No hay alegría sin lucha
¿Cómo has podido meterte en semejante lío, muchacha atolondrada? ¿Quién te va a querer ahora, con una criatura en el vientre? ¿Y cómo piensas sacarla adelante? No cuentes con mi ayuda, desde luego. Yo te crié, ¿ahora tengo que criar también a tu hija? Aquí ya no te quiero. Recoge tus cosas y marcha de mi casa.
Elsa escuchó en silencio, la cabeza agachada. Se esfumaba la última esperanza de que la tía Carmen la dejara quedarse aunque solo fuera hasta encontrar un trabajo.
«Si al menos mi madre siguiera viva»
Nunca conoció a su padre. Su madre murió atropellada por un conductor ebrio en un paso de cebra, quince años atrás. La niña casi acabó en un hogar de acogida, pero entonces apareció una pariente lejana, prima segunda de su madre. A la tía Carmen le iba bien: trabajo fijo, casa propia. No hubo trabas para darle la tutela.
Vivía la tía en las afueras de un pueblo andaluz pegado a la frontera, donde el verano achicharra y en invierno arrecian las lluvias. Elsa nunca pasó hambre ni frío, siempre limpia y aprendiendo a trabajar. Había mucho faenar en la casa y el corral. Faltó consuelo materno, tal vez, pero ¿acaso eso le importaba a alguien?
Elsa estudió con esmero y al terminar el bachillerato entró en la Escuela de Magisterio. Los años de estudiante pasaron volando; terminó los exámenes y regresó al pueblo adoptivo. Pero el regreso no fue feliz.
Cuando tía Carmen se le pasó el primer arrebato, repitió:
Se acabó. Lárgate de una vez. No quiero verte más aquí.
Tía Carmen, ¿puedo al menos?
¡No, te lo he dicho todo!
Elsa cogió la maleta y salió a la calle. Jamás había imaginado un recibimiento así. Humillada, rechazada, ahora además embarazada. No era mucho, pronto notarían la barriga, y ella deseaba dejar de ocultarlo.
Había que buscar dónde dormir. Caminaba absorta, sin reparar en nada. Era verano, el aire olía a frutas maduras: manzanas y peras, albaricoques dorados, uvas en racimos y ciruelas azulinas bajo las sombras espesas. El olor del pan recien cocido y la costilla a la brasa llenaba las calles polvorientas; hacía calor y Elsa tenía sed.
Vio a una mujer trajinando junto al cobertizo y se acercó titubeando a la cancela.
¿Me daría un poco de agua, por favor?
Paula, una cordobesa curtida, de unos cincuenta, se volvió sorprendida.
Pasa, hija, si viene en son de paz.
Le sirvió agua fresca de un cántaro. Elsa se sentó en el banco, sorbiendo a tragos lentos.
¿Puedo quedarme aquí sentada un rato?… El calor…
Claro, mujer. ¿De dónde sales, con una maleta?
Acabo de acabar magisterio. Me gustaría dar clases. Pero no tengo casa. ¿Sabe si alquilan alguna habitación?
Paula la examinó: estaba limpia, pero el rostro mostraba cansancio y la mirada se perdía lejos.
Anda, quédate en mi casa. Así no se siente tan vacío. No te voy a cobrar mucho, solo cuida de la casa. Si te parece bien, te la enseño.
La idea de una inquilina alegraba a Paula: unos euros extra nunca vienen mal en un pueblo así. Su hijo vivía lejos y la soledad se hacía más pesada cuando llegaban los días cortos.
Elsa, incrédula ante su golpe de suerte, siguió a la casera. La habitación era sencilla pero acogedora: ventana al huerto, mesa, dos sillas, cama y un armario gastado. Perfecto. Pactaron fácil el alquiler. Elsa, cambiada de ropa, salió rumbo al ayuntamiento para dejar su currículum.
Los días volaron: trabajo, casa, trabajo. Elsa apenas tenía tiempo de arrancar hojas del calendario.
Paula y Elsa hicieron buena amistad, y muchas veces, al caer la noche, se sentaban con el té en la glorieta, bajo el perfume de jazmines. El otoño allí siempre tardaba.
El embarazo fue ligero. A Elsa no le daba náusea, y el rostro se le ponía redondito y terso. Terminó contándole su historia a Paula, historia corriente y sin dramatismos.
