No lo esperábamos Nuestro padre, el de Masha y mío, se fue alguna vez a trabajar lejos, y desaparec…

No lo esperábamos

Nuestro padre, el de Lucía y mío, se fue de Salamanca a buscar trabajo a saber dónde y acabó por desaparecer cuando yo hacía quinto de primaria, y mi hermana, primero. Bueno, para ser precisos, entonces ya se esfumó sin dejar rastro; antes sólo se iba por España y desaparecía unos meses. Nunca estuvieron casados, mi padre era un pájaro libre, de esos que migran según les da el viento. Volvía por casa cuando se le antojaba, eso sí, siempre con euros en el bolsillo y un par de regalos bajo el brazo. Mi madre aguantaba porque le quería con una pasión de culebrón.

Vuelve pronto, Álvaro le suplicaba.
Venga, cielo, no llores. Espérame con regalos.

Le daba un beso distraído y se esfumaba. Durante sus ausencias, el tío Javi, hermano de papá, echaba un ojo a la vida. Puede ser que a mi madre le gustase, aunque él nunca soltó prenda. Ni gestos, ni palabras, pero sabíamos que podíamos contar con él.

¿Qué tal, Carmen? ¿Y los peques? preguntaba Javier, al entrar en casa.
¡Bieeen, ha venido el tío Javi! gritaba yo y me lanzaba directo a sus brazos.
Hola, Sergio me daba un abrazo rápido.

A mi juicio, ojalá hubiese sido él mi padre. Los fines de semana, Javi nos llevaba a Lucía y a mí al Retiro, mientras mamá descansaba del mundo. A veces venía con nosotros, otras prefería quedarse pensando en su dura suerte femenina.

Al crecer, Javi llegó con una pared de barras de gimnasia y la montó en el pasillo. Para entonces, papá llevaba casi medio año sin aparecer. Yo ayudé con los tornillos, mientras Lucía observaba cómo el tío Javi ponía el trapecio, la cuerda y los anillos con arte de manitas.

Oye, Javi, ¿y tú por qué no tienes novia? Está claro que con esas manos te rifaría cualquiera se soltó Lucía, con esa sabiduría precoz que sólo dan las conversaciones filtradas entre madres y amigas.

No hay nadie que me guste, Lucía. Cuando encuentre alguien, me casaré respondió Javi, tan serio como siempre.

¿Y hijos? ¿No quieres hijos propios?

Lucía abrió las manos como si pidiera explicaciones. Javi dejó el destornillador y dijo, muy formal:

De momento ya me bastáis vosotros. ¿Por qué, quieres largarme? se agachó con media sonrisa.

Lucía no era tonta.

¿Yo? ¡Qué dices, Javi! Siempre eres bienvenido y puso ojos de santa, como si nunca hubiese roto un plato.

Esa tarde, le pregunté a Lucía:

¿Por qué le pinchas tanto? Igual se enfada y deja de venir.

Papá trae regalos suspiró ella, soñadora. Igual pronto vuelve.

Boba. Te compran con regalos. ¿Sabes lo que han costado estas barras que nos ha traído Javi?

¿Y a mí qué? Yo quiero vestidos y muñecas. No soy un mono para andar por tus trapecios.

Esa vez, Lucía esperó al padre en vano. Esa vuelta no vino. Un día, Javi se encerró con mamá en la cocina, le decía algo y ella lloraba de lo lindo.

Carmen, no llores. No os voy a dejar. Ya sabes cómo es Siempre buscando lo más dulce, lo más fácil.

Mamá se echó a llorar en plan tragedia griega, pero luego se quedó rato sollozando en la silla.

Javi seguía viniendo igual: arreglar cosas, ayudar, ir al parque con los niños. Un día se atrevió, le habló a mamá de sus sentimientos, y yo me quedé por ahí cotilleando con toda la cara.

Javi, que yo no te hago falta. Eres buen tío, mereces ser feliz, de verdad feliz.

Bueno, eso lo decido yo dijo Javi, cabezota.

¿Y si Álvaro vuelve?

Javi no contestó.

Le voy a seguir esperando. Es lo que hay, le quiero, no puedo evitarlo. Si aún así me quieres Sin corazón.

Me retiré de puntillas, jurando que mi madre no tenía remedio. Mira que es tonta. Sus creencias románticas no se curan ni con agua de Lourdes.

