No era solo la niñera
Jimena estaba sentada en una mesa de la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, rodeada de montones de libros y cuadernos llenos de garabatos misteriosos. Sus dedos pasaban a toda velocidad las páginas de unos apuntes que parecían escritos en un idioma antiguo, y sus ojos resbalaban por los renglones sin detenerse, como si buscaran una palabra perdida entre sueños. Fuera, la ciudad bulle de vida, pero en el interior solo existe la presión de un examen inminente y la sombra enorme de un catedrático inflexible: si suspendías con don Arcadio, repetir era casi seguro.
En ese limbo entre la vigilia y el desvelo, se plantó a su lado Teresa, su compañera de seminario. Se sentó en el borde de la mesa, inclinado el cuerpo hacia Jimena y dijo, con voz de niebla:
¿No andas buscando un curro, verdad?
Jimena apenas levantó la vista, un leve movimiento de cabeza, y volvió a sumergirse en el mar de tinta. El tiempo cruje por las esquinas y el temario es un laberinto.
Ajá consigue murmurar, sin perder la corriente de sus pensamientos. Pero siempre el mismo problema, tía: el horario. Ya sabes, tenemos clase hasta las dos, y no puedo faltar
Teresa sonrió como quien conoce secretos que solo comparten los gatos de los tejados. Después de un silencio expectante, le susurró con cierto entusiasmo:
Escúchame bien: tengo la ocasión perfecta para ti. Mi vecino, el señor Echevarría Resulta que es padre solo, su mujer desapareció o eso dicen, los detalles siempre son difusos Teresa frunció el ceño, como si espantara fantasmas. Está agobiado y necesita urgente una niñera, de cuatro a ocho, más o menos.
Jimena cerró el cuaderno, por fin atenta. Teresa olió la curiosidad.
Te encantan los críos, estudias Magisterio, has criado a tus cuatro hermanos. Vamos, que naciste para esto.
Jimena se quedó inmóvil. El eco de su infancia y sus hermanos llenó la mente de colores y retazos de luz: cuidar siempre fue un abrazo cálido al corazón, aunque a veces pesara como una piedra húmeda.
¿Qué edad tienen? preguntó, y su voz sonó suave como la lana.
Jimena giró el bolígrafo entre los dedos, sintiendo la duda latir delicada y extraña. La idea de cuidar niños ajenos era tentadora y aterradora: ¿estaría a la altura de un dolor que no era suyo?
Gemelas, seis años, más o menos contestó Teresa con agilidad. El señor Echevarría tiene también un hijo mayor, pero va a lo suyo. Jaime tiene trece y vive en el polideportivo, entre entrenos, no puede ayudar mucho.
¿Y me cogerá seguro? Jimena repiqueteó el boli contra la mesa, los nervios colgando de un hilo. Solo estoy en cuarto, y el título está lejos
Sí, había ayudado en casa, hecho prácticas en la Escuela Infantil, adoraba a los niños Pero nunca es igual con extraños.
Teresa, resuelta, agitó la mano como si ahuyentara un mal espíritu.
Por supuesto. Me lo preguntó ayer. ¿Le doy tu móvil?
En los ojos de Teresa brillaba una seguridad tan brillante que Jimena sintió los pies suspendidos en el vacío. Miró los apuntes; los minutos escurrían hacia la próxima clase. Entonces comprendió, de repente, que ese trabajo podía ser justo la pieza perdida. Cerca de la uni, horario flexible. Y quién sabe: los niños la necesitaban.
Sintió el corazón latir rápido, como una mariposa encerrada. Aspiró hondo y dijo, con firmeza soñolienta:
¡Va!
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Jimena temblaba; aquel era su primer día en el extraño universo de la familia Echevarría. Muchas veces había cuidado a sus propios hermanos, pero esto era otra dimensión: ahora tenía la llave de otra vida entre las manos. Repasó la mochila: móvil, llaves, cuaderno, una bolsita de sobaos para las niñas. Todo parecía en su sitio, pero las cosas vibraban, como si flotaran.
La noche anterior conoció al señor Echevarría y a sus hijos; aquel hombre tenía la voz de madera, pero el alma de pan. Le explicó horarios y costumbres como si recitara un salmo antiguo. Las gemelas, Carmen y Pilar, primero la miraron desde detrás de su padre, mitad sombra, mitad luna. Luego, salieron y le mostraron sus dibujos llenos de dragones rosas y monstruos de plastilina. Jimena notó que le daban paso a su mundo.
