¿Sabes? El otro día, en casa de los Alonso en Madrid, pasó algo que me dejó helada. Te lo cuento como si estuviera aquí, sentada contigo en el salón. Mira, fue como una tormenta, pero de las de verdad.
Resulta que Inés, la mayor de las hermanas, llegó una noche más, empapada por la tormenta y hecha polvo, y esta vez no la dejaron ni traspasar el umbral. Lucía, la hermana pequeña, llevaba días notándolo: que siempre la dejan pasar, pero últimamente Su madre, Carmen, con esa media sonrisa amarga, le confesó: Es que temo por ti, Lucía. ¿No te fijas cómo te escondes en tu habitación cada vez que tu hermana irrumpe de madrugada? Hasta los libros de texto metes bajo la almohada, por si ella los lía Ella te mira con rabia, Lucía. Porque tu vida sigue normal, y la suya ya se fue por el sumidero hace mucho…
Lucía no sabía ni qué decir. Tenía los libros abiertos y se quedó quieta, escuchando los gritos que venían del pasillo.
Su padre, Ramón, ni se quitó la chaqueta. De pie en mitad del pasillo con el móvil en la mano, pegaba voces que retumbaban por todo el piso.
¡No me vengas con cuentos! ¿Dónde se ha ido todo el dinero? ¡Han pasado dos semanas de la nómina, Inés! ¡Dos semanas!
Desde la cocina Carmen asomó la cabeza, escuchando el monólogo, hasta que preguntó, exasperada:
¿Otra vez?
Ramón agitó la mano y puso el altavoz; del teléfono solo salían sollozos.
Inés, te lo juro, tiene un don para llorar, que hasta a una piedra la conmueve. Pero después de años, los padres ya eran de piedra por dentro.
¿Que te echan de casa? Ramón se puso a pasear como un león enjaulado. Pues claro que sí. ¿Quién aguanta tantas juergas todos los días? ¿Te has visto en el espejo últimamente? Treinta años y tienes cara de perro apaleado.
Lucía, a hurtadillas, entreabrió la puerta para escuchar.
Papá, por favor Y de pronto los llantos cesaron Mis cosas están en la escalera. No tengo adónde ir. Está lloviendo y hace frío ¿Puedo ir a casa unos días? Solo para dormir un poco
Carmen quiso arrebatarle el teléfono, pero Ramón ni se lo permitió:
¡No! Por aquí no. ¿No quedamos claros la última vez? Desde que vendiste el televisor en el rastro mientras estábamos en el pueblo, aquí no se te abre más la puerta.
¡Mamá! Dile algo tú gritó Inés desde el teléfono.
Carmen se tapó la cara y los hombros le empezaron a temblar.
Ay, Inés murmuró, sin mirar a Ramón Si hasta te llevamos a consultar a médicos. ¿No dijiste que con el último tratamiento se te pasaría? ¡Ni un mes te duró!
¡Eso son tonterías vuestras! saltó Inés, cambiando el tono de niña dolida por uno más agresivo Solo os sacan el dinero. ¿No veis que estoy mal? Me quemo por dentro, ¡no respiro! Y vosotros, a cuenta del televisor ¡Ya os compraré uno nuevo!
¿Con qué lo vas a comprar? Ramón se le quedó mirando a la pared ¿Con qué, Inés, si te lo gastas todo? ¿Has vuelto a pedirle a tus amigos? ¿O has revuelto otra vez la casa del tipejo ese?
¡Eso no importa! chilló Inés. Papá, me vais a dejar tirada en la calle, ¿queréis que acabe debajo de un puente?
Pues vete a un albergue. Dónde quieras, pero aquí no entras. Y como te vea en el portal, cambio la cerradura.
Lucía se sentó en la cama, abrazando las rodillas. Siempre que Inés montaba una, el rebote le caía a ella. ¿Y tú qué? ¿Otra vez con el móvil? Vas a acabar como tu hermana, otra inútil más Llevaba tres años escuchando lo mismo. Pero esa noche, ni caso le hicieron.
Su padre colgó, se quitó por fin la chaqueta y él y Carmen se encerraron en la cocina.
Lucía salió de puntillas al pasillo.
Ramón, no podemos hacer esto sollozaba su madre Si la dejas tirada, quién sabe qué puede pasar. Ya sabes cómo se pone…
¿Y yo tengo que responder por ella? Mira, Carmen, tengo cincuenta y cinco años, lo único que quiero es llegar a casa y sentarme en mi butaca. No quiero esconder la cartera bajo la almohada, ni que los vecinos vengan con que la han visto en el portal con maleantes. ¡Ya está bien!
Es nuestra hija dijo Carmen, bajito.
Fue nuestra hija hasta los veinte. Ahora es una sombra que nos drena la vida. No quiere cambiar, le va bien así. Si no se ayuda ella, no sirve de nada.
Volvió a sonar el móvil.
¿Sí?
Papá Estoy sentada en Atocha, me va a llevar la policía si me quedo aquí. Por favor
Escúchame bien la interrumpió Ramón A casa, no. Se acabó.
¿Entonces qué quieres, que me tire a las vías? ¿Eso es lo que quieres, que te llamen del Anatómico Forense?
Lucía aguantó la respiración. Ese argumento lo había usado más veces Inés, y antes funcionaba. Su madre lloraba, su padre hasta se enfermaba, y le daban dinero, le abrían la casa, la cuidaban.
Pero esa vez, nada.
No amenaces dijo Ramón tranquilo Te conozco demasiado para eso. Te daré una habitación, la más barata de Vallecas, pagaré el primer mes y te dejo algo para comer. Después te las apañas sola.
¿Solo una habitación? ¿Papá, cómo voy a estar sola allí? No tengo ni sábanas, ni nada Éste me lo quitó todo.
