No habrá perdón – ¿Alguna vez te has planteado buscar a tu madre? La pregunta sorprendió tanto a Violeta que dio un respingo. Justo estaba organizando sobre la mesa de la cocina varios documentos que había traído de la oficina; la pila de papeles amenazaba con desmoronarse y Violeta la sujetaba con la mano. Ahora, en cambio, se quedó inmóvil, bajó las manos y se giró para encarar a Alejandro. En su mirada brillaba una incredulidad genuina: ¿de dónde sacaba él semejante idea? ¿Por qué habría de intentar encontrar a quien, con un solo gesto desganado, destrozó casi por completo su destino? – Por supuesto que no –respondió Violeta, esforzándose por mantener la voz firme–. ¿De dónde sacas esa idea? ¿Por qué tendría que hacer algo así? Alejandro vaciló, se pasó la mano por el pelo como si intentara ordenar sus pensamientos y esbozó una sonrisa forzada, quizá arrepentido ya de haber hecho aquella pregunta. – Es que… –comenzó, buscando las palabras–. Siempre se dice que la gente que crece en orfanatos o en familias de acogida sueña con encontrar a sus padres biológicos. Por eso he pensado… Si algún día lo quieres intentar, yo estaría dispuesto a ayudarte. De verdad. Violeta negó con la cabeza. Sintió un nudo en el pecho, como si algo invisible le apretase las costillas. Inspiró hondo, luchando por controlar una repentina oleada de irritación, y volvió a mirar a Alejandro. – Te agradezco la oferta, pero no hace falta –respondió, subiendo un poco la voz con decisión–. ¡Jamás la buscaría! Para mí, esa mujer dejó de existir hace años. ¡Jamás la perdonaré! Sí, sonó duro, pero no podía ser de otra manera. De lo contrario, tendría que remover demasiados recuerdos dolorosos y abrirse en canal ante su prometido. Claro que le amaba, y mucho, pero hay cosas que uno no puede compartir ni siquiera con quienes más quiere. Así que volvió a fijar la vista en los documentos, aparentando estar muy ocupada. Alejandro frunció el ceño, pero no insistió. Era evidente que no le gustaba la contundencia de la respuesta de Violeta. En el fondo, le costaba entender su postura: para él, la madre era casi una figura sagrada, hubiera estado o no presente durante la infancia. El mero hecho de dar la vida ya la colocaba, a sus ojos, en un pedestal. De verdad creía que entre madre e hijo existe una conexión irrompible, que no se puede destruir ni con el paso de los años ni por las circunstancias. Violeta, en cambio, no sólo no compartía esa creencia, sino que la rechazaba de plano y sin rastro de duda. Para ella todo era simple: ¿cómo iba a tener interés en reencontrarse con la persona que la había tratado con tanta crueldad? La que fue su “madre” no sólo la entregó a un orfanato: la historia era todavía más dolorosa, mucho más hiriente. De adolescente, Violeta se atrevió por fin a preguntar aquello que la corroía por dentro: se acercó a Carmen Gómez, la directora del centro, una mujer severa pero digna, a quien los niños respetaban mucho. – ¿Por qué estoy aquí? –preguntó Violeta en voz baja, pero decidida–. ¿Mi madre murió? ¿La apartaron de la patria potestad? ¿Tuvo que pasar algo grave, verdad? Carmen Gómez se detuvo. Estaba organizando papeles en su escritorio, pero tras la pregunta de la niña los dejó a un lado con calma. Guardó unos segundos de silencio, como si necesitara pesar cada palabra. Finalmente, suspiró hondo y le indicó a Violeta que se sentara. La niña obedeció, aferrándose al filo de la silla y conteniendo el aliento. Intuía que lo que iba a oír cambiaría para siempre su forma de mirar el pasado. – Le retiraron la custodia y la condenaron penalmente –comenzó Carmen Gómez despacio, eligiendo con suma cautela las palabras. Su expresión era tranquila, pero sus ojos revelaban preocupación: había que contarle a una niña de doce años una verdad amarga que muchos preferirían ocultar. Había opciones más suaves, pero la directora tenía claro que era mejor que Violeta supiera la verdad entera. Pausa breve, y prosiguió: – Llegaste aquí con cuatro años y medio. Fue gracias a unas personas que te vieron vagando por la calle. Ibas sola, muy pequeña, desorientada… Resultó que una mujer te dejó sentada en un banco de la estación y luego subió a un tren y se marchó. Era otoño, hacía frío y humedad, y tú sólo llevabas un abrigo ligero y unas botas de agua. Pasaste horas allí hasta que acabaste en el hospital, muy enferma. Violeta escuchaba como petrificada. Las manos se le crisparon en puños, pero su cara seguía inexpresiva; sólo los ojos, cada vez más oscuros, delataban la tormenta interior. Permaneció en silencio, pero Carmen Gómez sabía que estaba pendiente de cada sílaba, absorbiendo todo aunque internamente se le diera la vuelta el alma. – ¿Y… la encontraron? ¿Qué dijo para justificarse? –susurró Violeta sin abrir los puños. – La encontraron y fue condenada. Su explicación… –la directora se detuvo, sonrió con amargura y siguió–. Dijo que no tenía dinero y le ofrecieron un trabajo, pero allí no permitían niños. Así que decidió dejarte y empezar una vida nueva. Violeta, inmóvil, abrió lentamente los puños y dejó descansar las manos sobre las rodillas. Miraba al vacío, ausente, como si hubiese viajado de golpe a aquel amanecer de otoño, que ni siquiera recordaba. – Ya veo… –dijo finalmente, con tono plano e inerte. Y luego, levantando la vista a Carmen Gómez–: Gracias por decirme la verdad. En ese momento, Violeta lo comprendió todo con claridad definitiva: no necesitaba encontrar a su madre. Jamás. Esa idea, que en alguna ocasión le había rondado de lejos, sólo por curiosidad, tal vez para mirarla a los ojos y preguntar “¿por qué?”, se le evaporó para siempre. Abandonar a una niña en la calle… ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía una mujer que la dio a luz carecer de remordimiento y de compasión? A una niña pequeña podía haberle pasado cualquier cosa. “Eso no lo hace una persona, sino una bestia”, se repetía una y otra vez. Intentaba, de veras, buscar alguna explicación. Quizás su madre estaba desesperada, tal vez no tenía otra salida, igual pensó que era lo mejor para Violeta… Pero ninguna justificación encajaba con los hechos. ¿Por qué no entregar la custodia de forma legal? ¿Por qué no llevarla a un centro, donde estaría protegida, y no abandonarla en una fría estación de tren? Ninguna explicación disminuía el dolor. Ninguna convertía la traición en una necesidad. Todo lo que veía era una decisión fría y calculada para deshacerse de una niña como si fuera un trasto inútil. Así fue como, vuelta y vuelta a sus pensamientos, Violeta se convenció todavía más: no buscaría a esa mujer, no haría preguntas, ni trataría de entenderla. Porque ningún entendimiento podría borrar lo ocurrido. Y perdonar algo así… le era completamente imposible. Y con esa certeza llegó una extraña, casi física, sensación de liberación… ******************** – ¡Tengo una sorpresa para ti! –Alejandro rebosaba alegría, le brillaban los ojos como si le hubiera tocado la lotería. Estaba en el recibidor, impaciente, con esa emoción que sólo sienten los niños cuando han preparado algo especial–. ¡Te va a encantar! ¡Vamos, no hagas esperar a la gente! Violeta se detuvo en el umbral del salón con una taza de té frío. Miró a Alejandro perpleja, dejó con cuidado la taza en la mesita. ¿Qué sorpresa sería esa? Y, pese a la emoción de Alejandro, a ella le recorría una inquietud inexplicable, como si algo frágil pudiese romperse de un momento a otro. – ¿A dónde vamos? –preguntó, procurando sonar tranquila. – ¡Ya lo verás! –él sonrió aún más, le cogió la mano y tiró