No habrá perdón
¿Alguna vez se te ha pasado por la cabeza buscar a tu madre?
La pregunta surgió de repente, tan fuera de lugar, que Blanca dio un respingo. Estaba en plena faena en la cocina, desperdigando encima de la mesa los documentos que había traído de la gestoría la montaña de papeles amenazaba con caerse en cualquier momento y Blanca los sujetaba cuidadosamente con la mano. Ahora suspiró, bajó lentamente las manos y fulminó con la mirada a Sergio. Si sus ojos hablaran, dirían: ¿De dónde ha sacado semejante ocurrencia? ¿Por qué debería lanzarse a buscar a esa mujer que, de un plumazo y con la elegancia de un toro en una cacharrería, arruinó casi toda su vida?
Por supuesto que no contestó Blanca, esforzándose por sonar serena. ¿Pero qué disparate es ese? ¿Qué motivo tendría para hacerlo?
Sergio se puso un poco colorado. Se pasó la mano por el pelo gesto universal de no sé cómo salir del charco y esbozó una sonrisilla medio asustada, como si ya se estuviera arrepintiendo de su pregunta.
Bueno verás empezó, buscando palabras a tientas. Es que siempre he oído que los chicos que crecen en centros o con familias de acogida sueñan con dar con sus padres biológicos. Pensé que si alguna vez quieres intentarlo… yo te ayudaría, de corazón.
Blanca negó con la cabeza, sintiendo que una presión invisible le apretaba el pecho, como si alguien le pusiera una faja demasiado apretada. Inspiró hondo, sofocando el cabreo que le empezaba a hervir por dentro, y miró de nuevo a Sergio.
Te lo agradezco, pero no es necesario dejó clara su postura, alzando un poco la voz. ¡Jamás la buscaría! Para mí esa mujer dejó de existir hace mucho tiempo. Jamás le perdonaré nada.
Sí, había sonado brusco, pero no se podía hacer otra cosa. Porque, si no, habría que sacar a relucir recuerdos feos y desnudarse el alma delante de su novio. No, si Blanca le quería, y mucho, pero hay cosas que prefería no compartir ni con la Virgen del Rocío. Así que volvió a enfrascarse en los papeles, metiéndose en el papel de trabajadora abnegada.
Sergio frunció el ceño, pero no insistió. Claramente le había sentado a cuerno quemado la tajante respuesta de Blanca. En el fondo, nunca entendía esa postura suya. Él, criado en otra burbuja, consideraba a la madre poco menos que sagrada: aunque sólo hubiera aparecido de vez en cuando para estropear la comida navideña, a él ese vínculo biológico le parecía irrompible, sutil, místico. Cualquier persona capaz de parir y aguantar nueve meses el embarazo merecía un altar, daba igual la trayectoria.
Pero Blanca, para qué engañarnos, no sólo no comulgaba con esa fe: la rechazaba de plano, y sin el menor titubeo. Para ella las cosas estaban meridianamente claras: ¿cómo iba a querer reencontrarse con alguien que la trató peor que el metro de Madrid en hora punta? Que su madre no la abandonó en un centro de menores, es que fue aún peor, todo mucho más cutre y doloroso.
De adolescente, Blanca reunió el valor para romper su silencio. Se plantó delante de la directora del centro Carmen Jiménez, mujer de carácter, de esas que separan a dos niños peleándose en un patio sólo con arquear la ceja para hacer la pregunta del millón:
¿Por qué estoy aquí? Mi madre ¿es que murió? ¿O le quitaron la custodia? ¿Pasó algo grave, verdad?
Carmen dejó lo que estaba haciendo, se sentó al otro lado de la mesa y se tomó unos largos segundos para responder, como sabiendo que la verdad era peor que cualquier cuento chino suavizado. Podría haber mentido, claro, ponerle buena cara al asunto; pero Carmen tenía principios y, ya puestos, mejor saber a qué carta quedarse.
