No estoy preparada para casarme. Soy una persona demasiado responsable, no puedo tomar el destino de otra persona en mis manos…

Tras acabar la carrera, Lucía consiguió trabajo en una empresa donde había un ambiente estupendo, con un equipo la mar de majo y bien avenido. Su llegada solo reforzó ese espíritu tan sano que compartían. Era una chica encantadora, de esas que te hacen sentir cómodo desde el primer minuto: cuando hablabas con ella, era imposible no querer confiarle hasta el pin del móvil. Lucía vivía a tiro de piedra de la oficina, en un piso nuevo que olía a pintura recién dada.

Álvaro, uno de sus compañeros, le echó el ojo inmediatamente. Cuando se enteró de que Lucía tenía un piso de una habitación para ella solita, se le iluminó la cara como al que acierta la lotería, pero sin el premio. A sus casi 30 años, Álvaro no tenía nada de nada. Le encantaba hacerse la víctima: venía desde un pueblo perdido de la Sierra, y arrastraba los pies al volver tras la jornada laboral. Suele pasar que nunca llegaba a su casa las chicas del equipo solían llevárselo bajo el brazo a la suya. Pero Lucía ¡Lucía era otro nivel! No tenía ni un solo fallo, ni por dentro ni por fuera: era de esas personas a las que da rabia encontrar tan perfectas. Y así, Álvaro, como buen pegamento, se le quedó pegado durante tres años.

Lucía viajaba mucho por trabajo y se traía un buen sueldo, mientras que Álvaro iba arrastrando excusas. Decía que seguía estudiando y su salud era justita, así que visitaban a médicos más que a bares. Para colmo, tampoco podían tener hijos. Lo de la boda, ni asomaba por el horizonte. A veces el jefe contaba la historia de su sobrino: que pidió matrimonio a su novia, y poco antes de la boda le diagnosticaron un cáncer muy avanzado. Se casaron igual y el chaval, lleno de energía, cuidó de su mujer en esos meses tan duros…

Pasaron tres años y, claro, Lucía acabó pensando: Este vive en mi casa, no pone ni un euro, y jamás ha soltado ni media palabra sobre boda. Se lo planteó a Álvaro y, hombre, al poco le compró un anillo, con anuncio de boda incluido. Pero después de una de esas escapadas laborales, Lucía volvió para encontrarse con el show: No estoy listo para casarme, le soltó él, muy solemne.

Soy demasiado responsable, no puedo cargar con el destino de otra persona Quédate el anillo como recuerdo de nuestro amor. El disgusto de Lucía no entraba en la hipoteca. Cambió de golpe; no se esperaba un regalo semejante de quien tanto quería. El jefe, viendo el panorama, la envió a una reunión de trabajo en Valencia, con boleto para el teatro y la advertencia de que, si no iba, la próxima vez buscaría su silla ocupada.

En el teatro se topó con el famoso sobrino viudo del jefe. Charlando, tonteo va, tonteo viene, acabaron sentados juntos y pasaron toda la estancia pegados como lapas. La chispa saltó, y Lucía volvió a Madrid con embarazo y mucha más ilusión que equipaje.

Organizaron la boda en un periquete: Lucía tuvo su día de princesa y, después de diez años, tienen dos hijos gamberretes y ya andan pensando en encargar el tercero. Les da igual si es niño o niña, mientras nazca sano y con ganas de dar guerra. Son una familia fuerte, de las que hacen piña y montan saraos todos los domingos.

¿Y Álvaro? Pues Álvaro sigue sin tener ni idea de lo que quiere en la vida. Él está convencido de que mantener una familia sale carísimo, y nunca se ha atrevido a cargar con la responsabilidad de cuidar a nadie. Cuando terminó de pagar el coche, fue directo a comprarse un portátil tan caro que, desde entonces, media empresa habla del tema. Cómo va a pagar esa deuda eso ya es otro drama para otro teatro.

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MagistrUm
No estoy preparada para casarme. Soy una persona demasiado responsable, no puedo tomar el destino de otra persona en mis manos…