«¡No entres! ¡Llama a tu padre ahora mismo! ¡Alguien te espera tras esa puerta!» Una anciana extraña se aferró a mi muñeca mientras subía las escaleras con mi niña en brazos.
CAPÍTULO 1: LA VIEJA
La noche olía a lluvia y leña mojada, como si los aromas hubieran cruzado tiempos y fronteras para enredarse bajo los soportales de nuestra nueva casa. Era ya bien entrado el otoño en Segovia, y el frío aterrizaba como una bandada de mirlos entre las enaguas de mi abrigo. Buscaba nerviosa las llaves por los bolsillos mientras subía el último peldaño.
Apenas un mes en aquella casa señorial, con sus verjas de hierro forjado y su rosal antiguo enredado en la barandilla. Mark insistió: «Trabajo nuevo, ciudad nueva, vida nueva, Alba», me convenció una vez más con esa media sonrisa suya. El nombre de mi hija, Jimena, pegaba su calor somnoliento a mi hombro. Dormía, con la cabeza al abrigo de mi cuello, el aliento dibujando brumillas en la brisa.
Ya casi estamos, pajarito musité para reconfortarme más a mí misma que a ella.
Alcancé la llave. Apunté al bombín.
En ese instante, una mano fría se cerró sobre mi brazo. No fue un tirón violento, más bien una urgencia metálica. Me sobresalté, casi tirando las llaves. Giré en redondo, el corazón convertido en tambor.
Allí estaba, en el escalón inferior, una anciana diminuta envuelta en un abrigo de lanas gruesas y desteñidas, como prestado por alguna prima lejana. Su rostro, laberinto de arrugas; sus ojos, dos charcos cenagosos, pero hipnóticos, agudos. Un perfume de eucalipto y lana mojada flotaba a su alrededor.
No entres susurró. Su voz temblaba, pero era cortante, afilada. Llama a tu padre.
La miré, helada.
¿Perdone?
Hazlo. Ahora. Antes de girar la llave.
Traté de soltarme con delicadeza.
Se equivoca, señora. Mi padre murió hace ocho años…
No cedió. Su mirada no era de confusión senil, sino la de alguien que custodia un secreto pavoroso.
No me equivoco. Eres Alba. Llegaste hace un mes. Tu marido se pasa la vida viajando. Estás más sola de lo que crees.
Desvió fugazmente la vista hacia la puerta y luego hacia la penumbra de la ventana del dormitorio principal.
Esta noche, tu puerta es un abismo.
Un escalofrío de hielo me recorrió la espalda.
¿Quién es usted?
Hazlo. Por improbable que te parezca… Llama. Y escucha.
Aflojó su presa y se engulló entre las sombras, desapareciendo casi. Me quedé petrificada. Lo lógico habría sido ignorarla, entrar, cerrar y llamar a la policía por la anciana confundida. Mark se reiría después, contándoselo a todo el mundo.
Me giré hacia la puerta. Parecía inocente: pintura azul oscura recién dada, cerradura electrónica reluciente, mi corona de laurel colgada en el centro. Pero el silencio era hostil, ominoso, como si la casa contuviera la respiración.
Miré el móvil, el dedo titubeando en la agenda. Deslicé lentamente, superando los nombres de Mark, de mamá… DAD PADRE.
Nunca lo borré.
«Esto es absurdo», susurré, pero los ojos de la anciana me taladraban desde su abismo.
Marqué.
CAPÍTULO 2: LA VOZ DESDE LA TUMBA
Un tono, vacío y voraz. Segundo tono. Esperaba escuchar la operadora: «El número marcado no existe». O la voz de un extraño.
Pero un clic entrecortó: línea abierta.
Silencio.
El aire me ardió en la garganta.
¿Hola?
¿Alba?
La voz era áspera, grave, distinta pero familiar, cargada de la pausa justa, la del hombre que mide cada palabra para no equivocarse.
No sentía las piernas.
Papá… susurré.
Un suspiro pesado al otro lado.
No des un paso más dijo. Tu marido no está en casa, y el hombre al otro lado de la puerta te observa por la mirilla.
La realidad se contorsionó. Apreté a Jimena. Ella se quejó entre sueños.
Papá… la voz temblaba. Estás muerto. Te enterramos…
Enterrasteis un ataúd vacío, Alba. Lo siento… pero no hay tiempo. Muévete, ahora.
¿Adónde voy?
¿Ves un Seat Ibiza blanco al final de la calle, motor encendido, aparcado bajo la farola?
Volví la vista. Allí estaba, colgado de los halos naranjas, el coche.
Sí.
Camina hacia él. Sin correr. No mires hacia la puerta. No recojas nada. Ni su peluche. Ni el bolso.
¿Y Mark?
No es Mark el de la puerta interrumpió, seco. Mark sigue en Barajas. Su vuelo de París se retrasó. No ha salido del aeropuerto.
El estómago se me cerró.
¿Cómo lo sabes?
Porque llevo semanas siguiéndole. Mark está metido hasta el cuello. Y os arrastró a este pozo.
El picaporte de la puerta chasqueó.
Ya está abriendo advirtió mi padre. Camina. Ya.
La anciana emergió, interponiéndose silenciosa entre la puerta y yo, barrera humana.
Corre, pequeña.
Descendí las escaleras paso a paso, la niña colgando inerte. Deseé correr, pero la voz de mi padre corregía el instinto.
Camina, paso firme. No delates que lo sabes.
La puerta rechinó a mis espaldas, una pisada resonó en los tablones.
