—No le caigo bien a tu madre. ¿Por qué? Yo no le he hecho nada malo —preguntó Tania.
—Óscar, ¿adónde vas con tanta prisa? Come tranquilo —dijo Verónica con tono severo.
—Mamá, llego tarde. —Óscar mordió medio bocadillo de un bocado, se bebió el café de un trago y salió corriendo de la cocina.
—Así vas a acabar con una úlcera… —masculló Verónica, cojeando tras él con sus piernas cortas y gruesas—. ¿Tan deprisa vas a ver a tu Tania? No sé qué le ves. Lucía es una chica guapa, elegante, y está loca por ti. Seríais una pareja perfecta.
Óscar terminó de atarse los cordones de las zapatillas en silencio, masticando el resto del bocadillo.
—Pareces un niño —su madre movió la cabeza con desaprobación—. Cinco minutos no iban a matar a tu Tania.
—Mamá, basta —Óscar se enderezó y se ajustó la camiseta—. Es mi vida. Yo decido qué me conviene.
—Ya lo verás. Cuando te arrepientas, será tarde. Una chica como Lucía no estará sola mucho tiempo… —La puerta se cerró antes de que terminara la frase.
Verónica apretó los labios y regresó a la cocina. Terminó la mitad del bocadillo que su hijo había dejado, mirando la pared frente a ella. Luego, con rabia, empezó a fregar la placa de gas. Cuando estaba enfadada o nerviosa, siempre limpiaba.
Al oír el timbre, pensó que sería Óscar, olvidado de algo. Corrió a abrir, pero en lugar de su hijo, encontró a Tania en el umbral. La joven, delgada y con grandes ojos grises, sonreía como una niña esperando algo maravilloso.
—Verónica, buenos días. ¿Está Óscar…?
—Salió hace cinco minutos. ¿No os habéis cruzado? —preguntó Verónica, con una sonrisa forzada. Era difícil saber si estaba contenta de verla o de haberla contrariado.
—Qué pena. ¿Podría decirle que pasé? Mi madre y yo nos vamos al pueblo. Han ingresado a mi abuela.
—Se lo diré. Claro que sí. ¿Por qué no le llamas tú?
—Lo intenté. Tenía el móvil apagado.
Verónica siempre insistía en que se apagaran los teléfonos en casa. Decía que los pitidos le provocaban migrañas.
Cuando Óscar regresó, desanimado, veinte minutos después, su madre le preguntó con malicia:
—¿Tan pronto de vuelta, hijo?
—No vino. Ni estaba en casa. Mamá, ¿ha venido Tania?
—¿Tendría que venir? —fingió inocencia—. Podían pasar mil cosas. No se ha ido a ninguna parte, ya aparecerá.
Más tarde, Óscar salió al entrenamiento, y Verónica, tras dejar la placa reluciente, fue al supermercado. Allí se topó con Lucía, antigua compañera de clase de su hijo.
Verónica creía firmemente que la belleza era importante para una mujer. Y Lucía era hermosa, muy distinta a Tania, esa flacucha de ojos grandes. Además, su padre trabajaba en el ayuntamiento. Eso sí que valía algo. Con ese suegro, Óscar tendría posición, un buen trabajo, un piso… No podía ser deportista toda la vida. Verónica no era una mujer interesada, pero no iba a dejar que su único hijo malgastara su futuro.
—Hola, Luci —saludó con voz melosa—. Hacía mucho que no te veía por casa.
—Hola. Me gustaría, pero Óscar tiene novia. Ni siquiera me mira —respondió Lucía, haciendo un mohín.
—Tonterías. Tú insiste, invítalo al cine.
—Ya lo intenté, pero siempre está ocupado.
—Sé muy bien en qué se ocupa —replicó Verónica—. Por cierto, Tania se fue hoy. Dijo que estaría una semana fuera. Aprovecha, ven esta tarde a tomar algo.
Lucía apareció esa noche. Verónica fingió ir a preparar el té, guiñándole un ojo hacia la habitación de Óscar. Lucía entró sin llamar. Óscar estaba tumbado en el sofá, mirando al techo.
—Hola. Hoy me encontré a tu madre en el súper. Me invitó a pasar por aquí. ¿Por qué esa cara? ¿Vamos al cine? Hace buena tarde.
—Lucía, vengo del entrenamiento, estoy reventado. Otro día, ¿vale? —Óscar se incorporó sin ganas.
—Bueno, pero lo has dicho. Nos vemos entonces —asintió Lucía, sentándose junto a él.
Empezó a hablar de sus entrenamientos, competiciones, todo lo que le importaba fuera de Tania. Luego tomaron el té en la cocina, y Verónica sugirió que acompañara a Lucía a casa, porque «una chica tan guapa no debería caminar sola de noche»…
***
Tania adoraba a su abuela. Por ella había estudiado Medicina. La anciana siempre estaba enferma, pero odiaba los hospitales.
—Cuando sea mayor, te cuidaré yo —le decía de pequeña. Ahora estaba en cuarto de carrera.
El médico aseguró que no era grave, solo tensión alta. La observarían una semana y la darían de alta. Tania, aliviada, decidió volver a casa.
—¿Y adónde vas? Son vacaciones. Óscar no se va a escapar —refunfuñó su madre.
—Mamá, la abuela está mejor. Quédate con ella, y cuando Óscar se vaya a su torneo, vuelvo para relevarte.
—Está bien, vete —suspiró su madre, negando con la cabeza.
«Óscar es un buen chico, pero no está bien obsesionarse así». Recordó lo enamorada que estuvo del padre de Tania. Parecía un amor eterno, pero cuando Tania cumplió ocho años, él se fue con otra. «Quizá a mi hija le vaya mejor. Dios lo quiera».
Tania volvió y, sin ir a casa, corrió a ver a Óscar.
Verónica abrió la puerta. La mirada fría de la mujer fue como un muro.
«Otra vez esta pesada. Justo cuando Óscar y Lucía empezaban a conectar…». Forzó una sonrisa y le dijo que Óscar no estaba, sin saber cuándo volvería.
—Le diré que viniste —cerró la puerta—. «Qué insistente».
Tania llamó de nuevo a Óscar. ¿No la oía? No le había avisado de que volvería antes, quería darle una sorpresa. Bajó al descansillo y se quedó junto a la ventana, desde donde se veía todo el patio. Esperó mucho rato. Un viejo la miró con desaprobación al pasar.
Estaba a punto de irse cuando vio a Óscar acercarse. Pero no venía solo: una chica salió a su encuentro. Tania reconoció a Lucía, su excompañera de clase. La joven lo abrazó con ímpetu y lo besó en la mejilla. No fue un beso amistoso, sino uno que se quedó un instante en la piel.
Óscar no la apartó, aunque tampoco correspondió al abrazo. Tania, confundida, se alejó de la ventana y bajó las escaleras. Pero al oír la puerta del portal, se detuvo y aguzó el oído. Lucía reía, contando algo. Se pararon frente a su casa, la llave giró en la cerradura, y Tania escuchó la voz alegre de Verónica.
—¿Ya la encontraste? Pasad. Tengo la cena lista… —La puerta se cerró, y el sonido se apagó.
«A mí nunca me recibió así», pensó Tania, bajando las escaleras. Se detuvo un instante frente al piso de Óscar, luego salió corriendo, ahogando lágrimas. «¿Cómo es posible? Dijo que me amaba. EnFinalmente, después de tantos años de malentendidos, ambos comprendieron que el amor verdadero siempre encuentra su camino, aunque tarde.







