Si empiezas, termina lo que ibas a decir le soltó Andrés a Natalia, elevando un poco la voz Y si no sabes bien las cosas, mejor cállate
Sé de lo que hablo respondió Natalia, con una sonrisilla irónica, mirándole directo a los ojos Nosotras jamás tuvimos secretos
Andrés y Alicia se conocieron de la forma más común del mundo. Era invierno en Madrid, las aceras parecían pistas de patinaje. Alicia resbaló y cayó mal en el Paseo del Prado cuando iba de camino al trabajo. Se hizo bastante daño en la rodilla. Andrés, que pasaba justo por allí, la ayudó a levantarse y la acompañó a urgencias.
Después de las radiografías, vieron que por suerte no era fractura. Alicia pudo irse a casa, eso sí, con la típica recomendación de reposo y una venda elástica. Durante todo el rato, Andrés se mantuvo a su lado. Hasta le pidió permiso a su jefe por teléfono y se cogió medio día. No se quedó tranquilo hasta que vio a Alicia subida a un taxi y le arrancó la promesa de que le llamaría cuando llegara, para saber que estaba bien.
Alicia quedó encantada con ese chico tan atento y amable. Nunca había conocido a alguien así, de verdad. Era diferente, y eso la enganchó totalmente. Empezaron un período súper romántico: mensajes, llamadas, hasta las tantas, hablando de cualquier tontería. Andrés se interesaba por todo lo que tuviera que ver con Alicia. Le escribía cada mañana para desearle un buen día y por la noche le decía que soñara bonito. Durante el día, se preocupaba de si llevaba abrigo, de si había comido, de cómo le iba en el trabajo.
Para Andrés, ese tipo de atención era lo natural. En su familia siempre funcionaban así: pendientes unos de otros. Él vivía solo, en un piso en Chamberí que había heredado de su abuela. Sus padres, Antonio y Marisa, residían en Móstoles, a un paso en cercanías. Antes, todos vivían juntos, y el piso de la abuela se alquilaba. Siempre se llevaron de maravilla, con mucho cariño y sin discusiones. Andrés creció sintiendo esa calidez y confianza a su alrededor. Cuando su abuela falleció, y él se hizo mayor, se mudó a ese piso.
No había tenido mucha suerte con las chicas. Era algo tímido, no se le daba nada bien esto de ligar por la calle. Tampoco era de salir por discotecas ni tenía un grupo grande de amigos. Pero con Alicia todo fluyó solo, diferente. Ella necesitaba ayuda y Andrés nunca habría pasado de largo. Más bien, sentía que fue el destino.
A los dos meses, se casaron. Así, sin comerlo ni beberlo. Andrés un día, entre bromas, le soltó a Alicia:
¿Y si nos casamos?
¡Venga, vamos ya a poner los papeles! dijo ella, medio riéndose, medio en serio.
Llegaron al registro civil en la Gran Vía cuando quedaba solo una hora para que cerraran. Su boda se programó para la fecha más cercana posible. Los padres de Andrés se sorprendieron un poco por las prisas, pero les cayó tan bien Alicia que lo apoyaron de inmediato.
La madre de Alicia vivía en Getafe. Se enteró por teléfono porque la abuela de Alicia estaba enferma y no podía dejarla sola.
Formaron una familia feliz. Siguieron igual o más enamorados después de casarse. Nada de peleas. Cuando nació su hijo, Marcos, la felicidad se multiplicó. Aunque, claro, también las preocupaciones. Una vez, durante el aniversario de boda en una tasca del centro, Natalia la íntima de Alicia se pasó de copas. Hubo que llamarle un taxi para evitar males mayores.
A la fiesta asistieron los padres de Andrés, Marcos que ya tenía cinco añitos y se tomaba en serio su papel de mayor brindando con zumo por la felicidad de la familia, y Natalia, esa amiga de toda la vida de Alicia. Siempre han sido como hermanas, desde el instituto. Natalia, sin embargo, no había tenido suerte en el amor. Tenía treinta, como Alicia, pero seguía soltera. Era más baja, algo rellenita y de rostro poco llamativo; comparada con Alicia, no salía ganando en físico, pero la amistad con ella le aportaba muchas cosas. De hecho, gracias a eso, podía salir, porque a Alicia su madre no la dejaba ir sola y con Natalia sí. A menudo salían en pandilla, así también Natalia conseguía alguna atención masculina, aunque nunca le pidieron matrimonio, a diferencia de Alicia que recibía propuestas desde COU. Ella, eso sí, era exigente y no aceptaba a cualquiera. No se casó hasta los veinticinco, cuando apareció Andrés. Y ahí todo cambió
Bajando las escaleras del bar, Natalia tropezaba torpemente. Si no fuera por Andrés que la sujetaba, habría caído tres veces. Alicia y el niño les esperaban arriba, y el taxi de Natalia abajo. Estaba tan mareada que apenas se podía tener en pie. Andrés nunca la había visto así, por eso decidió acompañarla.
