No estaba sola. Una historia sencilla Amanecía en una fría mañana de invierno madrileña. Los barren…

No estaba sola. Una historia sencilla

Era una fría y tardía mañana de invierno, cuando la luz del alba apenas asomaba entre los tejados. Fuera, los barrenderos arrastraban con esmero sus escobas, apartando la escarcha y la nieve de los adoquines en el patio interior de aquella antigua finca de vecindad madrileña.

La puerta del portal sonaba una y otra vez, soltando ráfagas cortas de aire helado al dejar salir a los vecinos camino de sus trabajos.

El gato León posaba en el alféizar de la ventana, desde el sexto piso, observándolo todo con esa paciencia felina que solo los años conceden.

En su vida pasada, León había sido contable y nada en el mundo le preocupaba más que el balance de pesetas y céntimos, los libros de cuentas y el tintinear de las monedas.

Pero ahora sabía que había cosas mucho más importantes en la vida.

Aprendió por fin que no existía tesoro más grande que una mirada bondadosa, ni riqueza que igualara el calor de un abrazo o el humilde refugio de un techo seguro. El resto ya vendría, pensaba.

León giró la cabeza en el viejo sofá dormía doña Carmen, su salvadora.

Saltó del alféizar y se acomodó despacio junto a su cabeza, apoyando su suave lomo en la almohada y acurrucándose, cálido, contra las canas de la anciana.

León sabía que, cada mañana, a doña Carmen le dolía la cabeza, y hacía cuanto podía para aliviarle el mal.

Leoncio, qué curandero estás hecho masculló la mujer, al abrir los ojos y sentir el cuerpo mullido del gato. Otra vez me has quitado el dolor, ¡menudo artista! ¿Cómo lo harás, pillastre, cómo lo harás?

León sacudió la patita como quien dice que para él es cosa sencilla, que podría hacer mucho más si se lo propusiera.

En ese instante, se escuchó desde el recibidor un murmullo grave, un gruñido ligero: era la protesta somera de Rufete, el perro, celoso al ver tanto cariño compartido.

Rufete llevaba ya muchos años junto a doña Carmen y era su amigo más fiel, tan leal que ni los años ni el frío del invierno habían logrado apartarlo de su lado.

Siempre, al oír pasos extraños en la escalera, ladraba fuerte avisando a toda la casa. Quería que todos supieran que doña Carmen estaba bien vigilada.

Por eso, no lo dudaba: él era el verdadero guardián del hogar.

¿Quién sería Rufete en otra vida? Puede que albañil, tal vez guardia civil, cavilaba León mirando de reojo al perro, siempre ruidoso, pero bien está. Que ladre: quizá sí que conviene tenerlo por aquí.

Ay, mis tesoros, ¿qué haría yo sin vosotros? dijo doña Carmen, levantándose del sofás entre quejidos. Venga, que os doy de comer y luego salimos a tomar el aire.

Y si dentro de poco me llega la pensión añadió con aire esperanzado, os compro un pollo.

La palabra pollo obró el milagro: el entusiasmo llenó la sala.

El gato amasó el sofá con zarpitas, ronroneando alto, y daba cabezazos a la mano pobre y artrítica de la anciana.

Ay, cabezón, pillo si entiendes todo lo que digo se enterneció doña Carmen. El perro, para no ser menos, ladró bajito y hundió su hocico frío en la rodilla de su dueña.

Ay, pero qué haría yo sin estos bichos, si llenan la casa de vida y hasta en el corazón dejan menos sitio para la soledad pensaba sonriendo doña Carmen.

Cuando me muera, ¿qué pasará luego? Vete tú a saber dicen tantas cosas Pero yo, si pudiera, pediría volver hecha gata, y que algún alma buena me recogiera en su hogar. De perra no me veo, no tengo voz para tanto ladrido soy tranquila. Pero de gata sí, sería una buena gata, cariñosa y callada. Ojalá encontrara a alguien de buen corazón

¡Bah! se interrumpió doña Carmen, sacudiendo las ideas. Menudas tonterías se le ocurren a una ya de vieja. Así es la vejez

No llegó a ver cómo León, sonriendo para sus adentros, miraba altivo al perro, como pensando: ¿Has oído? Prefiere ser gato que perro.

Ahora León sabía leer el pensamiento, y eso también era un regalo inesperado.

Así estaban las cosas. Y, a pesar de todo, no estaban tan mal.

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MagistrUm
No estaba sola. Una historia sencilla Amanecía en una fría mañana de invierno madrileña. Los barren…