de ella hacia la puerta–. Te prometo que merece la pena. Violeta no se resistió, aunque sentía una creciente tensión interna. Se puso el abrigo, los zapatos y salió tras Alejandro. Durante todo el camino hacia el parque repitió teorías en la cabeza: ¿habrá comprado entradas para un concierto? ¿Será una quedada con viejos amigos? Pero ninguna parecía encajar. Al entrar en el parque, Violeta distinguió enseguida a una mujer sentada en un banco, junto al paseo. Vestía de forma sencilla pero pulcra: abrigo oscuro, bufanda cubriendo el cuello, un bolso en el regazo. Su rostro le resultó vagamente familiar, aunque no lograba ubicarlo. ¿Sería familiar de Alejandro? ¿Compañera de trabajo? Alejandro avanzó hacia la mujer; Violeta le siguió, aún descolocada. Cuando estuvieron cerca, la mujer alzó la mirada y esbozó una sonrisa. Entonces a Violeta le dio un vuelco el corazón: reconoció ese rostro, el que vería en el espejo dentro de treinta o cuarenta años. – Violeta –anunció Alejandro con solemnidad, como un presentador en el teatro–: después de mucho buscar, he logrado encontrar a tu madre. ¿No estás contenta? Violeta se quedó clavada en el sitio; de pronto, el mundo enmudeció. ¿¡Cómo se atrevía!? ¡Ella había sido muy clara, no quería ni oír hablar de esa mujer! – ¡Hija mía, qué guapa te has hecho! –la mujer se levantó impulsivamente abriendo los brazos. Sus ojos brillaban, la voz le temblaba de emoción. Pero Violeta dio un brusco paso atrás, poniendo más distancia. Su expresión se volvió helada, la mirada, acerada. – ¡Soy yo, tu madre! –insistía la mujer, sin notar –o querer notar– la reacción de Violeta–. ¡Llevo mucho tiempo buscándote, pensando en ti, sufriendo por ti…! – ¡No ha sido nada fácil! –intervino Alejandro orgulloso, sonriendo como si le hubieran dado una medalla–. He tenido que pedir favores, llamar a varios registros, buscar contactos… Pero lo he conseguido. Sus palabras quedaron truncas por una sonora bofetada. La mano de Violeta voló instintivamente, sin pensar. Tenía los ojos anegados de rabia y dolor. Miró fulminando a su prometido, incapaz de comprender cómo había podido hacerle eso: él sabía perfectamente que no quería saber nada de su madre, que esa etapa era página cerrada. – ¿Pero qué haces? –balbuceó Alejandro, llevándose la mano a la cara. No esperaba aquello–. ¡Todo esto lo hice por ti! ¡Sólo quería ayudarte, hacerte feliz…! Violeta no dijo nada. Por dentro sentía un torbellino de indignación y pesar. Alejandro, la persona en quien más confiaba, había roto sin reparos su única norma: no revolver su pasado. Lo que tanto había esforzado en enterrar, ahora lo exhibía él a la luz, creyendo hacerle un favor. La mujer, confundida, miraba de uno a otro sin saber cómo actuar. Quiso decir algo, pero se detuvo, sin atreverse. – No te pedí que la buscaras –dijo por fin Violeta, en voz baja pero firme. Por dentro estaba destrozada–. Te dejé claro que no lo necesitaba. ¡Y aun así lo has hecho! Alejandro bajó la mano, buscando convencerla–. ¡Es tu madre! ¡Da igual cómo sea, madre hay una sola! En ese instante, la mujer dio un paso adelante y habló en voz baja, con un deje de culpa, como si quisiera justificarse aunque no creyera ni ella misma en sus excusas: – Estabas siempre enferma y no tenía dinero para medicinas –balbuceó–. Aquello era una oportunidad de trabajo. Iba a volver a buscarte, de verdad… Si todo hubiera ido bien, habríamos sido familia de nuevo… Violeta se giró hacia ella con una mirada sin misericordia, cargada de amargura acumulada durante años: – ¿A recogerme de dónde? ¿Del cementerio? –Su voz sonó lacerante. Ya no podía callar–. Podías haber pedido ayuda a servicios sociales o dejarme en el hospital si estaba tan débil. ¡Pero no abandonarme en la fría calle, sola y desprotegida! Alejandro, incapaz de parar el conflicto, intentó tomarle la mano a Violeta. Ella se apartó al instante, sin mirarle. – El pasado quedó atrás, hay que vivir el presente –insistió él, como si discutiera consigo mismo–. Siempre decías que te habría gustado tener parientes en la boda. Yo te he dado esa oportunidad… Violeta lo miró: en sus ojos había tanto desencanto que Alejandro retrocedió. – He invitado a Carmen Gómez, la directora del orfanato, y a Julia Ramírez, mi cuidadora –su voz sonó baja pero resoluta–. Ellas fueron mis auténticas madres; estuvieron conmigo cuando más lo necesitaba. Ellas son mi familia. Violeta soltó su mano de un tirón y se alejó del parque sin mirar atrás. Caminó deprisa, entre parterres y bancos, huyendo de aquel encuentro, de Alejandro y de sí misma. Por dentro se sentía herida, completamente sola, incapaz de creer esa traición de alguien en quien confiaba tanto. No le había ocultado nada. Al contrario: siempre le contó la verdad de su infancia, sin adornos ni eufemismos. Le habló de su tiempo en el orfanato, de las noches en vela, esperando que su madre volviera. Alejandro oía, asentía, aseguraba que lo entendía. Pero aun así buscó a aquella mujer y la llevó hasta ella. “Da igual cómo sea, es tu madre”. Las palabras martilleaban su pensamiento, llenando de más amargura su alma. “Nunca”, se juró. Nunca dejaría entrar en su vida a esa mujer. Jamás actuaría como si nada hubiera pasado. Sin bajar el ritmo, Violeta salió del parque y avanzó sin rumbo. Pasaban rostros, escaparates, semáforos; ella sólo quería alejarse de todo. Ni siquiera volvió a casa de Alejandro, donde sólo había dejado un par de bolsas y algunas cosas suyas: el resto seguía en su piso de protección oficial, adonde iría después, cuando estuviera más calmada. El móvil vibraba en el bolsillo: Alejandro llamaba una y otra vez. Violeta veía en la pantalla su nombre, pero no quería contestar. Si lo hacía, acabaría gritando y diciendo cosas de las que podría arrepentirse. Mejor esperar a que se le enfriara la rabia. Alejandro no se rendía: mandó varios audios, su voz sonaba dura, casi indignada: – Violeta, te comportas como una niña pequeña. Lo hice todo por tu bien y tú… ¡Eres una desagradecida! Puras rabietas. El siguiente mensaje era peor: – Ya está decidido. Ludmila vendrá a la boda y punto. No pienso cambiarlo por tus caprichos. Seguiremos manteniendo la relación familiar y nuestros hijos la llamarán abuela. Es lo normal y lo correcto. Violeta escuchó aquellos mensajes sentada en una parada de autobús; sentía el pecho como si una mano de hierro lo apretara. Apagó el móvil, lo guardó y alzó la vista hacia el cielo. Su mundo acababa de quebrarse, y no sabía cómo recomponerlo. Durante largo rato siguió mirando la pantalla del móvil, sin moverse, con los mensajes atorados. La frase “Ludmila vendrá a la boda y punto” se grabó a fuego, sin respiro. Abrió la aplicación de mensajes, escribió un texto breve y lo revisó varias veces. Era directo y sin rodeos: “No hay boda. No quiero veros ni a ti ni a esa mujer”. Mandó el mensaje. Se quedó mirando la pantalla y la notificación de entrega. Después, lo puso a un lado. Poco después la pantalla se iluminó con una llamada de Alejandro, pero Violeta no contestó. Vinieron otros mensajes, que no leyó. Entró en la agenda y, sin dudarlo, bloqueó el número de su ya ex prometido. El teléfono quedó en silencio absoluto, sin llamadas ni notificaciones. Y la paz la envolvió, como si por fin llegara un respiro tras la tormenta. Quizá, con el tiempo, se arrepentiría de esa decisión. Tal vez… Pero en ese momento era lo único sensato. Sentía cómo la tormenta interna se iba calmando, dando paso a una claridad cansada y tranquila. Así debía ser. No había futuro con alguien capaz de actuar así…

