No es asunto nuestro

Oye, te cuento lo que me pasó el otro día, y ya vas a ver cómo todo ese rollo de indiferencia tiene mil caras.

– La indiferencia, a veces, es como cerrar los ojos y fingir que no ves nada, que no te afecta y otras veces, es un delito, ¿sabes?
– ¡Ay, Begoña, eso es cosa de filósofos! respondió otra voz femenina, más cansada.

Yo me quedé mirando por la ventana, viendo pasar las casas, los coches y la gente del pueblo de Ávila que ya había despertado de golpe. Me tocó ir con el autobús, y la verdad me dio una sensación rara, pero Julián me había llamado la noche anterior y me avisó que se quedaría hasta tarde en el curro, así que, ¿qué me iba a quejar? Trabajo hay trabajo.

Me han propuesto a veces que me lleve el joven compañero del almacén, que siempre me lanzaba miradas demasiado intensas, pero yo siempre lo rechazaba. No está bien que una mujer casada suba al coche con desconocidos

Volví a marcar el número de mi marido, y tras el sonido interminable del tono, colgué con un suspiro y guardé el móvil en el bolso. Me quedé otra vez mirando por la ventana. Seguro que está ocupado siempre con el curro en el peor momento

Y la náusea de la segunda semana de embarazo me estaba matando, el estómago no paraba de doler.

En el trabajo, la jefa me hacía olvidar el malestar porque el director de la cadena siempre está ocupado, sin un minuto libre. Tenía la cabeza dando vueltas, pero no había tiempo para lamentarse. Ese día, justo cuando iba a llegar la inspección de la sede central, le dije a la cajera de la izquierda, la morenita y rizada, Dolores:

– ¡Dolores, ve a ayudar a Ana a lavar el frigorífico, que si no nos comen vivos! Yo me voy a preparar los informes.

Y me lancé al despacho.

Dolores, asegurándose de que yo había desaparecido, se acercó a su compañera que estaba ordenando los envases de leche y, en un susurro:

– ¿Te has enterado de que el marido de Verónica le está siendo infiel?

Ana, con los ojos muy abiertos, me miró con miedo:

– ¿De verdad? ¿Es cierto?

– Sí, lo vi salir de la casa de mi antigua compañera de clase, Luz. ¡Se despidió dándole un beso! ¡Qué barbaridad!

– Entonces deberíamos decírselo a Verónica, ¿no? ¿Por qué me lo cuentas a mí?

Dolores soltó una risa y se llevó una mano a la frente:

– ¡Anda, tonta! ¿A quién no le pasa? Después, si se cansan, se divorcian.

Ana reflexionó un momento y respondió:

– Divorcio o no, es su decisión. Pero Verónica tiene derecho a saber la verdad a veces es mejor que se separen, porque una familia basada en la traición no dura.

Dolores se rió a carcajadas y la miró con desprecio:

– No es nuestro asunto. Al final, los buenos de corazón acaban haciéndose los culpables.

Yo, Ana, no dije nada más. Tal vez Dolores tenía razón, pero algo no me dejaba en paz.

Yo y Verónica éramos bastante cercanas, casi amigas. Desde pequeñas me habían enseñado que la amarga verdad vale más que la dulce mentira; la dura crítica es más honesta que una ilusión de bienestar

El administrador del almacén, Daniel, también notó que Verónica estaba agotada cuando la vio en la oficina. Pensaba en su café mientras terminaba un informe en el portátil.

– Verónica, no te preocupes, todo va a ir bien me sonrió.

Yo le agité la mano y suspiré:

– No me preocupo. Julián no responde al móvil, por eso estoy intranquila.

Daniel se quedó callado. Me había caído el encanto desde que empezó como cajero y, con el tiempo, se convirtió en administrador por su ingenio y trabajadora ética.

– Seguro que está ocupado sacó Daniel. No le correspondía meterse en los asuntos de los demás, aunque ya había visto que el marido le trataba con frialdad.

Yo sonreí, guardé el móvil en el bolsillo y salí rápido. En la sala empezó el alboroto: habían llegado los inspectores

La semana siguiente, Ana no paraba de darle vueltas a la cabeza a Verónica. Según lo que escuchaba de sus amigas, el marido se quedaba cada vez más tiempo en el trabajo, y Verónica, embarazada, tenía que ir en autobús, aunque él podría llevarla. En nuestro pueblito los autobuses a veces ni siquiera pasan.

Así que decidí comprobar mis sospechas. Esa mañana avisé que llegaría tarde y me quedé frente a la casa de la supuesta amante.

Mi madre siempre decía que el corazón puede doler por los que amamos, y hoy lo comprobé: al ver a Julián abrazando a una rubia morena, besándose y prometiendo volver esa noche, mi corazón se encogió. ¡Qué vida la de Verónica, con un hombre así!

Esa tarde, me armé de valor. No le dije nada a Verónica, pero sí a Daniel, que estaba a punto de irse a casa.

– Daniel, necesitamos hablar le dije, entrecerrando los ojos.

Él me miró confundido.

– Es sobre Verónica aclaré He visto con mis propios ojos que su marido le está siendo infiel.

