No sabes, el otro día me pasó una anécdota digna de contarte. Me estaba preparando para una cita y, tía, llevaba ya como media hora frente al espejo, cambiando de pendientes por tercera vez. Pepa, mi perrita, tumbada en la alfombra, ni se inmuta y yo, ¿Qué, Pepa, estos o los otros?. Ella que bosteza. Gracias por la ayuda, ¿eh?. Todavía me quedaba media hora antes de salir, pero esos nervios… No era lo normal, la verdad. Siempre he sido muy segura los chicos solían estar detrás de mí pero esta vez era distinto.
Supongo que el hecho de que no hubiese visto todavía a Alejandro tenía algo que ver. Tres semanas hablando por teléfono y ni una quedada. Y eso que nunca conseguí dejarle sin palabras… Me hizo gracia pensarlo. Solté un suspiro, cogí el bolso y salí.
Ahora que lo pienso, todo empezó tres semanas atrás, en casa, después de que mi padre, neurocirujano, volviese de uno de esos días eternos en el hospital. Lo pillé en el salón, con ganas de leer tranquilamente a Pérez-Reverte. Y yo, claro, dale que te pego comparando ciencia ficción española y extranjera.
Papá, reconoce que La piel del tambor no tiene competencia…
Sí, hija, pero déjalo para otro momento, que necesito silencio, me cortó. Me sentó regular y estuve callada… tres minutos.
De repente, papá resucita el temita: Oye, hablando de casarte, ¿te acuerdas del Dr. Espinosa, el jefe de la clínica donde trabajé alguna vez?
Claro, ¿qué pasa?
Pues me ha pedido el número para presentarte a su hijo. Dicen que es un chico brillante. Y yo se lo he dado.
Casi pongo los ojos en blanco. Esos encuentros concertados me parecían cosa de solteronas, y yo, ni de broma. Pero bueno, llevarle la contraria a mi padre tampoco.
A los días, el chico brillante me llama.
Hola, ¿Adriana? Soy Alejandro, el hijo de Espinosa
Sí, sí, papá me habló de ti… y, la verdad, la voz era agradable.
Hablamos primero una hora. Al día siguiente, dos. Luego, cada día. Me contaba cosas de su gata Margarita, que si leía mucho a Asimov, que si estaba delgado de más, que si tenía cara de agotado. A veces pensaba: ¡Vaya, este papel lo suelo hacer yo en las citas! Me daba tentaciones de decirle: Ale, relájate un poco, pero ni le gustaba que le llamaran Ale. Quitando alguna que otra manía, me gustaba mucho.
Por fin, después de tanta charla, quedamos en persona. Nos citamos en Callao, en el Metro, lo más típico. La idea era ir al cine, y luego tomarnos un helado en la vieja heladería de Gran Vía.
Llego al andén, luces, gente, ese olor tan característico del metro madrileño. Y ahí lo vi: alto, guapo, ramo de rosas en mano, esperando junto a una columna. Me acerco, llamándole con decisión:
¿Alejandro?
Él se sobresalta y me mira como perdido.
Perdona, ¿tú eres…?
Adriana le corté, dándole mi mano, sin saber si para estrecharla o esperar un beso.
Por dentro me reía: seguro que he dejado loquísimo de lo guapa que estoy.
Él se queda de piedra.
¿Adriana?, pero yo…
¡Vamos, que hay que recoger las entradas!
Espera, quería decirte algo…
Anda, luego hablamos. Ya estoy aquí y prácticamente le arrastré escaleras arriba.
Miraba las rosas, se las quedó. Luego me sonrió, resignado.
Vale, venga.
La peli nos encantó. Noté que tenía muy buen gusto vistiendo, ese abrigo elegante y la bufanda bien puesta, seguro tejida por su madre. Olía que daba gusto, a colonia francesa de esas caras. Entre charla y charla, el helado de nata estaba espectacular. Además, coincidíamos en casi todo. Bueno, yo llevaba la voz cantante y él asentía, pero me miraba con esos ojos castaños tan atentos… ¡y a veces me agarraba la mano como diciendo estoy aquí, y me daba cada subidón! Iba por la Gran Vía y sentía mariposas.
