No habrá boda
¿Por qué estás hoy tan callado? le pregunté a Lucía aquella tarde. Habíamos quedado en ir el sábado a elegir los muebles para el dormitorio. Pero te noto triste… ¿Te pasa algo?
Recuerdo cómo Jaime respiró hondo, sabiendo que, si no lo decía entonces, quizá no tendría nunca el valor.
Lucía… Tengo que decirte una cosa. Sobre la boda.
Llevaba ya tiempo esperando esa conversación. Hablamos que sería una celebración sencilla, pero había visto la ilusión en los ojos de Jaime cuando me hablaba de invitar a familia y amigos, de las fotos, del banquete… Esperaba tanto ese momento.
No te andes por las ramas. Creo que sé por dónde vas dije sonriendo, tratando de anticipar una noticia feliz.
Pero Jaime respondió algo que no esperaba.
Vamos a posponer… Vamos a posponer la boda.
Como si lo oyese desde lejos, ese no era el diálogo que yo había repetido mil veces en mi cabeza.
¿Posponer? me quedé paralizada. ¿Y eso? Pero si hace nada estuvimos mirando las invitaciones ¡Tú mismo querías encargarlas! Hasta teníamos la lista de invitados ¿Te has arrepentido de casarte conmigo?
Pensé que, como en las novelas, ahora me confesaría que ya no sentía lo mismo.
Pero lo que dijo Jaime tampoco era una confesión melodramática.
Es que ahora mismo andamos mal de dinero murmuró. El jefe sigue retrasando la nómina. Por mucho que intentamos ahorrar Y además solo llevamos medio año viviendo juntos. Puede que sea pronto, ¿no crees?
¿Pronto? me atraganté. Jaime, ¡tres años de novios y medio viviendo bajo el mismo techo! ¿Eso te parece pronto?
Esta vez Jaime parecía menos nervioso.
No empieces, Lucía. No quiero discutir. Solo es una pausa. No es que no quiera casarme, pero la boda es cara.
Bien Podemos firmar en el registro los dos solos, y luego lo celebramos con los amigos.
Entonces no habrá boda de verdad, Lucía.
¡Qué más da la boda de verdad! ¡Ya basta!
Extrañas excusas.
Lucía
Dímelo claro. ¿Ha pasado algo? ¿No estás seguro de que me quieres? ¿O has conocido a alguien? Porque eso de la boda es cara suena a pretexto.
Jaime negó con la cabeza.
No, Lucía, te lo juro. Solo quiero que todo sea perfecto para nosotros. Ahora no puedo darte esa boda ideal. Y, sí, seis meses… Aún nos estamos conociendo del todo. Hay que ver si de verdad encajamos.
Lógica no le faltaba pero una corazonada me gritaba que algo andaba mal. Jaime no solía insistir tanto para convencerme de su punto de vista. Y fue él quien tuvo prisa por formalizar.
Disimulé. Fingí que le creía.
Después de esa charla, Jaime se comportó como el novio ideal: atento, pendiente de todo, preguntando siempre qué quería comprar en el mercado, fregando los platos sin protestar Pero llevaba la frente fruncida, y por las noches suspiraba mirando el techo. Si preguntaba, siempre me contestaba: No pasa nada, solo estoy cansado.
Yo trataba de no presionarle. Después, después, me repetía.
Un par de semanas después, fuimos invitados a cenar con los padres de Jaime. No tenía ganas de ir, la verdad. Si ellos tocaban el tema de la boda, ¿qué íbamos a decirles? Que seguíamos sin fecha, como dos indecisos.
No tuvimos más remedio que acudir.
Por supuesto, salió la conversación.
¿Cuándo vais a darnos la alegría? quiso saber su madre, aprovechando que el padre estaba en el salón viendo el fútbol. Ya tenemos mirado el restaurante. Un reservado para veinte personas. ¿Reservo para algún día en concreto?