No habrá perdón

¿Alguna vez se te ha pasado por la cabeza buscar a tu madre?

La pregunta surgió de repente, tan fuera de lugar, que Blanca dio un respingo. Estaba en plena faena en la cocina, desperdigando encima de la mesa los documentos que había traído de la gestoría la montaña de papeles amenazaba con caerse en cualquier momento y Blanca los sujetaba cuidadosamente con la mano. Ahora suspiró, bajó lentamente las manos y fulminó con la mirada a Sergio. Si sus ojos hablaran, dirían: ¿De dónde ha sacado semejante ocurrencia? ¿Por qué debería lanzarse a buscar a esa mujer que, de un plumazo y con la elegancia de un toro en una cacharrería, arruinó casi toda su vida?

Por supuesto que no contestó Blanca, esforzándose por sonar serena. ¿Pero qué disparate es ese? ¿Qué motivo tendría para hacerlo?

Sergio se puso un poco colorado. Se pasó la mano por el pelo gesto universal de no sé cómo salir del charco y esbozó una sonrisilla medio asustada, como si ya se estuviera arrepintiendo de su pregunta.

Bueno verás empezó, buscando palabras a tientas. Es que siempre he oído que los chicos que crecen en centros o con familias de acogida sueñan con dar con sus padres biológicos. Pensé que si alguna vez quieres intentarlo… yo te ayudaría, de corazón.

Blanca negó con la cabeza, sintiendo que una presión invisible le apretaba el pecho, como si alguien le pusiera una faja demasiado apretada. Inspiró hondo, sofocando el cabreo que le empezaba a hervir por dentro, y miró de nuevo a Sergio.

Te lo agradezco, pero no es necesario dejó clara su postura, alzando un poco la voz. ¡Jamás la buscaría! Para mí esa mujer dejó de existir hace mucho tiempo. Jamás le perdonaré nada.

