No te imaginas la cantidad de veces que he pensado en esa frase: “No hay alegría sin pelea”.
Mira, te cuento, como si estuvieras aquí conmigo tomando un café. Imagina esto: ¿Pero cómo has podido meterte en este lío, muchacha? ¿Quién te va a querer ahora con una criatura en camino? ¿Y cómo piensas sacarlo adelante? No cuentes con mi ayuda, ¿eh? Bastante he hecho ya criándote a ti, ¿también voy a encargarme de tu hijo ahora? ¡No quiero verte más aquí! Recoge tus cosas y márchate de mi casa.
Así, tal cual, fue como Inés se quedó escuchando a su tía Carmen, con la cabeza baja y sin fuerza ni para responder. Se esfumó delante de sus ojos la única esperanza de quedarse con ella, al menos hasta buscar trabajo.
Inés nunca conoció a su padre. Su madre, Carmen, la perdió quince años atrás, en un paso de cebra, atropellada por un conductor borracho al salir de la escuela. Hubiera acabado en una residencia, pero apareció una pariente lejana, la prima tercera de su madre, tía Carmen, que tenía un pequeño chalé en las afueras de un pueblito de Cáceres, cerca de la frontera con Portugal. Allí la acogió sin muchos problemas: trabajo fijo, casa propia. Así pasaron los años. En el sur, ya sabes cómo son los veranos por allí, que parece que el calor te aplasta contra el suelo, y los inviernos pasados por agua.
Allí Inés no pasó hambre, siempre iba bien vestida y no le faltó trabajo en casa. Aquello era casi una granja; entre animales y huerto no quedaba tiempo para tonteos. Quizá le faltó un abrazo, una caricia materna pero bueno, ¿a quién le importaba eso?
La chavala estudió bien, y cuando terminó el bachillerato, se largó a Salamanca a hacer magisterio. ¡Qué rápido pasaron los años de estudiante! Pero nada, exámenes listos y toca volver. Lo que ella no se imaginaba era el recibimiento…
Después del berrinche, Carmen parecía relajarse. Ya está, fuera de mi vista. No quiero verte aquí, sentenció. Inés intentó decir algo, solo un Tía Carmen, solo un momento, pero ni la dejó terminar.
Así, con una maleta agarrada y las fuerzas justas para no caerse, salió a la calle, sintiéndose la persona más desgraciada del mundo: rechazada, ofendida, y encima embarazada, aunque de poquito y ya sin ganas de ocultarlo.
Sabía que necesitaba buscar piso. Avanzaba por las calles sin ver nada, perdida en sus pensamientos. Era agosto en Cáceres; los cerezos y perales rebosaban de frutos, los albaricoques dorados asomaban entre las hojas; los viñedos, llenos de uvas, las moreras, y el olor a mermelada y pan recien hecho por todas partes. Y qué calor Se paró frente a una casa baja y vio a una mujer en la cocina de verano. ¿Podría darme un vaso de agua, señora?
Aurora, una mujer de unos cincuenta y algo, de las que te miran a los ojos y saben si llevas penas, se giró. Pasa, hija, claro. Aquí no se le niega el agua a nadie, dijo, y le dio una jarra fresca. Inés se sentó en el banco bajo la parra, como si el mundo la aplastara.
¿Puedo quedarme un poco aquí? Es que con este calor, suspiró ella.
Claro que sí, cielo. ¿Y tú de dónde vienes con la maleta y ese cansancio?
Acabo de acabar Magisterio y quería encontrar trabajo de maestra. Pero no tengo dónde dormir ¿Sabe usted si alguien alquila una habitación?, preguntó Inés, mordiéndose el labio.
Aurora la miró mejor: limpia, cuidada, pero con esa cara de quien no ha dormido en una semana. Pues mira, aquí tienes casa. Así no duermo sola y, con lo que puedas darme, me vale. Pero quiero la casa limpia. Si te parece, ven y te enseño la habitación.
Aurora vio en ella una compañía para los largos inviernos y, si caía algo de dinero bien, porque su hijo trabaja en Barcelona y apenas viene. Inés, todavía sin creerse la suerte, recogió la maleta y subió tras Aurora. La habitación era pequeña, pero acogedora, con la ventana al jardín, una cama robusta, mesa, y un armario de madera vieja. Acordaron el alquiler 150 euros y enseguida Inés se cambió y se fue al ayuntamiento a preguntar por trabajo.