A tu madre le retiraron la custodia y la condenaron comenzó Carmen despacio, eligiendo cada palabra. Llegaste al centro con cuatro años y medio. Nos avisaron unos vecinos que te vieron deambular sola por la calle. Ibas perdida, muy pequeñita. Más tarde, se supo que una mujer te dejó sentada en un banco de la estación, subió al tren de cercanías y se largó. Era otoño, hacía un día de perros, llovía y tú llevabas sólo un abriguito y unas botas de agua. Estuviste horas a la intemperie y acabaste en el hospital. Tardaste en recuperarte.
Blanca ni pestañeaba. Sus dedos, crispados, se apretaban al borde de la silla. En el rostro tenía la calma marmórea de quien se jura no llorar en público, pero los ojos se le habían oscurecido, como cielos cuando va a caer el diluvio.
¿Y la encontraron? ¿Qué dijo en su defensa? susurró entre dientes, sin aflojar el puño.
La arrestaron y fue a juicio. ¿Su excusa? Carmen soltó una risa seca. Dijo que no tenía dinero, que le salió un trabajo en un balneario o algo así, y no podían pasar niños. Que tú le estorbabas. Que era mejor dejarte y empezar de cero sin cargas.
Blanca ni parpadeó. Bajó las manos despacio y se puso a mirar a la nada, como si la escena le perteneciera a otra vida.
Ya veo Gracias, Carmen respondió, con voz neutra, sólo hueso.
En ese instante, Blanca lo tuvo más claro que nunca: no buscaría a su madre, jamás. Aquella idea que alguna vez asaltó su subconsciente quizá, por curiosidad mirar a la cara y preguntar ¿por qué? se desintegró para siempre.
¿Abandonar a una criatura en la estación de Atocha, como si fuera una maleta vieja? Eso suena más a guion de película de Almodóvar que a realidad. ¿Cómo pudo una madre bueno, mujer, más bien carecer de alma y entrañas? Con cuatro años te puede pasar cualquier cosa, y ella simplemente se fue.
Eso no es humano, pensaba Blanca rumiando la historia y apretando los dientes. Intentó buscarle excusas. ¿Desesperación? ¿Desborde? ¿Tal vez pensó que sería mejor así? Pero no. Si de verdad estaba tan mal, podría haberlo hecho por las vías legales: dejarla en el hospital, buscar ayuda de servicios sociales, escribir una carta cualquier cosa menos plantarla en un banco como si fuera un paraguas mojado.
Ningún argumento cuadraba, y ninguno le quitaba el resquemor. Todas las vueltas que le daba al asunto, siempre acababan igual: alguien se quitó un peso de encima, punto.
Cuanto más lo pensaba, más claro tenía lo que iba a hacer: no. No la buscaría, ni preguntaría, ni pretendería comprender. Lo hecho, hecho está, y perdonar algo así queda fuera de su alcance.
Y, curiosamente, con esa decisión sintió una especie de paz, una especie de liberación, como cuando por fin encuentras el último calcetín limpio en la lavadora.
********************
¡Tengo una sorpresa para ti! Sergio entró en casa bramando de alegría, con cara de niño con zapatos nuevos, rebotando sobre sus pies como si bailara sevillanas en la Feria. ¡Vas a flipar! ¡Ven, que no se puede hacer esperar al personal!
Blanca se quedó en el umbral con la taza de té ya fría en la mano. Miró a Sergio con cara de póker y dejó la taza en la mesita. ¿Pero qué sopresa es esa? ¿Por qué, si Sergio tan contento, ella sentía el presagio del Apocalipsis en el estómago, como si algo fuese a estallar de mala manera?
¿Dónde vamos? inquirió, fingiendo tranquilidad, aunque le temblaba el ojo izquierdo.
¡Ya lo verás! Sergio sonrió aún más, la arrastró de la mano y se encaminaron al portal. De verdad, vale mucho la pena.
Blanca se dejó llevar, pero sus tripas daban vueltas como la noria del Retiro. ¿Había comprado entradas para un musical? ¿Se había aliado con algún conocido? Cualquier opción se le hacía más creíble que la realidad.