¡Felicidad para los novios! gritó Natalia, medio carcajeándose. A unos les va bien, a otros ¡A mí nunca! ¡A Alicia siempre la acompaña la suerte! Desde que la conozco. Siempre logra lo que quiere. Vosotros, los hombres, os dejáis manipular y caéis redondos. ¡Más cabeza, hombre! Pero claro, como es guapísima, no pensáis con el cerebro
Ya en la acera, a un par de metros del taxi, Natalia se soltó bruscamente de Andrés. Milagrosamente, estaba firme y con voz clara dijo bien alto:
¿Sabes de verdad de quién estás criando el hijo? ¡Marcos no es tu sangre!
¡No digas tonterías! gruñó Andrés, que a duras penas no le dio un bofetón. La cabeza le daba vueltas, la calle de repente giraba con las farolas encendidas en plan feria. Quiso sacudir a Natalia y que dejara de decir barbaridades, pero ella insistió, implacable:
¡Te has quedado blanco! ¿No sospechaste nunca? Marcos nació antes de tiempo y la boda fue a toda prisa. ¿De verdad crees que Alicia te amaba tanto que no podía esperar más para casarse? ¡Venga, hombre! Además, el crío ni se parece a ti. ¿No lo ves? Antes de ti, hubo otro Un novio que le pedía matrimonio y todo. Pero la dejó plantada y se fue con otra. ¡Pues que se fastidie!
Andrés metió a Natalia en el taxi casi a empujones, cerró la puerta y se largó sin escuchar más disparates. Pero apenas el taxi desapareció, Natalia le llamó al móvil. Sin saber muy bien por qué, Andrés contestó:
Pregúntale, pregúntale a tu querida esposa. Que no sea solo yo la desgraciada en vuestra perfecta vida. Que se revuelvan un poco, como sardinas en la sartén dijo Natalia, riéndose de mala gana.
El eco de esa risa le retumbó en la cabeza toda la noche. Por mucho que intentara quitarse aquellas palabras de encima, se le pegaban como la ropa mojada. Es cierto, Marcos nació pronto. Pero nunca lo pensó así; hay niños prematuros y él solo sentía felicidad. Quería tanto a su hijo desde el primer minuto Jamás se le pasó por la cabeza que no fuera suyo.
Antonio y Marisa, los padres de Andrés, también estaban loquísimos con el niño. Se lo llevaban a parques, museos, hasta al zoo de Madrid. ¡Maldita Natalia! Parecía que le había aguado toda la felicidad de golpe Por su culpa, Andrés empezó a observar más a Marcos. Era delgadito y rubio, cuando él era moreno cerrado. Su madre siempre decía que el pelo puede cambiar muchas veces Pero la complexión tan desigual Y el color de ojos Al final, una semana después sin preguntar nada, se atrevió a hablarlo con Alicia.
Ella le miró raro al principio, y luego
Sabía que algún día lo preguntarías. Si ya lo intuías, ¿por qué te has esperado cinco años para decírmelo? dijo con un deje mordaz Podías haberlo hecho al principio y nos habríamos separado. Eso querrías, ¿no? Que te he mentido, que soy una traidora, ¿eh? Pues ya está, ¡venga! ¿Por qué no me gritas?
Andrés se retiró, dolido. ¿Por qué decía esas cosas? ¡Si la amaba tanto! Si hubiera sabido la verdad desde el principio, seguro la habría perdonado y se habría casado igual con ella Pero ahora, viéndola tan distante, parecía que todo el tiempo había esperado ese instante para que todo terminara. ¿Separarse? Ni de broma Amaba a Marcos, su hijo, más que a nada. ¿Y sus padres? ¿Seguirían queriendo igual al pequeño? ¿Decírselo o no?
Alicia también perdió los nervios. Discutieron fuerte. Andrés decidió irse de casa y se mudó a la antigua vivienda de su abuela, al menos esas semanas estaba libre. Allí pasó dos semanas, que se le hicieron eternas. Echaba tanto de menos a su hijo y a Alicia Después de tanto pensar, decidió que no dejaría que Natalia les hiciese daño. Estaba seguro de lo que sentía: ni hablar de abandonar a su familia.
Volvió con Alicia y Marcos.
Perdóname Te dije cosas horribles y no las merecías lloraba Alicia. Tenía tanto miedo de que al saberlo me dejaras, que preferí ser yo la que lo soltara, por si acaso Qué mal lo he pasado, pensando que llegaría este momento.
Ay, Alicia suspiró Andrés, abrazando a su mujer Han pasado cinco años y aún no me conoces. Yo jamás os habría dejado. Te quiero a ti y a Marcos, nada cambia eso. Entiendo tus miedos, nadie sabe cómo habría reaccionado en tu situación. Pero lo que tenemos es real. Ni Natalia ni nadie puede romperlo, créeme.
Pues mira, respondió Alicia, por fin relajada, secándose las lágrimas y abrazándose fuerte a él yo a esa persona no quiero verla nunca más.
¿Y qué le decimos a mis padres? preguntó Andrés, con la vieja preocupación clavada. Tanto quieren a Marcos ¿Se lo decimos?
Al final, se lo dijeron. Pero no “la verdad” de Natalia, sino que Alicia estaba embarazada de nuevo. Pronto tendrían otro nieto, y su familia iba a seguir creciendo.