¿Alba? llamó la voz de un hombre, gutural, ajena a mi vida.
No miré atrás.
Sigue insistió mi padre. No respondas.
Llegué al Seat. Una mujer ya ocupaba el volante, con el pelo corto, un chaleco oscuro. Mirada fiera, serena.
Entra sugirió. Subí de un brinco, Jimena aún dormida, y cerré con cerrojo.
El coche salió disparado, devorando el asfalto. Al volver la cabeza, vi al hombre aún en el porche, murmurando algo al teléfono.
Estamos fuera murmuró la conductora.
¿Papá? musité, aferrada al móvil. ¿Sigues ahí?
Aquí estoy, hija y lloró.
CAPÍTULO 3: LA CASA SEGURA
El trayecto fue una lluvia de neón y fantasmas reflejados en los cristales. Nos alejamos hacia la sierra, la oscuridad abrazando cada curva.
Le llovían las preguntas.
¿Por qué te fuiste? Mamá murió creyendo que te habían matado.
Lo sé, Alba, me consumió. Pero era policía judicial, rastreando dinero del narco. Me buscaron para silenciarme. Si seguía cerca, os mataban también. Solo se sobrevive desde el olvido.
¿Mark?
No es solo consultor, Alba. Lava dinero para quienes no quieren dejar rastro. Cayó en la telaraña.
Las palabras me apuñalaban el alma. Mark… mi Mark.
Aparcamos frente a un caserío camuflado entre pinos. Era un refugio: puertas blindadas, pantallas, persianas de acero. Mi padre, canoso, ojeroso, emergió en el umbral.
Papá lloré.
Me rodeó con brazos antiguos y olor a colonia Brummel y pólvora. Era de carne y hueso.
Jimena se despertó, ojos asustados.
¿Abuelo? balbuceó. Él se arrodilló, lágrimas cayendo.
Hola, Jimena. Soy yo.
CAPÍTULO 4: EL INTERROGATORIO
Amanecimos rodeadas de agentes montando centros de control. La conductora, Ángela, no se separaba del portátil.
Hemos detenido a Mark en el aeropuerto informó, tendiéndome un café.
Quiero hablar con él.
Primero mira esto mi padre puso sobre la mesa un móvil.
Vídeo del timbre. 22:00h. Dos hombres en una furgoneta negra. El alto de mi porche, otro más bajo. Teclean la contraseña en la cerradura electrónica.
Mi fecha de nacimiento.
Mark entregó el código explicó Ángela. Tenemos las conversaciones.
Mark: El código es 0410. No volverá hasta tarde. Coged los papeles del seguro.
Desconocido: No buscamos papeles, Mark. Buscamos garantía.
Fui al baño a vomitar.
Garantía: mi hija. Yo.
Mark no quería asustarme. Nos vendió.
Volví desencajada.
Dice que creyó que solo robarían el dinero explicó mi padre. Se engaña o quiere engañarte.
Necesito verle la cara.
CAPÍTULO 5: EL ENFRENTAMIENTO
Me llevaron al cuartel de la Policía Nacional. Deje a Jimena con mi padre; nunca hasta entonces la había soltado.
Mark estaba esposado, traje arrugado, tembloroso.
Alba, gracias a Dios, diles que es un error…
Me senté sin responder.
¡Por favor! Me amenazaron. Solo quería ganar tiempo…
¿Dándoles acceso para matarnos?
¡No! ¡Pensé que podría arreglarlo!
Ya no te conozco susurré, y me levanté.
¡Alba, no te vayas! ¡Somos familia!
Ya no. Cambiaste tu vida por la nuestra. No te queda nada.
No miré atrás.
CAPÍTULO 6: LAS CENIZAS
Meses de juicios, protección de testigos y psicólogos. Mark cantó, tiró de la manta y le redujeron la condena: veinte años. Sus cartas, las quemé.
A mi padre le devolvieron la vida en papeles, al menos.
Nos mudamos otra vez. Esta vez a un pueblo de Castilla. Mi padre compró una casa a la vuelta de la esquina. Jimena aprendió a pescar y a tallar madera.
En el porche, una tarde de cielo violeta, me preguntó:
¿Me perdonas?
Lo observé, las arrugas y la fatiga.
¿Por irte?
Por mentir.
Pensé en la vieja de la puerta. Le pregunté.
Se llama señora Garray sonrió mi padre, nostálgico. Fue mi enlace cuando desaparecí. Sigue aquí, en Segovia. Le pedí el favor de vigilarte hasta tener refuerzos.
Nos salvó.
Nos salvó.
Le tomé la mano, áspera.
Te perdono. Hiciste lo necesario por salvarnos.
No te dejaré nunca, Alba. Lo juro.
EPÍLOGO: LA NUEVA VIDA
Cinco años después.
Jimena tiene ya nueve; solo recuerda el coche blanco y a la señora del zumo. Yo lo recuerdo todo. Reviso cerraduras cada noche, tengo alarma y desconfío del olvido.
Pero somos felices.
Doy clase de dibujo en la escuela. Los domingos mi padre come con nosotras. Construimos todo de nuevo, piedra a piedra.
A veces, cuando el viento silba entre los robles, pienso en la anciana.
En su mano, en su aviso, en la urgencia de salvar.
Nunca la volví a ver, pero aún le agradezco en la oscuridad.
Y, por si acaso, si alguna noche una desconocida te agarra la muñeca y te suplica que no entres en casa…
Hazle caso.
Porque los monstruos existen. Pero los ángeles también.
FIN.