Al entrar en el parque, Blanca no pudo evitar fijarse en una mujer sentada en un banco de piedra junto al paseo de los castaños. Iba bien puesta, de negro, bufanda al cuello y un bolso flojo apretado entre las manos. Su rostro le resultó vagamente familiar, pero no conseguía encajarlo. ¿Amiga de Sergio? ¿Tal vez una tía lejana a la que toca aguantar?
Sergio, con la seguridad de quien ya ha hecho la tortilla, se dirigió hacia el banco. Blanca arrastró los pies, jugando a adivinar el enigma. Cuando se acercaron, la mujer levantó la mirada y sonrió de forma incómoda. En ese instante, a Blanca se le heló la sangre: vio en esa cara un eco nítido de sí misma pero después de sobrevivir medio siglo en una oficina gris de Hacienda.
Blanca anunció Sergio solemne, como quien presenta a la virgen en procesión, después de mucho indagar, he conseguido localizar a tu madre. ¿Estás contenta?
El mundo se paró. Blanca se quedó quieta como un peón de ajedrez, incapaz de pestañear. ¿Pero cómo tenía la cara dura? Si le había dicho mil veces que no quería ni oír hablar de esa mujer.
¡Hija! ¡Qué mayor estás y qué guapa! la mujer se levantó de un salto y abrió los brazos para abrazarla. Tenía la voz quebrada y los ojos vidriosos, como si en serio hubiera esperado ese momento.
Blanca retrocedió, poniéndose de mármol, mirando con frialdad lapidaria.
¡Soy yo, tu madre! insistió la mujer. Te he buscado tanto, Blanca, toda mi vida ¡Pensaba en ti cada día!
¡Y no sabes el trabajo que me ha costado! intervino Sergio, radiando orgullo, como si hubiera encontrado a Cervantes vivo. Tuve que pedir favores, revolver archivos, contactos Pero ha merecido la pena.
El final de esa frase no llegó, porque una bofetada le cruzó la cara a la velocidad del AVE. La mano de Blanca saltó sola, con una lágrima de rabia y dolor colgando del párpado. Mirando a su prometido con incredulidad. ¿Eso era ayudar? ¿No le dijo cien veces que su pasado era intocable?
¿Pero qué haces? exclamó Sergio, hiperventilando y frotándose la cara. ¡Si lo hice por ti! ¡Pensé que te iba a ayudar, que te haría feliz!
Blanca no pudo contestar. Tenía la garganta cerrada por dentro; sentía que Sergio, el único con quien había bajado la guardia, le había arrebatado el suelo. Lo que había guardado bajo llave estaba ahora en carne viva, y todo por motivos nobles…
La mujer al lado miraba de uno a otro sin saber si sentarse, correr o disolverse. Abrió la boca, pero no le salió voz.
No te pedí nunca que la buscaras al fin dijo Blanca, tranquila por fuera, astillada por dentro. Te lo dije con todas las letras: no lo necesitaba. ¡Y tú aun así has seguido adelante!
Sergio bajó la mano de la mejilla, pero no encontraba palabras. Observaba a Blanca, esperando una señal de perdón, pero sólo encontraba una mirada más fría que el mes de enero en Soria.
Te lo dejé muy claro: ¡No quiero saber nada de esa mujer! la rabia de Blanca temblaba. Miraba a Sergio y en esa cara había más que enfado corriente: era una herida vieja, siempre abierta, que el novio había arrancado de cuajo. Esa madre me abandonó en la estación con cuatro años. ¡Cuatro! Sola. En Atocha, entre mendigos y turistas. Y tú ¿pretendes que le perdone?
Sergio palideció, pero no cedió. Se irguió, intentando tomar aire:
¡Es tu madre! No importa cómo sea. Es tu madre.