Lo que más la trastornó fue él: nadie dijo antes que el señor Echevarría era tan agradable, alto como un ciprés, los ojos de bosque. ¿Por qué, Teresa, me ocultaste esa información? Ahora tenía que medir cada gesto para no ruborizarse idiota si cruzaban los ojos.
Que no se me vaya la cabeza, masculló en silencio. Esto es trabajo. Trabajo.
El edificio de la escuela infantil se le apareció como una casa encantada: pequeño, acogedor, de paredes salmón y repleto de flores y voces líquidas. Echevarría ya había avisado a las maestras y le dejó una nota firmada por si el mundo se volvía del revés. Se alisó el pelo y pasó al patio.
Allí la realidad parecía derretirse entre risas y palas de arena. Jimena reconoció a Carmen y Pilar: cuchicheaban, idénticas, junto al columpio. Al verla, sus caras se iluminaron con miedo y ganas.
Se agachó para mirarlas cara a cara y sonrió despacio, como si no quisiera asustar mariposas.
¿Nos vamos a casa, chicas? Os puedo preparar algo rico.
Carmen miró a Pilar. Dio un paso adelante, exigiendo promesas:
¿Qué vas a hacer?
Mmmm Jimena fingió pensar. ¿Tortitas con mermelada, o galletas con chocolate?
Pilar despertó de golpe.
¡Galletas! ¡Las de chocolate!
Decidido les tendió las manos. ¿Vamos?
Las niñas, apenas dudando, encajaron sus manos en la suya. Entonces Jimena sintió el escalofrío dulce del futuro: el miedo se derrite, dando paso a una paz irreconocible. ¿Quizá sí podría lograrlo?
El cruce de miradas de las gemelas fue un espejo oculto; en apenas un gesto, compartieron algo secreto. Siempre iban al unísono, los cuerpos y las palabras, como imágenes que se repiten en el agua.
Jimena se perdió unos instantes viéndolas, pero de pronto recordaba lo que Jaime, el hermano mayor, le contó en voz bajísima la víspera, como si temiera que la casa lo escuchase.
Antes no eran así Jaime arrugaba el borde de la camiseta. Eran abiertas, felices, abrazaban hasta al portero Pero tras bueno, tras lo de mamá se le traban las palabras, pero respira y sigue. No entienden de verdad qué pasó. Creen que quizá han hecho algo mal.
Calló, mirando algún punto lejano y neblinoso.
Lloraban todo el día, preguntando ¿Somos tan malas que mamá se fue?. Papá y yo lo intentamos, les dijimos que no era culpa suya, que mamá las quería Pero se cerraron. De golpe. Ya ni sonríen. Y con desconocidos ni hablar. La abuela ayudaba, pero cayó enferma y papá tuvo que buscar ayuda.
En la voz de Jaime flotaban años de nieve, y también una batalla secreta. Quería proteger a todos, aunque el peso fuera absurdo para sus hombros.
Jimena solo asintió, una pena suave y densa en el pecho. Ahora, al mirar a Carmen y Pilar, comprendía la delicadeza del encargo.
Pero conmigo se soltaron sonrió un poco. Jugamos incluso, les enseñé un truco con un pañuelo y se morían de la risa.
Jaime la observó, como intentando saber si podía confiar en ella de verdad. Al final, asintió muy serio:
Por eso papá te eligió. Se notó que les gustaste. Solo no nos falles, ¿vale?
Había tanta esperanza en sus ojos que Jimena sintió el temblor de las cosas frágiles:
No fallo. Voy a intentar que recuperen la sonrisa.
Jaime aflojó la mueca y luego, de pronto, se acordó de ser niño y declaró:
A veces echaré una mano, cuando no tenga entreno. Sé contar cuentos.
Y seguro que lo haces estupendo.
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Ya llevaba dos meses Jimena en la familia Echevarría y la realidad había mutado. La desconfianza primera de Carmen y Pilar se evaporó: ahora la recibían con carreras y voces, y se abrazaban como si al marcharse ella dejara abierto un vacío de colores tristes.
Esa tarde, ya al cerrar el círculo y prepararse para volver al piso de estudiantes, Jimena recogía juguetes dispersos, tarareando una canción inventada. Carmen y Pilar la miraban desde el sofá, con los ojos serios.
¡Quédate a dormir! gritó de pronto Carmen, lanzándose a abrazarla. La apretó tan fuerte que Jimena se plegó como un junco. ¿Para qué vas a irte a casa?
Jimena se quedó congelada un instante antes de reír, agachándose:
Tengo que estudiar, corazón. Mañana tengo clase en la uni, y me tocaría repetir teoría y temario infinito. Pero os prometo que volveré mañana, ¡no vais ni a notar mi ausencia!
