16 de febrero
Hoy no he podido evitar recordar aquella historia que me marcó desde la primera vez que la escuché. Todo comenzó cuando Inés, una muchacha de mirada triste, se encontró a merced de una tormenta familiar que la empujó fuera de la casa de su tía Elena. ¿Cómo has acabado en semejante lío, niña tonta? ¿Quién te querrá ahora que llevas un bebé? No cuentes conmigo para nada, le gritó su tía, quien la había criado como a una hija. Empaca tus cosas y vete de mi casa.
Inés se quedó allí, con la cabeza gacha, mientras se desvanecía la última esperanza de que la tía Elena le permitiera quedarse al menos hasta hallar trabajo. Pensó en su madre muerta, atropellada por un borracho hacía quince años, y en la ausencia de un padre que nunca conoció. Los servicios sociales estaban a punto de enviarla al orfanato cuando apareció un primo lejano, hermano de la madre, y la acogió en su vivienda de Badajoz, una ciudad de la frontera sur que se vuelve abrasadora en verano y lluviosa en invierno. Allí la casa tenía patio, huerta y algunos animales de granja; nunca le faltó de comer ni ropa, aunque la carencia de cariño maternal la dejó con una dureza que, al fin y al cabo, pocos notaron.
Después de terminar el instituto, Inés ingresó a la Escuela Normal y, tras los exámenes finales, volvió al pueblo que había sido su hogar, aunque sin alegría alguna. La discusión con la tía la dejó sin techo y, humillada, decidió confesar que estaba embarazada. No quería ocultar más aquel secreto.
Caminó sin rumbo bajo el sol de agosto, mientras los albaricoques dorados relucían en los árboles y las uvas colgaban pesadas en los espalderas. El aire olía a mermelada, asado y pan recién horneado. Sedienta, se acercó a la puerta de una casa y llamó a una mujer que trabajaba en la cocina de verano.
Señora, ¿me daría agua? preguntó Inés.
Pilar, una mujer corpulenta de unos cincuenta años, le ofreció un vaso y la dejó sentarse en el banco del patio.
¿De dónde vienes, niña? Veo que llevas una maleta dijo Pilar, observando el aspecto limpio pero gastado de Inés.
Acabo de terminar mis estudios y busco trabajo como maestra, pero no tengo dónde quedarme. ¿ conoces a alguien que alquile una habitación? respondió Inés, con la voz temblorosa.
Pilar, viendo una oportunidad de ganar un poco más, le propuso quedarse en su casa a cambio de un alquiler bajo, siempre y cuando pagara a tiempo.
Inés aceptó, agradecida, y se instaló en una pequeña habitación con ventana que daba al huerto. Pronto se dirigió al colegio para buscar empleo. Los días se sucedieron entre trabajo y estudio, y los breves momentos de descanso los pasaba bajo la pérgola del jardín, tomando té mientras el otoño tardío todavía conservaba su calor.
El embarazo transcurrió sin náuseas y con buen estado de salud. Un año después, Inés conoció a Jaime, hijo de una familia acomodada y también profesor universitario. Jaime tenía todo planificado: estudios de posgrado, una carrera en la investigación y la aprobación de sus padres. Aun así, se enamoró de la modesta Inés, quizás por su sonrisa tímida y sus ojos castaños, quizás porque percibió en ella una fortaleza forjada en la adversidad. Pasaron los últimos dos años de universidad casi inseparables, soñando con un futuro juntos.
Un día, Inés sintió un mareo y decidió hacerse una prueba de embarazo. Dos líneas aparecieron en el dispositivo y, entre lágrimas, comprendió que estaba embarazada. Los exámenes finales se acercaban y la noticia la dejó paralizada. Al enterarse Jaime, decidió presentar a Inés a sus padres esa misma noche. Sus padres, al saber del embarazo, le sugirieron un aborto y que se marchara después de la graduación, alegando que el futuro de Jaime debía quedar intacto. Jaime, callado, dejó en la habitación de Inés un sobre con un puñado de euros y se marchó sin decir palabra.
Inés nunca consideró el aborto; el pequeño ser que llevaba dentro ya era suyo y suyo solo. Aceptó el dinero, pues era vital para su supervivencia. Pilar la escuchó y la consoló:
Estas cosas pasan. No es lo peor del mundo. No abortar es valiente; cada niño es una bendición. Con el tiempo, todo puede salir bien.
Inés, sin poder perdonar a Jaime, rechazó la idea de reconciliación. El tiempo pasó, dejó el trabajo y, como un pato, se fue arrastrando por los pasillos del hospital esperando el parto. En febrero, una mañana de sábado, comenzó el trabajo de parto y Pilar la llevó al hospital. Inés dio a luz a un niño sano, a quien llamó Juan.
En la maternidad, Inés escuchó la historia de otra madre: la esposa de un oficial de la guardia fronteriza había dado a luz a una niña unos días antes y, sin estar casada, había abandonado al bebé. Las enfermeras buscaban a alguien que amamantara al pequeño. Inés, con su pecho recién lleno, tomó a la niña en brazos y, tras alimentarla, la llamó María.
Dos días después, el padre de la niña, el capitán Jaime de la Guardia Civil, apareció para buscar a su hija. Al ver a Inés con los dos niños, se acercó y, tras una breve conversación, la invitó a subir a su jeep decorado con globos azules y rosados. Pilar, emocionada, le entregó los paquetes y, con un toque de bocina, el coche se alejó por la carretera.
Esta historia me recuerda que la vida nos lanza sorpresas imposibles de prever. Cada acción trae consigo consecuencias que, a veces, terminan siendo bendiciones disfrazadas. He aprendido que la verdadera fuerza no reside en evitar el sufrimiento, sino en aceptar la carga que nos toca y seguir adelante con dignidad.