En ese momento, la mujer del banco dio un pasito adelante, encogida y balbuceante, como pidiendo perdón pero sin poder creérselo:
Es que te ponías muy malita, y yo no llegaba para medicinas y me salió ese trabajo. ¡Era temporal! Si todo hubiese ido bien, te habría recuperado, de verdad Volveríamos a estar juntas
Blanca se giró hacia ella como un látigo. Sus palabras cortaban más que las tijeras del peluquero barato:
¿Recuperarme de dónde? ¿Del cementerio? Podrías haber avisado a servicios sociales, dejarme en la seguridad del hospital. ¡Pero no plantarme en la calle, sola, y desaparecer!
Sergio intentó calmarla, cogiendo su mano con ternura, pero Blanca se la sacudió como quien quita una telaraña incómoda.
El pasado ya pasó, hay que mirar al presente insistía Sergio, más testarudo que un burro andaluz. Siempre has dicho que te gustaría tener familia en la boda. Pues mira te lo he conseguido.
Por fin, Blanca lo miró. Era la mirada de quien se ha tragado un limón entero, con pepitas y todo.
He invitado a Carmen Jiménez, la directora del centro, y a Maite Ruiz, mi cuidadora. Son mis verdaderas madres. Estuvieron allí cuando lo necesité. Ellas sí son mi familia.
Se soltó de la mano de Sergio, dio media vuelta y salió del parque como alma que lleva el diablo. Caminó sin volverse, sorteando bancos y palomas, huyendo de la conversación, de los abrazos trampa, y sobre todo, de ese hombre en el que hasta hacía un minuto confiaba más que en nadie.
Le había contado toda la historia. Sin filtros, sin paños calientes. Meses en el centro, ilusiones caducadas de que mamá volvería. Sergio lo supo y aún así, la buscó. Aún así, la trajo. No importa cómo sea, es tu madre… esa frase se le clavó en la cabeza.
Jamás, pensó Blanca. Ni de broma dejaría que esa mujer volviera a cruzar la puerta de su vida.
Salió del parque y se lanzó calle arriba, sin rumbo y sin ganas de volver a la casa de Sergio a por la muda. Total, casi todo lo tenía aún en su pisito pequeño de protección oficial. Eso simplificaba mucho: mientras las venas le ardieran así, no pondría los pies en el piso del futuro exnovio.
El móvil vibraba sin tregua: llamadas, llamadas, llamadas. Blanca sólo miraba la pantalla para asegurarse de que no explotaba. No cogió ni una sabía que si hablaba, acabaría soltando lo primero que se le pasara por la cabeza.
Sergio, erre que erre, también mandaba audios, y cada cual peor:
Blanca, te estás portando como una niña. Yo lo hago todo por ti y mírate esto es una rabieta.
Y el siguiente:
Ya está decidido. Soledad estará en la boda. Y punto. Esto es así y será así. Y, por supuesto, nuestros hijos la llamarán abuela. Es lo normal, es lo correcto.
Blanca escuchó los mensajes de pie en la parada del autobús, mordiendo el labio para no soltarle una sarta de insultos feroces. Apagó el teléfono y, por si acaso, lo atornilló al fondo del bolso. El mundo se le había partido en dos y no tenía pegamento a mano para arreglarlo.
Miró el último mensaje largo rato, la garganta aún a medio nudo. Soledad estará en la boda. Y punto. Eso no era amor: era una orden emitida a golpe de ego.
Abrió WhatsApp, tecleó firme y rápido: No habrá boda. No os quiero ver, ni a ti ni a esa mujer.
Pulsó enviar, vio cómo desaparecía el check azul, respiró hondo.
El móvil volvió a vibrar; Sergio intentó llamarla enseguida. Lo ignoró, llegaron más mensajes que ni abrió. Finalmente, abrió la agenda, buscó su nombre y lo bloqueó. Fin.
Entonces, el silencio se hizo de pronto tan presente, tan total, que Blanca por primera vez en mucho tiempo se sintió ligera. Quizás alguna vez lamentaría esta decisión O no. Pero en ese preciso segundo, por dentro se iba apagando poco a poco el incendio. Sentía que hacía lo correcto: no había futuro con alguien capaz de semejante traición. Y para qué engañarse, mejor sola que mal acompañada.