Pero Pilar no quería lógica.
¡Nosotras ya te echamos de menos! proclamó con toda la intensidad del mundo. ¡Quédate!
Jimena se perdió en los ojos abiertos de las dos, tan llenos de honestidad que dolían. Bajó la voz:
¿Y dónde voy a dormir? No quepo en vuestra habitación
Carmen parpadeó, pensativa, y de golpe sonrió:
En la cama de papá, que es grandísima. Seguro que te deja sitio.
Pilar aplaudió la ocurrencia.
¡Claro! Si papá llega tardísimo del trabajo, ni se entera.
Jimena tuvo que contener la risa. Sentía ternura las niñas solo buscaban no separarse de su niñera, pero su mente jugaba otras películas: cenas lentas en la cocina con el señor Echevarría, charlas a media voz, el confort silencioso de quien comparte techo. ¡Ay, ojalá! Pero el sentido común la pinchaba: Esto es trabajo, no sueño de princesa. Así, se apresuró a prometer que al día siguiente estaría antes.
Se despidió con abrazos, bromas y juramentos. Recogió la mochila y casi salió huyendo por el portal, el rubor aún persistiéndole en las mejillas.
En la calle se dejó envolver por el aire madrileño, espeso de aromas y soledad. Se sentía ligera y eléctrica, como si el mundo flotara un palmo sobre el suelo.
Desde el pasillo, Jaime observó la escena sin ser visto, sonriendo con dientes de lobo y mirada de cómplice. Había entendido rápido: cuando Jimena entraba, la atmósfera cambiaba; su padre se volvía blando, la casa respiraba distinto.
Creo que mi padre al fin tiene una oportunidad se dijo. Ya era hora de que volviera a casa una mujer, no solo para las niñas, sino para él. Jimena es la pieza perfecta: buena, alegre, capaz de querer a cualquiera.
Pero, ¿por qué nadie se atreve a dar el primer paso? ¡Qué complicados son los adultos! refunfuñaba el chaval.
Esa noche, al volver Echevarría del despacho, Jaime decidió provocar el destino. Esperó a que su padre colgara el abrigo y, plantándose serio, disparó:
Papá, ¿por qué te quedas parado? se cruzó de brazos. ¿A ti te gusta Jimena, no? Pues dile algo, invítala a tomar algo, ¡hazte un hombre!
Echevarría, con media cara enrojecida, balbuceó:
¿De qué hablas, hijo? Jimena es la niñera y las niñas la adoran, eso es lo importante
¡Venga ya! Jaime bufó. Es tan obvio como el jamón. Os miráis como dos tontos. ¿Tan difícil es invitarla a un café?
El padre se restregó la cara y bajó el tono, temeroso:
No es tan sencillo, Jaime. Se ha creado una calma delicada en esta casa. Si Jimena sospecha que quiero otra cosa, podría irse. No lo soportaría, ni las crías tampoco.
El miedo temblaba en su voz, imágenes de Carmen mostrando a Jimena sus dibujos, Pilar agarrada de su mano, y él mismo deseando prolongar cualquier excusa para quedarse cerca de ella. ¿Y si lo estropeaba todo?
Jaime insistió, convencido:
Pero si a Jimena le gustas tú ¡no lo ves! Solo que no se atreve, por trabajo y eso. Da el paso, solo prueba.
Echevarría sonrió cansado, con nostalgia de juventud.
¿Tan fácil lo ves? ¿Y si fallo? pero la idea de un paseo familiar le pareció posible, menos riesgos.
Empieza por sacarla con todos, al parque o la churrería, tranquilo. Así nadie se incomoda y podréis hablar como personas normales.
El padre meditó, mirando el cielo tras el balcón. Imaginó el Retiro, columpios y churros, la atmósfera luminosa. Sonrió sin ruido:
Vale, probemos. Pero si sale mal
Me callo Jaime levantó las manos, conciliador.
Padre e hijo se miraron, cómplices de una conspiración. El eco de las risas de las gemelas y Jimena jugando a esconderse llenaba la casa. ¿Sería posible atreverse?
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Los días siguientes, Echevarría volvió una y mil veces al consejo de Jaime: Jimena se muere por ti. Ahora reparaba en los detalles: cómo ella esquivaba su mirada avergonzada, la calidez especial de su sonrisa cuando él le ofrecía té, el brillo de sus ojos al hablarle de los niños.
