¡No Hay Quien Me Quite las Ganas de Casarme! A Alia le hacía muchísima ilusión volver a casarse y …

Mira, te voy a contar una historia que le pasó a mi amiga, vamos a llamarla Cayetana, una mujer que siempre tuvo la ilusión de casarse bien. Ya se había casado mal una vez, así que lo que quería ahora era un matrimonio bonito. Tiene un hijo, Gonzalo, que ya es todo un hombre de veinte años.

Hace ya una vida, pilló a su marido en una infidelidad de las que hacen historia. Volvió un día antes de un viaje de trabajo y ahí estaba su marido, medio en pijama, haciendo la cama apresuradamente, y en la cocina, su mejor amigavestida con su propio batínponiéndose a hacer café. Lo típico, ¡un culebrón! Cayetana no perdió ni un minuto: divorcio inmediato, y la amiga, borrada de todos lados. Ni se puso a revolver en los detalles asquerosos. Si hay culpa, que haya castigo. Al marido le sacó la maleta a la puerta y le prohibió al hijo tener trato con él. Y todo esto antes de cumplir los treinta.

En estos diez años sola, Cayetana se sacó primero el doctorado y más tarde la cátedra en Filología. Con cuarenta años fue nombrada Doctora y acabó dirigiendo el departamento en la Universidad de Salamanca. La valoraban mucho como especialista, y aunque estaba sola, no perdía la esperanza de encontrar un hombre que mereciera la pena. Decía que todavía le quedaba mucha vida para ponerse a hacer punto o a bordar.

Pretendientes no le faltaban, pero ninguno le tocaba el alma. Uno le pidió matrimonio tras la primera cita, le pidió prestados cien euros (¡si ya casi somos familia!) y nunca más se supo. Otro, viudo, buscaba una madre para sus hijos; invitó a Cayetana a su casa de primeras y le pidió que cocinara para la familia entera. ¡Y ella, que no estaba preparada para tanto mambo, les cocinó la cena a los tres niños, de edades que ni te explico! Llegó a casa y se echó a llorar, le daban pena los críos y su padre, pero cargar con esa tropa imposible. A lo mejor soy una egoísta, se decía.

Cada año que pasaba, menos opciones. Y cuando ya pensaba tirar la toalla y dejarse de historias, apareció Él. Te lo cuento: era un antiguo alumno marroquí, Samir, de veintiocho años. Durante la carrera, Cayetana había sido su profesora. Tras la uni, Samir montó un pequeño negocio en Valladoliduna gasolinera. De casualidad, un día Cayetana paró a repostar, y allí estaba él, al frente del negocio. Se pusieron a charlar, recordar viejos tiempos, risas y todo, y Samir le dio una tarjeta: Por si acaso.

Empezaron a verse una vez por semana, primero solo para repostar pero Samir comenzó a invitarla a restaurantes, a conciertos de música clásica Cayetana se sentía desconcertada y, para qué engañarte, no terminaba de creerse las intenciones de su exalumno. Al principio rechazó todos los planes. Pero Samir insistía. Es cierto que era un chico diferente, estudioso y entregado, y además guapísimo, de esos que cuando pasaban por los pasillos de la facultad las chicas suspiraban. En su época de alumno, le había regalado una cajita tallada que escondía una nota: Profesora, Cayetana, le quiero. Ella, ofendida y furiosa, hizo trizas la carta delante de él y le devolvió la caja. Al día siguiente, Samir apareció en su despacho:
Profesa Cayetana, perdóneme. No quería faltar. Me gusta mucho.

Ella aceptó las disculpas pero la historia se quedó ahí. Samir nunca volvió a acercarse, solo la miraba de lejos. Y, mira, ahora la vida les ponía cara a cara de nuevo. Cayetana dudaba: ¿dejarse conquistar o rechazarle? Ahora ya no soy su profesora, somos solo un hombre y una mujer… ¿Por qué no?, pensó.

Y claro, se lanzó. Empezaron algo: un romance de los bonitos, breve pero intenso. Samir era detallista, divertido, romántico; lo que Cayetana jamás había vivido. Ni la diferencia de edad molestaba. Ella se sentía una adolescente, y él, el hombre adulto. Empezó a llamarle Santiago, a lo español, y él la llamaba Lidia, que le hacía gracia.