Daniel se quedó pensativo y bajó la mirada:

– Eso es su vida ¿no será demasiado meterse?

– Exacto, no importa lo que digan, ella tiene derecho a saber.

– Pero ella está embarazada, ¿y si pasa algo? replicó.

– Entonces es el destino, la verdad es más importante que la mentira. Llévame a mi pueblo, donde mi abuela sabe de estas cosas, ella siempre ayuda.

Daniel vaciló un momento.

– Verónica te gusta, ¿no? le tiré el último argumento.

Él suspiró y aceptó.

En el pueblo, la abuela Zoraida nos recibió con calidez. No parecía una bruja, sino una anciana con el pelo canoso, una bata larga y una falda que llegaba bajo la rodilla, con piernas arrugadas pero firmes en medias gruesas. Sus ojos grises eran penetrantes, como si pudieran ver el alma.

Ana le mostró una foto de Verónica. Zoraida sonrió, encendió una vela y la pasó sobre la pantalla del móvil.

– Veo que el marido no es el indicado para ella. Se separarán, pero tardará. No es bueno, miente y engaña. Ella tiene un corazón puro.

– ¿Se puede acelerar? susurró Ana.

– No puedo acelerar nada, pero le ayudaré a ver la verdad. Después ella decidirá su propio destino

Zoraida se levantó y, con pasos lentos, fue a la terraza fría. Trajo una bolsa de tela y un macetero grande. Sacó un puñado de hierbas molidas y, mientras las vertía en la bolsa, murmuró:

– Hierbas del campo, vientos de prado, ayudad a Verónica a descubrir la verdad. Así sea.

– Está embarazada, ¿no le hará daño? preguntó Daniel, preocupado.

Zoraida se encogió de hombros:

– Son hierbas suaves: manzanilla, milenrama nada venenoso. ¿Estarías dispuesto a casarte con su hijo si ella expulsa a su engañador?

Daniel tragó saliva y asintió:

– Claro, no hay hijos ajenos.

Ponerle esas hierbas a Verónica fue lo más duro, sobre todo porque ella ya estaba con náuseas. Pero esa noche, casi al cerrar la tienda, se le antojó un plato de fideos instantáneos.

– ¡Te los preparo! dije, y corrí a la trastienda, cogí el paquete, metí la bolsa de Zoraida en el bolsillo y volví.

Daniel se quedó quieto, mirando hacia otro lado, con la esperanza de que Verónica dejara a su engañador, aunque no estaba seguro de si era lo correcto interferir.

Yo exhalé al ver a Verónica terminar el último bocado. Ambos estábamos nerviosos, pero el sentido del deber nos pesó más que la duda.

Al día siguiente, Verónica tomó su puesto en el autobús, mirando por la ventanilla. No escuchó al conductor por el móvil, hasta que él anunció a los pasajeros:

– Señoras y señores, habrá desvío por una gran avería en la vía del tren.

Entonces, como en una pesadilla, vio al marido salir de una casa ajena, abrazando a una rubia morena, dándose un beso de despedida Verónica se lanzó a la ventana, sin poder creer lo que veía, la cabeza le dio vueltas y el vientre le dolió como nunca.

Despertó en el hospital, con la primera cara que vio siendo la de Ana.

– Verka perdóname, pero es culpa mía

– ¿De qué hablas? balbuceó Verónica Vi a Julián con Luz. ¿En serio?

Julián entró tambaleándose, con la mirada culpable, pero no dijo nada.

– ¿Trabajas con Luz de noche? preguntó Verónica.

– Verónica, lo siento el médico me dijo que el bebé está bien. Hubo riesgo de abortar, pero todo pasó contestó Ana, intentando calmarla.

En ese momento entró Daniel, cargando una bolsa grande de fruta. La enfermera que vino después les reprendió por ser demasiados visitantes.

– Déjalo entrar, por favor pedí Verónica, sentándose en la cama.

La enfermera asintió y se fue. Ana salió, dejando a Daniel solo con Verónica.

– He estado muy preocupado por ti y por el bebé empezó, titubeando.

– Tú siempre te preocupas, a diferencia de otros le sonrió Verónica.

– Olvídalo respondió Daniel, sonriendo.

Ana volvió a asomar la cabeza:

– Verónica, tengo que confesarte algo. Fui yo quien armó todo esto para que supieras de su infidelidad. No podía quedarme mirando mientras él te engañaba. Por favor, no te enfades.

Verónica se rió, pensó un momento y contestó:

– Me molesta que lo sepas y no lo digas. No soporto las mentiras. Por cierto, soñé con una anciana que decía que el engañador no es tu destino. Dice que quien llegue con un regalo cuando despiertes decidirá tu futuro.

Miró a Daniel, que la observaba sin parpadear. Ana se sentó en una banqueta y tomó la mano de Verónica, acariciándola. Ahora estaba segura de que había hecho lo correcto. Los villanos hay que sacarlos de la vida mientras se pueda, antes de que sea demasiado tarde. Lo importante es tener amigos leales y gente que te quiera. Las pequeñas cosas, al final, se solucionarán.

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