Tu madre te prepara un lote. Lo dejas en portería, lo recoges y ni se te ocurra subir. Ya sabes lo que hay.
¡Sois unos monstruos! gritó Inés En una ratonera y vosotros aquí cómodos. ¡Qué vergüenza!
Carmen, de pronto, ya no aguantó. Cogió el móvil y bramó:
¡Inés, basta ya! ¡Tu padre tiene razón! Es esto o la calle. Y no pidas más, que la próxima vez ni eso tendrás.
Silencio. Al fin, Inés murmuró:
Vale Pasadme la dirección. Y algo de dinero, que necesito comer.
Nada de dinero respondió Ramón Yo mismo te preparo la bolsa con la compra y te la llevo. Sé perfectamente en qué te gastarías el dinero.
Colgó sin más.
Lucía decidió que era momento de dejarse ver. Entró en la cocina y fingió que iba a por agua. Se preparó para el chaparrón, pero nadie le dijo nada.
Lucía susurró su madre.
¿Sí, mamá?
Arriba del armario están las sábanas y fundas más viejas. Mételas en la bolsa azul de la despensa.
Ahora voy.
Lucía buscó la bolsa, la vació de cachivaches, y ni se le pasaba por la cabeza cómo Inés iba a sobrevivir sola. ¡Si ni siquiera sabe cocer macarrones! Y con el vicio no duraría ni dos días.
Trepa a la banqueta, recoge las cosas.
¡No te olvides de las toallas! grita Ramón desde la cocina.
Ya las he puesto responde Lucía.
Vio cómo su padre se puso los zapatos y salió con la bolsa y la compra. Iba a entregarlo todo a la portera y buscar esa ratonera para su hermana.
Lucía volvió a la cocina. Carmen seguía sentada, como una estatua.
Mamá, ¿quieres que te traiga una pastilla? dijo en voz baja.
Carmen levantó la mirada.
Mira, Lucía empezó con voz cansada De pequeña creía que Inés sería mi alegría, que hablaríamos de todo Ahora solo rezo porque recuerde la dirección y llegue. Nada más.
Llegará, mamá Lucía se sentó a su lado Siempre se las arregla.
Esta vez no negaba Carmen Los ojos le han cambiado. Vacíos. Como si ya no hubiera nada dentro.
Pensé que no os importaba yo confesó Lucía.
Carmen pasó la mano por su pelo.
Claro que nos importas. Pero hay un límite, hija. Como en los aviones: primero la mascarilla tú, luego el niño. Diez años llevamos intentándolo de todo.
Tratamientos, curanderos, clínicas carísimas Y al final casi nos ahogamos todos.
Llamaron al timbre. Lucía se asustó.
¿Es ella?
No, tendrá el padre la llave. Será el repartidor de El Corte Inglés, que encargó tu padre comida.
Lucía abrió: dos bolsas llenas de alimentos básicos: arroz, aceite de oliva, legumbres, nada de caprichos.
Esto ella ni lo va a cocinar murmuró Lucía dejando apartado el paquete de lentejas.
Si quiere vivir, aprenderá Carmen se endureció unos segundos Es hora de no consentir ni una más. Nos la estamos cargando de tanto mimarla.
Una hora después volvió Ramón, destrozado.
Encontré sitio soltó. La dueña es una señora mayor, exprofesora. Si hace ruido o huele a lo que no debe, la echa. Ya se lo he dicho: Echadla sin miramientos.
Ramón
Nada, Carmen, ya basta de mentir. Que lo sepa todo el mundo.
Cogió la maleta, la compra y se fue.
Ciérrame con llave, Lucía. Y si llaman, no abras.
Se fue, y Carmen rompió a llorar en la cocina.
A Lucía se le hizo un nudo en el pecho. ¿Cómo se puede acabar así? Ni vivir vive, solo existe de botella en botella, arrastrando con ella a todos a su alrededor
***
Al final, ni una semana aguantó Inés. La señora la echó con la policía porque se llevó a tres tipos a la habitación y montaron una juerga toda la noche.
Y aun así, ni Carmen ni Ramón pudieron abandonar del todo a su hija. Esta vez la metieron en una clínica de rehabilitación cerca de Toledo, bien cerrada y custodiada, dicen que allí pueden curarla en un año.
Ojalá, de verdad, ocurra un milagro, porque otra cosa ya no quedaA Lucía le tocó, una vez más, juntar ropa y libros para la bolsa de la clínica. Cuando salió de su cuarto, encontró a su madre limpiando fotos familiares, pasando el dedo por el cristal de una vieja imagen de las tres, Inés con trenzas y sonrisa de sábado.
Esa noche, mientras escuchaban el silencio que había dejado Inés, Carmen habló casi en un susurro:
Ojalá esta vez funcione, Lucía. Pero pase lo que pase, tenemos que seguir viviendo. Por ti, por nosotros. ¿Sabes? A veces, querer duele, pero no querer mata.
Lucía, sin pensarlo, se acurrucó a su lado y apoyó la cabeza en el hombro de su madre. Fuera, en la calle, la tormenta había dado paso a la calma y las luces de Madrid parpadeaban como si todo pudiera empezar de nuevo.
En ese instante, Lucía supo algo con absoluta certeza: no podía salvar a su hermana, pero aún podía salvarse a sí misma. Y, quizá, si la esperanza era testaruda, un día Inés volvería caminando sola por el pasillo, sin llantos ni reproches, solo cansada y en paz, diciendo simplemente: Vuelvo porque ya sé cómo vivir.
Por primera vez en mucho tiempo, Lucía se permitió soñar con ese reencuentro. Mientras tanto, se abrazó a su madre y, juntas, aprendieron a dormir con la puerta cerrada y el corazón, poco a poco, abierto de nuevo.