En segundo de carrera, Elsa se enamoró de Álvaro, hijo de catedráticos sevillanos. El futuro de él era claro: máster, doctorado, plaza en la universidad, la familia. Guapo, elegante, alma de las fiestas, todas querían salir con él, pero eligió a Elsa. Tal vez por la dulzura de su sonrisa, los ojos castaños tan serios, su fragilidad obstinada. O porque en ella reconoció esa resistencia de los que saben lo que cuesta cada cosa. El caso es que fueron inseparables, Elsa no imaginaba el porvenir sin él.
Aquel día no se borra: por la mañana no pudo desayunar, los olores la mareaban, tenía retraso ¿Cómo no se había dado cuenta? Compró una prueba y en la residencia, con la frente húmeda y un vaso de agua, aguardó el resultado.
Dos rayitas. No lo podía creer. Dos. Ya llegaban los exámenes ¿Cómo reaccionaría Álvaro? No era el momento de hijos.
De pronto la embargó una ternura inesperada hacia la vida diminuta.
Mi pequeño susurró posando la mano en el vientre.
Por la noche, Álvaro la condujo ante sus padres, y lo que vino fue peor que cualquier pesadilla: la familia insistió en que abortara y luego se marchara por su cuenta, pues su hijo tenía que centrarse en la carrera, y Elsa no era para él.
No supo nunca lo que se dijeron. Al día siguiente Álvaro entró en su cuarto, dejó un sobre con billetes sobre la mesa y se fue.
Elsa nunca pensó en el aborto. Ya quería a aquel ser. Sería solo suyo. Eso sí, cogió el dinero: pronto lo necesitaría.
Paula, tras escucharla, simplemente la abrazóHay cosas peores, hija. Has sido valiente: el hijo es una bendición. Quizá sea lo mejor.
Intentar reconciliarse con Álvaro era impensable. El recuerdo la asqueaba. No podía perdonar aquello.
El tiempo pasó. Cuando dejó de dar clases, andaba ya torpona, esperando a su bebé. La intrigaba qué sería, pero la ecografía no funcionó. Con que naciera sano, bastaba.
A finales de febrero, llovía, y entre contracciones, Paula la llevó al hospital comarcal. Todo fue fácil: nació un niño sano.
Iñiquito susurraba Elsa, acariciando la mejilla redonda.
En la planta hizo amistad con otras madres; una le contó que la esposa de un guardia civil había parido una hija prematura hacia dos días. No estaban casados, simplemente vivían juntos.
Imagínate: él le trajo flores, bombones, le regaló orujo a las enfermeras, cada día venía en coche. Pero entre ellos algo no iba, ella repetía que no quería hijos. Después dejó una nota y se marchó. Dijo que no estaba preparada.
¿Y la niña?
Le dan biberón, pero la enfermera dice que mejor sería si alguien le diera el pecho. Pero claro, cada una tiene que ocuparse de lo suyo.
Cuando trajeron a la niña, temblando, una enfermera preguntó:
¿Alguna puede darle de comer? Está tan débil
Yo, pobrecilla dijo baja Elsa, depositando a Iñigo dormido en la cuna y tomando a la niña.
Era pálida y menuda. Elsa la acunó y pensó: «Te llamaré Cayetana.»
Tomó el pecho con ansia y se quedó dormida en minutos.
Está muy delicadilla suspiró la enfermera.
Así Elsa acabó amamantando a los dos.
A los dos días, la enfermera le contó que había venido el padre de la niña a dar las gracias a la chica que daba de comer a su hija. Así conoció Elsa al sargento Francisco Gutiérrez: moreno, serio, con una determinación azul en los ojos como las olas de Alborán.
Lo que pasó después se fue contando por el hospital, y de allí, al pueblo y a los olivares de la comarca, y todavía se cuenta alguna tarde de verbena.
El día del alta, se juntó todo el personal en la entrada. A la puerta esperaba un coche con lazos azules y rosas. El sargento Francisco ayudó a Elsa a subir, donde esperaban Paula y dos cunitas: una azul, otra rosa.
Entre vítores, el coche se alejó, desapareciendo entre los limoneros.
A saber adónde llevan nuestros pasos. Elsa miraba por la ventanilla, abrazando muy fuerte a Iñigo y Cayetana, mientras Paula sonreía a su lado. El coche olía a flores frescas y colonia de bebés. El sargento, que esa mañana pidió en la planta la mano de Elsa, conducía callado, vigilante del retrovisor, donde Cayetana dormía, aferrada al meñique de Elsa.
En casa no aguardaba solo un techo; aguardaban el amor, la merienda con mermelada, el armario antiguo para los juguetes y una vida nuevaque nadie podía adivinar, pero que ya brillaba llena de sentido.




