No eres mi marido, Vasili… La anciana velaba junto a la cama de su esposo, pasándole una bayeta …

No eres mi marido, Vicente…

Hoy en mi diario siento que llevo el peso de la historia de mi vida en el corazón. Ayer, mientras pasaba la tarde junto a la cama de Vicente, le mojaba la frente ardiente con un paño húmedo y miraba sus facciones tan familiares, sentí que tenía que confesar lo nunca dicho.

Vicente, llevaba años queriendo decírtelo, pero nunca me atreví. Te engañé, Vicente, ¡no eres mi verdadero marido!

Él abrió los ojos y me miró sorprendido, esperando.

Déjame hablar, por favor. Si nos vamos de este mundo sin que lo diga, no habría podido reconciliarme con mi conciencia. ¿Recuerdas cuando llegaste a nuestro pueblo de Castilla después de la guerra? Fue pura casualidad. Yo quedé petrificada al verte. De pronto me lancé a tu cuello porque te parecías mucho a mi esposo. A mí me habían enviado la carta de defunción, pero apareciste tú, vivo, y pensé que era un error burocrático y mi marido había vuelto. Te abracé, pero enseguida me di cuenta que me había confundido. Sonrojada, te pedí disculpas. Pero te dejé pasar la noche en la cuadra.

Y al día siguiente, te pusiste a arreglar la puerta del establo, y una viga cayó encima de tu cabeza. Temí que tendría que enterrarte también, pero vi que respirabas, aún estabas vivo. Llamé a un médico y él dijo que eras fuerte, que solo habías perdido algo de memoria. En ese momento decidí afirmar que eras mi marido, era lo mejor; eras un hombre sólido, y yo, sola con dos niños, no podía salir adelante. Te lo dije, tú me creíste. Al principio la consciencia me pesaba, pero enseguida nos acostumbramos el uno al otro, y ya no quise cambiar nada. Ahora me arrepiento de haber decidido todo por ti, quizás tu vida habría sido diferente…

Vicente me miraba en silencio. De pronto se echó a reír, a carcajadas.

Eres una vieja loca. ¿Para qué iba a querer otra vida? Te he amado siempre. Llegué a tu pueblo por casualidad, sí, pero cuando te vi, caí enamorado. No sabía cómo acercarme, así que decidí ayudarte en la casa, a ver si me aceptabas y no me echabas. Justo la viga me pegó en la cabeza y se apagó todo. Al despertar, allí estabas, trajinando a mi lado y el médico diciéndome que fingiera amnesia. Le pedí que te dijera que había perdido la memoria, para quedarme contigo. Me sorprendiste al reconocerme como tu marido, pero me alegré; así no tendría necesidad de inventar nada.

Qué pillo eres me sonreí entre las arrugas. ¿Por qué no lo dijiste antes? Nos habríamos reído juntos.

Quería, pero nunca había tiempo. Primero criamos los mayores, luego tuvimos tres más, y así toda la vida arrastrando secretos que resultaron no serlo.

Pues ya está, todo claro por fin le respondí, aliviada. Si hubiéramos contado esto antes, habríamos hecho reír a los santos. Pero no me dejes sola, Vicente, por favor, yo no podría vivir sin ti.

No seas melodramática, mujerme calmó. Todo irá bien. Ya basta de estar a mi lado, vete a descansar, que mañana es otro día.

Nos acostamos, pero mi mente fue inquieta como siempre; pensamientos oscuros rondaban mi cabeza plateada. Desperté muy temprano, antes de que amaneciera, y al ver la cama de Vicente vacía sentí una punzada de miedo. Me asomé al patio, y allí estaba él, sentado en el umbral, fumando. Suspire de alivio. De nuevo la Parca nos pasó de largo, así que aún nos queda tiempo para seguir crujiendo juntosMe senté junto a él, el aire fresco nos envolvía como un futuro inesperado. Vicente me miró y, con voz suave y ronca, dijo:

¿Sabes, Teresa? Ahora que no queda ningún secreto, me parece que todo lo que hemos vivido fue perfecto, precisamente porque nada fue como pensábamos.

Le tomé la mano, y sentí que eran dos vidas enredadas, pues al final el amor y el destino se empeñan en mezclar los hilos de los mortales. La brisa matinal traía consigo el silencio del pueblo y el perfume de los geranios, y, al mirar las primeras luces, supe que ya no quedaba espacio para arrepentimientos.

Vicente le susurré, aunque seas o no mi marido, eres mi vida entera.

Él sonrió, encendiendo la chispa de la primera mañana, y juntos vimos cómo el sol recortaba la sombra de nuestra casa, como si la hubiera conocido desde siempre. Y así, nos quedamos abrazados, mientras el día se abría, despacio y hermoso, sabiendo que aunque todo empezó como un error, lo que nos unía era verdadero.

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No eres mi marido, Vasili… La anciana velaba junto a la cama de su esposo, pasándole una bayeta …