¿De verdad nunca lo vi o fingía? meditaba entrando a la casa una tarde de pájaros.
Del fondo llegaba el burbujeo del patio: era el sonido que les faltaba hacía un año. Respiró hondo, dejó caer el maletín.
Jimena, di que mi papá es el mejor del mundo exigía Carmen, con la picardía de un duende.
Claro que sí Jimena, enredando trenzas, contestaba sin pensar. El más cariñoso, el más bueno.
¿Y guapo, eh? insistió Pilar.
Sí muy guapo Jimena se sonrojó de inmediato, consciente de la trampa.
Intentó disimular cambiando de tema:
Vuestro padre es el mejor. Y os adora.
¿Y tú, Jimena? insistió Pilar, con el filo de la inocencia.
¿Yo? se atragantó Jimena, buscó escapatoria. ¡Uy, qué tarde, toca cenar! ¿Quién me ayuda en la cocina?
Saltó como un resorte, pero las niñas la rodearon.
Echevarría, que lo vio todo desde el umbral, decidió tomar impulso:
¿Qué tal si hoy vamos todos a cenar fuera? Nos vendrá bien cambiar de aire
Las niñas estallaron en júbilo. Jimena observó la escena y asintió con timidez, los ojos prendidos en el aire.
Por mí, encantada.
Echevarría sintió la chispa: era el gesto que le faltaba. ¿Sería ahora el momento de empezar de verdad?
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Pasaron los meses y la casa se transformó: salidas al parque del Oeste, meriendas de roscón en la Plaza Mayor, domingos de películas. Pronto, Jimena y Echevarría compartían confidencias nocturnas en la cocina, cuando los niños dormían y Madrid parecía flotar sobre la ciudad.
Los límites laborales se hicieron borrosos, los silencios se llenaron de confianza. Jaime, testigo de todo, supo que su plan funcionaba: su padre sonreía más, Jimena ya no se ruborizaba sino que reía abierta.
Una noche, con las niñas durmiendo y la ciudad lejos, Echevarría se sentó junto a ella en el sofá. Sobre la mesa, dos tazas de infusión ya frías.
Llevo tiempo deseando contarte algo murmuró él, mirando las lucecitas de las hadas que las gemelas pegaron a la ventana.
Jimena se volvió, el corazón tocando cielo.
Ya no sé vivir sin ti dijo él, tomando su mano. Sin tu risa, tu forma de abrazar a todos. Te quiero. Quiero que seas parte de nosotros, no solo como niñera, sino como mi esposa.
Jimena cerró los ojos, aprendiendo el temblor. Luego, sin dudarlo:
Yo también te quiero. Quiero quedarme.
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Los preparativos de la boda fueron un sueño difuso, breve y feliz. No anhelaban lujos ni multitudes, solo vivirlo rodeados de los suyos.
El día amaneció como los días de San Isidro en la pradera, todo luz y esperanza. Reservearon una terraza en un restaurante pequeño al lado del Manzanares, la decoraron con margaritas y cintas rojas. Vinieron solo los imprescindibles: la familia, algún amigo, nadie más. Los protagonistas eran Carmen, Pilar, y Jaime.
Las gemelas llevaban vestidos rosa palo y zapatillas blancas; repartían pétalos a los asistentes, y en el rito, ofrecieron los anillos envueltos en un lazo.
Papá, hoy eres galán murmuró Carmen, cuando él agachó la cabeza para besarla.
Y Jimena es un hada añadió Pilar, mientras miraba embobada a la novia.
Jaime, junto al padre, vibraba de orgullo.
La funcionaria del registro civil oficializó el cuento. Jaime cuchicheó:
¿Lo ves, papá? Tenía razón.
Echevarría sonrió, apretando el hombro del hijo, y después miró a Jimena. Ella sostenía su mirada con un brillo nuevo en los ojos.
Ya somos una familia dijo Jimena, enlazando los dedos con los de él.
Hubo banquete, carcajadas, canciones aflamencadas y algún chotis improvisado por los niños. Las gemelas saltaron sobre la tarta y exigieron la primera porción.
Al caer la noche, cuando se alejaron los padrinos y bajaron las estrellas, Echevarría y Jimena se abrazaron en la terraza. Olor a jazmín, la ciudad enmudece.
Hoy ha sido el mejor día susurró ella.
Y los que nos quedan respondió él, y juntos, sin miedo ni sombra, se despidieron de todo lo que una vez dolió.
Ahora, en su nueva familia, la vida era una realidad extraña y resplandeciente, como un sueño rojizo bajo el cielo de Madrid.