Sí, había sonado brusco, pero no se podía hacer otra cosa. Porque, si no, habría que sacar a relucir recuerdos feos y desnudarse el alma delante de su novio. No, si Blanca le quería, y mucho, pero hay cosas que prefería no compartir ni con la Virgen del Rocío. Así que volvió a enfrascarse en los papeles, metiéndose en el papel de trabajadora abnegada.

Sergio frunció el ceño, pero no insistió. Claramente le había sentado a cuerno quemado la tajante respuesta de Blanca. En el fondo, nunca entendía esa postura suya. Él, criado en otra burbuja, consideraba a la madre poco menos que sagrada: aunque sólo hubiera aparecido de vez en cuando para estropear la comida navideña, a él ese vínculo biológico le parecía irrompible, sutil, místico. Cualquier persona capaz de parir y aguantar nueve meses el embarazo merecía un altar, daba igual la trayectoria.

Pero Blanca, para qué engañarnos, no sólo no comulgaba con esa fe: la rechazaba de plano, y sin el menor titubeo. Para ella las cosas estaban meridianamente claras: ¿cómo iba a querer reencontrarse con alguien que la trató peor que el metro de Madrid en hora punta? Que su madre no la abandonó en un centro de menores, es que fue aún peor, todo mucho más cutre y doloroso.

De adolescente, Blanca reunió el valor para romper su silencio. Se plantó delante de la directora del centro Carmen Jiménez, mujer de carácter, de esas que separan a dos niños peleándose en un patio sólo con arquear la ceja para hacer la pregunta del millón:

¿Por qué estoy aquí? Mi madre ¿es que murió? ¿O le quitaron la custodia? ¿Pasó algo grave, verdad?

Carmen dejó lo que estaba haciendo, se sentó al otro lado de la mesa y se tomó unos largos segundos para responder, como sabiendo que la verdad era peor que cualquier cuento chino suavizado. Podría haber mentido, claro, ponerle buena cara al asunto; pero Carmen tenía principios y, ya puestos, mejor saber a qué carta quedarse.

A tu madre le retiraron la custodia y la condenaron comenzó Carmen despacio, eligiendo cada palabra. Llegaste al centro con cuatro años y medio. Nos avisaron unos vecinos que te vieron deambular sola por la calle. Ibas perdida, muy pequeñita. Más tarde, se supo que una mujer te dejó sentada en un banco de la estación, subió al tren de cercanías y se largó. Era otoño, hacía un día de perros, llovía y tú llevabas sólo un abriguito y unas botas de agua. Estuviste horas a la intemperie y acabaste en el hospital. Tardaste en recuperarte.

Blanca ni pestañeaba. Sus dedos, crispados, se apretaban al borde de la silla. En el rostro tenía la calma marmórea de quien se jura no llorar en público, pero los ojos se le habían oscurecido, como cielos cuando va a caer el diluvio.

¿Y la encontraron? ¿Qué dijo en su defensa? susurró entre dientes, sin aflojar el puño.

La arrestaron y fue a juicio. ¿Su excusa? Carmen soltó una risa seca. Dijo que no tenía dinero, que le salió un trabajo en un balneario o algo así, y no podían pasar niños. Que tú le estorbabas. Que era mejor dejarte y empezar de cero sin cargas.

Blanca ni parpadeó. Bajó las manos despacio y se puso a mirar a la nada, como si la escena le perteneciera a otra vida.

Ya veo Gracias, Carmen respondió, con voz neutra, sólo hueso.

En ese instante, Blanca lo tuvo más claro que nunca: no buscaría a su madre, jamás. Aquella idea que alguna vez asaltó su subconsciente quizá, por curiosidad mirar a la cara y preguntar ¿por qué? se desintegró para siempre.

¿Abandonar a una criatura en la estación de Atocha, como si fuera una maleta vieja? Eso suena más a guion de película de Almodóvar que a realidad. ¿Cómo pudo una madre bueno, mujer, más bien carecer de alma y entrañas? Con cuatro años te puede pasar cualquier cosa, y ella simplemente se fue.

Eso no es humano, pensaba Blanca rumiando la historia y apretando los dientes. Intentó buscarle excusas. ¿Desesperación? ¿Desborde? ¿Tal vez pensó que sería mejor así? Pero no. Si de verdad estaba tan mal, podría haberlo hecho por las vías legales: dejarla en el hospital, buscar ayuda de servicios sociales, escribir una carta cualquier cosa menos plantarla en un banco como si fuera un paraguas mojado.

Ningún argumento cuadraba, y ninguno le quitaba el resquemor. Todas las vueltas que le daba al asunto, siempre acababan igual: alguien se quitó un peso de encima, punto.

Cuanto más lo pensaba, más claro tenía lo que iba a hacer: no. No la buscaría, ni preguntaría, ni pretendería comprender. Lo hecho, hecho está, y perdonar algo así queda fuera de su alcance.

Y, curiosamente, con esa decisión sintió una especie de paz, una especie de liberación, como cuando por fin encuentras el último calcetín limpio en la lavadora.

********************

¡Tengo una sorpresa para ti! Sergio entró en casa bramando de alegría, con cara de niño con zapatos nuevos, rebotando sobre sus pies como si bailara sevillanas en la Feria. ¡Vas a flipar! ¡Ven, que no se puede hacer esperar al personal!

Blanca se quedó en el umbral con la taza de té ya fría en la mano. Miró a Sergio con cara de póker y dejó la taza en la mesita. ¿Pero qué sopresa es esa? ¿Por qué, si Sergio tan contento, ella sentía el presagio del Apocalipsis en el estómago, como si algo fuese a estallar de mala manera?

¿Dónde vamos? inquirió, fingiendo tranquilidad, aunque le temblaba el ojo izquierdo.

¡Ya lo verás! Sergio sonrió aún más, la arrastró de la mano y se encaminaron al portal. De verdad, vale mucho la pena.

Blanca se dejó llevar, pero sus tripas daban vueltas como la noria del Retiro. ¿Había comprado entradas para un musical? ¿Se había aliado con algún conocido? Cualquier opción se le hacía más creíble que la realidad.