La cara de Jaime era la viva imagen de mi propio ánimo. ¿Qué reservas ni qué niño muerto? No iba a haber nada.
Mamá, ya lo hemos dicho. Lo hemos aplazado gruñó él.
¿Aplazado? ¿Por qué? ¿No tenéis montado dinero? Jaime, hijo, esas cosas se piensan antes
Tras la cena, los hombres empezaron a pelearse con la vieja radio del abuelo, y aproveché para ir al baño a refrescarme.
Aquel cuarto de baño, tan pulcro que parecía sacado de una consulta médica. Ni una mota de polvo. Su madre guardaba los botes de champú y cremas en su habitación: nunca entendí su paciencia para andar y venir con ellos cada vez.
Me secaba la cara y de repente escuché voces. Las paredes retumbaban al susurro de secretos ajenos. Jaime había vuelto a la cocina y hablaba con su madre. Y yo, sin quererlo, pesqué la verdad.
Jaime, ¿no estarás pensando en dejar a Lucía?
Me quedé blanca, la toalla parada bajo mi barbilla. No, no era mi imaginación.
Agucé el oído, las manos temblorosas.
Mamá, que no, solo la boda se ha pospuesto. No la voy a dejar.
¡Pospuesto! Eso son excusas. Veo que sufres, hijo. Lucía no es para ti. Una esposa tiene que escuchar a su marido, y esta ¿Para qué casarse, si en un año acabáis divorciados?
Yo la quiero, mamá respondió Jaime.
Un instante de ternura me asaltó, hasta que la madre continuó.
¿Que la quieres? Esa chica es lista, Jaime, muy lista. ¡Te lo advertí! Todavía no es tu esposa y ya ha conseguido que te alejes de nosotros. Ya no ayudas a tu hermana, apenas vienes al pueblo Te está cambiando, y no para bien.
Sentí el frío de la baldosa en la mejilla, el peso de palabras como cuchillos. ¿Ponerle en mi contra? Siempre hice lo posible para llevarme con sus padres, incluso cuando don Emilio me criticó por el corte de pelo. Lo callé, aunque me doliera.
Nuncani una sola vezintenté que Jaime se distanciara de ellos. Al contrario, le animaba a verles, sabía lo importante que era para él.
Entonces lo vi claro: no era el dinero. Era su madre, que no quería boda y ponía mil pretextos.
Volví a la cocina, asegurándome de que no notaran mi turbación.
¡Ay, Lucía, justo hablábamos de que no hay que dejar pasar mucho para formalizar! Mira que te entiendo por la juventud, pero la vida sin casarse, yo no la acepto.
Qué simpática, qué amable.
Por supuesto, señora Carmen, no tardaremos mucho. En cuanto podamos ahorrar un poco, al registro. ¿Verdad, Jaime?
Claro, Lucía, puedes considerarnos ya casados asintió.
Esa noche, de regreso a casa, Jaime intentó abrazarme, pero yo no paraba de apartarme. No sabía si debía preguntar siquiera. Si no me había dejado por mandato de su madre, quizás me quería Pero la boda seguía pospuesta.
Estuviste raro con tu madre, le dije, mirando cómo las luces de la Gran Vía desaparecían en la distancia.
¿Yo? No, es que está siempre metiendo prisa
No mientas, Jaime. Tu madre no te mete prisa. Está en contra. Hoy ha dicho que la tienes en mi contra, que deberíamos dejarlo.
El volante tembló en sus manos.
¿Lo oíste? Lucía, tiene miedo de quedarse sola. Es lo típico. No lo tomes tan en serio. Se le pasará.
No era solo eso lo que me preocupaba. Lo que dolía era que Jaime no me defendiera; que asintiera, solo por no contrariarla.
El asunto de la boda quedó en el aire. Jaime seguía cariacontecido, y ante cualquier intento mío de hablar del futuro, siempre contestaba: Ya veremos
Y un día, el móvil de Jaime quedó sin bloquear.