Ahí le pasaron los días: trabajo por la mañana en el cole, por la tarde ayuda en casa, cenas con Aurora en la terraza, charlas, el otoño llegando despacito. El embarazo le estaba siendo fácil, nada de mareos ni vómitos, la cara redondita y tranquila. Pronto se atrevió a contarle a Aurora cómo había acabado en esa situación, como tantas otras: se enamoró de Sergio, un muchacho de la ciudad, hijo de profesores universitarios, con la vida ya planificada: carrera, máster, quedarse en Salamanca, rodeado de su gente. Era guapo, un encantador de serpientes, y de esos que caen bien a todo el mundo, pero eligió a la discreta Inés. Quizá le atrajeron su seriedad, sus ganas de salir adelante o esa tristeza de quien ha pasado mucho vete a saber. El caso es que pasaron juntos los últimos dos cursos prácticamente pegados y la muchacha soñaba con un futuro juntos.
Un día, Inés notó que algo iba mal: no podía con los olores, quería dormir siestas a todas horas y la regla sin aparecer. Se hizo la prueba en el baño de la residencia positivo. Dos rayas. No se lo creía. Por la noche se armó de valor y se lo contó a Sergio. Y ahí la cosa se complicó: él, tan serio, fue y se lo dijo a sus padres directamente. Ellos, fríos como estatuas, le soltaron que lo mejor era abortar, que ella era una cría y su hijo necesitaba futuro.
Sergio se lo pensó poco: fue a su habitación; dejó un sobre de dinero sobre la mesa y se marchó. Inés supo entonces que jamás podría volver ni a hablar del tema del aborto: ese niño ya era suyo, solo suyo. Mucha rabia, sí, pero recogió el dinero porque le haría falta.
Aurora, al conocer la historia, simplemente le dijo: Hay cosas peores, hija. No te avergüences. Ya verás como Dios aprieta, pero no ahoga. Lo importante es que has decidido tenerlo.
Olvidarse del tal Sergio fue rápido, porque apenas podía ya moverse, como un pato mareado decía Aurora. No supo nunca si era niño o niña, porque en la eco del centro de salud no se dejaron ver. Solo quería que naciera sano.
En febrero, de madrugada, se le rompió la bolsa y Aurora la llevó en su Seat Panda al hospital de Cáceres. Tuvo un parto fácil, y vino al mundo un niño grandote y fuerte.
Dieguito, le susurró Inés acariciándole la mejilla.
En la planta se hizo amiga de otras madres. Una noche, charlando, le contaron que dos días antes había dado a luz la mujer de un guardia civil frontera. Ni siquiera estaban casados; vivían juntos en el pueblo de al lado. Al parecer, a la madre se le cruzaron los cables; tras el parto dejó una nota: No estoy preparada, me voy.
El bebé, una niña casi transparente, tomaba biberón como podía. La enfermera fue cama por cama: ¿Alguna madre que pueda alimentar a la niña? Está flojita
Inés fue la primera en levantar la mano. Dejó a Dieguito dormido en la cuna y tomó a la pequeñaja en brazos.
¡Vaya cosita! Tan blanquita La llamaré Lucía, dijo con cariño.
Mientras la alimentaba, se le encogía el alma de pensar qué sería de ella. Desde ese día, Inés le daba de comer cada vez que podía.
A los dos días apareció el padre de la niña, el guardia civil: Julio Martínez, un hombre bajito, de ojos claros, acostumbrado a los líos de frontera y pocas palabras. Se acercó a conocerla para darle las gracias, y de ahí surgió todo. Lo supo pronto todo el hospital, luego el pueblo entero, porque lo que pasó después fue de película.
El día de la salida de Inés y los niños, a la puerta del hospital, todos los médicos y enfermeras estaban reunidos. Julio apareció con un monovolumen repleto de globos azul y rosa y entró decidido. Ayudó a Inés a sentarse, le tendió primero al pequeño en su fular azul, luego a Lucía envuelta en una mantita rosa, y allí estaba también Aurora. Sonaron las bocinas, y el coche salió rumbo a casa, con medio hospital despidiéndolos.
En esas pequeñas decisiones que nunca sabemos adónde nos llevan, así fue cómo Inés, entonces con dos niños en brazos y un abismo en el corazón, se sintió otra vez familia. Aurora sonreía mirando hacia delante, oliendo el ramo de flores frescas colocado entre los asientos. Julio, que antes de salir del hospital se había arrodillado frente a la cama de Inés, le prometía una vida juntos, en paz. Mientras, la pequeña Lucía dormía aferrada al dedo meñique de Inés, Dieguito medio sonreía en sueños.
Allí, en la casa de Aurora, con una despensa vieja por llenar de juguetes, una mesa para el chocolate con bizcochos y taquitos de membrillo, empezó una vida nueva que nadie imaginó pero que estaba por estrenarse, repleta de sentido. Porque, ya sabes, no hay alegría sin pelea.