Al entrar en el parque, Blanca no pudo evitar fijarse en una mujer sentada en un banco de piedra junto al paseo de los castaños. Iba bien puesta, de negro, bufanda al cuello y un bolso flojo apretado entre las manos. Su rostro le resultó vagamente familiar, pero no conseguía encajarlo. ¿Amiga de Sergio? ¿Tal vez una tía lejana a la que toca aguantar?

Sergio, con la seguridad de quien ya ha hecho la tortilla, se dirigió hacia el banco. Blanca arrastró los pies, jugando a adivinar el enigma. Cuando se acercaron, la mujer levantó la mirada y sonrió de forma incómoda. En ese instante, a Blanca se le heló la sangre: vio en esa cara un eco nítido de sí misma pero después de sobrevivir medio siglo en una oficina gris de Hacienda.

Blanca anunció Sergio solemne, como quien presenta a la virgen en procesión, después de mucho indagar, he conseguido localizar a tu madre. ¿Estás contenta?

El mundo se paró. Blanca se quedó quieta como un peón de ajedrez, incapaz de pestañear. ¿Pero cómo tenía la cara dura? Si le había dicho mil veces que no quería ni oír hablar de esa mujer.

¡Hija! ¡Qué mayor estás y qué guapa! la mujer se levantó de un salto y abrió los brazos para abrazarla. Tenía la voz quebrada y los ojos vidriosos, como si en serio hubiera esperado ese momento.

Blanca retrocedió, poniéndose de mármol, mirando con frialdad lapidaria.

¡Soy yo, tu madre! insistió la mujer. Te he buscado tanto, Blanca, toda mi vida ¡Pensaba en ti cada día!

¡Y no sabes el trabajo que me ha costado! intervino Sergio, radiando orgullo, como si hubiera encontrado a Cervantes vivo. Tuve que pedir favores, revolver archivos, contactos Pero ha merecido la pena.

El final de esa frase no llegó, porque una bofetada le cruzó la cara a la velocidad del AVE. La mano de Blanca saltó sola, con una lágrima de rabia y dolor colgando del párpado. Mirando a su prometido con incredulidad. ¿Eso era ayudar? ¿No le dijo cien veces que su pasado era intocable?

¿Pero qué haces? exclamó Sergio, hiperventilando y frotándose la cara. ¡Si lo hice por ti! ¡Pensé que te iba a ayudar, que te haría feliz!

Blanca no pudo contestar. Tenía la garganta cerrada por dentro; sentía que Sergio, el único con quien había bajado la guardia, le había arrebatado el suelo. Lo que había guardado bajo llave estaba ahora en carne viva, y todo por motivos nobles…

La mujer al lado miraba de uno a otro sin saber si sentarse, correr o disolverse. Abrió la boca, pero no le salió voz.

No te pedí nunca que la buscaras al fin dijo Blanca, tranquila por fuera, astillada por dentro. Te lo dije con todas las letras: no lo necesitaba. ¡Y tú aun así has seguido adelante!

Sergio bajó la mano de la mejilla, pero no encontraba palabras. Observaba a Blanca, esperando una señal de perdón, pero sólo encontraba una mirada más fría que el mes de enero en Soria.

Te lo dejé muy claro: ¡No quiero saber nada de esa mujer! la rabia de Blanca temblaba. Miraba a Sergio y en esa cara había más que enfado corriente: era una herida vieja, siempre abierta, que el novio había arrancado de cuajo. Esa madre me abandonó en la estación con cuatro años. ¡Cuatro! Sola. En Atocha, entre mendigos y turistas. Y tú ¿pretendes que le perdone?

Sergio palideció, pero no cedió. Se irguió, intentando tomar aire:

¡Es tu madre! No importa cómo sea. Es tu madre.

En ese momento, la mujer del banco dio un pasito adelante, encogida y balbuceante, como pidiendo perdón pero sin poder creérselo:

Es que te ponías muy malita, y yo no llegaba para medicinas y me salió ese trabajo. ¡Era temporal! Si todo hubiese ido bien, te habría recuperado, de verdad Volveríamos a estar juntas

Blanca se giró hacia ella como un látigo. Sus palabras cortaban más que las tijeras del peluquero barato:

¿Recuperarme de dónde? ¿Del cementerio? Podrías haber avisado a servicios sociales, dejarme en la seguridad del hospital. ¡Pero no plantarme en la calle, sola, y desaparecer!

Sergio intentó calmarla, cogiendo su mano con ternura, pero Blanca se la sacudió como quien quita una telaraña incómoda.

El pasado ya pasó, hay que mirar al presente insistía Sergio, más testarudo que un burro andaluz. Siempre has dicho que te gustaría tener familia en la boda. Pues mira te lo he conseguido.

Por fin, Blanca lo miró. Era la mirada de quien se ha tragado un limón entero, con pepitas y todo.

He invitado a Carmen Jiménez, la directora del centro, y a Maite Ruiz, mi cuidadora. Son mis verdaderas madres. Estuvieron allí cuando lo necesité. Ellas sí son mi familia.

Se soltó de la mano de Sergio, dio media vuelta y salió del parque como alma que lleva el diablo. Caminó sin volverse, sorteando bancos y palomas, huyendo de la conversación, de los abrazos trampa, y sobre todo, de ese hombre en el que hasta hacía un minuto confiaba más que en nadie.

Le había contado toda la historia. Sin filtros, sin paños calientes. Meses en el centro, ilusiones caducadas de que mamá volvería. Sergio lo supo y aún así, la buscó. Aún así, la trajo. No importa cómo sea, es tu madre… esa frase se le clavó en la cabeza.

Jamás, pensó Blanca. Ni de broma dejaría que esa mujer volviera a cruzar la puerta de su vida.

Salió del parque y se lanzó calle arriba, sin rumbo y sin ganas de volver a la casa de Sergio a por la muda. Total, casi todo lo tenía aún en su pisito pequeño de protección oficial. Eso simplificaba mucho: mientras las venas le ardieran así, no pondría los pies en el piso del futuro exnovio.