Pero Samir no le pidió matrimonio: tenía que volver a Marruecos, y allí lo suyo era tema de familia. Su madre ya le había buscado prometida: una chica de diecisiete años, buena familia, lo de toda la vida. Y Cayetana no iba a dejar su vida aquí, a su hijo, a su madre. No, eso era inviable. Sabía que la familia de Samir nunca iba a aceptar a una mujer mayor y extranjera. Cada oveja con su pareja, ya sabes.

Así que Cayetana decidió exprimir el amor al máximo, sabiendo que todo acabaría:
Si esto es lo poco que me queda de felicidad, que lo aproveche le decía a su madre. Le voy a querer tanto que ni va a poder respirar. ¡A tope!

Su madre, Mercedes, estaba en absoluto desacuerdo:
¡Ay, Cayetanita! ¿Pero a ti qué se te ha perdido con un musulmán? ¿No te bastan nuestros Santiagos? ¡Nunca voy a darte mi bendición! Además, tu exmarido no para de rondar, ¿no lo ves? Si le perdonaras te iría bien, que ya os toca con el hijo que tenéis y todo se quejaba la mujer.
Mamá, que Damián me engañó, ¿ya lo has olvidado?
¡Por Dios, si ya te lo ha pedido mil veces! Y tú tampoco estabas, todo el día con tus tesis. Cuando el marido está solo, cualquier gentil lo intenta y él tampoco va a rechazarlo insistía la madre.
¿Y tú por qué nunca perdonaste a papá, entonces?
Eso no es igual, hija. Primero, tu padre se fue antes de que nacieras, y volvió cuando ya tenía tres hijos más con otra. ¿Cómo iba yo a llevármelo, separándole de sus hijos? Además, tu Damián lleva diez años solo, esperando que le llames. Gonzalo le quiere mucho concluyó Mercedes.
Mamá, tampoco pienso casarme con Samir. Soy mayor para él. Ya veremos cuando me deje él, porque yo no sé cómo hacerlo decía Cayetana pensativa.
¡Ay, hija, hasta las yeguas viejas buscan un saquito de sal! suspiraba la madre.

Tres años después, Samir se despidió de Cayetana. Seguiremos en contacto, mi querida Lidia, le dijo. Ella ya lo presentía, pero ver cómo Samir se marchaba con su jovencita elegida por la familia, esa Janna, la rompió un poquito por dentro. Como recuerdo, él le regaló otra vez aquella cajita tallada, pero esta vez con un anillo dentro, dos angelitos abrazando un corazón de diamante.
Mi corazón se queda contigo, Lidia le susurró Samir antes de irse.

Samir volvió a Marruecos. Al año, Cayetana recibió una foto de la boda con Janna. Luego otra, de su segunda esposa. Porque allí, ya sabes, la poligamia está permitida. Pero, al ver esas fotos, Cayetana no sintió celos. ¿Qué sabrán de amor esas chicas tan jovencitas? Solo le aliviaba ver en la cara de Samir una melancolía, como si en el fondo, aún la echara de menos. Pero en fin, el tiempo todo lo cura. Amor viejo, si huele a nuevo, ni lo notas.

La historia terminó, la página se dio la vuelta. Y en ese tiempo, su hijo Gonzalo se casó y le trajo a casa a su nuera. Cuando nació la nieta, Cayetana pidió un favor: que la llamaran Lidia. Así, pensó, la historia de su gran amor quedaría para siempre en la familia.

A Damián, el ex, Cayetana lo acabó perdonando (o simplemente le dio pena). Damián se reconcilió a través de Mercedes, que, cabezona, consiguió convencer a Cayetana:
Él hace tiempo que entendió su error. Y, ¿quién no tiene algún pecado? Los errores los cometemos todos, hija, que no andan solos los pecados sino que se pegan a los humanos.

Así que ahora, Cayetana y Damián viven juntos otra vez, intentando no separarse nunca más. Y Cayetana por fin aprendió a hacer punto y le teje a su nieta Lidia calcetines con dibujos morunos para que ni siquiera un amor imposible se pierda del todo.

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MagistrUm
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