Recuerdo como si fuera ayer a mi esposa, Inés, una mujer de carácter reservado, siempre discreta y sumamente tímida. En las reuniones con nuestros amigos en Madrid, Inés apenas articulaba palabra, y sólo intervenía en la conversación cuando le preguntaban directamente. Jamás le vi montar un escándalo ni mostrar celos de ninguna manera. Inés me dedicaba toda su atención y recibía mis regalos con esa sonrisa llena de gratitud, aceptando con humildad todo lo que la vida le ofrecía.
Podría decirse que nuestro matrimonio rozaba la perfección. No existían secretos entre nosotros; cualquier contratiempo lo afrontábamos juntos, hombro con hombro. Al volver cada tarde del despacho, sabía que me esperaban una mesa puesta y un estofado humeante, la casa reluciente y la alegría sencilla de mi esposa. ¿Qué más podría pedir, por aquellos años, alguien como yo?
Sin embargo, ya se sabe, el corazón humano es caprichoso… A pesar de mi suerte, anhelaba algo diferente, una especie de aventura que diera chispa a mi rutinaria existencia. Había en nuestra vida íntima una distancia que, en mi necedad, no fui capaz de sobrellevar. Apenas compartíamos momentos de pasión, y no supe conformarme.
Cegado por el ansia, busqué consuelo fuera de mi hogar y acabé teniendo una amante. Cuando Inés lo descubrió, nuestro matrimonio se desmoronó inevitablemente y nos separamos.
Empecé una nueva vida con esa otra mujer, y sólo entonces comprendí el error que había cometido. El piso de Barcelona donde nos instalamos nunca estaba en orden; al llegar tras largas horas de trabajo, nadie esperaba con un plato caliente ni una palabra amable. Apenas teníamos tema de conversación y el vacío llenaba las estancias.
Quise entonces regresar junto a Inés, pero ya era demasiado tarde. En ese tiempo, ella había rehecho su vida al lado de otro hombre.
Jamás podré perdonarme aquel desvarío. Por mi estupidez, perdí a la mujer perfecta, la compañera que la fortuna puso en mi camino, por perseguir una ilusión vana.