El móvil vibraba sin tregua: llamadas, llamadas, llamadas. Blanca sólo miraba la pantalla para asegurarse de que no explotaba. No cogió ni una sabía que si hablaba, acabaría soltando lo primero que se le pasara por la cabeza.

Sergio, erre que erre, también mandaba audios, y cada cual peor:

Blanca, te estás portando como una niña. Yo lo hago todo por ti y mírate esto es una rabieta.

Y el siguiente:

Ya está decidido. Soledad estará en la boda. Y punto. Esto es así y será así. Y, por supuesto, nuestros hijos la llamarán abuela. Es lo normal, es lo correcto.

Blanca escuchó los mensajes de pie en la parada del autobús, mordiendo el labio para no soltarle una sarta de insultos feroces. Apagó el teléfono y, por si acaso, lo atornilló al fondo del bolso. El mundo se le había partido en dos y no tenía pegamento a mano para arreglarlo.

Miró el último mensaje largo rato, la garganta aún a medio nudo. Soledad estará en la boda. Y punto. Eso no era amor: era una orden emitida a golpe de ego.

Abrió WhatsApp, tecleó firme y rápido: No habrá boda. No os quiero ver, ni a ti ni a esa mujer.

Pulsó enviar, vio cómo desaparecía el check azul, respiró hondo.

El móvil volvió a vibrar; Sergio intentó llamarla enseguida. Lo ignoró, llegaron más mensajes que ni abrió. Finalmente, abrió la agenda, buscó su nombre y lo bloqueó. Fin.

Entonces, el silencio se hizo de pronto tan presente, tan total, que Blanca por primera vez en mucho tiempo se sintió ligera. Quizás alguna vez lamentaría esta decisión O no. Pero en ese preciso segundo, por dentro se iba apagando poco a poco el incendio. Sentía que hacía lo correcto: no había futuro con alguien capaz de semejante traición. Y para qué engañarse, mejor sola que mal acompañada.