Y así fuimos tirando. Lucía era toda de mi padre: prontos, donde había comida y regalos. ¿Podía culparla? Al final, entendió que los regalos de papá no merecían la espera. Javi se desvivía por nosotros, el gran jefe de nuestra tribu. Mamá le dio un hijo, Diego. A Javi no le cabía la felicidad en el cuerpo. Al poco, se casaron y todo empezó a parecerse a una familia de verdad.

Terminé mi bachillerato sin suspensos, con plaza directa para la universidad pública. Mi madre brillaba como una paella recién hecha.

En esta casa va a haber un científico, ¿eh, Javi?
Que nosotros también valemos decía Javi, medio en broma.
¡Venga ya! De científico nada. Yo me sonrojaba. Servidme una copita de cava, que quiero probar.
Como si fuera la primera vez bufaba Lucía, y yo le lanzaba una mirada asesina.

Diego, nuestro pequeño terremoto, trepaba por todos lados, dispuesto a desmontar la mesa pieza a pieza. Javi lo atrapó y lo sentó sobre sus rodillas.

A ver, campeón, compórtate, que ya no eres un bebé.

Diego agarró una cuchara y, sin más, se la puso en la nariz y bizqueó. El salón se vino abajo de risas.

¿Llaman a la puerta? Lucía aguzó el oído.

Mamá abrió y retrocedió hasta el salón. En el umbral apareció el padre. Silencio absoluto. Observó el panorama y soltó:

¿Y vosotros qué? Seguid con la fiesta.

Nadie dijo ni mu. Diego se bajó de Javi y se acercó al nuevo señor con curiosidad. Papá ni lo miró. Mamá agarró a Diego y se lo puso delante como si fuera escudo humano. Javi se levantó, algo tambaleante.

¿Adónde vas? preguntó mamá con voz extraña.
Voy Necesito aire.
Salió, apartando a su hermano con el hombro. Me levanté, dispuesto a seguirle. Lucía fue detrás.

Mira, hija, los modelitos que te traigo ofreció papá.

Sorprendentemente, Lucía ni lo miró. Me alcanzó en el pasillo y me susurró:

Déjame, voy tras Javi. Tú quédate y escucha lo que pase aquí.
Pero
Anda, Sergio, tú eres mejor espiando.

Tiene razón. Estoy para trabajar de agente secreto.

Lucía salió corriendo tras Javi. Yo me quedé como el más discreto cotilla del mundo, pensando que ya estaba, mi madre lo había logrado: el amor de su vida de vuelta. ¿Y ahora qué?

¿Carmen, te has casado con Javi o qué? ironizó papá.

Mamá callaba.

Bueno, déjalo estar. Lo pasado, pasado. ¿Cuántos no han metido la pata por ahí? Ya está, he vuelto.

Se oyó algún forcejeo, un sonoro bofetón y el llanto de Diego.

Álvaro, vete a freír espárragos.

Pero Carmen, ¿qué?
Lo he dicho. Vete. Nadie te esperaba.

Mientes. Los ojos no pueden mentir.

Basta. Lo he dicho zanjó ella.

El padre salió nada más, me vio en el pasillo.

¿Escuchando? Bien hecho. Así llegarás lejos.

Pero lo que pensara de mí me importaba tanto como el clima de Lugo. Me metí en el salón esperando a mamá hecha polvo, pero no: estaba calmando a Diego, arreglando el pelo y la mesa a la vez. Como una máquina.

Jo, a punto de arruinarnos la fiesta, ¿verdad? sonrió mamá, con esa curveada propia de quien acaba de sobrevivir. ¿Dónde están los demás?

Diego ya no recordaba ni el drama ni la bronca: volvía a mover la silla a su gusto.

Salí a la calle. Lucía y Javi estaban sentados en el parque, justo enfrente. Ella se había agarrado a su brazo y le apoyaba la cabeza, como si temiera que si se soltaba, Javi se iría flotando. Me acerqué por detrás, los miré. Tenía tantas ganas de decirlo. Di la vuelta al banco y miré a ese pobre hombre, derrotado:

Javi, deja de hacerte el mártir. Vámonos a casa. Mamá nos espera.

A Javier le temblaron las manos. Lucía le puso las suyas encima, levantó la cabeza y le sonrió:

¿Verdad que sí, papi? Vamos.

Y nos fuimos. Al fin y al cabo, era nuestro día especial. ¡Me había graduado!

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