Paseando al atardecer, me suelta:
Es que eres tan se trabó.
¿Tan qué?
Viva. Espontánea.
Le sonreí y ahí ya estaba perdida. Me había enamorado, qué le voy a hacer.
Al poco, la relación se aceleró. Nos veíamos casi cada día, y hablábamos por teléfono a todas horasmira que si entonces hubiera WhatsApp… A los tres meses, Alejandro me confiesa que está enamorado, que no puede vivir sin mí y que quiere casarse. Yo, después de hacerme de rogar un poco, le dije que sí. Habrá que presentarte a mis padres, dijo preocupado. Mejor esperamos, contesté yo muerta de miedomi familia, sobre todo mi abuela, es muy crítica. Nadie es suficiente para la niña de sus ojos, y papá y mamá le dan la razón siempre. Así que yo, por si acaso, tampoco tenía prisa en presentarle a su familia. No fuera a ser que le soltasen la historia de cómo nos conocimos…
El caso es que un par de semanas después era el 55 cumpleaños de mi padre. Aunque no le van las fiestas, decidió celebrarlo con amigos y, yo, toda misteriosa: Vendré acompañada. Cuando llegué con Alejandro, llevaba un ramo de claveles y una botella de brandy de Jerez. Muy clásico.
Papá, te presento a…
De repente suena el teléfono. Papá se va corriendo. A los minutos vuelve, agitado:
Era Espinosa, el padre de Alejandroque viene también. Yo, tan feliz de que venga, porque pensé que se había ofendido cuando no apareciste a la cita con su hijo…
Yo me quedo a cuadros.
¿Que no fui?
Claro, si me llamó diciendo que su hijo te esperó en Callao con flores durante dos horas. Pero tú, nada.
Me giro, despacio, hacia mi Alejandro. Allí, de pie, más blanco que la leche, todavía aferrado a los claveles, con cara de niño pillado.
Volvemos enseguida le digo a mi padre entre dientes.
Agarro al pobre chico del brazo y directamente a mi habitación.
Cierro la puerta y, todavía atónita:
A ver, ¿qué significa eso de que no fui?
Él traga saliva, sin soltar palabra.
¿No eres Alejandro Espinosa?
Niega con la cabeza.
No responde bajito. Soy Alejandro Salas. Un amigo me presentó a una chica… Sandra. Yo la esperaba en Callao. Y entonces llegaste tú y…
Y te arrastré al cine protesto, de repente dándome cuenta.
Nos miramos en silencio.
Intenté explicártelo susurró. El primer día, cuando fuimos al cine. Pero no me dejaste hablar.
Nunca dejo hablar a nadie me reí por no llorar. Es un don, supongo.
Oímos a Pepa olfateando la puerta.
Chica, me senté en la cama, medio riendo por lo absurdo. ¿Y ahora qué?
Él me miró largo, serio pero con una ternura… Se agachó de rodillas:
Me da igual cómo nos presentaron. Si fue un error o un padre pesado. Yo te quiero y quiero casarme contigo. La auténtica historia empieza aquí.
Le sonreí aliviada.
¡Perfecto! Ahora te tocan presentaciones en mi familia. Te aviso: somos difíciles.
La mía tampoco se queda atrás. Y ya verás la gata…
¡Nos apañaremos!
Salimos los dos. En el salón estaban todos y, justo entrando, el Dr. Espinosa ¡con su verdadero hijo Alejandro! Alto, guapísimo y con ramo de rosas.
Miré a mi Alejandro, con los claveles y cara de susto, miré al otro… y ni lo dudé.
No, no era ese Alejandro. Era el mío.
Y me eché a reír como nunca.
Papá, te tengo que contar una historia… larga.