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MagistrUm
No habrá perdón – ¿Alguna vez te has planteado buscar a tu madre? La pregunta sorprendió tanto a Violeta que dio un respingo. Justo estaba organizando sobre la mesa de la cocina varios documentos que había traído de la oficina; la pila de papeles amenazaba con desmoronarse y Violeta la sujetaba con la mano. Ahora, en cambio, se quedó inmóvil, bajó las manos y se giró para encarar a Alejandro. En su mirada brillaba una incredulidad genuina: ¿de dónde sacaba él semejante idea? ¿Por qué habría de intentar encontrar a quien, con un solo gesto desganado, destrozó casi por completo su destino? – Por supuesto que no –respondió Violeta, esforzándose por mantener la voz firme–. ¿De dónde sacas esa idea? ¿Por qué tendría que hacer algo así? Alejandro vaciló, se pasó la mano por el pelo como si intentara ordenar sus pensamientos y esbozó una sonrisa forzada, quizá arrepentido ya de haber hecho aquella pregunta. – Es que… –comenzó, buscando las palabras–. Siempre se dice que la gente que crece en orfanatos o en familias de acogida sueña con encontrar a sus padres biológicos. Por eso he pensado… Si algún día lo quieres intentar, yo estaría dispuesto a ayudarte. De verdad. Violeta negó con la cabeza. Sintió un nudo en el pecho, como si algo invisible le apretase las costillas. Inspiró hondo, luchando por controlar una repentina oleada de irritación, y volvió a mirar a Alejandro. – Te agradezco la oferta, pero no hace falta –respondió, subiendo un poco la voz con decisión–. ¡Jamás la buscaría! Para mí, esa mujer dejó de existir hace años. ¡Jamás la perdonaré! Sí, sonó duro, pero no podía ser de otra manera. De lo contrario, tendría que remover demasiados recuerdos dolorosos y abrirse en canal ante su prometido. Claro que le amaba, y mucho, pero hay cosas que uno no puede compartir ni siquiera con quienes más quiere. Así que volvió a fijar la vista en los documentos, aparentando estar muy ocupada. Alejandro frunció el ceño, pero no insistió. Era evidente que no le gustaba la contundencia de la respuesta de Violeta. En el fondo, le costaba entender su postura: para él, la madre era casi una figura sagrada, hubiera estado o no presente durante la infancia. El mero hecho de dar la vida ya la colocaba, a sus ojos, en un pedestal. De verdad creía que entre madre e hijo existe una conexión irrompible, que no se puede destruir ni con el paso de los años ni por las circunstancias. Violeta, en cambio, no sólo no compartía esa creencia, sino que la rechazaba de plano y sin rastro de duda. Para ella todo era simple: ¿cómo iba a tener interés en reencontrarse con la persona que la había tratado con tanta crueldad? La que fue su “madre” no sólo la entregó a un orfanato: la historia era todavía más dolorosa, mucho más hiriente. De adolescente, Violeta se atrevió por fin a preguntar aquello que la corroía por dentro: se acercó a Carmen Gómez, la directora del centro, una mujer severa pero digna, a quien los niños respetaban mucho. – ¿Por qué estoy aquí? –preguntó Violeta en voz baja, pero decidida–. ¿Mi madre murió? ¿La apartaron de la patria potestad? ¿Tuvo que pasar algo grave, verdad? Carmen Gómez se detuvo. Estaba organizando papeles en su escritorio, pero tras la pregunta de la niña los dejó a un lado con calma. Guardó unos segundos de silencio, como si necesitara pesar cada palabra. Finalmente, suspiró hondo y le indicó a Violeta que se sentara. La niña obedeció, aferrándose al filo de la silla y conteniendo el aliento. Intuía que lo que iba a oír cambiaría para siempre su forma de mirar el pasado. – Le retiraron la custodia y la condenaron penalmente –comenzó Carmen Gómez despacio, eligiendo con suma cautela las palabras. Su expresión era tranquila, pero sus ojos revelaban preocupación: había que contarle a una niña de doce años una verdad amarga que muchos preferirían ocultar. Había opciones más suaves, pero la directora tenía claro que era mejor que Violeta supiera la verdad entera. Pausa breve, y prosiguió: – Llegaste aquí con cuatro años y medio. Fue gracias a unas personas que te vieron vagando por la calle. Ibas sola, muy pequeña, desorientada… Resultó que una mujer te dejó sentada en un banco de la estación y luego subió a un tren y se marchó. Era otoño, hacía frío y humedad, y tú sólo llevabas un abrigo ligero y unas botas de agua. Pasaste horas allí hasta que acabaste en el hospital, muy enferma. Violeta escuchaba como petrificada. Las manos se le crisparon en puños, pero su cara seguía inexpresiva; sólo los ojos, cada vez más oscuros, delataban la tormenta interior. Permaneció en silencio, pero Carmen Gómez sabía que estaba pendiente de cada sílaba, absorbiendo todo aunque internamente se le diera la vuelta el alma. – ¿Y… la encontraron? ¿Qué dijo para justificarse? –susurró Violeta sin abrir los puños. – La encontraron y fue condenada. Su explicación… –la directora se detuvo, sonrió con amargura y siguió–. Dijo que no tenía dinero y le ofrecieron un trabajo, pero allí no permitían niños. Así que decidió dejarte y empezar una vida nueva. Violeta, inmóvil, abrió lentamente los puños y dejó descansar las manos sobre las rodillas. Miraba al vacío, ausente, como si hubiese viajado de golpe a aquel amanecer de otoño, que ni siquiera recordaba. – Ya veo… –dijo finalmente, con tono plano e inerte. Y luego, levantando la vista a Carmen Gómez–: Gracias por decirme la verdad. En ese momento, Violeta lo comprendió todo con claridad definitiva: no necesitaba encontrar a su madre. Jamás. Esa idea, que en alguna ocasión le había rondado de lejos, sólo por curiosidad, tal vez para mirarla a los ojos y preguntar “¿por qué?”, se le evaporó para siempre. Abandonar a una niña en la calle… ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía una mujer que la dio a luz carecer de remordimiento y de compasión? A una niña pequeña podía haberle pasado cualquier cosa. “Eso no lo hace una persona, sino una bestia”, se repetía una y otra vez. Intentaba, de veras, buscar alguna explicación. Quizás su madre estaba desesperada, tal vez no tenía otra salida, igual pensó que era lo mejor para Violeta… Pero ninguna justificación encajaba con los hechos. ¿Por qué no entregar la custodia de forma legal? ¿Por qué no llevarla a un centro, donde estaría protegida, y no abandonarla en una fría estación de tren? Ninguna explicación disminuía el dolor. Ninguna convertía la traición en una necesidad. Todo lo que veía era una decisión fría y calculada para deshacerse de una niña como si fuera un trasto inútil. Así fue como, vuelta y vuelta a sus pensamientos, Violeta se convenció todavía más: no buscaría a esa mujer, no haría preguntas, ni trataría de entenderla. Porque ningún entendimiento podría borrar lo ocurrido. Y perdonar algo así… le era completamente imposible. Y con esa certeza llegó una extraña, casi física, sensación de liberación… ******************** – ¡Tengo una sorpresa para ti! –Alejandro rebosaba alegría, le brillaban los ojos como si le hubiera tocado la lotería. Estaba en el recibidor, impaciente, con esa emoción que sólo sienten los niños cuando han preparado algo especial–. ¡Te va a encantar! ¡Vamos, no hagas esperar a la gente! Violeta se detuvo en el umbral del salón con una taza de té frío. Miró a Alejandro perpleja, dejó con cuidado la taza en la mesita. ¿Qué sorpresa sería esa? Y, pese a la emoción de Alejandro, a ella le recorría una inquietud inexplicable, como si algo frágil pudiese romperse de un momento a otro. – ¿A dónde vamos? –preguntó, procurando sonar tranquila. – ¡Ya lo verás! –él sonrió