Solo voy a mirar la hora, me dije, no cotillearé los mensajes. Solo de reojo.
En la pantalla, un mensaje reciente de su hermana, Clara. Clara tenía dos años menos que yo, pero se comportaba como una niña pequeña. Ni oficio ni beneficio, y aún vivía de los padres.
El mensaje era clarísimo:
Ya veo, el dinero tampoco se lo voy a ver. Otra vez debajo de la falda. Pues quédate con ella, total, esa chica te importa más que tu familia.
Lo leí, y entonces lo comprendí todo Debajo de la falda.
Recordé otra noche, antes de que se cancelara la boda. Clara pidió a Jaime más dinero para salir de fiesta. Yo, sin filtro, le dije:
Jaime, tiene veintisiete años, vive con vuestros padres y todavía te pide para sus caprichos. Ya va siendo hora de que aprenda a valerse sola. Nuestro presupuesto no es infinito.
No quería meterme, pero yo también contribuía en esa casa. Jaime al principio aceptó: Tienes razones, Lucía.
Ahora veía claro quién había puesto a toda la familia en mi contra.
Cogí el móvil de Jaime, copié el mensaje de Clara y me lo envié a mí misma. Así tendría pruebas. Lo dejé en su sitio.
Jaime entraba, sacudiéndose la lluvia:
He traído pan, y ese chocolate con almendras que te gusta. Estaba pensando, Lucía, igual podíamos
Jaime le interrumpí.
¿Y tú? ¿Esperabas a otro? bromeó.
No correspondí.
¿Qué te escribe Clara?
Jaime, sabiendo que la mejor defensa es el ataque, fingió indignación:
¿Me has estado cotilleando el móvil?
Manual de libro ante la evidencia.
No importa lo que he hecho, Jaime. Quiero que me lo expliques. Ahora mismo.
Le vi pasar de la ira al miedo en segundos.
Bah, Lucía, no le hagas caso. Es una cría, se lo toma todo a pecho.
¿Por qué? ¿Por pedirle que madure?
Está acostumbrada a depender de mí. Y cambiar eso nunca es fácil. Se le pasará, no te preocupes.
¿Y ha sido ella la que ha influido en tus padres?
Bueno sí admitió. Intenté explicarles que esa era nuestra economía, que Clara ya es mayor Pero entonces mi madre saltó: que Lucía te tiene dominado, que has cambiado por ella Pero yo no pienso eso.
Cancelaste la boda Está claro. Ella les puso en mi contra. Pero, ¿y tú? ¿Quieres casarte conmigo, Jaime? ¿O solo pospones porque no te atreves a plantarles cara?
Claro que quiero casarme contigo. Pero ahora no es el momento Quizá cuando todo esté más tranquilo
Eso era todo.
Sabes, Jaime, he llegado a una conclusión. No quiero casarme con quien no está seguro de sus sentimientos y tiembla ante el capricho de su hermana. Mejor que lo hayamos canceladoMe miró, primero aterrorizado, luego vulnerable, como si de pronto viera el hueco entre lo que éramos y lo que fingíamos ser.
Guardé silencio. Esperé.
Por fin, supe que no habría boda, ni ahora ni nunca; no porque faltara amor eso quizá nunca lo sabríamos de verdad, sino porque le asustaba decepcionar a los suyos más que perderme a mí.
Cerré la puerta despacio, sin portazos. Llovía afuera y también dentro de mí, pero imaginé lo que vendría: una tarde, una noche, quizás una semana de tristeza. Y luego, poco a poco, el alivio de no vivir la vida de otros.
Mientras el ascensor bajaba, sentí la ligereza de quien por fin se suelta del peso de una promesa vacía.
Y, allí, en el umbral, comprendí que la vida auténtica empieza justo cuando se deja pasar la boda que no fue y, en su lugar, se abre la puerta a todo lo que sí podría ser.







