castilla. Finalmente, se casaron y, poco a poco, las cosas se acomodaron.
Terminé la secundaria con buenas notas y me aseguré plaza en la universidad pública. Mamá brillaba como una lámpara de la Plaza Mayor.
Nos ha salido estudioso, ¿eh, Julián?
Bueno, tampoco nos faltan luces a nosotros.
¡Venga ya! No soy tan listo me sonrojaba yo Mejor tráeme champán, a probarlo.
¡Anda! Si no has probado tú bromeó Lucía, y yo la miré con ojos de ogro.
Vicente trepaba por todo y todos, intentando subirse a la mesa y desmontarla. Julián lo atrapó y lo sentó en su regazo.
Venga, hijo, porta bien, que ya no eres un bebé.
Vicente agarró una cuchara, se la puso en la nariz, bizqueó y nos hizo reír a todos.
¿Llaman al timbre? se aguzó Lucía.
Mamá abrió y se echó para atrás. En el umbral apareció mi padre. Fue como si el tiempo se suspendiera. Miró despacio y soltó:
¿Qué pasa? Seguid con la fiesta.
Nadie dijo nada. Vicente bajó de Julián, caminó hacia el hombre recién llegado. Mi padre ni lo miró, y mamá abrazó a Vicente, como escudo. Julián se levantó, vacilante.
¿A dónde? preguntó mi madre con voz extraña.
Necesito aire.
Y salió, apartando con cuidado a su hermano. Yo me levanté a seguirlo, y Lucía detrás.
Mira, hija, lo que te he traído de moda ofreció mi padre.
Para mi sorpresa, Lucía ni lo miró. Me alcanzó en el pasillo y susurró:
Yo sigo a Julián. Tú escucha lo que ocurra aquí.
Pero
¡Venga, Sergio! Tú eres el que mejor escucha detrás de puertas.
Tenía razón. Casi podía ser espía.
Lucía salió corriendo detrás de Julián y yo me quedé agazapado en el pasillo, temiendo por lo que pasaría. Mi madre, al fin había esperado al amor de su vida. ¿Y la familia ahora?
Pilar, ¿te has casado con Julián? soltó mi padre con voz venenosa.
Mamá no contestó.
Pilar, bueno, pasó lo que pasó. Todos tenemos algún pecado. ¡Bah! He vuelto.
Se oyó forcejeo, un golpe y el llanto asustado de Vicente.
Vete ya, Andrés a la calle.
Pero, Pilar
He dicho. Vete. Nadie te esperaba.
Mientes. Te veo los ojos. Los ojos no mienten.
Pues yo sí. Lo he dicho.
Mi padre salió enseguida. Me vio en el pasillo.
¿Escuchando, eh? Tienes madera para llegar lejos.
Me importaba un pimiento lo que pensara. Entré y busqué a mi madre, temiendo verla rota. Pero no, estaba consolando a Vicente, arreglando el pelo y poniendo los cubiertos a la vez. Como una reina.
Uf, casi nos chafa la fiesta, ¿eh? dijo mamá con una sonrisa torcida ¿Dónde se han metido esos dos?
Vicente ya había olvidado la bronca y arrastraba la silla contento.
Salí a la Plaza. Lucía y Julián estaban sentados en el parque de enfrente. Ella le tenía cogido del brazo y reposaba la cabeza en su hombro, como si temiera que al soltarlo él se le escaparía. Me acerqué por detrás, los miré, necesitando decirles algo que guardaba desde hacía tiempo. Rodeé el banco, miré a Julián a los ojos, con su cara desencajada:
Julián, ya está. Vámonos a casa, mamá nos espera.
El pulso se le aceleró. Lucía se apresuró a cubrirle las manos con las suyas. Levantó la cabeza y lo miró:
¿De verdad, papá, vienes?
Nos fuimos. Al fin y al cabo, hoy era nuestro día. Me había graduado.