aún más, le cogió la mano y tiró de ella hacia la puerta–. Te prometo que merece la pena. Violeta no se resistió, aunque sentía una creciente tensión interna. Se puso el abrigo, los zapatos y salió tras Alejandro. Durante todo el camino hacia el parque repitió teorías en la cabeza: ¿habrá comprado entradas para un concierto? ¿Será una quedada con viejos amigos? Pero ninguna parecía encajar. Al entrar en el parque, Violeta distinguió enseguida a una mujer sentada en un banco, junto al paseo. Vestía de forma sencilla pero pulcra: abrigo oscuro, bufanda cubriendo el cuello, un bolso en el regazo. Su rostro le resultó vagamente familiar, aunque no lograba ubicarlo. ¿Sería familiar de Alejandro? ¿Compañera de trabajo? Alejandro avanzó hacia la mujer; Violeta le siguió, aún descolocada. Cuando estuvieron cerca, la mujer alzó la mirada y esbozó una sonrisa. Entonces a Violeta le dio un vuelco el corazón: reconoció ese rostro, el que vería en el espejo dentro de treinta o cuarenta años. – Violeta –anunció Alejandro con solemnidad, como un presentador en el teatro–: después de mucho buscar, he logrado encontrar a tu madre. ¿No estás contenta? Violeta se quedó clavada en el sitio; de pronto, el mundo enmudeció. ¿¡Cómo se atrevía!? ¡Ella había sido muy clara, no quería ni oír hablar de esa mujer! – ¡Hija mía, qué guapa te has hecho! –la mujer se levantó impulsivamente abriendo los brazos. Sus ojos brillaban, la voz le temblaba de emoción. Pero Violeta dio un brusco paso atrás, poniendo más distancia. Su expresión se volvió helada, la mirada, acerada. – ¡Soy yo, tu madre! –insistía la mujer, sin notar –o querer notar– la reacción de Violeta–. ¡Llevo mucho tiempo buscándote, pensando en ti, sufriendo por ti…! – ¡No ha sido nada fácil! –intervino Alejandro orgulloso, sonriendo como si le hubieran dado una medalla–. He tenido que pedir favores, llamar a varios registros, buscar contactos… Pero lo he conseguido. Sus palabras quedaron truncas por una sonora bofetada. La mano de Violeta voló instintivamente, sin pensar. Tenía los ojos anegados de rabia y dolor. Miró fulminando a su prometido, incapaz de comprender cómo había podido hacerle eso: él sabía perfectamente que no quería saber nada de su madre, que esa etapa era página cerrada. – ¿Pero qué haces? –balbuceó Alejandro, llevándose la mano a la cara. No esperaba aquello–. ¡Todo esto lo hice por ti! ¡Sólo quería ayudarte, hacerte feliz…! Violeta no dijo nada. Por dentro sentía un torbellino de indignación y pesar. Alejandro, la persona en quien más confiaba, había roto sin reparos su única norma: no revolver su pasado. Lo que tanto había esforzado en enterrar, ahora lo exhibía él a la luz, creyendo hacerle un favor. La mujer, confundida, miraba de uno a otro sin saber cómo actuar. Quiso decir algo, pero se detuvo, sin atreverse. – No te pedí que la buscaras –dijo por fin Violeta, en voz baja pero firme. Por dentro estaba destrozada–. Te dejé claro que no lo necesitaba. ¡Y aun así lo has hecho! Alejandro bajó la mano, buscando convencerla–. ¡Es tu madre! ¡Da igual cómo sea, madre hay una sola! En ese instante, la mujer dio un paso adelante y habló en voz baja, con un deje de culpa, como si quisiera justificarse aunque no creyera ni ella misma en sus excusas: – Estabas siempre enferma y no tenía dinero para medicinas –balbuceó–. Aquello era una oportunidad de trabajo. Iba a volver a buscarte, de verdad… Si todo hubiera ido bien, habríamos sido familia de nuevo… Violeta se giró hacia ella con una mirada sin misericordia, cargada de amargura acumulada durante años: – ¿A recogerme de dónde? ¿Del cementerio? –Su voz sonó lacerante. Ya no podía callar–. Podías haber pedido ayuda a servicios sociales o dejarme en el hospital si estaba tan débil. ¡Pero no abandonarme en la fría calle, sola y desprotegida! Alejandro, incapaz de parar el conflicto, intentó tomarle la mano a Violeta. Ella se apartó al instante, sin mirarle. – El pasado quedó atrás, hay que vivir el presente –insistió él, como si discutiera consigo mismo–. Siempre decías que te habría gustado tener parientes en la boda. Yo te he dado esa oportunidad… Violeta lo miró: en sus ojos había tanto desencanto que Alejandro retrocedió. – He invitado a Carmen Gómez, la directora del orfanato, y a Julia Ramírez, mi cuidadora –su voz sonó baja pero resoluta–. Ellas fueron mis auténticas madres; estuvieron conmigo cuando más lo necesitaba. Ellas son mi familia. Violeta soltó su mano de un tirón y se alejó del parque sin mirar atrás. Caminó deprisa, entre parterres y bancos, huyendo de aquel encuentro, de Alejandro y de sí misma. Por dentro se sentía herida, completamente sola, incapaz de creer esa traición de alguien en quien confiaba tanto. No le había ocultado nada. Al contrario: siempre le contó la verdad de su infancia, sin adornos ni eufemismos. Le habló de su tiempo en el orfanato, de las noches en vela, esperando que su madre volviera. Alejandro oía, asentía, aseguraba que lo entendía. Pero aun así buscó a aquella mujer y la llevó hasta ella. “Da igual cómo sea, es tu madre”. Las palabras martilleaban su pensamiento, llenando de más amargura su alma. “Nunca”, se juró. Nunca dejaría entrar en su vida a esa mujer. Jamás actuaría como si nada hubiera pasado. Sin bajar el ritmo, Violeta salió del parque y avanzó sin rumbo. Pasaban rostros, escaparates, semáforos; ella sólo quería alejarse de todo. Ni siquiera volvió a casa de Alejandro, donde sólo había dejado un par de bolsas y algunas cosas suyas: el resto seguía en su piso de protección oficial, adonde iría después, cuando estuviera más calmada. El móvil vibraba en el bolsillo: Alejandro llamaba una y otra vez. Violeta veía en la pantalla su nombre, pero no quería contestar. Si lo hacía, acabaría gritando y diciendo cosas de las que podría arrepentirse. Mejor esperar a que se le enfriara la rabia. Alejandro no se rendía: mandó varios audios, su voz sonaba dura, casi indignada: – Violeta, te comportas como una niña pequeña. Lo hice todo por tu bien y tú… ¡Eres una desagradecida! Puras rabietas. El siguiente mensaje era peor: – Ya está decidido. Ludmila vendrá a la boda y punto. No pienso cambiarlo por tus caprichos. Seguiremos manteniendo la relación familiar y nuestros hijos la llamarán abuela. Es lo normal y lo correcto. Violeta escuchó aquellos mensajes sentada en una parada de autobús; sentía el pecho como si una mano de hierro lo apretara. Apagó el móvil, lo guardó y alzó la vista hacia el cielo. Su mundo acababa de quebrarse, y no sabía cómo recomponerlo. Durante largo rato siguió mirando la pantalla del móvil, sin moverse, con los mensajes atorados. La frase “Ludmila vendrá a la boda y punto” se grabó a fuego, sin respiro. Abrió la aplicación de mensajes, escribió un texto breve y lo revisó varias veces. Era directo y sin rodeos: “No hay boda. No quiero veros ni a ti ni a esa mujer”. Mandó el mensaje. Se quedó mirando la pantalla y la notificación de entrega. Después, lo puso a un lado. Poco después la pantalla se iluminó con una llamada de Alejandro, pero Violeta no contestó. Vinieron otros mensajes, que no leyó. Entró en la agenda y, sin dudarlo, bloqueó el número de su ya ex prometido. El teléfono quedó en silencio absoluto, sin llamadas ni notificaciones. Y la paz la envolvió, como si por fin llegara un respiro tras la tormenta. Quizá, con el tiempo, se arrepentiría de esa decisión. Tal vez… Pero en ese momento era lo único sensato. Sentía cómo la tormenta interna se iba calmando, dando paso a una claridad cansada y tranquila. Así debía ser. No había futuro con alguien capaz de actuar así…